¿Quién fue Hesíodo de Ascra?

Hesíodo de Ascra había nacido hacia el año 700 a. C. en una insignificante aldea de la región de Beocia, limítrofe con el Atica, llamada Ascra. Hasta aquí se había trasladado su progenitor que, según la opinión más aceptada, formaba parte de un grupo de emigrantes eolios procedentes de Tesalia. Después de varios intentos por salir adelante como comerciante, el padre de Hesíodo decidió dedicarse a la agricultura y a la ganadería y, a tal fin, se estableció en una zona de Beocia bastante miserable, aunque soportaba un considerable trasiego de gente que, de forma cíclica, se reunía en aquella región para ofrecer culto a las Musas del Monte Helicón. El propio Hesíodo, según narran algunos cronistas, tales como Pausanias, recibió la visita de las míticas Ninfas y se convirtió en el más grande de los poetas clásicos. De labrar la tierra pasó a componer versos cargados de premoniciones morales y éticas y llenos de lirismo.

Era tal su pericia como aedo, que se enfrentó al mismísimo Homero, con ocasión de los célebres juegos de Anfidamante -hijo de un legendario rey de la mítica Arcadia-, y lo derrotó en buena lid: «El Rey coronó a Hesíodo, diciendo que era justo que venciera el que incitaba al cultivo de la tierra y a la paz, no el que describía guerras y asesinatos«. Como premio, el ganador obtuvo un trípode de bronce que, con diligencia y premura, donó a las Musas del Helicón, sin duda como reconocimiento a la decisiva ayuda que éstas le prestaron para, así, vencer a su rival.

«Pseudo-Séneca»: identificado mucho tiempo como un busto del filósofo estoico, podría representar realmente a un poeta arcaico, posiblemente Hesíodo. Copia romana de un original helenístico, Museo Británico.

«Pseudo-Séneca»: identificado mucho tiempo como un busto del filósofo estoico, podría representar realmente a un poeta arcaico, posiblemente Hesíodo. Copia romana de un original helenístico, Museo Británico.

Los griegos eran, en su mayoría, analfabetos y, por lo mismo, no había leyes escritas, sino que la costumbre se erigía en criterio válido para determinar lo justo y lo injusto.
Sin embargo, en lo social, había nobles al mando de las diversas polis, o ciudades estado, que imponían sus leyes al resto de la población. Se erigían en jueces implacables que veían aumentado su poder en detrimento de los campesinos. Hesíodo toma partido por estos últimos, puesto que él mismo y su familia trabajaban la tierra. Además, la agricultura estaba considerada como una actividad íntimamente relacionada con deidades como Deméter, diosa de la agricultura, y Dionisio, que originariamente fue un dios de la vegetación. Estas dos deidades eran objeto de especial culto por la población de Beocia que, en tiempos de Hesíodo, se reunían en los mercados para tratar asuntos temporales y espirituales, es decir, relacionados con sus cosechas y con sus deidades protectoras de sus campos.

Hesíodo escribió algunos de sus versos para ser recitados en esas asambleas de los campesinos, con lo que tenían un tinte reivindicativo. Algunas fábulas de tan ilustre poeta, por ejemplo, la titulada «El Halcón y el Ruiseñor» muestran la importancia que Hesíodo concede a la igualdad entre los hombres. Según Hesíodo, el derecho del fuerte no debe dominar por encima de los demás seres humanos, pues éstos se diferencian de los animales, precisamente por el sentimiento de justicia.
Hesíodo describe el mito de Prometeo y Pandora en su fabula «Los trabajos y los dias

Parece imposible que los dioses, especialmente el poderoso Zeus, puedan ser objeto de burla y hasta de robo, por parte de los débiles mortales. Mas, según cuenta Hesíodo, a lo largo de sesenta versos de «Los trabajos y los días«, es muy cierto que Zeus -con ocasión de la mítica reunión de dioses y humanos, en la que se acordó la separación de ambos- fue engañado por Prometeo quien, además, burló a todos los demás dioses y les robó el fuego para entregárselo a los hombres. Cuando Zeus fue informado de tamaña villanía, se irritó sobremanera y urdió un plan para que, en adelante, los mortales sufrieran también engaño. El poderoso rey del Olimpo habló así a Prometeo: «Te regocijas tras robarme el fuego y engañar mi mente, gran pena habrá para ti mismo y para los hombres venideros. A éstos, en lugar del fuego, les daré un mal con el que todos se regocijen en su corazón al acariciar el mal«.

