Historia

Enciclopedia de Diderot y D’Alembert: la revolución del conocimiento

31/07/2026 Verónica Battle REC 21:04

Una bomba de papel: cuando editar un libro era un acto revolucionario

Imagina que alguien te propone reunir en un solo lugar todo el conocimiento humano disponible, desafiar a la Iglesia, irritar a la monarquía y cambiar para siempre la forma en que la gente entiende el mundo. Un proyecto así hoy podría sonar a startup tecnológica ambiciosa. En el siglo XVIII sonaba, directamente, a locura o a traición. Y sin embargo, eso fue exactamente lo que hicieron Denis Diderot y Jean le Rond d’Alembert cuando pusieron en marcha la enciclopedia de Diderot, una obra que tardó más de veinte años en completarse y que terminó siendo una de las palancas intelectuales de la Revolución Francesa.

No estamos hablando de un diccionario más. Estamos hablando de un artefacto ideológico disfrazado de obra de referencia.

El contexto: Europa en vísperas de una explosión

Para entender la magnitud del proyecto, hay que situarse en la Europa de mediados del siglo XVIII. El Antiguo Régimen todavía sostenía la sociedad sobre tres pilares: la monarquía absoluta, la aristocracia hereditaria y la autoridad doctrinal de la Iglesia. El conocimiento no era un bien común: era un privilegio custodiado por las élites eclesiásticas y académicas.

Pero algo estaba cambiando por debajo de esa superficie aparentemente estable. La Revolución Científica del siglo anterior —con Newton, Galileo, Descartes— había demostrado que la razón humana podía explicar el universo sin necesitar de dogmas. Los filósofos ilustrados, los llamados philosophes, llevaban décadas argumentando que la razón debía aplicarse también a la política, la economía y la moral. Voltaire satirizaba el fanatismo religioso. Montesquieu proponía la separación de poderes. Rousseau pensaba en la soberanía popular.

En ese clima intelectual efervescente, la idea de una enciclopedia no era solo un proyecto editorial. Era una declaración de principios.

El origen: de la traducción a la revolución

Un encargo que se fue de las manos

La historia de la Encyclopédie comienza, curiosamente, con una traducción. En 1745, el editor André Le Breton quiso publicar en Francia una versión del Cyclopaedia del inglés Ephraim Chambers, una obra de referencia de cierto éxito en Gran Bretaña. Para ello contrató a Diderot y a d’Alembert como directores del proyecto. Pronto quedó claro que aquellos dos hombres tenían algo mucho más ambicioso en mente.

Denis Diderot era un intelectual polifacético, hijo de un cuchillero, formado en filosofía y letras, con una energía intelectual difícilmente contenible. Jean le Rond d’Alembert era matemático y científico de primera fila, miembro de la Academia Francesa. Juntos formaban un tándem inusual: uno apasionado y desbordante, el otro riguroso y metódico. Y compartían algo fundamental: la convicción de que el conocimiento debía ser accesible, útil y libre de censura teológica.

El proyecto se transformó. Ya no sería una mera traducción adaptada: sería la Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers —la Enciclopedia, o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios—. Un título que ya en sí mismo decía mucho: «razonado» era la clave. Todo entraría por el filtro de la razón.

Los colaboradores: un ejército intelectual

Diderot y d’Alembert no trabajaron solos. Reclutaron a más de ciento cincuenta colaboradores —los encyclopédistes— entre los que figuraban las mentes más brillantes del momento: Voltaire, Rousseau, Montesquieu, el barón d’Holbach, Turgot, Buffon. Cada uno aportó artículos en su área de especialidad. El resultado fue una obra colectiva sin precedentes en la historia editorial europea.

  • Voltaire redactó artículos sobre literatura, historia y filosofía.
  • Rousseau contribuyó con textos sobre música y algunos aspectos de la política.
  • D’Holbach se encargó de numerosos artículos científicos y filosóficos, muchos de ellos abiertamente materialistas.
  • Diderot escribió personalmente cientos de entradas, desde filosofía hasta técnicas artesanales.

