Felipe II, biografía

Felipe II nació en Valladolid en 1527, hijo del emperador Carlos V y de Isabel de Portugal. En 1543, con 16 años, empezó su experiencia de gobierno al sustituir al emperador en las ausencias de éste, pero no fue hasta 1556 que se convirtió en gobernador de todas las posesiones de su padre fuera de Alemania. Durante cincuenta años gobernó el mayor imperio del mundo, definido en la época como veinte veces mayor que el Imperio Romano.

Su carácter era reservado y ocultó su timidez e inseguridad bajo una seriedad que le valió una imagen de frialdad e insensibilidad. Pocos fueron sus amigos, y ninguno gozó completamente de su confianza, pero no fue el personaje oscuro y amargado que se ha transmitido en la historia.

Felipe II en 1551, contando 24 años.
Felipe II en 1551, contando 24 años.

A Felipe II gustaba la soledad y la intimidad, pero también la música, la vida nocturna y las fiestas. Con todo, evitaba las multitudes para disfrutar del campo y del hogar. Amante de la naturaleza y los jardines, era un gran aficionado a la caza y la pesca, aunque sólo practicaba estas actividades cuando estaba demasiado cansado para seguir trabajando. Fue un hombre inteligente, muy culto y formado, aficionado a la música, el arte, el coleccionismo y muy especialmente a la arquitectura.

Felipe II gobernó el sistema político más grande que ha existido nunca, y lo hizo convirtiendo Madrid en el centro político mundial. Interesado y preocupado por los asuntos de Europa y del resto del mundo, nada lo sentía como ajeno pero todo lo vio desde la óptica española.

Felipe II se casó con su prima María de Portugal a los 16 años, pero pronto enviudó al nacer su primogénito, el príncipe Carlos. Se convirtió en rey consorte de Inglaterra al desposar a su tía carnal, once años mayor, María de Inglaterra, con el objetivo político de acercar a Inglaterra al catolicismo y a la corona española.

Tras regresar a España, ya no volvió a salir de la Península. Enviudó por segunda vez en 1558 y tras casarse de nuevo en 1560 con la infanta francesa Isabel de Valois, con la que disfrutó de ocho años de felicidad conyugal y que le aportó dos hijas: Isabel Clara y Catalina.

La misteriosa muerte del príncipe Carlos le dejó sin heredero a la vez que dio inicio a la llamada leyenda negra del rey. La versión más aceptada defiende para el príncipe un carácter enfermizo y violento que aborrecía a su padre y que hubo de ser encerrado para evitar su plan de huir a Flandes. Allí murió en circunstancias no aclaradas, pero difícilmente, como se ha dicho, por orden de su padre.

Su cuarto matrimonio, oficiado en 1570 con su sobrina Ana de Austria, veinte años menor, le aportó por fin un heredero varón, el príncipe Felipe. Ella fue su mayor amor y tras su muerte en 1580, el rey se vistió de luto para expresar públicamente su dolor y su deseo de no volver a contraer matrimonio. De esta época datan los cuadros que han aportado a su historia la imagen adusta y oscura que ya hemos mencionado.

Las cartas a sus hijas muestran a un padre afectuoso y cariñoso, preocupado por su crecimiento y que lamenta hallarse lejos. Su vida privada estuvo teñida de desgracias en mayor proporción, incluso, de lo que era normal en aquella época. Así, vio morir a sus cuatro mujeres (se dice que amó a las dos últimas), a su hijo Carlos Lorenzo con dos años, a María con tres, Fernando y Diego Félix con siete y a Catalina Micaela con treinta años.

Felipe II con el hábito de Gran Maestre del Toisón de Oro
Felipe II con el hábito de Gran Maestre del Toisón de Oro

El fervor religioso de Felipe II

Profundamente religioso, Felipe II se sentía responsable de la marcha de la Iglesia en sus territorios, por lo que mantuvo un control muy estricto sobre los eclesiásticos, y eso le valió la animadversión de los papas, en especial de Pío V y Paulo IV. Algunas de las guerras que emprendió respondieron tanto a motivos religiosos como políticos, y su rechazo al protestantismo fue tajante y definitivo en los autos de fe de Valladolid y Sevilla.

Asistía a misa a diario y comulgaba cuatro veces al año, y es bien conocido su apoyo a la Inquisición, cuya mayor demostración quizá fue su apoyo al proceso del Arzobispo Carranza, juzgado por herejía a partir de indicios de gran debilidad, lo que llevó al Papa Pío V a presionar el traslado a Roma de la causa abierta. «Lo de la religión es mi principal fin«, afirmó en 1590. Sin embargo, y a pesar de este apoyo, las muertes causadas por la Inquisición durante su reinado fueron inferiores a las de cualquier otro reino europeo de importancia.

Sin embargo supo también anteponer sus responsabilidades políticas a sus intereses religiosos, como demostró con su resistencia ante las provocaciones de Isabel, que subió al trono de Inglaterra después de la segunda muerte de Felipe II. Inglaterra carecía por entonces de la importancia que adquiriría después, pero tenía gran interés estratégico en la tradicional rivalidad entre España y Francia.

