¿Quienes fueron los mayas?

Máscara perteneciente a los mayas

Entre todos los pueblos precolombinos de América, quizá sean los mayas los que siguen representando el mayor misterio. Desde el 400 al 1000 dC su civilización floreció en la península de Yucatán, extendiéndose por las regiones que actualmente abarcan México, Belice, Guatemala, Honduras y El Salvador. Dio lugar a impresionantes ciudades que todavía ofrecen testimonio de una extraordinaria vida religiosa, artística y científica. Sin embargo, cuando en 1517 llegaron los conquistadores españoles, la sociedad maya había experimentado tales cambios que presentaba un alto grado de decadencia, y las continuas expediciones militares y la propagación de enfermedades europeas que la naturaleza de los mayas no pudo superar completaron este proceso. La población maya quedó diezmada y su cultura desapareció.

En el transcurso de los siglos, sus impresionantes templos fueron invadidos por la selva. De vez en cuando, un aventurero europeo se topaba con ellos, maravillándose de su esplendor decadente, y continuaba su camino. La mayoría de estos templos quedaron en el olvido durante mucho tiempo, hasta que a mediados del siglo XIX los descubrieron John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood, pioneros de estas actividades.

Máscara perteneciente a los mayas
Máscara perteneciente a los mayas

Los primeros hallazgos de los mayas

Stephens era un abogado y diplomático estadounidense que en el transcurso de sus viajes por Asia y Oriente medio se había aficionado a las ruinas. Catherwood era un pintor inglés mediocre cuyos bocetos de Jerusalén llamaron la atención de Stephens con ocasión de un viaje que éste realizó a Londres. Ambos decidieron formar un equipo para investigar las leyendas que hablaban de las ciudades perdidas en las selvas de América Central.

Sus expediciones duraron poco, desde 1839 hasta 1841, pero sus múltiples aventuras y el impacto de sus descubrimientos fue enorme. En una época en la que había grandes dificultades para viajar y la situación política era inestable, por decirlo suavemente, Stephens y Catherwood descubrieron tres de los yacimientos mayas más impresionantes: Copan, en Honduras, y Palenque y Chichón Itzá, en México. Catherwood realizó dibujos de gran exactitud de las construcciones mayas y de los ídolos e inscripciones, y su publicación fue acogida con entusiasmo. Sus bocetos de las pirámides cubiertas por una maraña de arbustos y lianas, de templos complejos cercados de árboles que crecían entre los restos de los escalones de piedra y de estatuas ocultas entre la espesura fueron en gran parte responsables de la aureola romántica que sigue rodeando a las «ciudades perdidas de los mayas».

Pruebas de la existencia de sacrificios humanos

Un hombre de una generación posterior, que sin duda recibió la influencia de los anteriores, Edward Thompson, nacido en Nueva Inglaterra, fue el primero que vio en estas ruinas el respaldo de su teoría, que consistía en que el pueblo maya pudo ser el origen de la leyenda de la Atlántida. Pronto descartó esta idea y, en su lugar, empezó a interesarse por la leyenda que asegura que los mayas de Chichón Itzá ofrecían sacrificios, tanto de seres humanos como de objetos, a un dios de la lluvia, Yum Chac. Este dios vivía en un pozo ceremonial o cenote, unido al complejo central del templo por un sendero muy trillado. El cenote era ovalado y se había formado al derrumbarse los estratos de caliza. Tenía unos cincuenta y cinco metros de anchura. Las paredes rocosas medían unos veinticinco metros hasta la superficie de las aguas verdosas, de aspecto nada tentador.

No se había calculado la profundidad del agua y Thompson decidió averiguarlo y demostrar la veracidad de la leyenda buscando algunas ofrendas que hubieran podido quedar en el fondo. Adquirió una excavadora anticuada, y en 1904, con la ayuda de varios obreros de la región, comenzó el dragado. Al principio, su tarea parecía condenada al fracaso. Cada vez que la excavadora sacaba un montón de tierra, únicamente aparecían lodo maloliente, vegetación putrefacta y restos de animales que habían caído en el interior y se habían ahogado. Cuando estaba a punto de darse por vencido, Tohmpson sacó una bola de resina de copal, sustancia que, como era bien sabido, utilizaban los mayas en sus ceremonias religiosas. Encontró más copal, un propulsor de lanza y, por último, para su gran satisfacción, restos humanos, que probaban que la leyenda sobre los sacrificios humanos era cierta. Thompson también halló oro, campanillas, desprovistas de sus badajos para «matarlas» antes del sacrificio, y una diadema. Cuando la excavadora no pudo extraer nada más, Thompson descendió con un traje de buzo para examinar el fondo del pozo. Al dar por concluido su trabajo, un amigo calculó que sus hallazgos podrían ascender a varios cientos de miles de dólares convertidos en lingotes-oro. Thompson llevó ilegalmente el tesoro al Peabody Museum de Harvard, que había patrocinado su expedición, operación poco inteligente que encolerizó a las autoridades mexicanas y que tuvo como consecuencia la clausura del yacimiento. Después de varios años de acciones legales, una parte de las riquezas volvió a México, donde el propio gobierno patrocinó dos campañas —en 1961-1962 y en 1967— para explorar el cenote, en el que se hallaron más de dos mil seiscientos objetos. El pueblo maya sigue envuelto en el misterio. En 1985, un equipo estadounidense que trabajaba en Belice descubrió una tumba maya fechada en la época inmediatamente anterior a la conquista española. No sólo albergaba objetos de oro de origen aparentemente azteca, sino que era tan impresionante que los arqueólogos se vieron obligados a replantearse las relaciones existentes entre los pueblos de América Central y la influencia maya en la etapa que precedió a la conquista por parte de los navegantes y descubridores españoles.