Terminado que hubo de decir tales palabras, el gran Zeus, ordenó a Hefesto «mezclar lo más pronto posible la tierra con el agua, infundir voz y fuerza humanas y asemejar en su rostro a las diosas inmortales, a una hermosa y encantadora figura de doncella.»

Curiosamente, el castigo infligido a los mortales, por haber aceptado el fuego robado por Prometeo a los dioses, era enviarles una hermosa y encantadora mujer. Esta, a instancias de Zeus, fue iniciada -la diosa Atenea se encargó de ello- en el difícil arte de tejer y trabajar las telas. Además, el poderoso rey del Olimpo, ordenó «a la adorada Afrodita que derramase en torno a su cabeza encanto, irresistible sexualidad y caricias devoradoras». A todo ello, se añadió, por parte de Hermes, «cínica inteligencia y carácter voluble«. Terminada la obra -puesto que todos los participantes en la magna tarea siguieron con premura las órdenes de Zeus-, se le dio a la mujer el nombre de Pandora que significa «mensajera en la Tierra«, y fue enviada a la tierra como un regalo de los dioses a los hombres. Epimeteo, hermano de Prometeo, pero menos inteligente que éste, prendado de la hermosura de la mujer, aceptó el don de los dioses. Y, a continuación, sobrevino el mal sobre la Tierra.

Tanto Homero como Hesíodo, opinaban que la justicia era el fundamento del orden del Cosmos. Ambos, por otra parte, se propusieron jerarquizar las deidades mitológicas y hallar una explicación al enigma del origen del mundo. En su libro la «Ilíada», Homero propone que todas las cosas se formaron a partir del agua: el Océano y Tetis fueron los principios de todas las cosas.

En su obra «Teogonía», nos asegura Hesíodo que el origen de todas las cosas fue el Caos, materializado en una especie de abismo insondable. Sigue, después, Gea -la Tierra- que, en sus profundidades abisales, acoge al sombrío y oscuro Tártaro. Hesíodo, propone una larga lista de criaturas heterogéneas, tales como el Cielo, Urano, morada de los dioses, los grandes Montes, en los que habitan las Ninfas y, además, el Pontos o mar de impetuosas olas. También destaca Erebo, un profundo y apestoso río subterráneo, conocido como «Río del Infierno«, que corre debajo de esa mansión de los bienaventurados que se denomina «Campos Elíseos«, la Noche, diosa de las tinieblas y el Eter del que se tiene como única referencia que era hermano de Hémera.

En cuanto a Hémera, se le identifica con el Día. Daba vueltas alrededor de la Tierra y producía la luz.

Todos los anteriores nombres de personajes, y lugares, mitológicos que Hesíodo va numerando y definiendo en sus obras quedan anegados por la fuerza significativa y simbólica del gran Zeus. Este es soberano indiscutible y suprema deidad; todos los demás dioses ocupan un lugar inferior a él. La voluntad de Zeus es la voluntad de todos los demás dioses y, los propios mortales, tienen que aceptar la vida -aunque les resulte dura y absurda, en ocasiones-, con todas sus implicaciones, porque así lo ordena el poderoso Zeus y todos los demás dioses.

Hay orden y justicia en el cosmos y en el mundo porque existe Zeus; éste distribuye el todo en tres estadios bien diferenciados y, al propio tiempo, relacionados entre sí: dioses, naturaleza y mundo humano.

En realidad, el gran mérito de Zeus, según explica Hesíodo, ha consistido en instaurar la justicia y el orden en donde antes reinaba el Caos. Aunque para ello tuvo que provocar a mismo actos de agresión y liberar serios combates. Zeus es, por tanto, un vencedor que instituye los elementos primordiales: la Tierra, como soporte de todos los seres; el Caos, especie de espacio vacío en el que se apoya la propia Tierra y Eros que genera todo movimiento creativo y que relaciona al cosmos con las diferentes deidades.

