Sociedad de Naciones: origen, objetivos y fracaso

Sociedad de Naciones: origen, objetivos y fracaso

El invierno que partió la historia en dos

En febrero de 1917, las colas del pan en Petrogrado alcanzaban varias manzanas. Mujeres que llevaban horas esperando bajo temperaturas de veinte grados bajo cero comenzaron a golpear los escaparates de las panaderías. Nadie lo sabía entonces, pero ese gesto —tan desesperado como cotidiano— fue la chispa que incendió el Imperio ruso. En pocos días, el zar Nicolás II abdicó. En pocos meses, los bolcheviques tomaron el poder. La Revolución Rusa de 1917 no fue un rayo en cielo despejado: fue la conclusión lógica de décadas de tensiones acumuladas, de un sistema político que se negaba a cambiar mientras el mundo a su alrededor lo hacía a toda velocidad.

Este artículo trata de responder a la pregunta que de verdad importa: ¿por qué pasó esto, y qué cambió para siempre? No se trata de memorizar fechas, sino de entender el proceso que dividió el siglo XX en dos mundos enfrentados.

Las causas: un Imperio construido sobre fisuras

La fractura social y económica de Rusia

Para entender la Revolución Rusa de 1917 hay que mirar atrás, al menos hasta mediados del siglo XIX. Rusia era, en términos comparativos, un gigante atrasado. Mientras Gran Bretaña consolidaba su revolución industrial y Francia debatía los fundamentos de la república, el Imperio ruso mantenía el sistema de servidumbre hasta 1861. La abolición de la servidumbre por Alejandro II fue tardía y, sobre todo, incompleta: los campesinos, que representaban más del 80% de la población, quedaron técnicamente libres pero encadenados a deudas redencionales que debían pagar durante décadas.

La industrialización llegó a Rusia a finales del siglo XIX impulsada en gran parte por capital extranjero, especialmente francés y belga. Surgieron grandes fábricas en San Petersburgo y Moscú, lo que creó un proletariado urbano concentrado, muy numeroso y expuesto a condiciones laborales brutales: jornadas de doce a quince horas, salarios míseros, sin derecho a huelga ni a sindicarse. Una clase obrera que pronto se convirtió en la base social perfecta para las ideas revolucionarias.

La brecha entre la aristocracia, la burguesía emergente y la masa campesina y obrera era tan profunda que cualquier crisis podía convertirse en explosión. Y las crisis no tardaron en llegar.

El fracaso político del zarismo

Nicolás II accedió al trono en 1894 convencido de que su poder era de origen divino e indiscutible. No era un hombre sanguinario, pero sí profundamente incapaz de leer su tiempo. Mientras Europa avanzaba hacia sistemas parlamentarios más o menos representativos, el zar se aferraba al autocracia con una tenacidad que, a la larga, resultó suicida.

La Revolución de 1905 fue el primer aviso serio. Tras la humillante derrota frente a Japón en la guerra de 1904-1905 y la masacre del Domingo Sangriento —cuando las tropas zaristas dispararon sobre una manifestación pacífica de trabajadores que acudían al Palacio de Invierno con una petición al zar—, el Imperio estuvo al borde del colapso. Nicolás respondió con el Manifiesto de Octubre, que prometía libertades civiles y creaba la Duma, un parlamento con poderes muy limitados. Fue suficiente para calmar la situación, pero no para resolver nada. La Duma fue sistemáticamente manipulada o disuelta cuando sus resoluciones no convenían al zar. El reformismo quedó en papel mojado.

El papel de Rasputín en la corte, la influencia desmedida que ejercía sobre la zarina Alejandra y la percepción generalizada de corrupción y debilidad en el gobierno terminaron de erosionar la legitimidad del régimen. Para 1916, prácticamente ningún sector de la sociedad rusa —ni la burguesía liberal, ni la nobleza, ni los obreros, ni los militares— confiaba en la capacidad del zar para gobernar el país.

La Primera Guerra Mundial como detonante

Si había un factor capaz de acelerar el colapso de un sistema ya en estado crítico, ese fue la guerra. Rusia entró en la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914 con un ejército mal equipado, una logística caótica y una oficialidad que en muchos casos debía su puesto a la clase social, no al mérito. Los resultados fueron catastróficos: más de un millón y medio de bajas en 1914 y 1915, retrocesos territoriales masivos, soldados que combatían a veces sin fusiles suficientes.

En el frente interno, la situación no era mejor. La economía de guerra provocó escasez de alimentos, inflación disparada y colapso del transporte ferroviario. Las ciudades pasaban hambre. El descontento se generalizó incluso entre sectores que hasta entonces habían apoyado al régimen. Cuando en febrero de 1917 las obreras textiles de Petrogrado se sumaron a las colas del pan y comenzaron a protestar, la chispa prendió en un polvorín que llevaba años cargándose.

Las dos revoluciones de 1917: febrero y octubre

La Revolución de Febrero: el fin del zarismo

La Revolución de Febrero —marzo en el calendario occidental, ya que Rusia usaba el calendario juliano— fue espontánea, sin liderazgo organizado previo. Las huelgas obreras se mezclaron con motines militares: los regimientos enviados a reprimir las manifestaciones se negaron a disparar sobre la muchedumbre y se unieron a los protestantes. En cuestión de días, la autoridad del zar se evaporó.

El 2 de marzo de 1917, Nicolás II abdicó. Fin del Imperio Romanov tras más de tres siglos de dinastía. Se formó un Gobierno Provisional —liderado inicialmente por el príncipe Lvov y luego por el socialista moderado Aleksandr Kérenski— que prometía convocar una asamblea constituyente y modernizar el país. Pero este gobierno cometió un error estratégico que resultó fatal: decidió continuar la guerra.