A Catherwood y Stephens les interesaban las ciudades perdidas de los mayas, y a Edward Thompson los objetos de oro que encontró al drenar el pozo de Chichón Itzá, pero en la actualidad son las inscripciones grabadas en piedra, como esta estela, lo que atrae a los buscadores de tesoros. Existe un floreciente mercado negro de estelas, sustraídas de las ruinas de selvas remotas con consecuencias irreparables para el valor arqueológico y cultural de los yacimientos.
: Una extraña tumba fue hallada bajo el Templo de las Inscripciones, en Palenque. La escritura maya sigue sin descifrarse, pero los descubrimientos recientes parecen indicar que los mayas de alto rango debieron ser enterrados con valiosos ajuares. En los últimos años se han encontrado en un yacimiento objetos de oro de diseño azteca de la zona septentrional y de factura indígena maya.

Los templos mayas de Palenque destacan como islotes en medio de la selva que continuamente amenaza con envolverlos.

La cultura maya estaba en decadencia cuando se inició la conquista, debilitada por la guerra civil y las revueltas. En sus implacables campañas, los españoles destruyeron lo que quedaba en su deseo de obtener oro, dejando únicamente estas impresionantes ruinas que son testimonio de un modo de vida ya desaparecido.

Mayas habrían desaparecido debido a la escasez de tormentas tropicales

De todas las civilizaciones de Mesoamérica, los mayas fueron capaces de adelantarse a su tiempo considerablemente, como los incas. Dominaron la astronomía, crearon un calendario e inventaron una escritura jeroglífica. También fueron hábiles agricultores, no dudando en talar los bosques para aumentar las tierras cultivables. Sus templos-pirámides, construidas sin herramientas de metal, son famosas en el mundo entero.

Esta civilización se originó en la península del Yucatán alrededor del año 2600 antes de Cristo, una región que es cuenta con muy poca agua superficial. La naturaleza calcárea del suelo favorece la rápida filtración rápida de este preciado. Los mayas construyeron tanques subterráneos de gran tamaño para acumular agua dulce.

El fin de esta civilización se inició en los años 850-900 después de Cristo debido a la eliminación gradual de las tierras bajas de la península de Yucatán. Muchas hipótesis han surgido para explicar la desaparición de los mayas. Una de ellos consiste en una sucesión de sequías catastróficas, motivo por el que les fue imposible rellenar sus reservas de agua.

Una nueva hipótesis, apoyada por el trabajo de un grupo de investigadores, acaba de ver la luz. Los mayas habrían perdido los recursos hídricos, pero no a causa de unas sequías históricas. Una reducción de entre el 25 y el 40% de las precipitaciones anuales habría sido suficiente. Esta información se revela en un artículo publicado por Martín Medina-Elizalde, del Centro de Investigaciones Científicas de Yucatán (CICY, México), y Eelco Rohling, de la Universidad de Southampton (Reino Unido), en la revista Science.

Lagos de Yucatán
Los lagos de Yucatán muestran la composición isotópica de las precipitaciones en la época de los mayas. Los sedimentos constituyen un auténtico registro de las condiciones climáticas de aquella época. © Science / AAAS

Las tormentas mantenían vivos a los mayas

Estos investigadores estudiaron el clima de la época mediante el análisis de una estalagmita y sedimentos de tres lagunas (fundamentalmente a través de mediciones isotópicas). En doscientos años, las precipitaciones han disminuido a lo largo de varios periodos de diez años. Un modelo desarrollado a partir de estos resultados nos permite comprender las consecuencias de estos cambios en la proporción de agua que se evapora cada año en la región y las precipitaciones caídas.

La disminución detectada pluviométrica es debida a una disminución en el número de tormentas tropicales que se producen en verano. Por otra parte, estos fenómenos meteorológicos habrían dejado menos cantidad de agua de lo "normal".

Una reducción máxima del 40% de la precipitaciones sigue siendo baja según los autores. No se trata de un evento catastrófico. No obstante, habría sido suficiente para aumentar la importancia de la evaporación. Una relación precipitación/evaporación habría impedido la utilización de las reservas, Este resultado también pone de manifiesto la sensibilidad del Yucatán ante la escasez de aguas.

Templo de Tikal
El templo de Tikal en una tormenta durante la estación lluviosa que va de junio a mediados de octubre. Este es uno de los mayores sitios arqueológicos de la civilización maya. © Science / AAAS

Más información

Yucatan Center for Scientific Research
Página personal de Eelco Rohling (en inglés)

Octavio

Blogger desde 2006. Experto en Marketing Online, Redes Sociales y Posicionamiento SEO. Psicólogo aficionado a la tecnología, el diseño y el periodismo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

  • Responsable: Octavio Ortega Esteban
  • Fin del tratamiento: Controlar el spam, gestión de comentarios
  • Legitimación: Tu consentimiento
  • Comunicación de datos: No se comunicarán los datos a terceros salvo por obligación legal
  • Derechos: Acceso, rectificación, portabilidad, olvido.
  • Contacto: Octavio[arroba]kerchak.com
  • Información adicional: Más información en nuestra política de privacidad

Subir