El Período Jurásico representa un capítulo extraordinario en la historia geológica de la Tierra, extendiéndose aproximadamente desde hace 201 millones de años hasta hace 145 millones de años. Este período forma parte de la Era Mesozoica (la famosa «Era de los Reptiles»), situándose estratégicamente entre el Triásico y el Cretácico.
El nombre «Jurásico» no es casualidad ni capricho. Proviene de las montañas del Jura, ubicadas entre Francia y Suiza, donde el geólogo alemán Alexander von Humboldt identificó por primera vez rocas características de esta época en 1795. Posteriormente, el geólogo Leopold von Buch profundizó en su estudio, consolidando este término en la nomenclatura científica (Weishampel et al., 2004). Este período forma parte de la Era Mesozoica, conocida como la «Era de los Reptiles».
El Período Jurásico es una división de la escala temporal geológica que abarca desde hace 201 hasta 145 millones de años, situado entre el Triásico y el Cretácico dentro de la Era Mesozoica.
| Característica | Descripción |
|---|---|
| Duración | 56 millones de años (201-145 Ma) |
| Era | Mesozoica (Era de los Reptiles) |
| Clima | Cálido y húmedo, sin hielo en los polos |
| Vida dominante | Dinosaurios saurópodos y terópodos |
Cronología: las tres etapas del Jurásico
Tabla resumen de las épocas jurásicas
Para facilitar la comprensión de este extenso período, aquí tienes una tabla comparativa de sus tres épocas principales:
| Época | Millones de años | Evento destacado | Fósil representativo |
|---|---|---|---|
| Jurásico Inferior | 201-174 Ma | Recuperación tras extinción masiva | Primeros saurópodos |
| Jurásico Medio | 174-163 Ma | Fragmentación acelerada de Pangea | Reptiles marinos dominantes |
| Jurásico Superior | 163-145 Ma | Máxima diversidad de dinosaurios | Archaeopteryx, Allosaurus |
Esta división no solo refleja cambios temporales, sino transformaciones ecológicas profundas que marcaron la evolución de la vida en el planeta.
El Período Jurásico no fue una época uniforme, sino que se divide convencionalmente en tres épocas principales, cada una con sus propias características y desarrollos evolutivos:
Jurásico Inferior o Temprano (201-174 millones de años)
Esta etapa inicial, también conocida como Liásico, comenzó tras la extinción masiva del Triásico-Jurásico, un evento catastrófico que eliminó aproximadamente el 80% de las especies existentes. Las causas de esta extinción siguen siendo objeto de debate, aunque muchos científicos apuntan a intensas erupciones volcánicas y los consiguientes cambios atmosféricos como posibles culpables (Hesselbo et al., 2002).
Durante el Jurásico Inferior, los dinosaurios comenzaron su ascenso hacia la dominación ecológica, ocupando nichos abandonados por especies extinguidas. Los primeros dinosaurios saurópodos de cuello largo empezaron a diversificarse, mientras que en los océanos, los amonites (moluscos cefalópodos con conchas en espiral) experimentaron una rápida evolución.
El estudio de estos eventos se relaciona con otras extinciones masivas que marcaron la historia de los dinosaurios a lo largo del Mesozoico.
Jurásico Medio (174-163 millones de años)
El Jurásico Medio, o Dogger, representa una fase de relativa estabilidad climática y considerable actividad geológica. Durante este período, la fragmentación del supercontinente Pangea se aceleró, creando nuevas vías marítimas y zonas costeras que favorecieron la diversificación biológica.
Esta época vio la aparición de las primeras aves (aunque hay debate sobre si Archaeopteryx, descubierto en rocas del Jurásico Superior, tuvo precursores en este período). Los dinosaurios continuaron diversificándose, con los saurópodos alcanzando tamaños cada vez más impresionantes. En los mares, los reptiles marinos como los ictiosaurios y plesiosaurios dominaban las cadenas alimentarias (Benton, 2014).
Jurásico Superior o Tardío (163-145 millones de años)
El Malm, como también se conoce al Jurásico Superior, es quizá la época más icónica del período. Durante estos millones de años, los ecosistemas jurásicos alcanzaron su máxima diversidad y complejidad.