Paralelamente, los soviets —consejos de obreros y soldados— que habían surgido en 1905 volvieron a organizarse con enorme fuerza. Se instauró así una situación de poder dual: el Gobierno Provisional tenía la autoridad formal, pero los soviets tenían el apoyo real de la calle y los cuarteles. Una tensión imposible de mantener indefinidamente.

La Revolución de Octubre: los bolcheviques toman el poder

Mientras el Gobierno Provisional perdía apoyos semana tras semana, los bolcheviques —el partido de Lenin, una facción minoritaria pero extremadamente disciplinada del movimiento socialista— acumulaban influencia en los soviets de las grandes ciudades. Lenin regresó del exilio en abril de 1917 en el famoso tren precintado facilitado por Alemania, interesada en desestabilizar al enemigo ruso. Sus Tesis de Abril fueron contundentes: nada de colaboración con el gobierno burgués, fin inmediato de la guerra, todo el poder para los soviets.

La noche del 24 al 25 de octubre de 1917 (noviembre en el calendario occidental), las fuerzas bolcheviques coordinadas por León Trotski tomaron los puntos estratégicos de Petrogrado: estaciones, puentes, el banco estatal. El crucero Aurora lanzó un disparo de advertencia. El Palacio de Invierno, sede del Gobierno Provisional, cayó casi sin resistencia. El poder había cambiado de manos.

Fue una revolución sorprendentemente poco sangrienta en su fase inicial. Lo que vino después —la guerra civil, el terror rojo, la represión— fue una historia mucho más brutal. Pero en aquella noche de octubre, los bolcheviques habían conseguido algo que pocos creyeron posible: instalar en el poder al primer gobierno comunista de la historia.

Los personajes que decidieron el curso de los hechos

La historia no la hacen solo las fuerzas sociales: también la hacen las decisiones individuales en momentos concretos. Kérenski, el líder del Gobierno Provisional, era un orador brillante pero un estadista mediocre que no supo ni cerrar la paz ni controlar los soviets. Lenin era lo contrario: poco carismático en apariencia, pero con una claridad estratégica implacable y una capacidad única para leer el momento político. Trotski aportó la organización militar que los bolcheviques necesitaban para convertir su influencia en poder real.

Y luego estaba Nicolás II, un hombre que eligió abdicar sin pelear, que hasta el final creyó que las cosas podrían arreglarse. En julio de 1918, él y toda su familia fueron ejecutados en un sótano de Ekaterimburgo por orden de los bolcheviques. El símbolo de una época desaparecía de la forma más dramática posible.

Las consecuencias: un mundo reconfigurado

El nacimiento de la Unión Soviética y el comunismo como poder global

La Revolución Rusa de 1917 no fue un acontecimiento local. Fue el momento fundacional de uno de los dos grandes bloques que dominarían el siglo XX. Tras una guerra civil devastadora (1918-1921) en la que los ejércitos «rojos» bolcheviques derrotaron a las fuerzas «blancas» apoyadas por potencias occidentales, en 1922 se constituyó formalmente la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Durante décadas, la URSS representó una alternativa radical al capitalismo occidental: industria nacionalizada, planificación central, partido único. Un modelo que se extendió —a menudo por la fuerza— a Europa del Este, China, Cuba, Vietnam y numerosos países del Tercer Mundo durante la Guerra Fría. El impacto ideológico fue tan profundo que incluso las democracias occidentales, para contrarrestar el atractivo del comunismo, impulsaron reformas sociales y estados de bienestar que de otra forma habrían tardado mucho más en llegar.

El miedo a la revolución y su influencia en Europa

El triunfo bolchevique aterró a las clases dominantes europeas. El miedo a la revolución explica, en parte, el ascenso de los fascismos en Italia y Alemania durante los años veinte y treinta: sectores de la burguesía y las élites prefirieron apoyar a Mussolini y a Hitler antes que arriesgarse a un contagio revolucionario. La Revolución Rusa de 1917, en ese sentido, tiene una relación indirecta pero real con la Segunda Guerra Mundial.

En España, el miedo al bolchevismo fue uno de los argumentos esgrimidos por los sublevados en julio de 1936 para justificar el golpe militar contra la Segunda República. La sombra de Octubre de 1917 planeó sobre muchos de los grandes conflictos del siglo XX.

Línea temporal: de las protestas al poder soviético

  • 1861: Abolición tardía e incompleta de la servidumbre. El campesinado sigue empobrecido.
  • 1905: Primera revolución rusa. Domingo Sangriento. Creación de la Duma como concesión parcial.
  • 1914: Rusia entra en la Primera Guerra Mundial. Las derrotas militares aceleran el colapso interno.
  • Febrero de 1917: Huelgas y motines en Petrogrado. Abdicación del zar Nicolás II. Gobierno Provisional.
  • Abril de 1917: Lenin regresa del exilio. Tesis de Abril: todo el poder a los soviets.
  • Octubre de 1917: Golpe bolchevique. Toma del Palacio de Invierno. Primer gobierno soviético.
  • 1918-1921: Guerra civil. Victoria bolchevique sobre el Ejército Blanco.
  • 1922: Fundación formal de la URSS.

La revolución no fue un accidente puntual: fue el desenlace de un proceso que llevaba décadas gestándose, acelerado por la guerra y consumado por la incapacidad del zarismo para adaptarse a su tiempo.

Quizás la pregunta más incómoda que deja abierta la Revolución Rusa de 1917 no es si podría haberse evitado, sino esta: un sistema político que promete liberar a los oprimidos y termina construyendo el gulag, ¿fracasó por traición a sus principios o porque esos principios llevaban el fracaso incorporado desde el principio? La historiografía sigue debatiéndolo. Y la respuesta que cada uno elija dice mucho sobre cómo entiende la política hoy.