Dioses menores de la mitología clásica

Además de los dioses superiores que gobierna Zeus en su monte Olimpo, existen un gran número de deidades menores cuya actividad se dirigirá a corresponder los caprichosos mandatos sus amos superiores. Estas divinidades menores serán muy numerosas y habitaban tanto el reino celestial de Zeus, como las aguas de Poseidón o el territorio subterráneo de Hades.

Así, por ejemplo, se puede citar a Taumas, un genio del mar, que era hijo del mar y de la tierra, que se casó con Electra, la hija de Océano, la deslumbrante ninfa oceánica y no la famosa hija de Agamenón de Argos, y de ella tuvo al arco iris y a los vientos. Estas hijas recibieron, por un lado, el nombre de Iris y, por el otro, el de Arpías, y son una muestra clara del papel que desempeñaban los dioses menores.

Altar de los doce dioses del Panteón Romano

Altar de los doce dioses del Panteón Romano

IRIS

En lo que respecta a Iris, que sólo gozó del mejor de los reconocimientos, se dividen sus apologistas en dos grandes grupos. Hay quienes la sitúan entre las pléyades, como una divinidad virginal, y hay también quienes prefieren considerarla esposa de Céfiro, la divinidad del suave y benéfico viento del Poniente que para otros estuvo desposado con la ninfa Cloris. Aunque sus pasos por la tierra están mal dibujados, tal vez porque su cometido era el de volar de un lado a otro con la velocidad del rayo, sí se la puede reconocer con facilidad cuando determinados dioses solicitan su ayuda en distintas escenas de la mitología. Entonces se la verá volando, con la inmejorable ayuda de sus sandalias aladas de oro, a veces también con alas en la espalda, siempre joven y hermosa y con un caduceo como el de su compañero de trabajo Hermes, con el mismo significado de paz y comunicación.La hermosa Iris, aparte de estos datos sucintos sobre su misión y sus atributos visibles, no tiene unas características propias que la conviertan en una diosa conocida y reconocida. En cuanto a su representación, nunca contó con un gran repertorio de imágenes definidas, incluso a veces es fácil confundirla con otras divinidades aladas similares, a no ser que medie otra señal externa que pueda hacer comprender que estamos ante la bella y rápida Iris. Hasta su historia está escrita detrás de la de las grandes hazañas de dioses y héroes, siempre ayudando con denuedo a los grandes personajes olímpicos a salir de dificultades.

Por todo ello, Iris es una excelente auxiliar, una divinidad de muy necesaria existencia para la supervivencia del Olimpo mismo. Iris era una diosa feliz a pesar de estar en segunda fila, una de las muchas divinidades menores que se encontraban satisfechas de poder ser útiles a los doce grandes dioses, sin quejarse jamás de la misión que les tocaba, ni plantearse siquiera otra forma de ser o estar en la corte celestial. Estas divinidades, exclusivamente nacidas para trabajar al servicio de la corte celestial, sabían que debían limitarse a obedecer todas las órdenes que los grandes dioses quisieran dar, y cumplir con exactitud todos los recados que tuvieran a bien mandarles, porque ese era su feliz destino, y por ello estaban libres de las rivalidades y enfrentamientos surgidos de las envidias y los rencores que, con tanta frecuencia, se producían entre los doce. Los servidores aparecían cuando les necesitaban y cumplían al pie de la letra lo ordenado, nada más.

No es mucho el espacio que ocupa Iris en solitario, pero lo que sí se considera con regularidad es que, además de mensajera constante de Hera, sea ella la madre del Amor. Para situarla en su contexto, hay que comprender que la diosa Iris era el arco iris en persona y, como tal, nexo de unión entre el reino superior, el cielo de las divinidades, y el reino medio, la tierra de los mortales. En su papel de mensajera, Iris comparte, en un plano inferior, con Hermes el servicio entre los dos niveles, cielo y tierra. Con respecto a su estrecha adscripción a Hera, este servicio está más que justificado, ya que Zeus se apodera de Hermes, literalmente, para sus mensajes y, sobre todo, para la libertina y amplia utilización de los dones del dios Hermes, del dios de los pies alados, como útil y discreto intermediario de urgencia en sus amoríos repetidos. Así que Hera tiene que echar mano de la fiel Iris para no quedarse incomunicada.

A veces, Iris debe elegir a Zeus como dios superior, sobre su esposa Hera, como cuando ha de avisar al poderoso Aigaión para que corra en auxilio de Zeus, en contra de Hera y sus compañeros de rebelión. En otras ocasiones, como cuando tiene que buscar y tratar de convencer a la remisa partera Eileteya, hace todo lo posible para conseguir que vaya ésta a auxiliar a la perseguida Leto y así lo logra, con ruegos y sobornos. Y para que esta fugitiva pueda alumbrar a sus hijos Apolo y Artemisa, Iris ha de arriesgarse a burlar a la colérica y siempre vigilante Hera. Y lo hace, no por desobediencia hacia su señora, sino para evitar que ésta cumpla su venganza contra la buena de Leto y sus hijos, engendrados por Zeus.

LAS ARPIAS

Las Arpías, personificación de los vientos súbitos y tremendos, fueron consideradas, en un principio, como divinidades bondadosas, seres de muy buen corazón, a pesar de lo que después se pasó a contar de ellas, sobre todo en la mitología romana. Las Arpías fueron, según Homero, tres: Aelopos, Ocipeta y Podargé; y según otros autores, ocho: las tres anteriores y Ocípoda, Celeno, Ocitoa, Nicolea y Aqueloo.
Aunque en nuestros días la palabra «harpía» sea relacionada con la imagen inequívoca de unos odiosos seres femeninos a medias, de unas pseudomujeres de características monstruosas y de malvadas intenciones, las arpías fueron, al menos en su origen griego, unas bondadosas y arriesgadas divinidades aladas que se aventuraban en el interior, en lo más recóndito de los infiernos para, al vuelo, arrancar al dios de la tinieblas sus presas y rescatarlas, devolviéndolas a su mundo perdido. La palabra que las designa significa «arrebatadoras» y esa definición aclara bien su cometido original de ladronas de almas en sufrimiento. Pero al ser adscritas a los elementos en acción, como imagen divinizada de los vientos huracanados, su papel se transformó en el de un peligro, en el de una fuerza brutal de la naturaleza.

Así pasaron a ser unas criaturas pálidas como el frío de su viento; con unos pavorosos rasgos, tan terribles como su fuerza destructora; unos seres temidos por ser tan voraces como la tormenta que todo lo arranca. Terminaron siendo los demonios alados que amenizaban los relatos de los míticos viajeros marinos, que sólo pensaban en comerse a sus víctimas, o en personajes, cambiando de bando, pasaron a ser ellas las portadoras de víctimas inocentes para los moradores de los infiernos. Esto fue lo que ocurrió cuando se cuenta que las Arpías fueron quienes llevaron a las infelices hijas de Pandáreo y Harmótoe a las Erinies, para que éstas las tuvieran sometidas a la esclavitud.Así, con el rapto de las huérfanas de Pandáreo, las Arpías demostraban su maldad, ya que actuaban de un modo siniestro y nefasto, por el placer de la maldad, y lo hacían de un modo artero, aprovechando la ausencia de la bella y poderosa Afrodita. Ella se había decidido a marchar al Olimpo, para pedir a Zeus maridos para las buenas huérfanas, ya que ellas estaban bajo la piadosa tutela de las grandes diosas Afrodita, Artemisa, Atenea y Hera, después de que el mismo Zeus hubiera acabado con la vida de sus padres, como castigo por el robo, por parte de Pandáreo, del perro de oro que cuidó al niño Zeus, cuando su padre Cronos le buscaba para asesinarle. Pero toda esta maldad pretendida de las Arpías se desvanece si consideramos que fue Zeus quien dio la orden de que, mientras Afrodita acudía a visitarle, se castigara a las tres hijas del ladrón, para expiar las culpas heredadas.

Pero, aunque las Arpías tuvieron tan mala fama, se dice que una de ellas, en su unión con Poseidón, dio vida al primer corcel que recibieron los hombres como regalo, o que la Arpía Podargé, según Homero, en su unión con Céfiro, dio vida a los caballos de Aquiles. Con lo que se las deja entrar en la categoría de divinidades positivas, ya que el caballo era el bien más preciado para el hombre eminente de la antigüedad, ya fuera príncipe, político, propietario o guerrero.