La estructura de la obra: un mapa del saber ilustrado

La Encyclopédie se publicó entre 1751 y 1772, en diecisiete volúmenes de texto y once de ilustraciones —las célebres planches— que documentaban con detalle los procesos artesanales e industriales de la época. En total, más de 70.000 artículos y 3.000 grabados.

Pero la estructura no era solo cuantitativa. D’Alembert escribió el Discurso preliminar, que actuaba como manifiesto intelectual del proyecto. En él proponía un árbol del conocimiento —inspirado en Bacon— que organizaba todo el saber humano en tres grandes ramas: la Memoria (historia), la Razón (filosofía y ciencias) y la Imaginación (artes). La teología quedaba subordinada a la filosofía, no al revés. Un giro copernicano, en sentido figurado.

Además, la enciclopedia de Diderot introdujo algo que hoy nos parece normal pero que entonces era subversivo: las entradas cruzadas. Un artículo sobre «intolerancia religiosa» te remitía a otro sobre «razón», que te llevaba a otro sobre «libertad de pensamiento». Era una red de ideas construida deliberadamente para que el lector llegara solo a ciertas conclusiones. La hipertextualidad avant la lettre.

¿Sabías que…? Diderot incluyó en la Encyclopédie artículos técnicos tan detallados sobre la fabricación de medias, el trabajo de los curtidores o la fundición de metales que varios gremios artesanales protestaron indignados, alegando que se estaban revelando sus secretos profesionales al gran público. Para Diderot, democratizar el conocimiento técnico era tan importante como difundir la filosofía ilustrada.

La persecución: gobernar era también censurar

La primera prohibición (1752)

Los dos primeros volúmenes apenas llevaban unos meses en circulación cuando el Consejo del Rey prohibió la obra en 1752. El motivo declarado era que algunos artículos contenían «principios contrarios a la autoridad real y al interés de la religión». No era una acusación infundada: la Encyclopédie criticaba veladamente el absolutismo, relativizaba el papel de la Iglesia y ponía en duda dogmas establecidos.

Sin embargo, la prohibición no duró. El director de la Biblioteca Real, Guillaume de Malesherbes, era simpatizante del proyecto y maniobró para que continuara. Llegó incluso a guardar temporalmente los manuscritos comprometidos en su propia casa para ponerlos a salvo de una posible redada policial. El Estado censuraba con una mano y protegía con la otra: síntoma de una élite ilustrada atrapada entre sus propias convicciones y sus obligaciones institucionales.

La crisis de 1759 y la traición del editor

La segunda prohibición llegó en 1759 y fue más grave. El Parlamento de París retiró el privilegio de publicación. D’Alembert, agotado por las presiones, abandonó la dirección del proyecto. Fue entonces cuando Diderot demostró de qué estaba hecho: siguió solo, coordinando colaboradores, escribiendo artículos, negociando con censores. Años después descubrió que el propio editor Le Breton había mutilado en secreto decenas de artículos, eliminando los pasajes más arriesgados antes de enviarlos a imprenta. Diderot se enteró cuando la obra ya estaba publicada y no podía hacer nada. Escribió que se sentía «deshonrado».

Esa traición revela algo importante: incluso los aliados del proyecto le tenían miedo. La Encyclopédie era demasiado peligrosa para llevarla hasta el final sin concesiones.

Las ideas que cambiaron el mundo

Contra el fanatismo y la superstición

Uno de los hilos conductores de la obra es la crítica —a veces directa, a veces elusiva— de la intolerancia religiosa y el fanatismo. Artículos como «Intolerancia», «Superstición» o «Fanatismo» son ensayos filosóficos disfrazados de entradas de diccionario. El mensaje era claro: la razón debía reemplazar al dogma como guía de la vida humana y social.

