La música del siglo XX

En un afán incontenible por llevar la música más allá de las tendencias que habían predominado durante los últimos siglos, los músicos de la centuria número veinte se encargaron de expandir las formas musicales, las estructuras, la gama sonora, los timbres.

Romper con la idea de música, con la tonalidad, con las maneras de componer, con la instrumentación tradicional, hasta que, a mediados de siglo, este tren vertiginoso vio surgir, por uno de sus ángulos, a la música electrónica, modalidad que revolucionó -y sigue revolucionando- la música de nuestro tiempo.

Vale la pena detenerse en algunas de las primeras invenciones mecánicas y electrónicas que los músicos académicos prodigaron a las audiencias por demás reducidas del siglo (realmente se necesita un oído muy abierto para apreciar tales experimentos).

En América, por ejemplo, hacia 1931 el compositor Henry Cowell inventó el rythmicon, curioso instrumento que podía reproducir piezas de una gran complejidad rítmica. También Conlon Nancarrow (caso extraño de un norteamericano nacionalizado mexicano) adaptó él mismo una pianola mecánica para que ejecutara su vasta serie de Estudios sin necesidad de intérprete. Lo asombroso de Nancarrow no sólo son las velocidades sobrehumanas de su música, sino sus innovaciones polirrítmicas, polimétricas y contrapuntísticas tocándose solas en las notas blanquinegras de la pianola.

Henry Cowell

Henry Cowell

Otra figura fascinante de la vanguardia norteamericana del siglo XX es John Cage, quien dedicó mucho tiempo a la música aleatoria (es decir, aquella en que el azar, la indeterminación y la acción de intérpretes y público juegan un papel fundamental), componiendo con toda clase de experimentos: tornamesas de velocidad variable, juguetes musicales, combinaciones extrañas de instrumentos de percusión y sus famosos “pianos preparados”, pianos entre cuyas cuerdas el compositor colocaba tornillos, tuercas, tiras de caucho, tablillas de bambú y horquillas, cuidadosamente especificadas según tipo y medida, todos dispuestos sugestivamente a fin de que al ser tocado el teclado del piano, salieran sonidos percutivos de lo más inesperado.

Mientras tanto, en Europa, uno de los precursores de la música electrónica fue Edgar Varèse, compositor francés que incorporó el empleo de música grabada y cintas magnéticas en sus obras, e incluyó en sus piezas el sonido de silbatos callejeros, motores, martillos y fábricas, con la idea de que los ruidos cotidianos también son música. Poco después, Pierre Schaeffer y Pierre Henri, en Paris, aprovecharon el perfeccionamiento de aparatos reproductores de sonido en su laboratorio de la Radiodifusión y Televisión Francesa, y manipularon ciertos materiales sonoros (básicamente ruidos) con medios electroacústicos, dando origen a la que llamaron “música concreta”.

Paralelamente, en Colonia, Alemania (1951) Herbert Eimert acaso inventó la música electrónica, con un aparato que partiendo de ciertos sonidos podía modificar su duración, intensidad y altura, y también podía reproducir el timbre de algunos instrumentos acústicos.

En poco tiempo, el compositor serialista alemán Karlheinz Stockhausen, se volvió el director artístico del estudio de Eimert, y a sus experimentos con la manipulación del sonido, cintas y la combinación de instrumentos reales con sonoridades electrónicas, añadió una preocupación por la posición en el espacio, con lo que años adelante estaría componiendo algo tan exuberante como una obra para cuarteto de cuerdas distribuido en cuatro helicópteros en vuelo.

La música electrónica se ha expandido hasta volverse muy normal que músicos e ingenieros de sonido, dentro y fuera de la academia, inventen sus propios timbres, atmósferas y colores, y los experimentos e invenciones tecnológicas continúan su avance vertiginoso y avasallador. Pero las innumerables acrobacias y hechizos que pueden lograrse con la tecnología de hoy, son notas de otro cantar.

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