También se consideraba que las Arpías, tan hijas de Taumas y la bella Electra como Iris, eran mujeres de largas cabelleras rubias y hermosas proporciones, con la sagrada misión de llevar a los criminales condenados hasta su reclusión en el infierno, para allí dejarlos confinados bajo la inflexible vigilancia de las Erinias. Pero, sobre todo, las Arpías jamás fueron otra cosa que cumplidas mensajeras de los designios divinos.

TEMIS Y SUS HIJAS

Como casi todas las diosas del Olimpo, Temis tuvo mucho que ver con el fogoso Zeus, a cuyo lado se sentaba, para prestarle ayuda y consejo. Porque Temis representaba la sabiduría unida a la prudencia, y su conocimiento se extendía desde el recuerdo del pasado a la certeza de lo que iba a suceder. Temis era sabia y correcta, era el ejemplo que los demás dioses – mayores y menores- debían observar en su comportamiento oficial; a Temis la observaban atentamente todos los olímpicos. De hecho, ella precedía protocolariamente a Hera.

Pero su historial no termina ahí, ya que también su belleza y dotes conmovieron fácilmente a Zeus y, como grata consecuencia de ese apasionado romance, en lugar del habitual castigo o de la posible persecución de la airada Hera, Temis fue la gozosa madre de muchos e importantes grupos de hijas, como lo fueron las Parcas y las Estaciones. Estas últimas también son llamadas las Horas, porque ambas denominaciones concurren en las mismas divinidades encargadas de ese funcionamiento incesante de la máquina del tiempo, ya fuera en la división del día o en las diferentes partes del año agrícola y climático. Las tres Horas o Estaciones, se encargaban de abrir y cerrar las puertas celestiales y preparar cada día el carro de Helios, para que éste recorriera el cielo derramando sus benéficos y vitales rayos solares. Las Horas o Estaciones tenían todas ellas el don de la apariencia juvenil, fragante y atractiva de la primavera y, para recalcar su cargo, jamás abandonaban las flores que les correspondían portar en sus manos.

Las tres Estaciones u Horas respondían a estos nombres y calificaciones: Diké, la justicia; Eunomia, la disciplina; y Eirené, la paz. Para terminar, y para que sea más sencillo comprender la importancia de estas divinidades auxiliares, recordemos que fue a las Estaciones a quienes se encargó que acompañaran y cuidaran, en su adolescencia, a la recién surgida Afrodita tras su triunfo, tras esa gloriosa salida triunfal de la diosa del amor y la belleza de la espuma del mar.Pero Temis, aparte de por sus hijas, es conocida como tal. De hecho, ella es al principio de los tiempos, en la creación del Universo, la Titánida adscrita por Eurinome al planeta que hoy llamamos Júpiter. Temis fue también, ya como una diosa y en su propio templo, la divinidad magnánima que dio a Deucalión y a su esposa Pirra, los supervivientes del Diluvio, el regalo de una nueva generación de hombres y mujeres, tal y como también dicen que hizo Rea. De Temis proviene, pues, la humanidad renovada que habría de encargarse de poblar nuestro planeta; nuestra tierra purificada por uno de los muchos diluvios, ahora por esa lluvia enviada por Zeus, y que sirvió para aplacar su ira y la del resto del Olimpo, ante el repugnante comportamiento de Licaón, al querer invitar a los dioses a un banquete en el que ofrecía de manjar a su propio hijo. Temis se convierte así en la diosa que cierra el incidente y da otra nueva oportunidad a los humanos, como clara demostración de que toda ley, todo orden pasa por ella y en ella encuentra su lugar, porque su misión es la de hacer que el orden exista y se mantenga entre los pobladores de la tierra, pero no con la fuerza ni con el castigo, sino con el imperio de la ley y la justicia que el Olimpo depositó en ella.

GANIMEDES, EL COPERO DE LOS DIOSES

Junto a los divinos personajes de segunda fila que se afanan por atender a los dioses de mayor magnitud, merece destacarse el caso muy particular del apuesto doncel Ganimedes, el más hermoso de los mortales, y uno de los cuatro hijos del matrimonio del rey de Frigia, Tros y de la bella Caliroe, la hija del dios Escamandro. El hermoso Ganimedes era hermano, pues, de Cleopatra la Menor, de Ilo el Menor y de Asáraco, que según nos cuenta Homero en «La Ilíada», son importantes personajes de la fundación e historia de Troya.

El caso es que Ganimedes, era una hermoso joven, que se encontraba trabajando ajeno a las pasiones desatadas por su persona, al cuidado de los rebaños de su padre en los llanos o en las montañas de Troya. Allí fue arrebatado por Zeus, que no sabía ya como satisfacer su ardiente deseo, y que se había decidido a hacerse por la fuerza con el joven, ya que su belleza le había trastornado hasta tal punto, que el ansia de su posesión era lo único que le importaba. Para raptarlo, el imaginativo Zeus adoptó la forma de un águila y con ese aspecto se lanzó sobre el pastor, lo capturó y se lo llevo a través de los cielos hasta el Olimpo. Desde luego, lo más extraño del caso, es que el rapto, a pesar de su violencia inicial y lo desacostumbrado de su componente homosexual, no desató ni las justificables iras de Hera, ni la más mínima respuesta del muchacho raptado, quien podría haberse rebelado mínimamente por la actuación de Zeus. Pero parece ser que Zeus sabía hacerse querer fácilmente por sus víctimas, cuando se decidía a cortejarlas de una vez por todas.

Una vez que llegaron al Olimpo y Zeus sació sus pulsiones, el hermoso Ganimedes fue, además de aceptado por el resto de los dioses como amante de su colega y superior, elevado al cargo de copero de los dioses. Este nuevo nombramiento supuso la automática destitución de Hebe en el servicio del néctar y la ambrosía, aunque Hebe fuera hija de Hera y de Zeus, diosa de la juventud y una ejemplar hija. De hecho, Hebe era quien se cuidaba de atender a las necesidades del palacio de Zeus y Hera con inigualable presteza. Pero todo su rango y genealogía de nada le sirvió cuando su padre decidió el cambio, y ni la misma Hera consiguió anular la orden de su marido. Así que Ganimedes fue amado y obsequiado por el mayor de los dioses, quien le hizo entrega de regalos tan preciados como el don de la eterna juventud, para que fuera aún más parecido a la pospuesta Hebe. Además, Zeus, para honra de Ganimedes o mayor burla de su esposa Hera, se empeñó en compensar al rey Tros por el secuestro de su hijo y le dio la vid de oro que había encargado forjar a Hefesto, para que el rey la tuviera y exhibiera en su reino; asimismo le regaló un par de caballos inigualables, casi como dote por este irregular matrimonio consumado con su hijo.

Pero además, como Hera no cesaba en sus reclamaciones y en su irritación contra el bello Ganimedes, ni olvidaba la afrenta hecha a su hija, el caprichoso Zeus terminó por reaccionar en sentido contrario y, en lugar de restituir su excelente hija en su perdido puesto, hizo que, por contra, Ganimedes recibiera el honor máximo que Zeus concedía a sus más queridos seres. El joven copero se incrustó eternamente en el firmamento y su figura ocupó un nicho destacado del cielo, festoneando su cuerpo con estrellas en forma de la constelación que lleva su nombre para siempre, de modo que ni los dioses ni los mortales pudieran olvidar nunca su belleza y el amor que Zeus había sentido y demostrado hacia él.

LAS NUEVE MUSAS

Las siempre bien amadas Musas, ese benefactor y tutelar grupo de deseables compañeras de todos los pensadores y artistas, está formado por el número perfecto de tres veces tres, por esas nueve bellas doncellas que son las hijas habidas en el amor de Zeus y de Mnemosina, la diosa de la memoria, hija a su vez de Urano, el primero de los dioses, y de la diosa de la tierra, la madre Gea. Por lo tanto, además de ser su esposa, Mnemosina es tía de Zeus. Pero el parentesco no enturbia para nada el resultado y sólo es un factor benéfico para la descendencia de la pareja, ya que de esa unión va a resultar el más positivo grupo familiar de la mitología griega, junto a las Gracias o Cárites.