La dignidad del trabajo manual

Algo que distingue a la Encyclopédie de otras obras de la época es su valoración explícita de los oficios manuales. Diderot visitó talleres de artesanos, observó sus técnicas y las documentó con rigor. Para él, el conocimiento práctico del zapatero o del herrero tenía el mismo valor que el saber abstracto del filósofo. Esto era una ruptura con la jerarquía intelectual tradicional, que despreciaba el trabajo manual como actividad indigna del pensamiento elevado.

El germen de la soberanía popular

Artículos sobre «Autoridad política», «Ciudadano» o «Libertad» introducían conceptos que décadas después darían forma a la Revolución Francesa. La idea de que el poder emana de los ciudadanos y no de Dios, que la ley debe proteger al individuo y no al soberano, que la tiranía es ilegítima por definición: todo estaba allí, sembrado en miles de páginas de texto aparentemente enciclopédico.

El impacto histórico: de los salones de París al mundo

La Encyclopédie se convirtió en un fenómeno de ventas sin precedentes para una obra de esas características. Se calcula que la edición original contó con unos 4.000 suscriptores, pero ediciones más baratas publicadas en Suiza y otros territorios ampliaron enormemente su difusión. Llegó a América del Norte —donde Benjamín Franklin y Thomas Jefferson la leyeron con atención—, a los ilustrados españoles, a las colonias latinoamericanas.

En España, la influencia de la enciclopedia de Diderot se filtró a través de los novatores y de los ilustrados del reinado de Carlos III, aunque siempre bajo la vigilancia atenta de la Inquisición, que incluyó la obra en su Índice de libros prohibidos. Paradójicamente, eso no hizo sino aumentar su atractivo entre las élites intelectuales españolas.

Cuando en 1789 estalló la Revolución Francesa, muchos de los conceptos que articularon sus primeras declaraciones —soberanía popular, derechos del ciudadano, separación de poderes, libertad de expresión— llevaban décadas circulando precisamente a través de la Encyclopédie y de la cultura ilustrada que la rodeaba. No fue la causa de la Revolución —las causas son siempre más materiales y complejas— pero fue uno de sus laboratorios ideológicos más influyentes.

Diderot al final: la soledad del editor revolucionario

Denis Diderot murió en 1784, cinco años antes de la Revolución que su trabajo contribuyó a hacer posible. Nunca fue un hombre rico: buena parte de sus ganancias se las quedó el editor. Tampoco fue reconocido en vida con la magnitud que merecía. Pasó periodos en prisión —breves pero intimidatorios—, vio su obra mutilada, fue abandonado por colaboradores que prefirieron protegerse.

Y sin embargo, cuando se repasa la historia del pensamiento occidental, su enciclopedia aparece una y otra vez como un punto de inflexión. No por ser perfecta —tenía contradicciones, límites, artículos mediocres junto a otros extraordinarios— sino por ser valiente en un momento en que la valentía intelectual tenía consecuencias reales.

¿Por qué importa hoy la enciclopedia de Diderot?

Vivimos en la era de Wikipedia, de las bases de datos abiertas, del acceso instantáneo a millones de fuentes. Es fácil olvidar que esa idea —el conocimiento como bien común, accesible a cualquier persona con curiosidad— no siempre fue evidente. Alguien tuvo que defenderla cuando era peligroso hacerlo.

La Encyclopédie planteó preguntas que siguen vigentes: ¿Quién tiene derecho a definir qué es verdad? ¿Puede el conocimiento ser neutral, o siempre sirve a alguien? ¿Qué sucede cuando la información contradice al poder establecido? Son preguntas del siglo XVIII que resuenan con una familiaridad inquietante en el siglo XXI.

Si te ha interesado este tema, hay varios caminos naturales para seguir explorando. Puedes profundizar en el pensamiento de Voltaire y la crítica ilustrada de la religión, en el contrato social de Rousseau y su influencia en las revoluciones atlánticas, o en cómo la Ilustración llegó a España y chocó con sus propias resistencias. También resulta fascinante rastrear cómo las ideas de la Encyclopédie viajaron hasta las colonias americanas y alimentaron los movimientos de independencia. El árbol del conocimiento que plantaron Diderot y d’Alembert tiene ramas que llegan hasta hoy.

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