La ópera en el siglo XIX

A lo largo de la historia musical, la ópera ha llegado a conceptualizarse como la forma perfecta de arte, ya que contiene elementos artísticos del teatro y de la música. Por ello, durante el siglo XIX es el espectáculo que goza de mayores preferencias en el mundo occidental. La evolución seguida por la ópera hasta llegar a esta situación ha sido lenta y, a veces, irregular. Nace en torno al 1600 en Italia, desarrollándose a lo largo del Barroco, Clasicismo y Romanticismo, a finales del cual va a alcanzar su plenitud.

Características de la ópera en el siglo XIX

* Desde un punto de vista histórico, la ópera del siglo XIX, coincide en el tiempo y en el espíritu con el estilo romanticista, del que este espectáculo se impregna notablemente.
* A lo largo de la lenta evolución de la ópera, el público que habitualmente asiste ha ido dibujando una serie de preferencias hacia una modalidad de espectáculo profundamente aséptico en lo ideológico, de tal forma que los argumentos se refieren por lo general a un tema de amor o a lo sumo mitológico. Se desprende de este hecho que se trata de un público conservador política mente, lo que contrasta con los asistentes al concierto, que se sitúan en otro tipo de preferencias políticas más acordes con los ideales revolucionarios de los siglos XVIII y XIX.

Durante esta época, se dan en Europa una serie de revoluciones de carácter sociopolítico que, aunque en un principio tienen un cierto éxito (Revolución Francesa, épocas liberales en España, etc.), terminan fracasando y sumiendo a la población europea en una crisis que desemboca en una profunda tensión social reflejada en cualquier manifestación. Aunque la historia de amor es intocable, se introducen nuevas temáticas, tales como adaptaciones de obras de teatro o temas históricos, además de las ya existentes óperas bufas o cómidas.

En las naciones en donde las tensiones sociales se agravan con otro tipo de problemáticas de carácter más local, como es el caso germano-italiano, en donde aún no se ha logrado la unificación nacional, se dan los anteriores procesos de una forma mucho más acentuada. Por ello Alemania, y sobre todo Italia, gozan de una ópera de extraordinaria vitalidad apoyada en una serie de autores geniales como Wagner o Verdi.

Técnica o formalmente, la ópera romántica del siglo XIX presenta una serie de diferencias con respecto a la ópera clásica. Así, en este momento se incorporan arias especialmente com puestas para unos determinados intérpretes. Se opta por la obertura estructurada como una sonata, es decir, construida sobre dos o tres temas principales de la obra, expuestos tras una corta introducción. Anteriormente, la obertura se hacía con temas de la ópera formando un todo musical bien establecido, al que se llamaba prólogo sinfónico, y así Wagner sigue este modelo en muchas de sus obras.

La orquesta utiliza sonidos malsonantes e inarmónicos, parecidos a los empleados en la música hecha para cine de intriga o policíaco, que tiene como misión la de crear en el público una atmósfera de tensión que favorece la atención del espectador.

Escuela alemana de ópera

Tradicionalmente, la ópera alemana, como la mayoría de las europeas, ha estado influida por la italiana. Ha de ser durante el Romanticismo cuando se independice de esta influencia definitivamente.

El precedente más claro de la ópera alemana se puede localizar en el Fidelio de Beethoven, ya que la ópera de Mozart estaba influida en cierto modo por el estilo italiano. Coetáneo de Beethoven es Karl Maria von Weber, que es el creador de la escuela operística romántica alemana. Tras von Weber hay un relativo vacío operístico repleto por autores apenas importantes, pero que desemboca en el genio extraordinario de Wagner, verdadero definidor de la ópera alemana.

Richard Wagner (1813-1883)

Ocupa un lugar importantísimo dentro de la historia de la música occidental, siendo su principal virtud la de haber sabido fusionar música y trama argumental. Hasta este momento existen dos tendencias a la hora de componer. Por una parte los que subordinaban la música al drama y, por otra, los que sólo se preocupaban del drama y su escenificación, más que de la música. Sólo Monteverdi logra en algunos de sus dramas la unidad de los dos artes, pero será con Wagner, poeta, músico y pensador, con quien llegue la fusión completa.

