La independencia de los Países Bajos

En la mañana canicular del 10 de julio de 1584; Guillermo de Nassau-Orange se había concedido el placer de una excursión de caza. Ahora volvía con un corto séquito a su palacio de Delft y entraba cabalgando en el patio de los Príncipes.

La cuarta esposa de Guillermo, Luisa, estaba asomada a una de las abiertas ventanas de la galería y mantenía en alto, en sus brazos, el almohadón en que reposaba el infante príncipe Federico Enrique.

Guillermo saludó alegremente hacia arriba sin hacer demasiado caso de un seguidor que le daba la lata por su imprudencia: cómo se le ocurría al de Orange salir con tan poca gente cuando recientemente su enemigo mortal, el rey Felipe II de España, había puesto el precio de 25.000 ducados a su cabeza. ¿Acaso no había sido gravemente herido el príncipe en un atentado año y medio antes?

La rendición de Breda, famoso cuadro pintado por Velázquez en 1634

La rendición de Breda, famoso cuadro pintado por Velázquez en 1634

¡“Qué va, dijo el de Orange, nada me ha reportado más amigos que esos atentados! Holanda y Zelanda me han concedido a continuación la dignidad condal hereditaria. Ese es el favor que me han hecho Felipe y sus asesinos

Con pasos rápidos fue a la gran escalinata que conducía a los pisos superiores. En las escaleras estaba solo monsieur Gérard, uno de los ordenanzas del príncipe. Ese hombre un tanto tenebroso había llegado de Francia y se había presentado como un calvinista perseguido. Ahora sacó de repente de debajo de su capa una pesada pistola de arzón y alcanzó al príncipe de un tiro a quemarropa en medio del pecho.

Así acabó Guillermo, en quien habían puesto sus esperanzas todos los Países Bajos. El asesino fue atrapado más tarde y ejecutado después, según la costumbre de la época, entre terribles torturas. Entre otras cosas confesó haber sido alumno de los jesuitas.

Por la época en que fue asesinado Guillermo de Orange duraba ya veinte años la lucha por los señoríos más septentrionales del imperio español.

Aunque las 17 provincias de los Países Bajos todavía pertenecían nominalmente al imperio germánico, Carlos V las había adjudicado en la división de su imperio a la herencia de su hijo Felipe II. Felipe, empero, pensaba gobernar sus más ricas provincias desde España y mediante administradores españoles, en el sentido del catolicismo y con la ayuda de la inquisición.

Pero en las 17 provincias neerlandesas sobre el Mosa, el Escalda y el Bajo Rin, cada provincia, incluso cada condado y ciudad tenía sus privilegios y libertades forales. Las provincias juntas formaban los “Estados Generales” y se gobernaban ampliamente a sí mismas.

Sobre todo en las provincias calvinistas septentrionales se deseaba más libertad y un más fuerte regreso al Evangelio primitivo.

Felipe II quería sacarles de la cabeza a los neerlandeses esas ideas. El cardenal Granvela comenzó a aplicar los «edictos contra herejes de Carlos V» con el auxilio de la inquisición española: comenzaron a arder las piras en la quema de numerosos herejes.

Contra ello se reunieron los nobles autóctonos como Guillermo de Orange, el conde de Egmont y el almirante de Hoom. En 1566 se presentaron ante la regente general Margarita de Parma, en Bruselas, unos cuatrocientos miembros de la liga nobiliaria con una carta de peticiones. Ella se asustó. Cuando uno de sus arrogantes consejeros españoles le gritó que no se espantara ante ese montón de pordioseros (gueux), los irritados neerlandeses aceptaron el sarcástico mote y llamaron su partido, en adelante, los guezen o «mendigos».

Pero el pueblo de las ciudades reaccionó ante el rechazo de sus peticiones y la opresión continuaba con mayor irritación. Calvinistas fanáticos asaltaron catedrales y monasterios, arrancaron figuras de santos, ornamentos, crucifijos y altares, los quemaron y destruyeron.

En respuesta, el rey Felipe envió a su general más duro, el duque de Alba, a la cabeza de un poderoso ejército. Los calvinistas huyeron en masa a las provincias septentrionales. En Bruselas fueron detenidos el conde de Egmont y el almirante Hoom, los que al poco tiempo, en 1568, fueron ejecutados. El «tribunal de los desórdenes», que los holandeses llamaban «tribunal de la sangre», estaba reunido sin interrupción. Sólo el prudente taciturno, Guillermo de Orange, había huido a tiempo.

La guerra ardió cruel y sanguinaria sobre las 17 provincias. A Alba sucedieron entre otros don Juan de Austria y el más diplomático Alejandro Farnesio. Pero la guerra continuaba. En enero de 1579 se reunieron finalmente las siete provincias más septentrionales de Holanda, Zelanda, Utrecht, Geldern, Frisia, Groninga y Overijssel en la unión de Utrecht. En 1581 se separaron de España y nombraron regente a Guillermo de Orange. En 1584 fue asesinado.

Esto ya no pudo detener, sin embargo, los acontecimientos. Su hijo y sucesor Mauricio de Nassau continuó la lucha. En 1585 desembarcó un ejército auxiliar inglés. Los holandeses ya no estaban solos. Si Felipe II quería conservar sus provincias neerlandesas y conducir a la victoria la contrarreforma, debía batir la verdadera cabeza del partido anti-español: ¡Inglaterra!

Pero la armada que envió en 1588 fue totalmente destruida. Después de largas guerras se reconoció finalmente la independencia de los Países Bajos en la paz de Westfalia de 1648.

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