Napoleón Bonaparte, el emperador

«La salud de Su Majestad jamás ha sido tan buena» decía el tristemente famoso 29º boletín de la Grande Armée que el propio Napoleón escribió el 3 de diciembre de 1812. El 18 de diciembre, el emperador llegó con reducido séquito a París, y uno de sus oponentes -Chateaubriand- dijo amargamente: «El gran ejército ha muerto, pero, familias, secad vuestras lágrimas: Napoleón está sano

Porque a finales de noviembre había tenido lugar la catástrofe del ejército al atravesar el Beresina. Napoleón había abandonado en Rusia, mediante un trineo, las columnas de su ejército; apenas era más que un ejército de salteadores, una hueste desmoralizada, el que el 18 de octubre de 1812 había abandonado Moscú, reducida a cenizas. Un increíble tren de campaña de carrozas, carros y acémilas seguía a las unidades semidisueltas que iniciaron la retirada a la estampida con un invierno relativamente tardío. En las orillas del medio helado Beresina los alcanzó el invierno; el frío comenzó con 22 grados de congelación. Los rusos habían adelantado a las alas del ejército, ocupaban los pasos del río y presionaban furiosamente, al mismo tiempo, sobre la retaguardia, mantenida con heroica disciplina por las guardias imperiales y algunos cuerpos extranjeros. Los desordenados restos de la Grande Armée alcanzaron la salvadora orilla occidental bajo el fuego de la artillería rusa por sobre unos puentes de emergencia construidos a toda prisa.

Napoleón retirándose de Moscú.
Napoleón retirándose de Moscú.

Las pérdidas fueron enormes. Se quemaron banderas gloriosas, se abandonaron parques de artillería, se quedaron atrás columnas de coches. El lema era: ¡Sálvese quien pueda! Para la Europa Central resultarían inolvidables las imágenes de cómo se arrastraron hacia Francia, en pequeños grupos, desarrapados, desarmados y medio congelados, los supervivientes del fracaso de Napoleón en Rusia.

El que Napoleón, el invencible, no haya podido ser vencido más que por el «general invierno» no es más que una leyenda puesta en circulación por el propio emperador. En realidad, Napoleón había sido víctima de su errónea planificación de la campaña. Unos 15 años después de la catástrofe de Rusia, el oficial de estado mayor alemán Clausewitz demostró en su libro «De la guerra» que incluso un ejército unido de Europa Occidental marcharía en Rusia hacia la derrota a causa del alargamiento de las vías de abastecimiento, al estrecharse al mismo tiempo el frente y al comprimir sobre un menor espacio a las fuerzas enemigas. En sus cálculos, Clausewitz llegó a un punto determinado del espacio ruso en el que tendría lugar esta inversión de las fuerzas: junto a Zarízyn sobre el Volga (más tarde Stalingrado). Pero las Cannas de Napoleón acaecieron ya en Moscú. El 24 de junio de 1812 había atravesado la frontera rusa con el mayor ejército de la historia del mundo hasta aquel momento -unos 500.000 hombres, reclutados en las unidades de casi todos los estados europeos. Pero ya en Smolensk, a la retirada de Moscú, la fuerza de combate del ejército no comportaba más de 49.000 hombres. Cientos de miles yacían en las nevadas llanuras rusas, decenas de miles de prisioneros habían sido llevados a las distancias del este.

Aunque el emperador, que se había adelantado a París, reanudara, con las últimas reservas francesas y nuevos ejércitos gigantescos, la lucha contra una Europa que se alzaba en guerras de independencia, él y la Francia agotada en 20 años de guerra estaban quebrados. Fue vencido en la región de Leipzig y finalmente en suelo francés, fue obligado a abdicar en Fontainebleau y desterrado a la isla de Elba, en el mar Tirreno.

Durante el congreso de Viena, en el que las potencias vencedoras trataban de reordenar el mapa de Europa, volvió por cien días más. Regimientos y ejércitos enteros se pasaron a sus filas. Una vez más resonó el mágico grito «Vive l’Empereur» -todo parecía volver atrás. Mas en Waterloo fue vencido definitivamente.

La conclusión fue: juicio mundial del fracasado y destierro al lejano islote rocoso de Santa Elena. El juego terminó. 35 años antes de su caída, siendo cadete en la escuela militar de Brienne, este hombre había escrito en su diario: «Los genios son como los meteoros -destinados a consumirse para iluminar su siglo

Napoleón en Santa Elena
Napoleón en Santa Elena

Fue un hijo de la revolución francesa y se convirtió en su domador y culminador. Cuando comenzó su carrera, general al servicio del directorio, llevó con sus tropas victoriosas las ideas de libertad, igualdad y fraternidad por todo el mundo y soñaba con una Europa unida que viviría bajo nuevas constelaciones.