Richard Wagner

Richard Wagner

Nace en la ciudad de Leipzig en 1813 y, huérfano desde muy niño, es amparado por un amigo de la familia que va a fomentar el estudio de la música en Ricardo. Lee con pasión las obras de Shakespeare y Goethe y muestra una admiración extraordinaria por las obras de Beethoven y Mozart.

Nombrado director de orquesta en Magdeburgo cuando ya había escrito dos obras, Bodas y Hadas, se enamora apasionadamente de la cantante Minna Planer con la que se casa en 1836. Wagner no es fiel a su esposa, pero ella, profundamente enamorada, acepta pacientemente los períodos de miseria a que se ve abocada.

Marcha a Riga donde escribe, entre otras, una ópera al estilo clásico, Rienzi, en cinco actos; posteriormente marcha a Inglaterra, donde le sorprende una furiosa tempestad en la que se inspira para escribir El buque fantasma. Más tarde viaja a París, donde trabaja de crítico musical y adaptando óperas a música de piano. Sólo los conciertos de la sociedad dirigida por Habeneck, amigo suyo, sirven para exponer sus obras; allí se interpretan por primera vez la obertura clásica Fausto y dos actos de Rienzi. Acuciado por la pobreza vende a la ópera de París su libreto del Buque fantasma por 500 francos.

Durante un frío invierno compone el libro de Tannhauserque que será estrenado dos años después. Su mala racha se acaba cuando estrena en Dresde su Rienzi, obra de seis horas de duración, a pesar de lo cual constituye un resonante éxito. Wagner es nombrado director de la orquesta de la Corte de Sajonia, cargo que desempeña durante siete años. En 1845 escribe Lohengrin, pero ha de huir de Dresde por su amistad con el anarquista Bakunin, refugiándose en casa de Listz y posteriormente marchando a París. Listz monta en Weimar el Lohengrin en 1850. Este es también el momento en que Wagner escribe su libro Opera y Drama, en donde se exponen sus ideas acerca del drama musical. También comienza su tetralogía El anillo del Nibelungo.

Pasa una temporada en Zurich invitado por el matrimonio Wessendonck, enamorándose locamente durante su estancia de la esposa de su amigo. No obstante, su delicadeza y caballerosidad desvían este amor hacia su obra artística, componiendo entonces Tristán e Isolda.

Estrena en París su Tannhauser con un estrepitoso fracaso, viéndose de nuevo abocado a la desesperación y la pobreza hasta que un buen día es llamado a la corte de Luis ll de Baviera, profundo admirador de su música. Allí permanece durante mucho tiempo sin agobios económicos y estrena en Munich Tristán e Isolda con un gran éxito. Se instala en Lucerna posteriormente, donde se enamora de Cósima Listz, hija de su gran amigo y esposa de su también extraordinario amigo Hans von Bulow. De su matrimonio va a nacer un hijo, Sigfrido, y en honor de su esposa compone su Idilio de Sigfrido, interpretado en la habitación vecina a donde se produce el parto, por una orquesta compuesta por sus amigos músicos. Es el final de su tetralogía y marcha para Bayreutz para dirigir la tetralogía del Anillo del Nibelungo compuesta por: El oro del Rhin, La Walkiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses. Posteriormente sufre una profunda crisis mística, que le lleva a escribir Parsifal. Para pasar sus últimos momentos marcha a Venecia, en donde muere la mañana del 13 de febrero de 1883.

Escuela italiana de ópera

Si hay un país donde la compenetración entre la población y la ópera es perfecta, éste es, sin duda alguna, Italia. La ópera italiana no tiene competidor hasta que no surge la ópera wagneria na. Irradia sus influencias a lo largo del Barroco, Clasicismo y Romanticismo, pero, a pesar de Wagner, esta influencia va a perdurar durante el siglo XIX, ya que en Italia existe una generación de músicos de carácter genial que va desde Rossini hasta Verdi, pasando por Bellini y Donizetti.

Gioachino Rossini (1792-1868)

Autor dotado precozmente para la música, ya desde la infancia profesa una admiración sin límites por Mozart. Nace en Pésaro, donde aprende piano y canto, y en Bolonia, composición. A los dieciocho años compone su primera obra, La cambiale di matrimonio. Desde este momento hasta el estreno de su última obra, Roberto Bruce, Rossini compone cerca de 40 óperas de entre las que destacan Tancredi (1812), La italiana en Argel (1813), El barbero de Sevilla (1816), La urraca ladrona (1817), La señora del lago (1819), Semiramide (1823) y Guillermo Tell (1829).

