El 21 de septiembre de 1792: el día que Francia dejó de tener rey
Imagina que llevas tres años viendo cómo tu país se desmorona. La monarquía tambalea, el rey ha intentado escapar al extranjero —y lo han capturado en Varennes, como un fugitivo cualquiera—, las potencias europeas amenazan con invadir Francia y restaurar el Antiguo Régimen por la fuerza, y en las calles de París la gente ya no pide reformas: pide cabezas. Es septiembre de 1792. Una asamblea de 749 hombres se reúne en el Palacio de las Tullerías. Su primera decisión es unánime: Francia ya no es una monarquía. Nace la República. Y con ella, nace la Convención Nacional francesa.
Lo que sucedió en los tres años siguientes cambió el mundo de una manera que todavía hoy se siente. No exagero.
¿Qué era exactamente la Convención Nacional?
La Convención Nacional fue el órgano legislativo y ejecutivo supremo de la Primera República Francesa. Funcionó entre el 20 de septiembre de 1792 y el 26 de octubre de 1795, y en ese tiempo concentró en sus manos más poder del que ninguna asamblea parlamentaria había tenido jamás en Europa occidental.
No era un parlamento en el sentido moderno. Era algo más parecido a un poder constituyente permanente: podía legislar, juzgar, declarar la guerra, negociar la paz y, en última instancia, decidir quién vivía y quién moría. Esa concentración de poder —que sus propios miembros justificaban como una necesidad de guerra y de supervivencia revolucionaria— es precisamente lo que hace tan fascinante y tan terrible su historia.
Para entender por qué nació, hay que mirar unos meses atrás.
El contexto: ¿por qué fue necesaria una nueva asamblea?
La Asamblea Legislativa se queda corta
Desde 1791, Francia funcionaba con una monarquía constitucional y una Asamblea Legislativa. Sobre el papel, parecía una solución razonable. En la práctica, fue un desastre. El rey Luis XVI vetaba leyes, los nobles emigraban en masa para formar ejércitos contrarrevolucionarios en el exterior, y Austria y Prusia habían declarado la guerra a Francia.
El verano de 1792 fue un punto de no retorno. El 10 de agosto, una multitud armada asaltó el Palacio de las Tullerías. El rey fue suspendido de sus funciones. La Asamblea Legislativa, elegida bajo las reglas de la monarquía constitucional, ya no tenía legitimidad para gobernar una Francia que dejaba de ser monárquica.
Hacía falta algo nuevo. Algo elegido por sufragio masculino universal —una novedad histórica enorme— que pudiera redactar una constitución republicana y gobernar en tiempos de guerra.
Las elecciones de septiembre de 1792
Las elecciones a la Convención se celebraron entre el 2 y el 6 de septiembre, en plenas Masacres de Septiembre —cuando multitudes parisinas asesinaron a miles de presos considerados contrarrevolucionarios—. La participación fue baja, el clima era de terror y urgencia. De los 749 diputados elegidos, saldrían las facciones que protagonizarían uno de los episodios más dramáticos de la historia europea.
Las facciones: girondinos contra montañeses
Aquí está el corazón del drama. La Convención Nacional no era un bloque homogéneo. Estaba fracturada desde el primer día, y esa fractura acabó costando muchísimas vidas.
Los girondinos: la revolución moderada
Los girondinos (llamados así porque muchos venían del departamento de la Gironda) representaban a las clases medias provinciales, a los comerciantes, a quienes querían una república ordenada y federalista. Creían en la revolución, sí, pero con límites. Muchos preferían no ejecutar al rey, o al menos no hacerlo de forma precipitada. Figuras como Brissot, Vergniaud o Condorcet eran intelectuales brillantes, oradores formidables. Pero, como suele pasar con los moderados en tiempos de crisis radical, quedaron aplastados entre dos fuegos.
Los montañeses: la revolución total
Los montañeses (llamados así porque se sentaban en los escaños más altos del hemiciclo, «la Montaña») eran el ala radical. Robespierre, Marat, Saint-Just, Danton. Creían que la revolución solo podía salvarse con medidas de fuerza, que la misericordia con los enemigos era traición, y que París —con sus sans-culottes, sus clubes jacobinos— debía marcar el ritmo de toda Francia.
