Segunda Guerra Mundial: causas, desarrollo y consecuencias

¿Cómo un mundo que había jurado ‘nunca más’ volvió a desgarrarse en solo veinte años?

En 1919, los líderes de las potencias vencedoras firmaron el Tratado de Versalles convencidos de que acababan de clausurar la guerra más devastadora de la historia. Habían perdido millones de personas. Habían visto imperios centenarios derrumbarse como torres de naipes. Y sin embargo, apenas dos décadas después, el mundo ardía de nuevo, esta vez con una violencia aún mayor. El resumen de la Segunda Guerra Mundial no puede entenderse sin preguntarse por qué fracasó tan rotundamente aquel intento de paz. La respuesta, como suele ocurrir en historia, es incómoda: porque las semillas del siguiente conflicto se sembraron en el momento mismo de cerrar el anterior.

Este artículo recorre las causas profundas del conflicto, sus fases principales, los escenarios que lo definieron y las consecuencias que todavía moldean el mundo en que vivimos. Si preparas la EVAU, ten en cuenta que este tema aparece habitualmente en el bloque de Historia del Mundo Contemporáneo, y suele pedirse tanto el análisis causal como las consecuencias geopolíticas. Pero más allá del examen, esta historia merece contarse como lo que fue: una de las mayores tragedias colectivas de la humanidad.

Las causas: cuando la paz se convierte en mecha encendida

El peso insoportable de Versalles

El Tratado de Versalles (1919) impuso a Alemania condiciones que muchos historiadores, entre ellos el economista John Maynard Keynes en su obra Las consecuencias económicas de la paz, consideraron autodestructivas. Alemania perdió el 13% de su territorio, el 10% de su población, todas sus colonias y fue obligada a pagar reparaciones de guerra astronómicas —132.000 millones de marcos oro— mediante el famoso artículo 231, la cláusula de culpabilidad. La humillación no era solo económica: era moral. Y sobre suelo humillado crecen bien los extremismos.

Junto a esto, la Sociedad de Naciones —el organismo de seguridad colectiva creado en 1920— nació coja de origen. Estados Unidos nunca la ratificó, privándola de su potencia más dinámica. La URSS quedó excluida durante años. Alemania no entró hasta 1926 y fue expulsada en 1933. Era, en la práctica, un club de potencias medianas con escasa capacidad coercitiva real.

La Gran Depresión como acelerador

El crack de 1929 destruyó los equilibrios políticos que aún se sostenían con alambre. Alemania, que había vivido una cierta estabilidad gracias a los créditos americanos (Plan Dawes, 1924), vio cómo esos capitales se retiraban de golpe. El desempleo llegó al 30% en 1932. En ese contexto de desesperación, Adolf Hitler y el Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP) ofrecían respuestas simples a problemas complejos: un enemigo interior (los judíos), un enemigo exterior (el diktat de Versalles) y una promesa de grandeza recuperada.

Hitler llegó al poder legalmente en enero de 1933. En pocos años desmanteló la república de Weimar, remilitarizó Renania, se anexionó Austria (Anschluss, 1938) y los Sudetes checos, mientras las democracias occidentales respondían con la política de appeasement —apaciguamiento— convencidas de que cada concesión sería la última. El ejemplo más célebre es el Acuerdo de Múnich (septiembre de 1938), donde Gran Bretaña y Francia sacrificaron la integridad de Checoslovaquia a cambio de una promesa de paz que Hitler no tardó en romper.

El triángulo de los totalitarismos

Alemania no estaba sola en su desafío al orden liberal. Italia, bajo Mussolini desde 1922, llevaba años expandiendo su influencia en el Mediterráneo y África. Japón, impulsado por un nacionalismo militarista, invadió Manchuria en 1931 y desencadenó una guerra total contra China en 1937. El Pacto Anti-Komintern (1936) y el Pacto de Acero (1939) crearon el eje Berlín-Roma-Tokio, aunque su coordinación real durante la guerra fue más bien escasa.

En agosto de 1939, el mundo recibió un golpe de sorpresa mayor: el Pacto Molotov-Ribbentrop, un acuerdo de no agresión entre la URSS y la Alemania nazi que incluía un protocolo secreto para repartirse Polonia y Europa del Este. Stalin ganaba tiempo; Hitler, libertad de acción en el oeste. Una semana después, las tropas alemanas cruzaban la frontera polaca.

