El Tratado de Madrid (1750)

El Tratado de Madrid, firmado en 1750, impuso una nueva agenda a la administración colonial portuguesa (por parte de España) en relación a sus colonias en América, particularmente a aquellas conquistadas en el siglo anterior. Debatiendo con la escasez de recursos, propia del período, la Metrópoli tuvo que buscar alternativas para poblar y hacer económicamente interesantes las vastas zonas que comprendían todo el territorio al Norte y al Oeste de la América Portuguesa.

Desde la firma del Tratado de Tordesillas (1494) a la firma del Tratado de Madrid (1750), los contornos del territorio español y del territorio portugués en América crecieron significativamente. A pesar de la expansión agropecuaria en la región nordeste de brasil, fue la búsqueda de metales preciosos y la mano de obra indígena en la región Centro-Oeste y la Amazonía que se constituyeron elementos centrales de la expansión territorial lusa en dirección al interior del vasto territorio, buena parte del cual se acercaba o invadía las fronteras estipuladas por el Tratado de Tordesillas siglos antes.

Las operaciones en busca de indígenas emprendidas por los portugueses desde el inicio de la colonización, jugaron un papel central en este fenómeno. Además de estos factores, la evangelización de los indios fue un fenómeno igualmente importante; tanto para españoles como para portugueses. Ya que muchas misiones religiosas se convirtieron en verdaderas instituciones de la frontera.

De este modo, el Tratado de Madrid (1750) puede ser pensado como la oficialización del proceso de expansión territorial portuguesa frente a los territorios españoles que no se encontraban habitados por los colonizadores; mismo que se había iniciado poco más de doscientos años antes.

Firmado en Madrid, por los reyes D. Juan V (Portugal) y D. Fernando VI (España); este tratado geopolítico tuvo como principal objetivo el fin de las disputas territoriales entre los Estados Ibéricos. Los nuevos límites de demarcación fueron basados en el Mapa de las Cortes (1749), elaborado especialmente para servir de base al Tratado. Montañas y ríos servieron como indicadores de las demarcaciones de límites, a partir de una especie de delimitación de fronteras naturales. Además, el principio romano del uti possidetis, que puede ser traducido por la idea de que “el territorio es de quien habita en él” fue utilizado por los portugueses frente a los españoles para reclamar estos espacios.

La firma del Tratado de Madrid refleja un importante proceso de demarcación territorial iniciado en el contexto del Período Pombalino (1750-1777). Los contornos geopolíticos del actual territorio de Brasil, por ejemplo, fueron dimensionados por este tratado.

Se puede decir que este tratado evidencia un proceso de (re)definición de las fronteras coloniales.

No obstante, surgieron de este proceso dos grandes problemas. El primero eran los diferentes nombres dados a los lugares estratégicos de las demarcaciones, como aldeas, pueblos y lugares; tanto por parte de los españoles como de los portugueses. El segundo fueron las poblaciones indígenas que, muchas veces, no tenían ningún contacto con los colonizadores. Para resolver tales problemas, los localizadores renombraron lugares, dándoles nombres portugueses a fin de homogeneizar la toponimia de la región; transformaron en centros misioneros algunas poblaciones civiles; emprendieron nuevos proyectos de integración de las poblaciones indígenas, convirtiéndolos en vasallos de la Corona Portuguesa (cuando antes lo eran de la Corona Española); les dieron apellidos portugueses y financiaron el mestizaje entre indios y colonos a través de matrimonios; prohibieron las lenguas indígenas y atribuyeron a los nuevos súbditos a la función de defensa de las fronteras coloniales.

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