El gran cantor Homero se diferencia de Hesíodo porque mientras éste compone odas para los campesinos de su tierra, aquél narra las hazañas de los héroes que participaron en la guerra de Troya. Sus dos grandes obras, la «Ilíada» y la «Odisea», ocupan el primer lugar de la literatura clásica de todos los tiempos; constituyen, de por sí, dos monumentos humanos de incalculable valor. No obstante, existe la convicción de que Homero recopiló toda la tradición oral y la plasmó en las obras aludidas, puesto que hacia el año 750 -fecha aproximada del nacimiento de Homero- acaeció el advenimiento de la escritura en Grecia. Algunos estudiosos del mundo clásico afirman que Homero no fue una persona -aunque se diga que nació en Esmirna, que pasó su vida en Quíos y que era ciego-, sino que, en torno a ese nombre, se escondía en realidad un grupo de personas que, con el seudónimo de «Homero«, se propusieron la vasta tarea de reunir todos los testimonios orales de su pueblo y de su tiempo. Sin embargo, esta tesis apenas tiene, en la actualidad, defensores; y ha quedado como una leyenda más de las muchas que, a través de los tiempos, se han ido tejiendo en derredor de la figura del insigne poeta Homero. Nadie como él ha descrito con más detalle el carácter y la idiosincrasia de los helenos.

El propio Hesíodo nos da testimonio en sus obras de la personalidad del gran poeta Homero. Cuenta Hesíodo que, al morir Homero a consecuencia de una caída, fue enterrado en los y, en su tumba, se colocó el epigrama que el propio poeta había compuesto poco antes de su accidente: «Aquí la sagrada cabeza oculta la tierra, al jefe de héroes, al divino Homero». También se debe a Hesíodo la expresión «divino Homero», lo cual indica el reconocimiento de un poeta por la vida y la obra de otro poeta. Ambos se conocían lo suficiente como para respetarse, y de ello da testimonio el debate que mantuvieron con ocasión de los famosos juegos fúnebres, instituidos por Ganíctor en recuerdo de su padre Anfidamante -rey de Eubea-, ya fallecido. Los hombres más sabios fueron convocados para que demostraran su superioridad de conocimientos ante su adversario. Por fin, quedaron como únicos finalistas Homero y Hesíodo; este último recoge en sus escritos el momento en que ambos se inquieren y se responden. Hesíodo pregunta: «Hijo de Meles, Homero, que conoces los designios de los dioses, Ea, dime lo primero de todo, ¿qué es lo mejor para los mortales?». Y Homero responde: » Ante todo, lo mejor para los que habitan sobre la tierra es no nacer, pero, si han nacido, lo mejor es atravesar lo más pronto posible las puertas del Hades.» De nuevo pregunta Hesíodo: «Ea, dime también esto, Homero semejante a los dioses, ¿qué piensas que es lo más bello en el corazón de los mortales?«. Y Homero vuelve a contestarle: «Cuando la alegría reine en el pueblo y en las casas de los comensales oigan al aedo, sentados unos tras otros, y a su lado las mesas estén llenas de pan y carnes y el escanciador, sacando la bebida de la crátera, la lleve y la vierta en las copas. Esto me parece que es lo más bello en un corazón

Por Hesíodo conocemos ciertos datos sobre Homero que de otro modo no sería posible imaginar. Si analizamos las respuestas del insigne poeta, no podemos menos que reconocer su hondura de pensamiento y, también, su preocupación por que lo cotidiano y lo sencillo no se convierte en algo privativo para muchos de los mortales.

La popularidad de Homero se debe a obras como la «Odisea» y la «Ilíada». La primera de ellas narra las aventuras del mítico héroe griego Odiseo, el mayor de los navegantes de toda la historia.