De hecho, cuando finalmente decidió guerrear contra Inglaterra, no lo hizo tanto por las persecuciones a católicos o la muerte de María Estuardo como por la actividad de los corsarios ingleses o la necesidad de resolver la hostilidad de Inglaterra para poder vencer en Flandes. La armada española no era tan invencible como proclamaba su sobrenombre, pero sin duda fue la más importante de su época, y lo siguió siendo después de la afamada derrota de 1568.

A pesar de su fervor religioso, se considera demostrada la existencia de una serie de amantes a lo largo de toda su vida, aunque siempre disimuladas por una discreción que aunque muy conveniente no era imprescindible en una época en que estas aventuras no resultaban nada excepcional. De ojos azules, cabellos rubios y lo que se ha dado en llamar facciones nobles, ya en su mocedad se le conocen varias pasiones, aunque nunca permitió que se interfirieran en sus responsabilidades.

El trabajo del rey en Felipe II

Su jornada laboral ocupaba casi todas las horas hábiles del día, y se concentraba en revisar y anotar los innumerables despachos, asuntos y solicitudes llegados de todas partes del imperio. Su capacidad de trabajo era prodigiosa, pero evitó lo más posible delegar sus responsabilidades para evitar que nadie acumulara demasiado poder.

Al contrario de lo que suele creerse, no fue un rey sedentario y enclaustrado en El Escorial, sino que viajó largamente por Inglaterra, Países Bajos, Alemania, Italia, el Mediterráneo y el Atlántico, Portugal y Aragón. Incluso en Castilla su movilidad era continua, hasta que en sus diez últimos años de vida la enfermedad lo obligó a moderar sus viajes.

España no existía como tal por entonces, sino que era una confederación de provincias y reinos sobre las que Castilla ocupaba una importante situación. Felipe II respetó las diferencias y derechos de cada lugar, y viajó por todas las provincias de Castilla para conocerlas personalmente.

Al contrario que la mayoría de los gobernantes de todos los tiempos, Felipe II no disfrutaba con el poder. Consideraba su tarea insoportable pero, en palabras de Henry Kamen, profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, «la aceptaba con una convición absoluta de su obligación hacia su pueblo y hacia Dios.» El mismo monarca dejó constancia de ello en sus instrucciones para su hijo: «El ser Rey, si se ha de ser como se debe, no es otra cosa que una esclavitud precisa, que la trae consigo la Corona«.

La supuesta crueldad de Felipe II

Era un rey estricto e inflexible en sus decisiones, pero no puede considerársele cruel. Parece probado que no ordenó la muerte de su hijo don Carlos ni su esposa Isabel de Valois, como se difundió en su llamada «leyenda negra«. Tampoco disfrutaba con las ejecuciones y ajusticiamientos, que cuando resultaban inevitables eran ejecutados por decisión del Consejo Real y nunca por decisión individual del monarca.

Incluso en las rebeliones de los Países Bajos y de Aragón por culpa de Antonio Pérez, nunca actuó con violencia y despecho, sino que buscó en la medida de lo posible soluciones dialogadas y aún se preocupó de que los vencidos no recibieran un trato violento. Felipe II padeció gota desde 1563, hasta el punto de que al final de su vida apenas le permitía firmar de forma ilegible, y a partir de 1572 empezó a sufrir cefaleas y fiebres intermitentes, de origen nunca aclarado.

El Imperio Español bajo el reinado de Felipe II
El Imperio Español bajo el reinado de Felipe II

Obra política de Felipe II

Bajo su mandato se estableció una capital fija por primera vez en España, se perfeccionó la burocracia, se hicieron los primeros censos para que el rey pudiera conocer exactamente los recursos de los diferentes reinos que formaban su imperio, se definió el sistema de consejos para asesorar al rey y ejecutar sus disposiciones. También realizó una codificación legal, mantuvo los municipios bajo control y reforzó la autoridad legal sobre la Iglesia.

Su mayor éxito fue la unificación pacífica de la Península al ser coronado rey de Portugal y su imperio en 1580. También logró una expansión muy importante hacia las Indias y el Pacífico (las Islas Filipinas llevan su nombre) y sonadas victorias como la de Lepanto, que conjuró históricamente la amenaza turca a Europa. Como aficionado al arte y las antigüedades, se esforzó en difundir en España el arte de Holanda y de Italia, la tecnología de Alemania y la biología de América.

Sin embargo, también tuvo fracasos, como la ya mencionada guerra contra Inglaterra o la de los Países Bajos. Pero sus mayores dificultades, anticipo ya de la política de siglos venideros, fueron económicas. A pesar del enorme flujo de caudales desde América, hubo de declarar varias bancarrotas para evitar los pagos a sus banqueros. Instauró nuevos impuestos sobre las rentas eclesiásticas, los artículos de primera necesidad e incluso los cereales.