Esta fue la época de gigantes como Diplodocus, Brachiosaurus y el famoso depredador Allosaurus. También apareció el Archaeopteryx, considerado tradicionalmente como el «eslabón perdido» entre los dinosaurios y las aves modernas, mostrando una fascinante combinación de características reptilianas y avianas (Chiappe, 2009).
En los océanos, los arrecifes de coral se expandieron significativamente, creando hábitats para una diversidad sin precedentes de invertebrados marinos y peces. Mientras tanto, en tierra firme, las primeras plantas con flores podrían haber hecho su aparición tentativa, aunque su verdadera diversificación ocurriría posteriormente en el Cretácico.
Un mundo en transformación: Paleogeografía Jurásica
Si pudieramos observar la Tierra desde el espacio durante el Jurásico, nos costaría reconocerla. La distribución de continentes y océanos era radicalmente diferente a la actual, y este factor tuvo profundas implicaciones para el clima, los ecosistemas y la evolución de la vida.
La fragmentación de Pangea
Al inicio del Jurásico, la mayoría de las masas terrestres estaban aún unidas en el supercontinente Pangea, formando una enorme extensión de tierra rodeada por un vasto océano global llamado Panthalassa. Sin embargo, las fuerzas tectónicas ya estaban trabajando para fragmentar este supercontinente (Scotese, 2001).
Durante el transcurso del Jurásico, Pangea comenzó a dividirse en dos grandes masas continentales:
- Laurasia al norte (que incluía lo que hoy es Norteamérica, Europa y Asia).
- Gondwana al sur (que comprendía Sudamérica, África, India, Australia y Antártida).
Entre estos dos «supercontinentes hijos» se fue abriendo progresivamente un nuevo océano: el Tetis, precursor del actual Mediterráneo. Este proceso de ruptura continental creó nuevas líneas costeras, mares poco profundos y cambió drásticamente los patrones de circulación oceánica y atmosférica.
El nacimiento del Atlántico
Uno de los eventos geológicos más significativos del Jurásico fue el inicio de la apertura del Océano Atlántico. A medida que Norteamérica se separaba de África y Europa, una estrecha franja de mar comenzó a formarse entre estos continentes. Este proceso vino acompañado de intensa actividad volcánica y la formación de nueva corteza oceánica (Labails et al., 2010).
La apertura del Atlántico transformó el clima global y creó nuevos ecosistemas marinos. Las evidencias de este dramático evento pueden observarse hoy en las similitudes geológicas entre las costas orientales de América y las occidentales de Europa y África.
Territorios sumergidos
Un aspecto fascinante de la geografía jurásica es que muchas áreas que hoy son tierra firme estaban entonces bajo el agua. Por ejemplo, gran parte de Europa Occidental constituía un archipiélago de islas en mares poco profundos y cálidos, lo que explica la abundancia de fósiles marinos en países como Inglaterra, Francia y Alemania.
La actual América del Norte estaba dividida por el Mar Interior Occidental, una extensa vía marítima que conectaba lo que ahora es el Golfo de México con el Ártico. Mientras tanto, vastas regiones de lo que hoy es Rusia y Siberia formaban parte de mares epicontinentales poco profundos.
Estas condiciones crearon hábitats ideales para arrecifes de coral, reptiles marinos y una asombrosa diversidad de vida oceánica, cuyos restos fosilizados constituyen hoy importantes yacimientos petrolíferos y registros paleontológicos.
¿Cómo podemos saber esto? Los geólogos utilizan evidencias como la distribución de fósiles marinos idénticos en continentes hoy separados, análisis de paleomagnetismo en rocas y estudios de antiguas líneas de costa fosilizadas. Estas técnicas han permitido reconstruir con notable precisión los movimientos de los continentes durante el Jurásico, confirmando la teoría de la tectónica de placas y revelando un planeta en constante transformación geológica.
El clima Jurásico: Un invernadero natural
Si pudiéramos viajar al Jurásico, una de las primeras cosas que notaríamos sería su clima radicalmente diferente al actual. La Tierra jurásica era, en general, un planeta mucho más cálido, húmedo y libre de hielo que el mundo contemporáneo.