De entre las citadas obras, hoy en día siguen en repertorio habitual en los palacios de la ópera más prestigiosos El barbero de Sevilla y Guillermo Tell. La primera, ópera bufa, fue estrenada en el Teatro Argentina, de Roma, el 5 de febrero de 1816, con el título de Almaviva, ossia la inutile precaucione. Su estreno constituye un estrepitoso fracaso, siendo interpretada en ese día por Giorgi-Riguetti y el tenor español Juan García. Guillermo Tell, su ópera inmortal, destaca especialmente por su obertura.

Popular y rico, vive feliz hasta sus últimos años, enfermando finalmente de neurastenia y falleciendo en París en noviembre de 1868.

Vicenzo Bellini (1801-1835)

Ocupa junto con Donizetti un lugar intermedio entre Rossini y Verdi. Aunque no tiene gran importancia, destaca fundamentalmente por sus melodías, de estilo muy puro, que fueron muy ad miradas por Wagner y Chopin. Sus óperas más famosas son La sonámbula, Los puritanos, El pirata y Norma.

Gaetano Donizetti (1797-1848)

Al igual que Bellini, no se trata de un autor de mucha importancia comparado con Verdi o Rossini, pero destaca por la fuerza dramática de sus melodías y por lo numeroso de sus óperas, más de setenta, aunque deficientes en la orquestación y sobre todo en los argumentos. En la actualidad se siguen representando regularmente Lucía de Lamermoor, Don Pascuaíe, Elixir de amor, María Stuardo y La hija del regimiento.

Giuseppe Verdi (1813-1901)

Sin lugar a dudas es el gran músico italiano del siglo XIX. Nacido en La Catania, cerca de Nápoles, durante su larga vida muestra en algunos momentos la nobleza de su carácter y su buen corazón, que le convierten en una de las figuras más populares y queridas de la época.

Comienza su carrera con el maestro de capilla de Busseto, su pueblo, y termina su carrera musical en Milán en 1839. Su obra organística se suele dividir en tres períodos:
– Primer período, en el que destaca su obra fundamental, Luisa Miller, con un profundo sentido de lo dramático y escenográfico, y en el que se limita a tomar lo aprendido de Bellini y Donizetti.
– Segunda época, desarrollada durante lo que se ha dado en llamar el Risorgimento, movimiento político que aspira a la reunificación de Italia. Dentro de este contexto, las óperas que Verdi compone en estos momentos tienen un mensaje de profundo contenido nacionalista y, de hecho, Nabuco es considerado durante mucho tiempo como el himno nacional italiano. Junto con Nabuco, II
Lombardi, Rigoletto, El Trovador y La Traviata, hacen que su fama se extienda por Europa.
– Tercera época, en la que ya consagrado como autor de ópera, se limita a investigar nuevos aspectos de ésta, apareciendo obras como Don Carlos o La forza del destino, que buscan el espectáculo. Ya al final de su vida escribe Aida y Otelo como formas idóneas de ópera trágica y Falstaff como ópera bufa.

A lo largo de las dos primeras épocas, las óperas de Verdi fundamentan su estructura en la voz del cantante y sólo al final de su carrera se dedica con más atención a la orquesta.

La obra de Verdi conecta, por otra parte, con el realismo del siglo XIX, corriente literaria que tiene como principales representantes a Emile Zola y a autores rusos como Dostoyevski, en tanto en cuanto sus últimas obras se impregnan de esta corriente literaria que va a tener un importante éxito a partir de su muerte, ya que muestran un ambiente real.

Giacomo Puccini (1858-1924)

Ultimo de los grandes compositores de ópera italianos, destaca por dar una forma de escenificación muy personal, el verismo o sentido realista, ya esbozado por Verdi en su última época. Destacan fundamentalmente La Bohemia y Tosca.

La escuela francesa de ópera

Tradicionalmente, los espectáculos operísticos o paraoperísticos como la óperaballet, han tenido mucho éxito en Francia, por lo que no es de extrañar que durante esta época surja un importante grupo de autores que realzan de manera notable este género.