Las Musas se convierten en unas figuras simbólicas de gran importancia por sí mismas y por lo que representan: ser las divinidades tutelares de las artes y de las ciencias, la personificación del interés del pueblo griego hacia las formas conocidas de expresión sensible e intelectual. Las Musas, aparte de su patrocinio del estudio y la creación, tañen instrumentos musicales, cantan armoniosamente y danzan ante sus compañeros en el Olimpo, actuando siempre desinteresadamente, entregándose a los demás con generosidad, como depositarias que son de la sabiduría, de la belleza formal y de la alegría de la divinidad. Tal es su gracia, que se decía que habían sido los propios dioses los que habían pedido a su superior Zeus que éste tuviera la deferencia de engendrar a tan necesarios seres, para regocijo de los cielos, y que entonces Zeus amó a Mnemosina nueve noches sucesivas, para que pudieran ser concebidas las nueve Musas que el cielo y la tierra tanto anhelaban.

Calíope era la primera y más poderosa de las Musas, la responsable de la elocuencia, la épica e incluso de la ciencia; Clío lo era de la historia y, complementariamente, tutelaba la conservación de todas las gestas y hazañas. Erato fue la Musa musical y lírica del erotismo y, por tanto, la encargada de acompañar a los dioses y a los humanos en el amor y en el matrimonio; Euterpe se encargaba de patrocinar la música y la lírica popular; Melpómene estaba originalmente a cargo del canto coral y desde allí pasó a los coros de la tragedia; Polimnia era la Musa del canto sagrado y de la mímica; Talía, con su alegría, se encargaba de tutelar el teatro cómico; Terpsícore había nacido para la danza y a ella se dedicó por completo, ya se tratase de baile profano o sagrado; por último Urania, fue la divinidad que estudiaba los astros y sus movimientos en el cielo.

Al principio, las Musas eran tan sólo unas buenas ninfas que estaban asociadas al agua de tierra adentro, a los manantiales que brotaban en las alturas de las montañas, y de ahí viene su nombre, de la asignación a las montañas. Pero los manantiales no se quedaban quietos, sus aguas caían por entre las peñas, se adentraban en los valles, pasaban entre los asentimientos humanos, fecundándolos, y luego descendían hasta los ríos mayores que terminaban por devolver su agua al mar original. Con el paso del tiempo, las Musas se fueron especializando, asociándose su nombre y actividad al campo de la palabra recitada o cantada, como un recuerdo del murmullo de esas aguas que jugueteaban con sonoridad por entre los riscos de la montañosa Grecia, porque la palabra hablada o acompañada de música era importante y respetada en todo el país, y se sentía la necesidad de que tuviera una divinidad específica, una tutela celestial que la protegiera y ayudara a su mantenimiento y difusión.

LA PUGNA ENTRE APOLO Y MARSIAS

Y como muestra de su importancia creciente, tenemos que ver como se recurre a ellas para que juzguen la pugna artística entre Marsias y el mismo Apolo, el músico por excelencia. El caso es que el pobre Marsias se había topado con la doble flauta que Atenea se hizo para su entretenimiento y a la cual maldijo, por una cuestión de coquetería frente a las burlonas Afrodita y Hera. Se rieron de ella al verla con la cara hinchada por el esfuerzo de soplar un instrumento nuevo. Pues bien, al parecer quiso el destino que Marsias soplara la doble caña de hueso, sin nada esperar de ello, sólo por ver cómo era su sonido y quedó tan asombrado que ni él mismo podía dar crédito a sus oídos: la flauta de Atenea era melodía pura en sus labios.

Si a Marsias le sorprendió lo bien que sonaba, a todos los que le oyeron con el doble tubo perforado, les parecía un prodigio y así este buen hombre se transformó en atracción, se sintió famoso y fue a todos los lados tocando su flauta maravillosa.
También a Apolo le llegó la fama del flautista, del que se decía que era el mejor de los músicos, tan bueno, si no mejor que el mismo Apolo. A un dios no se le puede ofender con comparaciones de tal calibre y nuestro músico supremo se acercó a oír a su rival, y no con las mejores intenciones. Oyó cómo sonaba la flauta de Marsias y oyó también cómo se enorgullecía el vanidoso Marsias de que le emparejasen con el dios. Apolo decidió dar una lección a su oponente y le retó a un combate musical, en el que el ganador tendría el premio de hacer lo que quisiera con el vencedor.

Para dar más realce a la prueba, llamó a las Musas como jurado de toda garantía; nadie mejor que ellas podrían calificar al músico entre los músicos. A las Musas no les quedó más remedio que tener que sancionar a los dos contendientes como los dos más grandes genios que se habían conocido, juicio que no fue del agrado de Apolo, pero al cual no se podía oponer. Así que Apolo pergeñó una treta para enredar a Marsias y darle su merecido. Se celebró la segunda ronda del certamen, con la condición de que cada uno de ellos diera la vuelta completa a su instrumento y siguiera abierto el juicio, ahora con la salvedad de que tenían que cantar al tiempo que manejaba la flauta Marsias y la lira Apolo.

Realmente, las Musas tuvieron que decir que Apolo tocaba su lira y cantaba como el dios que era, mientras que el advenedizo rival se desgañitaba, tratando de soplar y cantar, alternativamente. Con la sentencia de las Musas en su contra, el desgraciado admitió la derrota y se entregó en manos de su vencedor, de quien no se podía esperar el perdón, precisamente. Y así fue, Marsias murió desollado a manos de Apolo y su piel quedó clavada en un árbol, para escarmiento de los que quisieran presumir de ser mejores que los dioses. Pero, hasta en un caso como éste, el gran prestigio musical de Apolo no hubiera valido de nada de no haber quedado ratificado públicamente por la palabra final de una autoridad en arte como lo eran las Musas.

LAS SIRENAS

Hasta las buenas Musas sabían lo peligroso que era medirse en música entre las divinidades, pues las tres Sirenas se quedaron para el resto de sus días sin las alas de que antes dispusieron, cuando se enfrentaron y perdieron en una batalla de canto con las Musas, en un peligroso concurso establecido por deseo de Hera. Hay quien afirma que las Musas arrancaron las plumas de las alas de las Sirenas y con ellas tejieron unas triunfales coronas. Las Musas estaban presentes de muy distintas maneras en la vida prodigiosa de los dioses y los héroes, cantando las empresas realizadas por ellos, como hacía la buena de Clío, mientras que su mano escribía con detalle lo acaecido y hasta haciendo sonar la trompeta de la fama, para que nadie pudiera quedarse sin conocer el portento y a su protagonista. Calíope, más recogida y pensativa, era quien hacía suya la ciencia y daba forma a la epopeya, componiendo los mejores versos que la épica podía querer para sí. Erato gustaba de tocar la lira y danzar a su son, animando a quienes gustaban de la música a dejarse llevar por ella. Euterpe colmaba de gozo a quienes se dejaban atraer por la música de los más humildes, y personificaba su apego a los músicos modestos, acompañándose de una flauta rústica.

Melpómene estaba sometida a la disciplina coral de Dionisos y esa adscripción garantizaba su arte, lo que le valió ser incluida en las filas de los cantores de la tragedia, cantores corales que debían modular su voz a la armonía y a la prestancia del conjunto, para mejor llevar a la escena las grandes historias en las que cruzaban sus caminos los dioses y los seres humanos. A la serena Musa Polimnia le correspondía actuar como patrona de la música que se dedicaba a los dioses, siempre pensativa y majestuosamente escondida en su larga túnica. Talía llegó a ser la muy querida Musa de la festiva representación teatral de la comedia, la Musa contrapuesta a su hermana Melpómene. Era la diosa bacante y cómica de la careta en la mano y la corona de hiedra sobre la frente, siempre dispuesta a hacer reír y soñar a sus espectadores. Terpsícore bailaba al son de su cítara, pero no como Erato, sino con la dignidad que debía darse a las danzas dramáticas. Por último, Urania estaba en un mundo aparte al de sus hermanas, ya que ella cuidaba del cielo y los cuerpos que en él brillan, y se ocupaba de medir el orbe con su compás, estableciendo sobre la faz de la tierra todos los muchos conocimientos que de la observación astronómica se derivan. Esto demuestra que las Musas empezaron a destacarse del conjunto de divinidades femeninas, más que nada por su especialización, ya que Horas, Parcas, Arpías, Gracias, etc., solían formar grupos compactos, sin individualidades destacadas.