La llanura: el centro silencioso
Entre unos y otros existía un grupo numeroso y poco glamuroso al que sus enemigos llamaban «el Pantano» o «la Llanura»: diputados sin filiación clara que votaban según el viento político del momento. Su papel fue decisivo: cuando se inclinaron hacia la Montaña, los girondinos cayeron. Cuando se giraron contra Robespierre, el Terror terminó.
Las grandes decisiones de la Convención
El juicio y la ejecución del rey
El gran debate inicial fue qué hacer con Luis XVI. Se le juzgó en diciembre de 1792. La pregunta no era solo jurídica: era una declaración de principios sobre si los reyes podían ser responsables ante sus pueblos. Saint-Just, con apenas 25 años, pronunció un discurso que heló la sangre: «El rey debe ser juzgado como enemigo; no como ciudadano».
El 17 de enero de 1793, la Convención votó la pena de muerte. 361 diputados a favor, 360 en contra —en realidad la cifra exacta varía según las fuentes—. El 21 de enero, Luis XVI fue guillotinado en la plaza de la Revolución. Europa entera se estremeció. España, que en ese momento tenía una política de cierta neutralidad, rompió relaciones con Francia y no tardó en entrar en guerra.
La guerra y el Comité de Salvación Pública
Con media Europa en armas contra Francia y una rebelión interna en La Vendée, la Convención tomó una decisión que definió todo lo que vino después: creó el Comité de Salvación Pública en abril de 1793. Era un órgano ejecutivo de doce miembros que concentraba el poder real del gobierno. Y desde julio de 1793, Robespierre lo dominó.
np>Lo que siguió fue el Terror. No es una metáfora: se llamó así, la Terreur. Entre septiembre de 1793 y julio de 1794, el Tribunal Revolucionario envió al cadalso a más de 16.000 personas en toda Francia, con cifras de muertos totales (incluyendo ejecuciones extrajudiciales y represalias en provincias) que algunos historiadores elevan por encima de los 40.000.
La caída de los girondinos y el 9 Termidor
En junio de 1793, los líderes girondinos fueron arrestados. Muchos acabaron guillotinados en octubre. La Convención, vaciada de sus elementos moderados, quedó bajo el dominio jacobino.
Pero el Terror se devoró a sí mismo. Danton, que había pedido clemencia, fue ejecutado en abril de 1794. La máquina no distinguía ya entre enemigos reales y supuestos. El miedo se instaló entre los propios convencionales: cualquiera podía ser el próximo.
El 9 Termidor del año II (27 de julio de 1794), una coalición de diputados aterrados arrestó a Robespierre en plena sesión. Al día siguiente, junto a Saint-Just y otros, fue guillotinado sin juicio. Fue el fin del Terror. Fue también el principio del fin de la fase más radical de la Revolución.
Tabla comparativa: girondinos vs. montañeses
| Aspecto | Girondinos | Montañeses (Jacobinos) |
|---|---|---|
| Base social | Burguesía provincial, comerciantes | Clases populares urbanas, sans-culottes |
| Visión del Estado | Federalismo, descentralización | República centralizada y fuerte |
| Actitud hacia el rey | División: muchos preferían no ejecutarle | Ejecución como necesidad política |
| Métodos | Debate parlamentario, legalidad | Medidas de excepción, Terror |
| Final | Arrestados y ejecutados en 1793-1794 | Caída con el 9 Termidor (1794) |
| Figuras clave | Brissot, Vergniaud, Condorcet | Robespierre, Saint-Just, Marat |
La Convención termidoriana: el giro conservador
Tras el 9 Termidor, la Convención vivió una segunda etapa radicalmente diferente. Los supervivientes girondinos regresaron, los clubes jacobinos fueron clausurados, y la reacción termidoriana castigó a muchos que habían participado en el Terror.
