Resumen de Antígona de Sófocles

El testimonio más antiguo que tenemos de Antígona aparece en una vasija griega del siglo V a.C., imagen prístina de la enigmática joven llevada frente a Creonte. Versiones teatrales, operísticas, coreográficas, cinematográficas y narrativas del mito se siguen escribiendo en nuestros días, y la constante línea de análisis poéticos, éticos y políticos en torno a ella no da muestra de haberse interrumpido en todo este tiempo. ¿Por qué?, ¿qué hay en esa mujer antigua que, junto con Orfeo, Prometeo, Ulises, Dionisos, Medea o Edipo, entre otros, se ha vuelto uno de los símbolos recurrentes del imaginario occidental?

Asomémonos en la versión de Sófocles. Con el poeta griego la tragedia de Antígona se origina cuando los hermanos Eteocles y Polineces se dan muerte uno al otro en una guerra por el trono de Tebas. Eteocles contaba con el apoyo de su ciudad natal y Polineces luchaba con ejércitos extranjeros. Creonte, quien finalmente se queda en el poder, dispone que el primero sea enterrado dignamente y con todos los honores, mientras que el segundo deberá ser dejado al aire libre en deshonra, como alimento para las aves rapaces, quedando prohibido su entierro bajo pena de muerte. Esta prohibición constituía un verdadero agravio en ese tiempo, pues iba en contra de todos los ritos populares y era como privar al difunto de la vida después de la muerte y del agrado de los dioses. Así pues, Antígona e Ismene son hermanas de los infaustos combatientes, y ahora son las únicas hijas que quedan del trágico matrimonio de Edipo y Yocasta. En la primera escena de la obra, Antígona cita a Ismene en las afueras de la ciudad y le cuenta que, en desafío declarado contra el monarca, planea secretamente enterrar a Polineces. Ismene se rehúsa a ayudarla, pues teme el castigo, y trata de convencer a Antígona para que desista de la acción que puede condenarla, pero no lo logra.

En la siguiente escena entra Creonte acompañado del Coro (que en esta obra se constituye por un conjunto de ciudadanos tebanos) y les habla sobre sus ideas acerca del bien de la ciudad; les pide su apoyo para ahora que él sea gobernante y, particularmente, en su edicto sobre el cuerpo de Polineces. El Coro promete su apoyo.

Entonces entra un guardia y reporta que el cuerpo ha sido enterrado. Creonte, furioso, le ordena desenterrarlo y encontrar al culpable. Poco después el centinela regresa y trae consigo a la joven Antígona, que no niega lo que ha hecho. Ella da sus razones y apela al amor por su hermano y por su familia, así como al respeto por la tradición y la voluntad divina. A esto Creonte opone sus ideas sobre la justicia, la polis como el bien más alto y el castigo a la traición, remarcando además su autoridad de rey y su convicción de no ceder ante la voluntad de una mujer. Le ofrece arrepentirse de lo que ha hecho, pero ella no se doblega. Ambos sostendrán sus razones con fervor implacable a lo largo de toda la obra. Él enfurece cada vez más y, creyendo que Ismene debió colaborar con su hermana, la manda llamar y la acusa. Ismene trata de aprovechar para confesarse culpable y morir con Antígona, pero ésta se niega a compartir la culpa con su hermana inocente. De cualquier modo, Creonte decide encerrarlas temporalmente a las dos.

Antígona

Antígona

Tras una intervención del Coro en que éste nos sitúa en las genealogías y habla del infortunio que ha seguido por generaciones a la familia de Edipo, entra Hemón, hijo de Creonte y prometido de Antígona. Con ánimo conciliatorio expresa devoción y respeto por su padre, pero intenta persuadirle de no condenar a la que será su esposa. La discusión se acalora y el hijo no consigue convencer al padre. Hemón sale prometiendo no volver a ser visto por Creonte. El monarca da la orden de liberar a Ismene y aprisionar a Antígona en una cueva subterránea, para que muera en ella. Antes de ser llevada al mórbido encierro, en lo que será su última aparición frente al público, Antígona lamenta su destino, pero defiende sus razones por última vez. El Coro expresa pena profunda por lo que va a pasarle.

Entonces aparece Tiresias, el viejo profeta ciego, y previene a Creonte por lo que está haciendo, pues los dioses están del lado de Antígona. Pero éste lo acusa de corrupto e impostor. Tiresias insiste en que pagará por ello y profetiza su desgracia.