LAS GRACIAS

Finalmente, las tres Gracias o Cárites forman el último grupo de serviciales divinidades que pueden considerarse en este gran grupo de personalidades auxiliares olímpicas. Son las tres Cárites las inigualables hijas de Eurinome, la diosa de todas las cosas, y del gran Zeus. Son así de grandiosas, porque a las tres se las constituye en fuente de toda la belleza y toda la gracia que pueda existir en la tierra o en lo alto de los cielos. En un culto originado en Orcómenos, se las imaginaba como piedras caídas del cielo, para después ser representadas en la escultura púdicamente cubiertas de largas túnicas, y terminar siendo, en la más liberal Atenas, las tres mujeres desnudas y alegres de su belleza.

Para que tengamos idea justa de la belleza física que acompañaba y distinguía a estas tres Cárites, a las muy hermosas Calé, Eufrosine y Pasítea, o Aglaia, Eufrosina y Talía, según la versión que se elija, hay que decir que, en una determinada ocasión, las tres tuvieron que vérselas con la diosa de la belleza y el amor, con Afrodita. Para juzgar se eligió al mejor adivino de Grecia, al ciego Tiresias. Es de suponer que por aquel entonces no debía ser invidente, aunque sí que siempre gozó de la visión interior que le concediera Hera. La cosa es que Tiresias no tuvo más remedio que decir la verdad y presentar a Calé como la mujer a quien habría de considerarse como la más bella. Como de costumbre Afrodita reaccionó coléricamente, con esa rabia que tienen sólo los dioses para con quienes se atreven a contradecirles, y castigó a quien había osado disgustarla, al sincero y honesto Tiresias. Le convirtió en un muy achacoso anciano. Calé entonces se sintió responsable de la triste suerte corrida por el castigado juez y lo llevó consigo a la isla de Creta, para cuidarlo y atenderlo merecidamente.
PLEGARIAS POPULARES

En los «Indigamenta», ese cuerpo doctrinal cuyo contenido estaba formado por oraciones e invocaciones de todo tipo, parecen reseñadas una gran cantidad de deidades alegóricas. Había una para cada tiempo y circunstancia de la vida, y cada genio o dios doméstico tenía la suya. La creencia popular inventaba las diferentes versículos recogidos en los «Indigamenta» con el propósito de procurarse todos los beneficios atribuidos a las deidades benéficas que, a través de los tiempos, habían ido creándose. Pero también existían geniecillos dañinos que había que calmar y, por esto mismo, se hacía necesario implorarles de algún modo. Es ahí cuando los «Indigamenta» son recitados por las gentes, al margen de las creencias y formas oficializadas; pues, según el particular criterio de la masa, el mundo entero albergaba toda clase de criaturas misteriosas que tenían como especial misión dirigir las acciones de los humanos. Para conseguir la libertad plena, por tanto, se hacía necesario estar a bien con esas criaturas ocultas y poderosas, ya que dominaban la propia voluntad de los humanos. De ahí que el conocimiento pleno de las distintas plegarias se hiciera imprescindible para las gentes de toda condición. Esta especie de fe popular tuvo mayor arraigo en Roma que en Grecia y, las deidades alegóricas, protectoras de aspectos morales, constituyeron una de las improntas más marcadas del pueblo romano.

NEMESIS

Acaso una de las deidades alegóricas más terrible sea Némesis, que personificaba la venganza de los seres superiores. Su mismo origen da lugar a reflexiones de diverso signo. En primer lugar, si aceptamos la versión de Hesíodo, deberemos admitir que Némesis es hija de la Noche o de las Tinieblas quien, a su vez, había nacido del Caos o «Abismo Primordial», y había tenido por esposo a la deidad que personificaba el río pestilente de los infiernos, es decir, a Aqueronte. La Noche había engendrado, también, a la Discordia, al Sueño, al Destino, al Engaño, a la Fortuna, al Afecto, al Sarcasmo, a la Amistad, al Dolor, a la Vejez… Todas ellas representaciones simbólicas de ideas abstractas, tal y como, indica la alegoría.

Ocasiones hubo, empero, en que la Noche apaciguó la ira del poderoso Zeus cuando éste, irritado contra Hipnos o Sueño, se vio sorprendido, e inmerso, entre la oscuridad de aquélla, que protegió al uno y en volvió en profunda calma al otro.

Otras narraciones del mito de Némesis explican que esta deidad nació de un huevo que Leda había recibido de la diosa Atenea. No obstante, la tradición más aceptada contempla la leyenda de Némesis transformádose de continuo para huir del acoso de Zeus quien, sirviéndose de una de sus artimañas, consiguió yacer con ella. Como en cierta ocasión aquélla se convirtiera en ganso, hizo lo propio el rey del Olimpo. Se transformó en cisne y, de tan sutil modo, se consumó la unión de ambos. Un huevo fue el fruto de semejante acto; unos pastores lo encontraron y se lo entregaron a Leda. De este huevo nacerían los famosos gemelos Cástor y Pólux, cuyas aventuras han quedado recogidas en todas las tradiciones mitológicas.

Némesis era, pues, tanto una divinidad como un símbolo que remitía a la venganza que podría sobrevenir de parte de la trascendencia y de los seres superiores. Allí donde Némesis se encontraba, había envidia y represalia, y surgían los desacuerdos más terribles. Vigilaba, además, porque la justicia de los dioses se cumpliera con todo detalle entre los mortales. Estos nunca podrían sobrepasarse en sus atribuciones y, si lo hacían, Némesis se encargaría de infligirles severo castigo. Así se garantizaba que los humanos nunca podrían ser como dioses. Se la representa apoyada en un timón, lo cual indica que es capaz de cambiar los destinos de las personas y hacer peligrar el orden del universo. Si su rostro se cubre con un velo, simboliza la objetividad de la justicia de los dioses y la igualdad de trato que la ley otorga.

LARES

Los Lares fueron espíritus o genios de carácter benéfico o maléfico, héroes o dioses. No se sabe con certeza, puesto que hay variedad de opiniones al respecto. Sin embargo, todos coinciden en afirmar que los Lares eran deidades inferiores, deidades domésticas, y que tuvieron su origen en la violación de que fue objeto la ninfa Lara por parte de Hermes. Cuentan las leyendas que el enamoradizo Zeus, en cuanto descubrió a la bella Yuturna -ninfa de las fuentes-, quedó prendado de su hermosura y se dispuso a conquistarla. Pero ésta rehusa su compañía, por lo que el rey del Olimpo pidió a las demás ninfas que sujetaran a Yuturna en cuanto vieran que era perseguida por él. Sólo una de ellas, de nombre Lara, que significa la charlatana, mostró su desacuerdo con semejante confabulación y puso sobre aviso a Yuturna. Entonces Zeus infligió a Lara cruel castigo, la cortó la lengua y la expulsó hacia las tinieblas exteriores. Nombró como vigilante para el camino, a Hermes que, en lugar de protegerla de todo peligro, tal como se le había encomendado, la violó sin temor, puesto que ante la imposibilidad física de articular palabra alguna no podría delatarlo.

Los Lares, sin embargo, han sido reconocidos, por lo general, como dioses domésticos que se veneraban en el interior de los hogares. No había casa que no tuviera una estatuilla alusiva a estas deidades. Aunque también se les ofrecía culto público y eran considerados protectores de la ciudad, de sus calles y de todos los caminos. En otros casos los Lares eran genios a los que se acudía para invocar a los antepasados y, por lo general, aparecían relacionados con el culto a los muertos. Eran geniecillos bondadosos, a los que la tradición popular hacía descendientes de la diosa Manía. Esta, personificaba la locura y el delirio que asaltaban a las mujeres durante el desarrollo de los rituales dionisíacos o báquicos. Otras versiones, en cambio, explican que la diosa Manía era una hija del Averno que había sido concebida exclusivamente para tentar a los hombres hasta volverlos locos y convertirlos en criminales.