¿Quién era Odiseo o Ulises, como se le conoce de manera más popular?
. «(…)Aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el mar, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria.» Así responde Homero a nuestra pregunta, justamente al inicio de su obra; y, en sucesivas páginas, describir todas las vicisitudes, aventuras y eventos que acaecerán a Odiseo y sus compañeros hasta llegar a la isla de Itaca, que tal era su patria. La «Odisea» entera es la historia de un gran aventurero, paradigma del carácter helénico, que conoce y sabe utilizar toda una serie de recursos con tal de conseguir arribar a su isla natal; aquí le espera su fiel esposa Penélope, otro de los prototipos, pero de alcance universal, de la entereza de carácter de la mujer griega.

La «Odisea» consta de veinticuatro capítulos, a los que Homero denomina «Rapsodias». Cada parte del poema épico, que el rapsoda recitaba de un tirón, por los pueblos griegos, constituía una «Rapsodia». En cada una de éstas intervenía algún dios del Olimpo. Por tanto, son tan protagonistas de las «Rapsodias» de Homero los dioses como los mortales. Y, en la «Rapsodia» novena, el personaje de mayor importancia es un Cíclope -hijo del gran Poseidón, dios de las aguas- llamado Polifemo, quien, al decir de Homero, era un «varón gigantesco, solitario, que entendía en apacentar rebaños lejos de los demás hombres, sin tratarse con nadie, y apartado de todos ocupaba su ánimo en cosas inicuas. Era un monstruo horrible y no se asemejaba a los hombres que viven de pan, sino a una selvosa cima que entre altos montes se represen tase aislada de las demás cumbres

Por tanto, el libro de Homero no sólo es una epopeya -en este caso de la guerra de Troya-, sino que también contiene datos mitológicos de gran interés, sin los que apenas se sabría gran cosa de los atributos de las diversas deidades, de su poder y de sus cuitas. También se refleja en la «Odisea» el mundo anímico de sus protagonistas mortales, lo que hace que esta célebre obra haya sido considerada, en ocasiones, como una muestra de las mejores descripciones psicológicas de todos los tiempos.

Desde un punto de vista literario, también se ha catalogado a la «Odisea» como una obra maestra de la literatura universal, con su argumento siempre interesante y con sus descripciones plenas de lirismo. Muchos pasajes corroboran lo apuntado y aseveran la sabiduría del héroe Odiseo. Cuando éste llegó a la corte del rey Alcínoo fue tachado de engreído y, al instante, replicó a su detractor con palabras firmes y precisas: «Mal hablaste y me pareces un insensato. Los dioses no han repartido de igual modo a todos los hombres sus amables presentes: hermosura, ingenio y elocuencia. Hombre hay que, inferior por su aspecto, recibe de una deidad el adorno de la facundia y ya todos se complacen en mirarlo, cuando los arenga con firme voz y suave modestia, y le contemplan como a un numen si por la dudad anda, mientras que, por el contrario, otro se parece a los inmortales por su exterior y no tiene donaire alguno en sus dichos. Así tu aspecto es distinguido y un dios no te habría configurado de otra suerte, mas tu inteligencia es ruda. Me has movido el ánimo en el pecho con decirme cosas inconvenientes. No soy ignorante en los juegos, como tú afirmas, antes pienso que no me podían contar entre los primeros mientras tuve confianza en mi juventud y en mis manos. Ahora me hallo agobiado por la desgracia y las fatigas, pues he tenido que sufrir mucho, ya combatiendo con los hombres, ya surcando las temibles olas. Pero aún así, siquiera haya padecido gran copia de males, probaré la mano en los juegos: tus palabras fueron mordaces y me incitaste al proferirlas

La «Ilíada» narra los singulares hechos acaecidos con ocasión del sitio a la ciudad de Troya. El protagonista principal es el célebre héroe Aquiles, hijo de la nereida Tetis, quien, al nacer, sumergió todo el cuerpo del niño -excepto la parte del talón por donde lo sujetaba- en las aguas de la pestilente Laguna Estigia para hacerle invulnerable.