Desde el principio de su realización se dio cuenta de que el enemigo principal de la unificación del continente era la talasocracia inglesa. Vio con claridad que no había más que cuatro vías para vencer la isla, las intentó todas y fracasó.

En primer lugar intentó herir a Inglaterra en el corazón de su imperio: apuntó a la India y desembarcó en Egipto para su aventurada expedición, en que venció a los mamelucos al pie de las pirámides, mas fracasó en Acre. Su flota de abastecimiento había sido destruida ya en Abukir.

Entonces se apostó con un inmenso ejército invasor en el canal de la Mancha. Se barajaban planes fantásticos: una ofensiva de globos contra la isla, la construcción de un túnel debajo del canal. Pero el desembarco no se realizó: a las espaldas de Napoleón se alzó Austria, vencida ya en Lodi, Rivoli y Marengo, y lord Nelson venció en Trafalgar a la flota combinada franco-española. Una vez más triunfaba la isla.

De ese modo, el emperador decretó en 1806 el bloqueo continental: intentaba herir comercial y financieramente a los traficantes ingleses. Su secretario Bourrienne escribió, sin embargo, con mucha razón: “Era una insensatez bloquear Inglaterra, cuando la flota inglesa podía bloquear todos los puertos franceses.” Además: nadie en Europa quería renunciar a las mercancías coloniales e industriales inglesas. Florecieron el contrabando y el mercado negro. Inglaterra tenía todavía una puerta abierta al continente y una posible «espada continental»: la Rusia del zar Alejandro I. De modo que Napoleón debía vencer a Rusia para herir a Inglaterra. A través de Ucrania hacia Persia e India –tan fantásticos planes barajaba el emperador. Y marchó al corazón de Rusia: Moscú. El ejército en el Beresina…

¿Había sido todo en vano? El meteoro se había consumido. ¿Había iluminado también su siglo?

El joven general, a quien la política, las relaciones personales con la amante del primer director, Barras -la hermosa viuda Josefina Beauharnais-, y no en último lugar su fuerza de decisión sin escrúpulos habían llevado a la cabeza de los ejércitos revolucionarios, era llamado cariñosamente, por los viejos “sansculotes”, y los soldados jacobinos, «el pequeño cabo». Incluso cuando emprendió el golpe de estado del 18 de brumario (9 de noviembre de 1799) y se nombró cónsul de la república, la masa no sólo veía en él el glorioso vencedor, sino el perfeccionador de la revolución.

Tumba de Napoleón Bonaparte, bajo la cúpula de Los Inválidos (París)
Tumba de Napoleón Bonaparte, bajo la cúpula de Los Inválidos (París)

Mas entonces traicionó esa revolución: volvió a la forma estatal anterior y deseaba la corona imperial hereditaria. Muchos republicanos furibundos vieron en ello la rotura de la promesa bajo la cual había comenzado. Beethoven, por ejemplo, rompió en 1804 la dedicatoria de su sinfonía «Heroica» para volver a escribirla dedicada a un «héroe muerto».

El emperador buscaba el contacto con las casas principescas europeas y procuró, después de su divorcio de Josefina Beauharnais, la boda con María Luisa, hija del -emperador de Austria 1810). Una nueva dinastía debía ser el fin de la revolución, una dinastía con mariscales, príncipes, condes y un concordato con Roma.

Cuando cabalgaba al lado del conde Ségur sobre el formidablemente sangriento campo de batalla de Eylau y el conde expresó su horror ante el número de víctimas, el «hombre del destino» respondió fríamente: «¡Qué significa para alguien como yo la vida de un millón de hombres!» En los países ocupados, la policía y el ejército aterrorizaban a los futuros ciudadanos de la «Europa Unida».

Y, sin embargo, fue él quien convirtió las ideas y libertades conseguidas en la revolución, mediante su «Code civil». Con lo que mantuvo para la posteridad muchos de los mejores logros de la desordenada época de transición.

Murió el 5 de mayo de 1821 en amarga soledad como prisionero inglés en Santa Elena. Francia no lo olvidó jamás y le dio, finalmente, el último reposo en la catedral de los Inválidos en París.

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