LEMURES

En ocasiones se identificaba a los Lares con los espíritus de los difuntos, a los que se denominaba «Lemures». Su principal cometido era atormentar a los seres vivientes. De ahí que fueran muy temidos y se realizaban diversos cultos y ritos para calmarlos. Una ancestral tradición da cuenta de que los antiguos romanos realizaban diversos actos, tendentes a pacificar a los «Lemures», que consistían en golpear una vasija de bronce, después de haber arrojado hacia atrás puñados de habas verdes, al tiempo que voceaban y arengaban a los espíritus de sus antepasados para ahuyentarlos. Todo ello debía llevarse a cabo la medianoche de los tres días del año re conocidos como nefastos o «Nefasti», que caían al finalizar la primera mitad del mes de mayo. El principal protagonista era el «pater familias»; que iniciaba todo el ceremonial una vez que hubiera caminado descalzo hasta encontrar una fuente para lavarse en ella y quedar limpio. Durante ese tiempo permanecían cerrados los templos y lugares de culto y quedaban prohibidas las celebraciones de esponsales o cualesquiera otras actividades afines.

LARVAS

También esos Lares eran conocidos con el nombre de «Larvas»; y la tradición clásica los asociaba con las almas de los malvados que volvían para atormentar, de nuevo, a los vivientes. Eran sombras o fantasmas de aspecto siniestro que se aparecían a los humanos de diferente forma. Unas veces bajo la figura de personajes famosos y legendarios, y otras revestidos de connotaciones relacionadas con el arte de la danza o de la música. La iconografía clásica, no obstante, representa a las «Larvas» de muy diversas maneras y, desde luego, no siempre relacionadas con lo siniestro. Por ejemplo, a veces aparecen en actitud de lucha, y otras emulando posturas que invitan al diálogo. Aunque en conjunto se destacan los atributos relacionados con el alma, como la mariposa, o con la abundancia y la riqueza, en cuyo caso aparecen rodeadas de jarras de vino, cornucopias repletas de flores y frutos, guirnaldas, etc. Todo lo cual indica que las «Larvas» también aparecían relacionadas con el placer y la dicha.

LARES COMPITALES

La época clásica reconocía varias funciones a cumplir por los Lares aunque, por lo común, aparecían adscritos siempre a objetos y zonas geográficas, en vez de a personas. Y, así había Lares de las encrucijadas de los caminos, porque les correspondía la misión de velar para que fueran transitables.
También se les denominaba «Lares Compitales», cuando presidían una capilla erigida en su honor que, por lo común, aparecía construida en la vera de un cruce de caminos o en la confluencia de las principales calles de la ciudad.

LARES PRAESTITES Y LARES FAMILIARIS

Cuando los Lares tenían por función proteger y cuidar las murallas que rodeaban a las grandes urbes, entonces recibían el nombre de «Lares Praestites», es decir, «Lares Protectores». Y si su cometido era preservar las casas o los hogares de todo peligro, es decir, si se convertían en personificaciones de los espíritus que anidaban en la más recóndita de las dependencias, su nombre era el de «Lares Familiaris». Éstos aparecían representados, en algunos casos, con la figura de un muchacho que cubría su cabeza con una corona de rosas, acompañado por un perro.

El sentido último, no obstante, de los Lares, dado que en latín la palabra «lar» significa «hogar», guardaba relación con la necesaria sacralización de la tierra, para que los campos produjeran el fruto deseado; con la pretendida estabilidad de la institución familiar, pilar sobre el que se asienta la sociedad misma; y, por último, con el temor que inspiraba la posible toma de las ciudades por parte de los enemigos, de ahí que no sólo se edificaran murallas para protegerse, sino que también se evocaba la presencia de los Lares para librarse, así, de todo daño exterior.

LA FORTUNA O EL DESTINO

Otra de las deidades relacionadas con la vida moral, o con las costumbres, es la Fortuna. También se la conoce con el apelativo de «Tique» o «Tiqué» y, por lo general, presidía todos los actos procedentes de la incidencia del Destino en las acciones y negocios de los humanos. Se decía que los efectos de la Fortuna no empezaron a conocerse hasta bien entrada la época helenística; y la propia Roma era identificada con la Fortuna. Sin embargo, casi todas las leyendas atribuyen a la Fortuna un poder sobre la perfecta consecución de los negocios entre humanos.

La tradición más aceptada identifica a la Fortuna con la deidad que conduce el Destino y el Azar y, entre los primitivos griegos, se la denominaba con el epíteto Fors, es decir, «Casualidad», «Fortuna», «Azar». Pero fueron los romanos, de la mano de Servio Tulio -a quien la Fortuna había mimado sobremanera, puesto que de esclavo lo había convertido en rey-, quienes aseguraron entre los pueblos antiguos la divinización del Destino o la Fortuna; además la asociaron con la riqueza y el poder alcanzados por su vasto imperio. Era necesario que el Destino, caprichoso y arbitrario de por sí, se pusiera siempre de parte de los humanos y, por ello, se le ofrecían sacrificios y se le instituyó culto en su honor. Varios templos se erigieron en Roma en honor de la Fortuna que aparecía representada con los atributos de la abundancia y otros símbolos.

Por ejemplo, podía aparecer como una esfera que representaba al orbe entero, lo cual indicaba que la Fortuna gobernaba al mundo. Y si, en el conjunto, se la mostraba agarrando un timón de un barco, simbolizaba la fuerza del destino entre los mortales y su, por otra parte, el dominio de aquél por la diosa Fortuna. También podía aparecer con una rueda a su vera, lo que indicaba el natural contingente de la Fortuna, los continuos cambios y avatares diversos que ella produce. En otros casos, la iconografía nos la muestra con sus ojos vendados, intentando explicar que la Fortuna, el Azar y el Destino, son ciegos y que no ayudan a quien más lo merece y necesita, sino a quien la casualidad les dicta.

GENIOS BENÉFICOS

Existían, además, otras deidades alegóricas, relacionadas con aspectos morales o cotidianos. Eran tenidos por dioses menores, benéficos y que acompañaban a los humanos durante toda su vida, lo cual les hacía sentirse muy a gusto. Al parecer, en ellos se encuentra el origen de la presencia y creencia de un «ángel de la guarda» que se encargaba de velar por la seguridad de toda criatura.

Las representaciones de estos genios beneficiosos eran muy variadas, pero casi siempre adoptaban la forma de un joven ataviado con la clámide, o capa corta, que brillaba cuando soplaba el viento. Por lo general, portaba en sus manos el mismo atributo que la Fortuna, es decir, la cornucopia de la abundancia.

EL MITO DE PANDORA

La primera mujer, según algunas versiones de la mitología clásica, fue modelada por Hefesto o Vulcano y se llamó Pandora. El dios de la fragua lo hizo a instancias de Zeus, mezclando arcilla y agua. Luego la dotó de voz, de fuerza vital, y de todos los encantos de las mismas diosas inmortales. Con esta forma se la entregó a Prometeo para que la desposara. Llevaba Pandora, además, un presente para su futuro marido que el propio Zeus le había dado; se trataba de una misteriosa cajita gustosamente decorada. Mas Prometeo, que no se fiaba de dios alguno, rechazó con decisión tanto a la mujer como a todo lo que ésta portaba. En cambio, su hermano Epimeteo, en cuanto vio a Pandora quedó prendado de su hermosura y decidió casarse con ella; fue entonces cuando se dispuso a abrir la caja que el rey del Olimpo había entregado a la primera mujer. Casi al instante salieron de aquélla todos los males alegóricos que imaginarse pueda -la guerra, el hambre, la miseria, la envidia, la enfermedad…- y Epimeteo, espantado al ver cómo la tierra se cubría de tanta calamidad, tapó con presteza la maldita caja y, sin saberlo, aún acrecentó más el daño, pues dentro quedó encerrada la esperanza.

PAN

Hermes era el dios superior de los agricultores y de los pastores en el tiempo en el que su hijo Pan vino al mundo con ayuda de alguna madre cuya identidad no se ha llegado a conocer. Entre las muchas que se citan, podría creerse que la madre del niño con rasgos entremezclados de hombre y de cabra, bien pudiera haber sido la buena de Amaltea, la misma que amamantó a Zeus, ya fuera como mujer o como cabra. Pero cuesta mucho creer que quien tan abnegadamente se entregó al arriesgado cuidado de una criatura perseguida, pudiera luego desentenderse de su propio hijo, por feo que le saliera. También se cuenta que fue Pan hijo de la bella ninfa Dríope, la hija de otra ninfa del mismo nombre y que tanto amó a Apolo; o de otra hermosa Ninfa, denominada Enoe; incluso hay muchos que afirman que pudo haber sido también concebido por Penélope, la fiel mujer de Ulises, y en la larga ausencia de éste, si se quiere atender a los rumores que tratan de sacarle de su papel de esposa modélica.