La ópera francesa nace al amparo del régimen político del momento, conocido como el Segundo Imperio, en el que Napoleón III favorece la instauración de una sociedad cínica y repleta de hábitos frívolos, por lo que la ópera va a tener una misión muy clara, la de entretener a esta clase social alta que demanda espectáculos lo más triviales posibles. Sólo en este sentido surgen en Francia autores como los siguientes:

Giacomo Meyerbeer (1791-1864)

Judío de origen alemán, va a triunfar en Francia componiendo óperas cuya única misión es la de hacer disfrutar al público, por lo que están repletas de elementos musicales, como canción, danza, coros, etc. Muy célebre en su tiempo, aún se siguen reponieno óperas suyas como La africana, Roberto y el diablo y Los Hugonotes.

Charles Gounod (1818-1893)

Debe gran parte de su éxito a su ópera Fausto, inspirada en el drama de Goethe. Autor de Romeo y Julieta, basada en la homónima de Shakespeare, es igualmente famoso como compositor de música sinfónica.

Jacques Offenbach (1819-1880)

Compositor de origen alemán, es el creador de la opereta francesa. Compone piezas que en su género son maestras, como La bella Helena, Orfeo en los infiernos y Los cuentos de Hoffman.

Héctor Berlioz (1803-1869)

Compositor de ópera romántica por excelencia, es un autor genial, ya que sin conocer la técnica musical y siendo estudiante de medicina, compone algunas obras dictadas por su ágil imaginación.

Es un habitual de la bohemia parisina y encuentra su primer momento de bienestar económico cuando, durante el transcurso de un concierto interpretado por Paganini, extraordinario violinista del momento, éste le ofrece un cheque por valor de veinte mil francos, que inmediatamente es aceptado, lo que le proporciona la tranquilidad para componer Romeo y Julieta.

Posteriormente se presenta para la obtención del premio Roma, galardón que el Instituto de Francia otorga anualmente desde 1803 a un alumno de composición del Conservatorio Nacional de París, y lo logra con la cantata presentada. Busca el éxito, pero sólo encuentra el sarcasmo, por lo que para su defensa se convierte en un crítico implacable desde los diarios franceses másimportantes, lo que, por otro lado, le facilita un medio de vida.

Fallece a los setenta y seis años después de una vida sentimental tan penosa como la artística.

Georges Bizet (1838-1875)

Este autor, aunque algo alejado del romanticismo operístico, desarrolla su obra plenamente durante el siglo XIX, Bizet es conocido por su obra Carmen, que le aporta fama y dinero. Nace en París y debuta en su carrera artística estrenando El doctor milagro en 1857. Tras Los pescadores de perlas (1863), estrena Carmen en 1875, obra que en un principio no gustó, probablemente por lo atrevido, duro y sangriento del argumento. La muerte, que le sobrevino pocos meses después del estreno, probablemente se aceleró con este relativo fracaso.

Escuela nacional rusa de Ópera

El estreno en 1836 de La vida del Zar, de Glinka, ópera de estilo italiano, marca el definitivo nacimiento de la ópera rusa, cuya principal característica es el nacionalismo que impregna sus páginas y que nos anuncia un nuevo estilo apartado de lo romántico, que sirve de crisol de extraordinarios autores cuya fama les viene por ser compositores de otras formas musicales: Borodin (El principe Igor), Tchaikowsky (La Dama de Picas y Eugene Oneguin), Rimsky-Korsakov (El gallo de oro, El Zar Saltan) y Mussorsky (Boris Godunov y Kovanchina).

La música lírica española

En España, al igual que en otros países occidentales, se trata de construir una ópera nacional, pero es un intento fracasado en tanto en cuanto se usa exclusivamente el modelo italiano, yendo hasta la letra en ese idioma. Destacan fundamentalmente Hilarión Eslava, Carnicer y Cuyás.

Este fracaso estrepitoso de la ópera romántica española facilita que se recurra, para ocupar este vacío musical, a un género ya viejo y que recuerda mucho a la opereta francesa: la zarzuela. Destacan Barbieri, Bretón (La verbena de la Paloma), Chapí (La Revoltosa) Chueca (Agua, azucarillos y aguardiente), Amadeo Vives (Bohemios), Solozábal (Katiuska) y Torralba (Luisa Fernanda).

Al igual que en Francia con la opereta, la zarzuela tiene una importante aceptación social, por lo que se considera un espectáculo lírico nacional, hecho que se ve rubricado por los extraordinarios músicos que compusieron durante el siglo XIX.

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