Un mundo sin polos helados
Durante la mayor parte del Jurásico, la Tierra experimentó lo que los científicos denominan un «clima de invernadero». Las temperaturas globales eran en promedio 5-10°C más altas que las actuales, y lo más sorprendente: no existían casquetes polares permanentes.
Las evidencias geológicas y paleobotánicas sugieren que incluso las regiones polares mantienen temperaturas relativamente moderadas, permitiendo que bosques templados crecieran en latitudes donde hoy encontramos tundra y hielo permanente. Los análisis isotópicos de fósiles marinos confirman esta ausencia de aguas polares frías durante la mayor parte del período (Dera et al., 2011).
Niveles de CO₂ y efecto invernadero
¿Qué causaba este clima tan diferente? Un factor fundamental era la concentración atmosférica de CO₂, que se estima era 4-5 veces superior a los niveles preindustriales. Estas altas concentraciones de gases de efecto invernadero procedían principalmente de la intensa actividad volcánica asociada con la fragmentación de Pangea.
Este potente efecto invernadero natural era muy diferente al calentamiento actual, aunque ambos comparten el papel del CO₂ como motor del cambio climático.
Este potente efecto invernadero natural creó un mundo con gradientes térmicos mucho menos pronunciados entre el ecuador y los polos. Sin embargo, seguían existiendo variaciones estacionales, especialmente en las latitudes más altas (Sellwood & Valdes, 2008).
Fluctuaciones climáticas
Aunque el Jurásico fue generalmente cálido, no fue climáticamente uniforme. Los estudios geológicos han identificado varios episodios de enfriamiento relativo y evidencias de posibles glaciaciones menores de corta duración, particularmente durante el Jurásico Medio.
Estas fluctuaciones climáticas provocaron cambios en los niveles del mar y tuvieron importantes implicaciones para la evolución y distribución de los ecosistemas. Los científicos creen que estos cambios estuvieron relacionados con variaciones en la actividad volcánica, la configuración continental y posiblemente factores astronómicos como las variaciones en la órbita terrestre (ciclos de Milankovitch).
Monzones y ciclones: un clima extremo
La peculiar distribución de los continentes jurásicos, con Pangea aún en proceso de fragmentación, creó patrones meteorológicos muy diferentes a los actuales. Los modelos climáticos sugieren la existencia de poderosos sistemas monzónicos que afectaban a grandes regiones continentales.
Las vastas extensiones oceánicas y las altas temperaturas habrían favorecido la formación de tormentas tropicales y ciclones más intensos y frecuentes que los actuales. Las evidencias de estos eventos extremos pueden encontrarse en determinados depósitos sedimentarios que muestran patrones característicos de eventos de alta energía (Parrish, 1993).
Este clima cálido y generalmente húmedo, con estaciones marcadas por lluvias monzónicas en muchas regiones, creó condiciones ideales para el desarrollo de exuberantes ecosistemas y explica en parte el gigantismo de muchos organismos jurásicos, especialmente los dinosaurios saurópodos, que necesitaban abundante vegetación para mantener sus enormes cuerpos.

La explosión de vida: Biodiversidad Jurásica
El Jurásico representa uno de los períodos más dinámicos en la historia evolutiva de nuestro planeta. Tras la extinción masiva del final del Triásico, que eliminó aproximadamente el 80% de las especies existentes, los ecosistemas jurásicos experimentaron una extraordinaria radiación adaptativa, llenando nichos ecológicos vacantes y explorando nuevas estrategias evolutivas.
Los dinosaurios: Íconos del Jurásico
Aunque los dinosaurios aparecieron en el Triásico, fue durante el Jurásico cuando realmente alcanzaron su apogeo ecológico y evolucionaron hacia las formas más icónicas que pueblan nuestro imaginario colectivo.
Los saurópodos, esos gigantes herbívoros de cuello largo, experimentaron una espectacular diversificación durante este período. Géneros como Diplodocus, Brachiosaurus, Apatosaurus y Camarasaurus alcanzaron tamaños colosales, con algunos ejemplares superando los 25 metros de longitud y las 30 toneladas de peso. Estas dimensiones extraordinarias plantean fascinantes preguntas sobre su fisiología, alimentación y comportamiento que siguen intrigando a los paleontólogos (Sander et al., 2011).
