Música francesa del siglo XX

Francia a principios del siglo XX. Rehuyendo del decimonónico romanticismo alemán, círculos de artistas e intelectuales se reúnen en cafés o hacen manifiestos, dentro y fuera de las academias, proyectan hacia dónde hay que dirigir ahora la experiencia estética. Generalmente las corrientes surgen a partir de las artes plásticas o la literatura y las vanguardias se suceden unas a otras, oponiéndose a veces, agotándose demasiado pronto o fundiéndose con otras.

En estas vanguardias algunas veces se dio un claro paralelo con la música. Ahí tenemos a Claude Debussy, quien en un impulso antiwagneriano se vinculó con los rasgos de la pintura impresionista y la poesía simbolista. Debussy frecuentaba las tertulias literarias precedidas por Mallarmé, y sobre una de las obras de este célebre poeta escribió su Preludio para la siesta de un fauno, pieza de la que Pierre Boulez dijo que “inaugura la música moderna porque le da una nueva respiración al arte musical”.

Debussy renovó las formas tradicionales y extendió el concepto de tonalidad, hasta casi disolverlo, incluyendo en sus obras escalas antiguas y no occidentales, con una disposición libre de sus acordes y una preocupación tímbrica como base de la impresión o evocación. Expresar en sonidos toda una gama de imágenes, esa era la idea que estaba por detrás de Rumores y perfumes en el aire del atardecer, La Catedral sumergida, El mar, Fiestas exóticas, Fuegos de artificio, situarse ahí donde termina la sensación y comienza la ideación, sugerir apenas una poesía para la música.

Maurice Ravel también se ha asociado al impresionismo. Menos intelectual y teórico, era un ecléctico que aprovechó de cada músico lo que quería y, si bien no era novedoso en lo que hacía, era sumamente imaginativo y original. Utilizó melodías modales y armonías con exotismos orientales y españoles de gran colorido, con lo que también contribuyó al ensanchamiento de la tonalidad. Su producción pianística es muy extensa, pero sobre todo es admirado por su magnífico conocimiento de la orquesta y sus asombrosas dotes de instrumentador. Se ha dicho que Ravel es el mejor orquestador del siglo. Prueba de ello es la orquestación de los Cuadros de una exposición (del compositor ruso, Mussorgsky) y su famoso Bolero. Dos epígonos importantes de los impresionistas fueron Albert Roussel y Florent Shmitt.

Claude Debussy,

Claude Debussy

Por otro lado estaba Erik Satie, joven irónico, talentoso pianista en los cabarets de Paris, amigo de Debussy (pero no del impresionismo) tenía un carácter más decididamente antiwagneriano y en diferentes momentos se identificó con ideas dadaístas y neoclásicas. Durante la posguerra también se formó un grupo de músicos seguidores suyos, el Grupo de los seis (Durey, Honegger, Milhaud, Tailleferre, Auric y Poulanc).

Aparte de todos ellos, seguidores de Gabriel Fauré, cúspide del romanticismo francés, a principios del siglo XX se destacaron Camille Saint-Saëns y Cesar Frank. El primero, prolífico compositor amante de la música alemana que se inclinó por un estilo expresivo, mesurado, lleno de claridad y fantasía. Y el segundo, organista y profesor de órgano en el conservatorio de Paris, fue el compositor sinfónico más profundo de su tiempo. Alumno suyo, Vincent D’Indy fundó la Schola Cantorum de Paris, con el fin de elevar la música religiosa francesa, así como revivir el interés por la música antigua.

Más adelante, uno de los más grandes músicos con que Francia llenó el siglo XX fue Olivier Messiaen, compositor que juntó el serialismo de la escuela de Viena, la armonía de Debussy y el ritmo de Stravinsky en una música que buscaba ante todo aproximarse a los sonidos libres y desiguales de la naturaleza y de Dios. Entre sus obras más importantes están El cuarteto para el fin de los tiempos y la Sinfonía Turangalila.

Alumno suyo, Pierre Boulez es uno de los compositores y musicólogos franceses vivos más importantes. Pero la música contemporánea es otro cantar.

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