El caso es que Pan nació poco afortunado, por no decir bastante feo y ninguna madre quiso quedarse junto a la criatura, para que no se le achacara tal fealdad en su cuenta de errores. Sin poderse precisar, por falta absoluta de datos, la identidad de la insensible, si no irresponsable madre, lo único que se puede asegurar es que el feo, simpático e infortunado niño, tuvo sólo la magnifica compañía, entre ejemplar y estoica, de su buen padre verdadero o adoptivo, del buen Hermes, el benéfico dios de la Arcadia.

LA VOCACIÓN PASTORIL DE LAS DEIDADES DE LA TIERRA

Nacido de un padre pastor y tal vez por ello, nacido con los elementos y atributos mezclados y contrarios de los seres humanos y de las cabras apacentadas por Hermes en el rebaño de Dríope, Pan se ve abandonado por su madre, a pesar de que, desde el mismo momento en el que nació, sólo sabe demostrar la alegría de estar vivo, la felicidad de poder comunicar su ansia de gozo. En el Olimpo, de la mano de su padre, el joven Pan divierte a todos y allí sí que es querido y apreciado sin vacilaciones y, mucho menos aún, sin ninguna clase de rechazo. En las alturas celestiales, a nadie le asusta que el hijo de un dios tenga o deje de tener cualquier forma caprichosa; al fin y al cabo, ellos mismos no son otra cosa sino los hijos de los caprichos de los hombres, o de sus temores.

También hay que señalar que el joven no sólo hizo gracias con sus travesuras y diversiones, sino que llegó a conseguir que allí arriba, en el Olimpo, Zeus se encariñase de tal modo con Pan, que le llegara a distinguir con el muy honroso título de hermano adoptivo, lo que significa el mayor reconocimiento posible para una deidad menor como era él, dios de la Naturaleza en toda su extensión y pastor divino de todos los rebaños de animales domésticos, muy en particular. Y no solamente se fijó en su encanto el buen Zeus, quien le estaba también agradecido por haber recibido la oportuna ayuda de Hermes y Pan cuando el dios supremo estaba a punto de perder su combate, tras haberse metido en líos con el furioso Tifón, Dionisos le hizo el compañero predilecto en sus correrías y con él Pan saltó de un lugar a otro de Grecia, animando a los dioses y a los hombres con su alegría imparable y con la incomparable música de su flauta, su muy especial flauta de cañas, la que terminó por recibir su nombre, flauta de Pan, como recuerdo y agradecimiento de los humanos a su inventor.

ESTRECHA RELACIÓN ENTRE LAS DEIDADES

Con Dionisos, y por entre los muchos cerros y colinas de la montañosa Grecia, Pan iba como su compañero predilecto. Juntos cazaban animales salvajes o se dedicaban a buscar ninfas para sus correrías amorosas. Ante sus apariciones, los seres humanos no sabían nunca si unirse a ellos o echarse a temblar. A los ejércitos armados, la presencia de Pan producía ese pánico tan peculiar, a los hombres pacíficos también les estremecía su presencia, pero el caso era bastante diferente según se tratase de unos u otros. Ni el terrible Dionisos, una vez pasada su locura juvenil, fue tan gran atemorizador de humanos como lo era Pan cuando hacía crujir las entrañas de la tierra. No, al buen dios sólo le quedaban ganas de fiesta y a Pan nunca le atrajo la lucha ni el poder, su papel estaba bien claro: él era la alegría y el placer sencillo.

ASPECTO FÍSICO DE PAN

Tal vez su aspecto, con ese cuerpo compuesto por un torso, cabeza y brazos de hombre, aunque exhibiera cuernecillos, y esas patas de macho cabrío, fueran razón suficiente para sufrir un ataque de terror si es que no se conocía al personaje, pero resulta muy difícil pensar que alguien en la antigua Grecia pudiera desconocer el famoso nombre y asombrarse ante la muy comentada apariencia física de nuestro buen Pan. Bien está que los animales se asustaran ante esa extraña presencia, tan cercana y tan lejana a ellos, pero no cuadra el pánico en aquellos humanos de estaban acostumbrados a ver pasar a las divinidades por su lado. Sobre todo no parece que sea un dios tan temible, si se le observa cuando baila al son de su propia música y, además, lo hace rodeado de sátiros y silenos, de ninfas y ménades, y no deja tampoco en ningún momento de perseguir a las más que hermosas y deseables doncellas de todo tipo que se presentan al alcance de su vista, aunque el éxito no le acompañe en muchas de esas expediciones apasionadamente amorosas, o sencillamente eróticas.

EL TRABAJO TERRENAL

En la retirada Arcadia natal, cuando no estaba acompañando a Dionisos y su corte, Pan se encargaba del pastoreo, contento de tener sus animales y suficientemente preocupado con sus rebaños, feliz por poder ocuparse de atender a las abejas y vigilar la producción y la calidad de su miel y de su cera. Siempre fue Pan un dios cariñoso con sus patrocinados y muy atento con sus cofrades los cazadores, ya que también compartía con ellos el gusto por alcanzar a los animales de pluma y pelo y atraparlos con sus prestas armas. Fuera de estas plácidas actividades, a Pan le gustaba que le dejasen en paz a la hora de reposar, sobre todo cuando el calor subía en la primavera y el verano y a se dejaba llevar por el sopor de la tarde, soñando con una nueva aventura romántica.

Era una deidad que se desarrollaba perfectamente en su territorio, tan feliz con su papel como lo era Artemisa también con sus montes y sus animales, su caza y su arco. Sólo que habría que comparar a Pan con una Artemisa reducida a la más humana dimensión, a la menor escala divina, ya que el simpático dios no tenía, en absoluto, su costumbre de proteger la integridad y el respeto a las ninfas, ni mucho menos aún, la obsesión de exigirles la celosa salvaguarda de su castidad, como la diosa mencionada. Bien al contrario, además de cumplir con rigor su misión de primer protector de la Naturaleza y ser un excelente cazador, y amigo leal de los otros cazadores, su única preocupación con respecto a las ninfas era verlas como lo que eran, hermosísimas jóvenes, y querer constantemente hacerse con alguna de ellas, para disfrutar de sus muchos y tiernos encantos. Por esa misma razón, a Pan nadie puede acusarle de haber castigado a una joven o incluso a la mujer más vieja y achacosa, por sorprenderle desnudo en su intimidad, como haría Artemisa en tal caso. A Pan no le importaba nada el pudor, y menos aún el estúpido sentido del honor de sus grandes y terribles compañeras. Por cierto, es bueno recordar que el divertido dios Pan mantenía excelentes relaciones con Artemisa, ya que cuando se dejó caer la diosa en la Arcadia, en ocasión de su primera cacería sobre la tierra de los humanos, fue Pan quien le regaló seis hermosos y fieros lebreles, capaces de dar caza a los leones, según unos autores, o diez sabuesos de raza, según otros cronistas de lo divino, para que su caza fuera más provechosa.

LAS PASIONES CARNALES

Como buen mediterráneo, Pan solía presumir ante su público de los éxitos logrados en sus seducciones y conquistas, incluso gozaba alardeando de las artimañas utilizadas en esas aventuras, y también disfrutaba revelando lo que podía haber sido un secreto entre amantes. Hasta tal punto le gustaba la exhibición de sus triunfos, que llegó a afirmar que ni una sola de las licenciosas y lujuriosas ménades que figuraban en la comitiva de Dionisos había quedado fuera de su alcance. Las ménades no eran una presa difícil; precisamente les distinguía su frenética entrega total en las orgías dionisíacas, y el vino era su más representativo signo visible en ese desenfrenado culto y la mejor bandera para reconocerlas desde lejos, sin temor a equivocarse en tales ocasiones. Teniendo las citadas bacantes tales características, que Pan presumiera de haber dispuesto de todas y cada una de sus compañeras de fiesta, no era motivo de especial celebración. Pero, más que ninguna otra mujer, las ninfas fueron su gran pasión, casi su deporte, pues esas vírgenes tan hermosas se constituyeron en la obsesión máxima del fogoso Pan, siempre dispuesto a ejercer esa impresionante potencia sexual de la que estaba dotado, especialmente con las elusivas ninfas, a las que persigue con toda clase de tretas de mayor o menor virtud, dispuesto a conseguirlas del modo que sea, sin renunciar al juego sucio, o descartar ni siquiera la violencia, puesto que lo único que valía era obtenerlas, no conseguir su amor.