El Coro atemorizado le sugiere a Creonte seguir el consejo de Tiresias, enterrar de nuevo a Polineces y liberar a Antígona. Creonte accede desconcertado y sale con un séquito de hombres para corregir sus actos, pero ya es tarde. El Coro lanza una oda a Dionisos y poco después llega un mensajero con las últimas noticias: Hemón y Antígona se han quitado sus vidas.

Eurídice, esposa de Creonte y madre de Hemón entra y le pregunta al mensajero qué es lo que ocurre. Después de escucharlo se retira silenciosamente al palacio. Poco después vemos a Creonte cargando el cuerpo muerto de su hijo, comenzando a entender la fatalidad de sus actos (el momento de la anagnorisis o reconocimiento). Un segundo mensajero entra a escena y comunica que Eurídice también se ha suicidado, maldiciendo a su marido con el último respiro. Creonte se culpa a sí mismo por todo lo ocurrido y la tragedia termina con la voz del Coro, que habla sobre el precio del orgullo y la sabiduría que encierra la fatalidad divina.

He aquí la tragedia de Antígona. En el volumen que se conoce de la Poética, Aristóteles define la obra trágica como aquella en la que un personaje, generalmente de estirpe real, cae en la desgracia debido a su ignorancia o su orgullo frente al designio de los dioses. De acuerdo con esto, la tragedia de Antígona más parecería la tragedia de Creonte, pues es él quien se inserta en esta lógica —que por cierto, también es la de Edipo Rey y la de Edipo en Colono, las otras dos obras con que se compone la Trilogía Tebana de Sófocles. Claramente vemos a Creonte en el paroxismo de la anagnorisis por haberse cegado ante un poder que era más fuerte que el suyo.

Y sin embargo, quizá uno de los aspectos más intrigantes de Antígona es justamente que sea ella la que se lleve el título de la tragedia. Con ello Sófocles parece hablarnos de Antígona como una heroína trágica de otro tipo: del tipo de quien entiende con claridad la fatalidad de su destino y se entrega valientemente a él, prefiriendo una muerte digna (Kalos thanatos, bella muerte, en griego), a una vida sin honor. Frente a Creonte, que se obstina en sus pretensiones de gobernante, Antígona también se aferra, pero porque entiende el designio divino y asume la inexorabilidad de actuar de cierta manera dadas las circunstancias impuestas por el monarca. Extraña situación, renunciar a la vida y a la promesa de amor y felicidad con el noble Hemón, para corresponder con una necesidad de otro orden (el amor a su hermano, el honor, la voluntad de los dioses). Pero hay que recordarlo, en el universo estético de Sófocles ese orden existía, aunque la gente que rodeaba a Antígona no lo entendiera, y constituía un verdadero acto heroico el oponerse al mismísimo rey y entregarse a la muerte por su causa. Y claro, la postura se vuelve tanto más subversiva en tanto que es una mujer quien la profesa.

Muchos pensadores (Hegel, Schlegel, Kierkegaard, Hölderling y más recientemente Martha Nussbaum, entre otros), han alabado la arquitectura poética de la tragedia de Sófocles y han visto en ella la representación de un conflicto ético fundamental, un juego de opuestos cuyas distintas caras son: cómo relacionar la esfera de la familia con la esfera civil, la moral con el derecho, el individuo con el Estado (y con la tiranía, incluso), lo particular con lo universal, lo divino con lo humano, lo femenino con lo masculino, la iniciativa con la pasividad (Antígona vs la actitud sumisa de Ismene), la dignidad y el orgullo, etcétera. E igualmente, unos u otros de estos mismos juegos de opuestos han sido tomados como motivo central de muy variadas recreaciones artísticas del mito. En el siglo XX son célebres, por ejemplo, las obras teatrales de Jean Anouilh o Bertold Brecht.

Por otro lado, el intrincado Lacan vio en todo esto una clave para descifrar el deseo femenino sin partir del Edipo patriarcalista de Freud (con teorías no por ello menos oscuras). Pero para un estudio exhaustivo de las distintas interpretaciones que se han hecho de la tragedia a través del tiempo, así como de la forma en que diversos pensadores de Occidente han concebido la presencia de los mitos en general en la vida humana, y de las innumerables versiones y recreaciones que se han hecho de este mito en particular, la referencia obligada es Antígonas, de Steiner.

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