Epicureísmo: principales ideas, concepto y 5 ejemplos

El epicureísmo, cuyo fundador fue Epicuro (341-270 a. C.), desarrolló una doctrina física fundamentada en el atomismo de Leucipo y Demócrito. Según Epicuro, cualquier cuerpo está constituido por átomos y vacío, las únicas realidades existentes en la naturaleza. El vacío es la realidad en la que los átomos reposan o se mueven.

Los átomos por la gravedad descienden verticalmente, sin embargo poseen la aptitud de desviarse de esta línea vertical. Epicuro llama a esta desviación clinamen. Por causa de este clinamen, los átomos chocan unos contra otros, formando conglomerados atómicos que dan lugar a seres permanentes: tierra, agua, cielo, seres vivos.

El conjunto infinito de átomos que se mueven en el espacio constituye un universo ilimitado, este mundo tan sólo es una parte de este universo.

El concepto de hombre en el epicureísmo

Epicuro considera al hombre integrado por cuerpo, alma , y, espíritu o inteligencia, que es la dimensión superior. Alma y espíritu, formando una única sustancia, constituyen el principio vital del hombre.

La muerte del hombre se produce cuando los átomos de los que se componen el alma y el espíritu de separan. Con la muerte acaba la existencia del hombre. No existe el más allá.

Respecto al conocimiento, Epicuro afirma que el único bien que conduce a la felicidad es el placer, interpretado como ausencia de dolor (aponia) y tranquilidad de espíritu (ataraxia).

Moral y religión en el epicureísmo

La moral del epicureísmo es una moral hedonista. El fin supremo de la vida es el placer sensible; el único criterio de moralidad es el sentimiento. El único bien es el placer, como el único mal es el dolor; ningún placer debe ser rechazado, salvo por consecuencias dolorosas, y ningún sufrimiento debe ser aceptado, salvo en vista de un placer, o de ningún sufrimiento menor.

En el epicureísmo no se trata, pues, del placer inmediato, como desea el hombre común; se trata del placer inmediato, reflejado, evaluado por la razón, elegido prudentemente, sabiamente, filosóficamente. Es dominar los placeres, no dejarse dominar por ellos; tener la facultad de gozar y no la necesidad de gozar. Toda la filosofía está en esta función práctica.

Epicuro de Samos, el padre del epicureísmo
Epicuro de Samos, el padre del epicureísmo. Imagen: Wikipedia

Este placer inmediato debería ser siempre esencialmente sensible, incluso cuando Epicuro habla de placeres espirituales, para los cuales no hay lugar en su sistema, y nada más serían complicaciones de placeres sensibles. El placer espiritual se diferenciaría del placer sensible, ya que el primero se extendería también al pasado y al futuro y trasciende el segundo, que es únicamente presente.

La verdad es que el epicureísmo mira los placeres estéticos e intelectuales, como los más altos placeres. Pero aquí, si hace una declaración profunda, está ciertamente en contradicción con su metafísica materialista.

¿En qué consiste ese placer inmediato, reflexivo, racionado? En la satisfacción de una necesidad, en la eliminación del sufrimiento, que nace de exigencias no satisfechas. El verdadero placer no es positivo, sino negativo, consistente en la ausencia del sufrimiento, la quietud, la apatía, la insensibilidad, el sueño y la muerte.

Pero, precisamente, el epicureísmo divide los deseos en naturales y necesarios – por ejemplo, el instinto de reproducción; no naturales y no necesarios -, por ejemplo, la ambición. El sabio satisface a los primeros, cuando es necesario, que exigen muy poco y sólo cesan satisfecho; renuncia a los segundos, porque acarrean fatalmente inquietud y agitación, perturban la serenidad y la paz; pero también renuncia a los terceros, por los mismos motivos.

Así, la vida ideal del sabio, del filósofo, que aspira a la libertad y a la paz como bienes supremos, consistiría en la renuncia a todos los deseos posibles, a los placeres positivos, físicos y espirituales; y, por lo tanto, en vigilarse, en precaverse contra las sorpresas irracionales del sentimiento, de la emoción, de la pasión.

No sufrir en el cuerpo, satisfaciendo sus necesidades esenciales, para estar tranquilo; no ser perturbado en el espíritu, renunciando a todos los deseos posibles, puesto que es el deseo enemigo de la tranquilidad: éstas son las condiciones fundamentales de la felicidad, que es precisamente libertad y paz.