Tampoco parece ser que Pan fuera indiferente a la presencia de los jóvenes pastores que se encontrasen en los campos y montes por los que pasaba la comitiva dionisíaca. Y disfrutaba a fondo de esos efebos que le pudieran salir al paso, puesto que su entrega le era más que grata apetecible. Diríase, pues, que lo que más le atraía del amor, era la juventud de la que pudiera disfrutar en ese momento, dado que el sexo de sus acompañantes era una cuestión secundaria, un detalle adicional que podía dar más o menos encanto a la narración destinada a sus amigos.

LA INFELIZ NINFA ECO

Uno de loa amores más sonados de Pan fue la ninfa Eco, una joven que no iba a conocer más que desgracias en su vida. Eco tuvo un fugaz romance con Pan, del que nació una niña, Iambe o Iinge, que tampoco iba a tener una vida muy feliz, sobre todo tras su aventura con la sacerdotisa Io, a la que hizo un hechizo tal que acabó recibiendo un duro castigo de Zeus.

Aunque el caso es que Eco sería bastante más conocida por su frustrado amor posterior por el bello Narciso, que por la maternidad de esta hija Iinge y su romance con el insaciable Pan. El amor sentido hacia Narciso tenía que ser, a la fuerza, un romance desdichado, ya que éste no podía prestar atención a nadie que no fuera él mismo. La pobre Eco había sido castigada por Hera, por su connivencia con Zeus, ya que éste, para tener las manos libres en sus amoríos, había convencido a la buena de Eco para que entretuviese a la celosa Hera con sus historias. Cuando Hera se enteró de la artimaña, hizo que la ninfa quedase convertida para la eternidad en lo que su nombre nos hace suponer, en el Eco que repite las palabras y los gritos de los viajeros que pasaban por su lado. Más tarde, como tal eco, ella se enamoró perdidamente de Narciso, como lo hicieran otras tantas ninfas con la misma falta de éxito, cuando él pasaba junto a la roca en la que estaba enclavada.

EUFEMA, CUIDADORA DE LAS MUSAS

Otro de los amores triunfantes de Pan fue el habido con Eufema, la dulce y maternal cuidadora de las nueve Musas y con quien Pan tuvo a Croto, que sería más tarde el Arquero, considerado por las Musas como un hermano más, y que ocupa un lugar de importancia en el firmamento, en la constelación llamada del Sagitario, justo en el punto tras el cual se esconde el para los mortales invisible y denso centro de la galaxia.

LA NINFA PITIS

Que Pan estuvo enamorado de la ninfa Pitis, es un hecho tan cierto como que hay dioses; también es cierto que no pudo llegar a consumar su amor por ella; pero también hay que decir que hay cuando menos, dos formas de explicar el porqué de ese fracaso sentimental.

El relato menos optimista es el que hace Luciano en sus «Diálogos de los Dioses». Allí se cuenta que el obsesionado Pan vio, un día luminoso y primaveral, a la virgen y casta Pitis. Sin pensarlo más, Pan se lanzó sobre ella y estaba dispuesto a quebrar su voluntad de doncella, cuando la ninfa consiguió zafarse para siempre de su potencial violador, mediante la mágica transformación de su persona en un abeto. Pan no logró su objetivo, pero supo aceptar con gracia la derrota y se limitó a romper una ramita del recién nacido abeto, poniéndose la verde rama sobre la cabeza, a modo de respetuoso homenaje, como hiciera Apolo con su corona de laurel.

La historia cambia sustancialmente cuando se escucha una segunda versión. También se cuenta que Pan estaba enamorado de Pitis, pero no era el único. Boreas, el dios del viento frío del norte, estaba tan enamorado como el mismo Pan de la ninfa Pitis, y ésta, ante la gracia y alegría del buen dios de la Naturaleza, eligió a Pan como pareja, sin dudarlo ni un segundo. Pero la elección irritó sobremanera a Boreas. El amor pasó instantáneamente a ser un terrible odio y el viento enfurecido lanzó a la gentil virgen contra el suelo y terminó por arrojarla por el abismo. Los dioses se apiadaron de ella y detuvieron su caída, transformándola en un abeto que prendió en la ladera del monte. Pan se acercó al abeto y tomó unas ramas, como recuerdo de su amada; las trenzó, y desde entonces las lleva en su cabeza, como corona de amor. Se dice que cuando Boreas, todavía enfurecido por el desplante de Pitis, sacude el abeto, este gime lastimosamente, pero ya nada puede hacer el dios malvado del viento contra ella, más que zarandearla sin objeto.

LA LUNA TIENE GUSTOS TERRENALES

La atractiva Selene, diosa de la Luna y reina de la noche, tuvo una apasionada aventura con Pan. Para aproximarse a la diosa, Pan se disfrazó con la blanca piel de un cordero, para no ahuyentar a la diosa con su aspecto mitad macho cabrío, mitad ser humano y el truco funcionó. Selene, al verlo tan blanco y tan manso, quiso montar sobre ese amistoso carnero y corretear por el monte sobre su inesperada montura. El falso carnero pidió, a cambio del paseo, que Selene accediera a un deseo suyo. En lugar de sorprenderse por la petición del cordero parlante, Selene consintió en la insólita demanda animal. Terminado el paseo, Pan disfrutó plenamente de su diosa y el asunto quedó registrado en los anales de la mitología.

Los eruditos dicen el romance de Pan por Selene, es el deseo que siente el pastor por la aparición de la Luna en el cielo nocturno, porque su presencia en el cielo se traduce luego en unos campos con frescos y jugosos pastos para sus rebaños. Como suele pasar con frecuencia, otros tratadistas de las actividades olímpicas dicen que el buen Pan era exageradamente sensual y que la buena de Selene tampoco le iba a la zaga en asuntos de amores, y que ambos, cuando se encontraban solos y en la noche no podían hacer otra cosa que no fuera retozar apasionadamente sobre las cumbres, con gran escándalo de las estrellas que brillaban en la Arcadia.

SIRINGA, LAS CAÑAS Y UNA FLAUTA

En otra ocasión, estando Pan espiando a posibles presas en los abruptos terrenos del monte Liceo, o junto a la frondosa orilla del río Ladón, ya que no hay unanimidad en el territorio sobre el cual se desarrolla la leyenda, se obsesionó por otra ninfa.Se trataba de la virgen Siringa, sobre la que se lanzó por sorpresa. Pero el ataque falló por completo, y el acoso no le valió para nada, ya que su persecución terminó cuando la ninfa decidió pasar a ser una caña más entre las muchas de un cañaveral. Así transformada, Siringa se libró de Pan y éste, desorientado, empezó a cortar las cañas para aplacar su rabia. Pero con esta tarea lo único que consiguió Pan fue cansarse y arrancar varias cañas. Con ellas construyó una flauta, flauta de pastor de la cual se apoderó Hermes. Este dios iba luego presumiendo de ser él el inventor de tan melodioso y sencillo instrumento ante Apolo, que sabía mucho de música y tenía a gala ser el mejor ejecutor de cualquier melodía e instrumento. La mentira funcionó, y Apolo quedó admirado ante el falso hallazgo musical de su compañero, ofreciéndose a pagarle un buen precio por la flauta que se llamó también «siringa», en recuerdo de la ninfa.

Pero también la flauta, construida no de trozos de cañas tomadas al azar, sino exactamente con la caña en la que se había transformado Siringa, siguió siendo propiedad de Pan, que la depositó en la profundidad de una cueva que sólo él debía conocer, en las cercanías de Efeso. Esa flauta y esa cueva se convirtieron, por voluntad de Pan, en inanimado jurado para el veredicto de la virginidad de las jóvenes presuntuosas. Si, una vez dentro de la cueva, las doncellas seguían alegando su condición, podía suceder que desaparecieran con el acompañamiento de terribles sonidos para el resto de la eternidad cuando no habían dicho verdad; o que reaparecieran triunfales, coronadas de ramas tiernas de un pino, y al son de una música inolvidable.