El desarrollo del conflicto: etapas de una guerra mundial

1939-1941: la ofensiva del Eje

El 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia con una táctica que el mundo aprendería a llamar Blitzkrieg —guerra relámpago—: combinación masiva de blindados, aviación y infantería motorizada para romper las líneas enemigas antes de que el adversario pudiera reorganizarse. Polonia cayó en menos de un mes. Francia y Gran Bretaña declararon la guerra a Alemania, pero no actuaron de manera decisiva hasta que ya era tarde.

En primavera de 1940, Alemania barrió Dinamarca, Noruega, los Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo en pocas semanas. El desastre de Dunkerque (mayo-junio de 1940) permitió evacuar a más de 330.000 soldados aliados, aunque a un coste enorme. Francia firmó el armisticio el 22 de junio de 1940. Hitler lo escenificó, con deliberado sadismo simbólico, en el mismo vagón de tren donde Alemania había capitulado en 1918.

Gran Bretaña, sola, resistió. La Batalla de Inglaterra (verano-otoño de 1940) fue el primer fracaso estratégico alemán: la RAF impidió que la Luftwaffe obtuviera la superioridad aérea necesaria para una invasión. Churchill, que había llegado al poder en mayo, personificó una resistencia que iba tanto más allá de la estrategia militar cuanto que era también una batalla de relato y voluntad colectiva.

1941: el año que cambió la escala de la guerra

Dos decisiones en 1941 transformaron un conflicto europeo en una guerra verdaderamente mundial. El 22 de junio, Hitler lanzó la Operación Barbarroja contra la URSS, rompiendo el pacto con Stalin. Con tres millones de soldados, fue la mayor invasión terrestre de la historia. Al principio avanzó con la velocidad acostumbrada, pero el invierno ruso, la resistencia soviética y las líneas de abastecimiento sobreextendidas empezaron a hacer su efecto mortal.

El 7 de diciembre de 1941, Japón atacó la base naval estadounidense de Pearl Harbor (Hawái), destruyendo o dañando ocho acorazados. Al día siguiente, Estados Unidos declaraba la guerra a Japón; cuatro días después, Alemania e Italia lo hacían a Estados Unidos. Roosevelt y Churchill ya venían coordinando en secreto, pero ahora la alianza era oficial. La correlación de fuerzas, a largo plazo, había cambiado de manera decisiva.

1942-1945: el giro de la guerra y la victoria aliada

Los años 1942 y 1943 concentran los puntos de inflexión del conflicto. En el frente oriental, la batalla de Stalingrado (agosto de 1942-febrero de 1943) supuso la primera gran derrota alemana en tierra: el Ejército del Sexto, comandado por el mariscal Paulus, quedó cercado y capituló. Más de 300.000 soldados alemanes murieron o fueron capturados. El frente oriental, donde se libró el 80% de las bajas alemanas de la guerra, nunca se recuperó de ese golpe.

En el Pacífico, la batalla de Midway (junio de 1942) destruyó el grueso de la aviación naval japonesa y marcó el inicio de la retirada nipona. En el norte de África, el general Montgomery derrotó a Rommel en El Alamein (octubre de 1942), abriendo el camino para la invasión aliada de Italia (1943). El 6 de junio de 1944, el Día D, 156.000 soldados aliados desembarcaron en las playas de Normandía, la mayor operación anfibia de la historia. Un año después, el 8 de mayo de 1945, Alemania se rendía incondicionalmente. Japón lo haría el 15 de agosto, tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima (6 de agosto) y Nagasaki (9 de agosto).

El Holocausto: la dimensión que no puede quedar en segundo plano

Ningún resumen de la Segunda Guerra Mundial está completo si no aborda el Holocausto, el genocidio sistemático de seis millones de judíos europeos perpetrado por el régimen nazi. No fue un efecto colateral de la guerra: fue un proyecto deliberado, organizado burocráticamente, con su propio sistema logístico y sus propias instituciones. La Conferencia de Wannsee (enero de 1942) coordinó entre altos funcionarios nazis la «solución final a la cuestión judía»: el exterminio industrial en campos como Auschwitz-Birkenau, Treblinka o Sobibor.

Junto a los judíos, el nazismo persiguió y asesinó a gitanos (Porajmos), personas con discapacidad, homosexuales, opositores políticos y millones de civiles soviéticos y polacos. En total, el régimen nazi fue responsable de entre 11 y 17 millones de muertes no combatientes, según las estimaciones historiográficas. Esta dimensión del conflicto remodeló el derecho internacional: los juicios de Núremberg (1945-1946) establecieron el precedente de que los crímenes contra la humanidad podían juzgarse internacionalmente, independientemente de la legislación nacional del Estado perpetrador.

