Hispania, la España romana

Hispania fue el nombre dado por los romanos a la Península Ibérica (actual Portugal, España, Andorra, Gibraltar y una pequeña parte del sur de Francia). La conquista romana de la Península fue iniciada en el 218 a. C. en Ampurias y completada casi 200 años después, con las guerras Cántabras.

El nombre «Hispania» es de origen latino, acuñado por los romanos (Hispaniae), aunque el territorio ya era conocida por los Griegos como Iberia. En consecuencia, la historiografía tiene algún cuidado en el uso de los términos iber o hispanus, ya que la utilización de cada uno, en referencia a los pueblos ibéricos, lleva consigo diferencias temporales y sociales. La literatura romana emplea siempre el nombre de «Hispania», citado por primera vez por el poeta Ennio, en 200 a. C., mientras que la literatura griega emplea siempre el nombre de «Iberia».

Los romanos dividieron inicialmente las hispanias en dos provincias (197 a. C.), regidas por dos magistrados: la Citerior, al norte del Ebro, y la Posterior, en el sur. Las largas guerras de la conquista duraron dos siglos, y se incluyen historiográficamente en el proceso designado como romanización. Con la conquista, se cortó la evolución natural de la civilización indígena, siendo sustituida por la heleno-latina. Durante este proceso, se producieron varios conflictos:

  • Las guerras de independencia, en la que los iberos y otros pueblos fueron gradualmente vencidos y dominados, a pesar de las resistencias llevadas a cabo en diversas regiones de la península.
  • La guerra dirigida por Sertorio, pretor de la Hispania Citerior, donde se desafió el poder de Roma, con algún éxito.
  • La guerra civil entre Julio César y Pompeyo, que se desarrolló en gran parte en el territorio ibérico.
  • Las campañas de César y Augusto para dominar a los galaicos, los ástures y cántabros.

A lo largo de unos 700 años la Hispania formó parte del Imperio Romano, proporcionando un enorme caudal de recursos materiales y humanos, al mismo tiempo que fue una de las regiones más estables del imperio.

Tanto los pueblos como la organización política del territorio, con el tiempo, sufrieron profundos cambios. Inicialmente la Hispania fue dividida en dos provincias, como ya mencionamos: Hispania Citerior y la Hispania Ulterior. Durante el Principado, la Hispania Ulterior fue dividida en dos provincias: la Bética y la Lusitania, mientras que la Hispania Citerior fue rebautizada como la Tarraconense. Más tarde, en la parte occidental, la Tarraconense fue separada, inicialmente como Hispania Nova, después rebautizada como Gallaecia (correspondiente a la actual Galicia, Norte de Portugal, Asturias y parte de León). Durante la tetrarquía de Diocleciano (284), el sur de la Tarraconense fue separada para constituir la provincia cartaginense. El conjunto de todas las provincias hispanas formaban una sola diócesis civil, la Diócesis de Hispania, bajo la dirección del vicario de Hispaniae, cuyas competencias se extendían también a la Mauretania Tingitana (alrededor de Tánger) que, por lo tanto, eran oficialmente consideradas «hispanas».

La administración romana se mantuvo hasta el año de 409, cuando el imperio Romano se derrumbo. Así, el territorio fue cedido a algunos de los pueblos que invadieron la región, como los suevos y los visigodos, que mantuvieron el nombre de Hispania.

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