La Convención termidoriana redactó la Constitución del Año III (1795), que creó un sistema más conservador: sufragio censitario, un ejecutivo colegiado llamado Directorio, y dos cámaras legislativas. Era la respuesta a los excesos del jacobinismo, pero también el inicio de una inestabilidad que acabaría abriendo la puerta a Napoleón.
La Convención se disolvió el 26 de octubre de 1795. Había durado tres años, dos meses y seis días. Tiempo suficiente para cambiar la historia del mundo.
Las consecuencias: qué cambió para siempre
En Francia
- Abolición definitiva del feudalismo y los privilegios nobiliarios.
- Primera constitución genuinamente republicana de la historia francesa.
- Levée en masse: el primer ejército de ciudadanos a gran escala, modelo que copiarán todas las potencias europeas en el siglo XIX.
- El precedente del Terror como advertencia sobre los peligros de concentrar poder sin contrapesos.
En Europa y el mundo
- La ejecución de Luis XVI provocó la entrada en guerra de España, Gran Bretaña, Holanda y otras potencias, formando la Primera Coalición.
- Las ideas republicanas y de soberanía popular se extendieron por toda Europa, sembrando las semillas de las revoluciones del siglo XIX.
- El modelo del Terror fue estudiado —con horror y fascinación— por generaciones de políticos, filósofos e historiadores. Marx, Lenin, Hannah Arendt: todos volvieron a la Convención para pensar la violencia revolucionaria.
En España: una conexión directa
Si estudias Historia de España para la EVAU, aquí hay un enlace imprescindible. La «Guerra de la Convención» (1793-1795), en la que España luchó contra la Francia republicana, terminó con la derrota española en el Tratado de Basilea (1795). Ese fracaso militar precipitó la alianza con Francia, que acabaría arrastrando a España a las Guerras Napoleónicas y, con ellas, a la crisis del Antiguo Régimen, la Guerra de Independencia y el inicio del liberalismo español. El hilo que va de la Convención Nacional francesa a la Constitución de Cádiz de 1812 es directo y fascinante.
El debate historiográfico: ¿fue necesario el Terror?
Esta es la pregunta que lleva siglos dividiéndo a los historiadores. La escuela clásica republicana francesa —de Michelet a Mathiez— tendió a justificar el Terror como una respuesta inevitable a la emergencia militar y a la amenaza contrarrevolucionaria. Si Francia no se hubiera armado y endurecido, argumentaban, la revolución habría sido aplastada desde fuera.
Revisiones más recientes —François Furet es el nombre más influyente— cuestionan esa narrativa. Para Furet, el Terror no era una necesidad de circunstancias, sino una consecuencia lógica de la ideología jacobina: cuando crees tener razón absoluta, cuando identificas la República con la Virtud y la Virtud con la pureza, la violencia contra «los impuros» se convierte en un imperativo moral. Es una advertencia que sigue siendo relevante.
No hay consenso. Y eso, en historia, es señal de que el tema importa de verdad.
Preguntas para seguir pensando
Antes de cerrar el libro —o la pantalla—, déjate llevar por unas cuantas preguntas que no tienen respuesta fácil:
- ¿Puede una revolución mantenerse fiel a sus principios de libertad e igualdad cuando usa el terror para defenderse? ¿O en ese momento los traiciona irremediablemente?
- ¿La Convención fue una anomalía histórica o el primer modelo de lo que sería el Estado totalitario del siglo XX?
- Los girondinos querían una revolución moderada y acabaron guillotinados. Los montañeses querían una revolución radical y también acabaron guillotinados. ¿Qué nos dice eso sobre la dinámica de los procesos revolucionarios?
- Si vivieras en el París de 1793, con ejércitos extranjeros en la frontera y contrarrevolucionarios en el interior, ¿cómo habrías votado? ¿Con la Montaña o con la Gironda?
La Convención Nacional francesa no fue solo un parlamento. Fue un experimento brutal, brillante y aterrador sobre los límites del poder democrático. Y su historia —con toda su grandeza y todo su horror— sigue hablándonos.