Entre los terópodos carnívoros, el Jurásico Superior vio la aparición de superdepradores como el Allosaurus, un eficiente cazador que, con sus casi 10 metros de longitud y sus afilados dientes serrados, ocupaba un nivel similar al de los grandes felinos en los ecosistemas actuales. Los estudios de biomecánica sugieren que estos dinosaurios podrían cazar en grupo para abatir a los enormes saurópodos, aunque este comportamiento sigue siendo objeto de debate (Brusatte, 2012).
También durante el Jurásico apareció Archaeopteryx, un pequeño dinosaurio emplumado que representa un fascinante eslabón evolutivo entre los dinosaurios terópodos y las aves modernas. Sus fósiles, excepcionalmente preservados en las calizas de Solnhofen (Alemania), muestran claramente caracteres transicionales como plumas bien desarrolladas junto con características reptilianas como dientes y una larga cola ósea.
Dinosaurios jurásicos en España
Aunque España no es tan famosa como Norteamérica por sus fósiles jurásicos, nuestro territorio guarda importantes yacimientos de este período. Destacan:
- Teruel: Restos de saurópodos en la localidad de Riodeva, que demuestran que estos gigantes habitaron la península.
- Asturias: Impresionantes huellas de dinosaurios en la costa jurásica asturiana, especialmente en playas como Tazones.
- Soria: Yacimiento de icnitas (huellas fosilizadas) en Villar del Río.
Estos descubrimientos confirman que durante el Jurásico, lo que hoy es España formaba parte de un archipiélago con condiciones ideales para estos reptiles. El clima cálido y la abundancia de vegetación crearon ecosistemas perfectos para el desarrollo de diversas especies de dinosaurios herbívoros y carnívoros.

El Jurásico en España: Un patrimonio excepcional
España posee uno de los registros jurásicos más completos y mejor estudiados de Europa, con afloramientos de importancia internacional que han proporcionado valiosa información sobre este período.
La cuenca asturiana: Ventana al mar Jurásico
La costa asturiana, especialmente en la zona conocida como la «Costa de los Dinosaurios» (entre Gijón y Ribadesella), alberga uno de los mejores registros del Jurásico marino en Europa. Los acantilados de esta región exponen una secuencia casi continua de rocas jurásicas, con abundantes fósiles marinos y espectaculares icnitas (huellas fosilizadas) de dinosaurios que recorrían las antiguas playas y llanuras costeras.
Yacimientos como el de Tazones o Lastres han proporcionado importantes hallazgos paleontológicos, incluyendo restos de dinosaurios, reptiles marinos y una extraordinaria diversidad de invertebrados fósiles. Las características sedimentológicas de estos depósitos indican un ambiente de mares someros y cálidos, con frecuentes oscilaciones del nivel del mar (García-Ramos et al., 2006).
La Cordillera Ibérica: ecosistemas continentales
En la Cordillera Ibérica, especialmente en las provincias de Teruel y Soria, se encuentran importantes afloramientos jurásicos que representan principalmente ambientes continentales y de transición. La Formación Villar del Arzobispo, de edad Jurásico Superior-Cretácico Inferior, ha proporcionado numerosos restos de dinosaurios, incluyendo saurópodos gigantes como Turiasaurus riodevensis, uno de los dinosaurios más grandes descubiertos en Europa.
El Parque Paleontológico de Dinópolis en Teruel se ha convertido en un importante centro de investigación y divulgación de este patrimonio, combinando rigor científico con propuestas museográficas innovadoras que permiten al público general acercarse al fascinante mundo del Jurásico ibérico.
El Jurásico catalán: Entre el mar y la tierra
En Cataluña, los afloramientos jurásicos de la Cuenca del Maestrazgo y las sierras litorales han proporcionado importantes hallazgos paleontológicos. Localidades como Fumanya o la zona del Montsec preservan un registro excepcional que incluye desde ambientes marinos profundos hasta costeros.