Consecuencias: el mundo que emergió de las ruinas

Un mapa radicalmente nuevo

La guerra dejó entre 70 y 85 millones de muertos —la estimación varía según las fuentes y los criterios de contabilización—, aproximadamente el 3% de la población mundial en 1939. Europa quedó devastada. De las ruinas emergió una nueva arquitectura geopolítica basada en dos grandes bloques antagónicos: Estados Unidos y sus aliados capitalistas frente a la URSS y su esfera socialista. La Guerra Fría, que organizaría la política mundial durante casi medio siglo, comenzó antes incluso de que terminaran los desfiles de victoria.

El orden colonial europeo entró en crisis terminal. La guerra había demostrado la fragilidad de los imperios y había encendido las aspiraciones independentistas en Asia y África. India (1947), Indochina, Indonesia, y más tarde los países africanos reclamaron y obtuvieron su independencia en las décadas siguientes. La descolonización fue uno de los procesos históricos más transformadores del siglo XX, y la Segunda Guerra Mundial fue su detonador.

Nuevas instituciones para un mundo nuevo

La comunidad internacional apostó por la institucionalización como antídoto contra la barbarie. En 1945 se fundó la Organización de las Naciones Unidas, con una Carta que incluía el compromiso con los derechos humanos y la solución pacífica de conflictos. En 1948 se aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En Europa, el proceso de integración —que culminaría décadas después en la Unión Europea— nació en parte como respuesta a la convicción de que la guerra había sido posible porque los estados europeos habían permanecido fragmentados y rivales durante demasiado tiempo.

El Plan Marshall (1948), mediante el cual Estados Unidos inyectó 13.000 millones de dólares en la reconstrucción de Europa occidental, combinaba generosidad con interés estratégico: una Europa próspera era menos vulnerable al comunismo. Funcionó. En menos de una generación, los países devastados por la guerra se convirtieron en economías pujantes. Los historiadores llaman a este período los Trente Glorieuses —los treinta años gloriosos— del capitalismo occidental.

Línea temporal del conflicto

  • 1919: Tratado de Versalles — las semillas del resentimiento
  • 1929: Crack bursátil de Wall Street — crisis económica global
  • 1933: Hitler llega al poder en Alemania
  • 1938: Acuerdo de Múnich — fracaso del apaciguamiento
  • 1 sep. 1939: Invasión de Polonia — inicio oficial de la guerra
  • Jun. 1940: Caída de Francia
  • 22 jun. 1941: Operación Barbarroja — Alemania invade la URSS
  • 7 dic. 1941: Ataque a Pearl Harbor — EEUU entra en guerra
  • Feb. 1943: Derrota alemana en Stalingrado
  • 6 jun. 1944: Desembarco de Normandía (Día D)
  • 8 may. 1945: Capitulación alemana — fin en Europa
  • 15 ago. 1945: Capitulación japonesa — fin en el Pacífico
  • 1945-1946: Juicios de Núremberg
  • 1948: Plan Marshall y Declaración Universal de Derechos Humanos

Una guerra que todavía nos habla

¿Por qué importa seguir estudiando la Segunda Guerra Mundial? No es una pregunta retórica. Importa porque muchos de los mecanismos que la hicieron posible —el resentimiento canalizado por el populismo, la erosión de las instituciones democráticas, la deshumanización del otro, la pasividad de quienes no se sienten directamente amenazados— no son reliquias del pasado. Son tendencias que los historiadores identifican y debaten con vigor renovado en cada generación.

El historiador Timothy Snyder, en obras como Tierras de sangre o Sobre la tiranía, argumenta que comprender cómo funcionaron los regímenes totalitarios del siglo XX es una forma de vacunación cívica. No porque la historia se repita mecánicamente —eso sería determinismo, y ya dijimos que la historia no estaba escrita—, sino porque los patrones humanos que la hacen posible permanecen.

Si este artículo ha despertado tu curiosidad, hay muchos caminos para seguir explorando. Puedes profundizar en el papel de España durante la guerra —que mantuvo una ambigua «no beligerancia» favorable al Eje antes de girar hacia la neutralidad— o en las dimensiones del Holocausto que van más allá de los datos. También puedes explorar cómo la Guerra Fría organizó las décadas siguientes, o cómo el proceso de descolonización transformó el mapa político de tres continentes. Cada uno de esos hilos, si lo tiras con curiosidad, lleva a un tejido más rico de lo que cualquier resumen puede abarcar.