En realidad, en el epicureísmo, si se enseña la renuncia, no tiene el valor de enseñar la renuncia a los placeres positivos espirituales, estéticos e intelectuales, la amistad genial, que representa el ideal supremo en la concepción griega de la vida. Y sostiene esto en contradicción con su ascética radical, así como contradice su metafísica materialista con su moral, que encuentra precisamente la más perfecta realización en estos bienes espirituales.

El mundo y la vida son un espectáculo: mejor ser espectadores y actores, mejor conocer que actuar. Sin embargo, el bien espiritual no consiste únicamente en la contemplación (como por ejemplo en la virtud dianética de Aristóteles), pero también en la acción (como por ejemplo en la virtud ética de Aristóteles), y precisamente en una vida corta y refinada, estéticamente, la forma griega, en el aislamiento del mundo, del vulgo, en la unidad de la amistad, en la conversación ingeniosa y delicada: en una palabra, viviendo ocultamente.

De hecho, en los jardines de Epicuro, la vida se inspiraba en las costumbres más exquisitas, llena de las más nobles ocupaciones, como en la Academia y en el Liceo de Aristóteles. Sin embargo, quería dar a la vida una unidad estética y racional más que al mundo.

El epicureísmo, por tanto, considerado comúnmente como impulsor de la lujuria y la sensualidad, representa, a la inversa, una norma de vida ordinaria y espiritual, incluso un verdadero pesimismo y ascetismo, prácticamente ateo.

La serenidad del sabio no se ve afectada por el miedo a la muerte, pues todo mal y todo bien se encuentran en la sensación, y la muerte es la falta de sensibilidad, por tanto, de sufrimiento.

Nunca nos encontraremos con la muerte, porque cuando nosotros somos, ella no es, cuando ella es nosotros ya no somos, Epicuro, pero no defiende el suicidio que podría justificar con más razón que los estoicos.

Dado este concepto de la vida concebida como libertad, paz y contemplación, es natural que el epicureísmo sea hostil al matrimonio y a la familia, que, por lo demás, suele ser devaluada en el mundo griego. Epicuro es también hostil a la actividad pública, a la política considerando a la familia y a la patria como causas de disturbios y enemigos del gobierno.

A pesar de su materialismo teórico y su ateísmo práctico, Epicuro admite la divinidad trascendental, a diferencia del imanentismo estoico. La prueba de la existencia de la divinidad estaría en el hecho de que tenemos en la mente humana su idea, que no puede ser más que una copia de la realidad.

Los fantasmas de los dioses procederían de los propios dioses – como los fantasmas de todas las demás cosas-descenderían hasta nosotros de los intermedios, especialmente durante el sueño. Los dioses del epicureísmo son muchos, constituidos por átomos etéreos, sutiles y brillantes, dotados de cuerpos luminosos, con forma humana bellísima, inmortales – a diferencia de los dioses estoicos – beatos, contemplados – segundo ideal griego de la vida – siempre despiertos y sentados en jovial convivencia, sonriendo ambrosía, hablando en griego.

Pero – como las ideas trascendentes de Platón y el acto puro de Aristóteles-no actúan sobre el mundo y la humanidad, para no ser contaminados, perturbados. Viven, pues, fuera del mundo y de los mundos, en los espacios entre el mundo y el mundo, en la soledad de los intermondos, escapando de la destarté: la mortal destrucción de los mundos.

Es una teología refinada de ateniense y artista, que vive en el mundo de estatuas divinas, encarnando en la serenidad del mármol el ideal griego contemplativo y estético de la vida.

Epicuro venera a los dioses, no para recibir ayuda, sino porque encarnan el ideal estético griego de la vida, ideal que tiene una expresión concreta precisamente en las bellas deidades del panteón helénico. Entonces, si los dioses no le dan al hombre ninguna ventaja práctica, le proporcionan el bien de la elevación, que importa en la contemplación del ideal. Hay que adorarlos para imitarlos.

Así, el epicureísmo de Epicuro, proclamado ateo, habría practicado-entre los límites impuestos por el pensamiento griego y su pensamiento – el mal de la religión, una religión desinteresada, una especie de puro amor de Dios de los ascetas y de los místicos.

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