Particularmente notable es el yacimiento de La Pedrera de Meià (Lleida), uno de los konservat-lagerstätten (yacimientos de conservación excepcional) más importantes del Jurásico europeo, con fósiles que preservan tejidos blandos, impresiones de piel e incluso contenidos estomacales, proporcionando una ventana única a los ecosistemas jurásicos (Gómez et al., 2019).
Importancia científica y patrimonial
El Jurásico español no solo tiene importancia científica sino también patrimonial y económica. Numerosos geoparques y museos paleontológicos ponen en valor este legado, combinando investigación, conservación y divulgación. Ejemplos como el Museo del Jurásico de Asturias (MUJA) o el ya mencionado Dinópolis han conseguido convertirse en referentes internacionales de turismo científico y educativo.
La declaración de algunos de estos yacimientos como Patrimonio Mundial por la UNESCO reconoce su valor excepcional y ayuda a garantizar su protección para las generaciones futuras. Los estudios en estos sitios continúan proporcionando nuevos datos que refinan nuestra comprensión del Jurásico no solo a nivel regional sino global.

Conclusiones: el Jurásico, un capítulo fundamental en la historia de la Tierra
Nuestro viaje a través del Período Jurásico nos ha permitido vislumbrar un mundo radicalmente diferente al actual, pero cuyos procesos biológicos y geológicos continúan resonando en el presente. A modo de síntesis, podemos destacar varias conclusiones fundamentales:
- Un mundo en transformación: El Jurásico fue un período de profundos cambios geográficos, con la fragmentación de Pangea reconfigurando continentes y océanos. Este proceso tectónico tuvo efectos cascada sobre el clima global, los patrones de circulación oceánica y la distribución de los ecosistemas.
- Innovación evolutiva: Los 56 millones de años del Jurásico presenciaron extraordinarias innovaciones evolutivas, desde la radiación de los dinosaurios gigantes hasta los primeros experimentos con el vuelo vertebrado y los primeros pasos hacia las aves modernas. Estos desarrollos establecieron patrones ecológicos que perdurarían durante el resto del Mesozoico.
- Legado geológico y económico: Las rocas jurásicas no solo preservan un extraordinario registro fósil, sino que también albergan importantes recursos económicos, desde hidrocarburos hasta materiales de construcción. Los procesos sedimentarios jurásicos crearon algunas de las rocas madre de petróleo más productivas del mundo.
- Un laboratorio natural: El estudio del Jurásico proporciona un fascinante «experimento natural» para comprender procesos evolutivos a largo plazo, dinámicas ecológicas en condiciones de invernadero y respuestas bióticas a cambios ambientales graduales y abruptos.
- Conexión con el presente: Aunque separado de nosotros por 145 millones de años, el Jurásico mantiene conexiones sorprendentes con el mundo actual. Muchos grupos biológicos familiares (tiburones modernos, ranas, tortugas, cocodrilos, mamíferos) establecieron sus características fundamentales durante este período.
Quizás lo más fascinante del Jurásico es que, a pesar de más de dos siglos de investigación, sigue siendo en muchos aspectos una frontera científica. Cada año, nuevos descubrimientos y metodologías revelan facetas inesperadas de este período crítico. Los afloramientos jurásicos en España, con su excepcional registro fósil y su accesibilidad para la investigación, continuarán sin duda jugando un papel fundamental en la resolución de estos misterios.
Comprender períodos como el Jurásico nos ayuda a entender mejor la historia geológica de la Tierra y los procesos que han modelado nuestro planeta. Como escribió el palentólogo Stephen Jay Gould: «El pasado profundo no es menos intenso, complejo o interesante por estar alejado en el tiempo… El Jurásico no fue meramente un preludio para nuestro tiempo, sino un mundo completo en sí mismo, con sus propias reglas, ganadores y perdedores» (Gould, 1989).
Al contemplar los fósiles jurásicos en un museo o visitar los impresionantes afloramientos de este período, no estamos simplemente mirando curiosidades de un pasado remoto, sino conectando con un capítulo fundamental de la narrativa de nuestro planeta—una narrativa de la que formamos parte y que continúa desarrollándose a nuestro alrededor.

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