Por las páginas de este singular poema -compuesto por veinticuatro cantos-, desfilan héroes y dioses con sus querencias y sus cuitas. También se nombra en varias ocasiones la morada áurea de los dioses, es decir, el gran Olimpo. Este es un lugar al que el poeta llena de epítetos, pues lo llama «dilatado Olimpo», «resplandeciente Olimpo», «nevado Olimpo», «encumbrado Olimpo»… Sin embargo, todo el libro se halla salpicado de peleas, desavenencias, agresividad y belicosidad. El gran Aquiles es implacable con todos los que luchan contra él, porque los dioses le protegen. Pero, muy lejos del combate, se enamoró de Polixena, hija de Príamo y de Hécuba y, previo asentimiento paterno, se dispuso a casarse con la muchacha, lo cual simbolizaba el cese de la rivalidad entre troyanos y griegos. El mismo día de su boda, Paris le disparó una flecha dirigida a su talón -al único lugar de su cuerpo que era vulnerable-, y el gran héroe Aquiles, «el de los pies ligeros», murió.

Toda la «Ilíada» es, pues, una especie de relato en el que se intenta describir la fuerza y el valor de su protagonista principal, así como la ausencia de contemplaciones para con sus enemigos; es la narración de la «cólera de Aquiles».

El vasto poema la «Eneida», del gran poeta latino Virgilio, está compuesto por doce libros, repartidos en dos mitades bien diferenciadas. La acción de los seis primeros cantos -que, por lo demás, forman cada uno de ellos un universo, una especie de aventura completa-, transcurre a lo largo de más de media docena de años y todo se desarrolla en lugares muy diversos, y muy distantes entre sí. Mientras que los seis restantes libros presentan un relato urdido en un mismo espacio geográfico, y acaecido en un tiempo mínimo, en apenas unas semanas. Las diferencias entre ambas partes han dado pie a numerosas lucubraciones y disquisiciones, por parte de la mayoría de los estudiosos de los autores clásicos y sus obras.

Aunque se sabe que Virgilio nació en la Galia Cisalpina, lugar cercano a Mantua, sin embargo, también los diversos investigadores de sus obras se han preocupado por conocer sus orígenes más primigenios. Y, así, se ha especulado con la idea de que Virgilio era de origen ligur; otras versiones explican que su origen era céltico, y algunos etnólogos de prestigio han defendido la teoría de que Virgilio era de origen etrusco.

En cuanto a Ovidio, se sabe de él mucho más que de cualquier otro escritor latino, pues en muchas de sus obras aparecen suficientes datos de su vida. Por los demás, se le reconoce como uno de los creadores de la «elegía de carácter autobiográfico». El mismo Ovidio se llama a sí mismo «cantor de los delicados amores», y aclara que su patria «es Sulmona, esa ciudad de Abruzzo Citerior, que dista noventa millas de Roma y abunda en frescos y riquísimos manantiales. Allí nací, en el año en que perecieron dos cónsules con una muerte igual el 20 de marzo del año 43 a. C.

Quince libros componen «Las Metamorfosis» y, en todos ellos, aparecen dioses y héroes y demás personajes mitológicos, cada cual con sus propias leyendas. El primer libro expone cómo se formó el mundo a partir del caos y, al mismo tiempo, se da cuenta de la creación de los seres humanos: «Antes de existir el mar, la tierra y el cielo, continentes de todo, existía el caos. El Sol no iluminaba aún el mundo. Todavía la Luna no estaba sujeta a sus vicisitudes. La Tierra no se encontraba todavía suspensa en el vacío, o tal vez quieta por su propio peso.»

Los demás libros contienen las más fabulosas leyendas de toda la mitología, y se narran las distintas aventuras amorosas del poderoso, y enamoradizo, Zeus. También hay un pasaje en el que se describe la leyenda de Faetón que intentó conducir el carro del Sol, pero no supo sujetar las bridas y abrasó la tierra entera. El mismo es muerto por un rayo, y su desdicha hiere a su propia familia: «sus hermanas se convierten en árboles y Cicno, su pariente, en cisne. Hasta el propio Sol, progenitor según la leyenda de Faetón, se entristece por la muerte de su hijo y profiere lamentos, a la vez que busca consuelo. Entretanto, el Sol, dolorido por la pérdida de su hijo, empalideció. Y todo el universo hubo de conllevar su pena. Entonces, la Tierra quedó sumida en profunda oscuridad y tuvo que intervenir el propio Zeus -a instancias de los humanos- ante el Sol para que volviera a alumbrarla

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