España se convirtió en el país más caro de Europa, y los súbditos criticaron el aislamiento del rey, ocupado en altos ideales mientras los ciudadanos soportaban dificultades. La costosa construcción de El Escorial fue la culminación de su aparente insensibilidad, y en su aislamiento se recluyó durante sus últimos años soportando una dolorosa enfermedad renal, probablemente nefritis agravada con una progresiva esclerosis, pero sin dejar de trabajar hasta su muerte el 13 de septiembre de 1598.

La Leyenda Negra de Felipe II

Para justificar su rebelión en los Países Bajos, Guillermo de Orange inició la que se ha llamado leyenda negra de Felipe II, y que gozó de gran aceptación hasta tiempos relativamente recientes. Por este motivo se ha tenido del monarca una imagen totalitaria, fanática e intolerante.

El Príncipe Carlos
El Príncipe Carlos

Isabel de Valois

El principal argumento de esta leyenda fue su pretendida participación en la muerte del príncipe Don Carlos, a la que se atribuyeron amores correspondidos con su madrastra Isabel de Valois, motivo de la ira del rey y de la muerte de ambos.

Una regia historia de amor como ésta, representativa de la lucha entre la juventud y la caducidad, a la que se añaden la Inquisición, los abusos de los españoles en América y los excesos de las tropas del rey, por otro lado perfectamente normales en su época, dieron cuerpo a un mito que perduró durante siglos y aún fue utilizado en el siglo XIX por artistas como Schiller, Alfieri y Verdi.

El príncipe Don Carlos era, a juicio de todos los historiadores, una persona enormemente desequilibrada y exageradamente excéntrica, cuyos males se agravaron aún más tras una caída sufrida en Alcalá de Henares cuando se dirigía a visitar a una sirvienta en 1562 y que estuvo a punto de costarle la vida.

Enterado de que mantenía contactos con los rebeldes de los Países Bajos y que planeaba una fuga para ser coronado allí, su padre lo hizo encerrar en una de las torres del Alcázar de Madrid, demostrando su responsabilidad como rey aún por encima de sus sentimientos como padre.

El asunto Pérez

Don Juan de Austria nació en 1545, fruto de la relación del emperador Carlos V con Bárbara Blomberg. Fue educado en Villagarcía de Campos hasta que su padre lo reconoció y se lo encomendó a su hermano el rey Felipe II.

Nunca fue titulado de infante, pero después de estudiar en la Universidad de Alcalá de Henares, destacó como militar en las campañas contra los moriscos en el sur de la Península y comandando la flota de la Santa Liga en la victoriosa batalla de Lepanto (1571). Nombrado gobernador de los Países Bajos por presiones papales, destacó entonces como diplomático, aunque murió en 1578 antes de que su política pacificadora pudiera dar frutos.

Antonio Pérez era el secretario del rey Felipe II. Envuelto en las intrigas y conspiraciones del poder, se mantenía alineado con los partidarios del príncipe de Éboli y más tarde de su viuda, heredera del poder de aquél. Juan de Escobedo, otro de sus partidarios, era secretario de Don Juan de Austria y ambos intercambiaban informaciones y favores de forma clandestina.

El asunto Pérez
El asunto Pérez

Cuando Escobedo amenazó a Pérez con divulgar su relación a menos que éste apoyara las pretensiones de Don Juan de Austria en los Países Bajos, el secretario del rey aprovechó la animadversión que éste sentía hacia Escobedo para convencerle de que era un conspirador y un traidor. Hoy parece probada la participación del rey en la traicionera muerte de Escobedo, ejecutada por «Razón de Estado«.

Al enterarse el rey del manejo sufrido, hizo sustituir al secretario y acusarle de cohecho y corrupción. A la vez que él fue detenida la princesa de Éboli y condenada, sin proceso ni defensa, a vivir encerrada hasta su muerte en 1592. El secretario fue puesto en libertad mientras se resolvía su caso, al que luego se añadió la acusación de asesinato por la muerte de Escobedo por el testimonio de uno de los matarifes.

Once años después de su detención fue condenado a muerte, pero antes de ser ejecutada la sentencia, escapó a Aragón de donde provenía su familia y consiguió asociar su causa a los derechos garantizados por los fueros de Aragón. Temerosos de perder sus privilegios, los aragoneses se enfrentaron al rey en su defensa y provocaron varios motines que justificaron la entrada de las tropas del rey y la ejecución del Justicia Mayor del Reino.

Pérez huyó a Francia, donde aprovechó, hasta su muerte en miserables condiciones en 1611, la rivalidad contra España. Publicó varios folletos y libelos contra Felipe II e incluso contra Castilla, aportando argumentos para la leyenda negra del rey.

«Escoged buenas personas, desapasionadas para los cargos, y en lo demás no os pongáis en sus manos solas, ni ahora ni en ningún tiempo, antes tratad los negocios con muchos, y no os atengáis y obliguéis a uno solo, porque, aunque es más descansado, no os conviene…«

(Instrucciones del Emperador Carlos V a su hijo Felipe en 1543)

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