LA MUERTE DE PAN

Plutarco cuenta en su obra «Por qué guardan silencio los oráculos» cómo se anunció la muerte de Pan. Sucedió que llegó a los humanos, por boca de un marinero del Mediterráneo, el buen Tamo, que se había producido esa muerte de Pan. Al parecer, Tamo, posiblemente un egipcio que navegaba hacia la Magna Grecia, oyó una voz que parecía venir del agua, seguramente una voz del reino de los cielos, que le pedía que hiciera correr la noticia de que el dios Pan había fallecido, puesto que los seres humanos también debían saber la triste nueva. Y Tamos, al llegar a tierra firme, contó lo que le había sido comunicado y su porqué. A pesar de lo prodigioso del mensaje y de lo triste de su contenido, nadie puso en duda la palabra de Tamo. Todos creyeron en la palabra del marinero y la noticia, que corrió como el rayo, alcanzó a todos los rincones de la tierra. A todos por igual llenó de tristeza saber que ya nunca más podrían regocijarse o asustarse con la presencia del dios travieso.

Eso es lo que ha dicho Plutarco, pero siguió el dios Pan siendo culto querido de los griegos y, muchos años más tarde de su pretendida muerte, se celebraba en Grecia su existencia divina y, mucho más tarde todavía, los romanos adaptaron al dios griego a sus costumbres y hábitos, hasta asimilarlo a su dios Faunus, también muy amado por nobles y plebeyos del Imperio.

FAUNUS DE ROMA

Faunus era un personaje divino entre los romanos, una muy bien establecida deidad agrícola y benefactora. Una deidad menor que existía desde los primeros días de la historia romana y al que se dedicaban las fiestas faunalias, el día 5 de diciembre. Sin embargo, el culto de Pan llegó con fuerza a los campos romanos, como llegó todo el prestigioso Panteón griego y, al igual que el resto de los dioses helénicos importados, el nuevo dios híbrido terminó por imponerse al original latino. Faunus fue el resultado de las características propias de su identidad inicial y de irle sumando nuevos datos y rasgos totalmente ajenos, como aquella manía de Pan de asustar a los viajeros con unas voces proféticas.

Lo que no llegó a heredar el dios Faunus fue el desmesurado apetito sensual ni la impresionante capacidad sexual de Pan. Roma se constituyó como una empresa en expansión desde su inicio y difícilmente puede aceptar la presencia de un tipo tan poco respetuoso como Pan, en su rígido y pragmático entorno.

Pero, fuera de este respetuoso tratamiento, hasta tal punto se transformó el primer Faunus, que su personalidad se confundía con la de los acompañantes pánicos. Pasaron ser Faunos los que antes fueran Sátiros griegos.

Faunus era el marido, o el padre, de la diosa Fauna pero, además, era un rey mítico de la antigüedad italiana y nieto de Saturno. Siendo gobernante justo y prudente administrador de su reino, se dedicó a enseñar a los suyos el cultivo de los campos y el cuidado de los animales. Esto demuestra además la antigüedad de su aparición, puesto que se le hace predecesor de los primeros asentamientos sedentarios.

REPRESENTACIÓN DE FAUNUS

Los romanos presentaban a Faunus como un personaje rústico, que apenas se cubría con una piel, al estilo de sus propios sacerdotes, que sólo utilizaban una piel de cabra para el rito fáunico. Pero también es un personaje que denotaba su alcurnia con la presencia constante de una corona real sobre su potente cabeza. Además mostraba su poder y generosidad, exhibiendo un cuerno de la abundancia, del que salían los frutos que la Naturaleza derramaba sobre los hombres piadosos que lo respetaban y adoraban.

SÁTIROS Y SILENOS

Pan no estaba solo, al contrario, siempre llevaba una compañía de sátiros y silenos, con los que engrosaba las ya nutridas filas del dios Dionisos. Ni unos ni otros eran seres hermosos, pero su fealdad debía tener algún encanto desconocido, pues a pesar de sus respectivos aspectos, los dos grupos también disfrutaban sin complejos de los encantos de la vida, y eran felices haciendo de las suyas entre las huestes femeninas de su tropel, o entre aquellas que se cruzaban en su camino.

Los Sátiros eran seres con partes de hombre y partes de animal, con patas y cola de cabra, orejas apuntadas y cuernecillos pánicos, que llevaban siempre un instrumento musical en la mano, como el mismo Pan.

Los Silenos eran, por contra, de aspecto totalmente humano en unas versiones, y compuestos de hombre y potro, en otras. Cuando aparecen como hombres, no presentan una gran talla: son más bien regordetes y grotescos, propensos a beber en exceso, lo que les llevaba a perder fácilmente el control de sus actos, pero sin dejar nunca a un lado su buen humor habitual. No se les puede, ni debe, condenar por el abuso que hacen del vino, ya que la vid y su primer producto son atributos de culto al dios Dionisos, al cual dan escolta indirecta.

Con mucha más frecuencia de la deseable, el vulgo y los notables se confunden al considerar a Sátiros y Silenos como la misma cosa, envolviéndolos a todos bajo una sola categoría sin importancia de geniecillos o diablillos, siempre rebajándoles en grado e interés divino. Según Bergua, Pausanias consideraba a los Silenos como Sátiros envejecidos, mientras que Platón tampoco llegaba a distinguir unos de otros al mencionarlos como iguales en su Banquete.

OCEANO

Los antiguos pensadores, cuando estudiaban el universo, se hallaban condicionados a interpretar el Océano conforme a los escasos conocimientos de aquellos tiempos. Muchas de las teorías cosmológicas tenían más de míticas que de científicas. Aunque fue Aristóteles, uno de los más prestigiosos filósofos de todos los tiempos, quien afirmó que la mitología era ya una manera de hacer filosofía.

Y, así, se creía que el Océano era una especie de inmenso río, concretamente una «poderosa corriente del río Océano», dirá Homero en su obra «La Iliada», que rodeaba a ese disco aplastado que era la tierra.

En la genealogía mítica de Océano encontramos que los narradores de mitos lo hacen descendiente de Urano, personificación del cielo, y de Gea, símbolo de la Tierra. Pero además, de la unión de Océano con Tetis, que vivía con las demás Nereidas en el fondo del mar, nacerían las tres mil Oceánides, es decir, las ninfas marinas que generalmente se identifican con las citadas nereidas.

CALIPSO

Una de las más célebres oceánides fue Calipso, aquella que acogió al héroe griego Odiseo, que en Roma se llamó Ulises, cuando éste arribó, medio perdido y sin rumbo, empujado por una aparatosa tempestad, en la isla en donde aquélla moraba. Calipso se enamoró de él y le ofreció presentes tales como la inmortalidad para que no se marchase de su lado. Pero el mítico héroe rechazó los distintos ofrecimientos de su anfitriona, por lo que Calipso lo retuvo en su isla hasta que, por intercesión de Atenea ante Zeus, se envió a Hermes a los dominios de la «ninfa de hermosas trenzas», con el mandato de que dejara en libertad a Odiseo. Lo halló «sentado en la playa, sin que sus ojos secasen el continuo llanto, y consumía su vida suspirando por el regreso, pues la ninfa ya no le era grata. Obligado a pernoctar en la profunda cueva, durmiendo con la ninfa que le quería sin que él la quisiese, pasaba el día sentado en las rocas de la ribera del mar y consumiendo su ánimo en lágrimas, suspiros y dolores, clavaba los ojos en el mar estéril y derramaba copioso llanto.»

TRABAJOS DE CALIPSO

Calipso, obligada por el mensajero de Zeus y movida a compasión por el dolor del héroe, permitió que éste partiera hacia Itaca y le ayudó en los preparativos: «Dióle una gran hacha que pudiera manejar, de bronce, aguda de entrambas partes, con un hermoso mango de olivo y le llevó a un extremo de la isla donde habían crecido altos árboles -chopos, álamos y el abeto que sube hasta el cielo-, todos los cuales estaban secos desde antiguo y eran muy duros y útiles para mantenerse a flote sobre las aguas. Y tan presto como le hubo enseñado dónde habían crecido aquellos grandes árboles, Calipso, la divina entre las diosas, volvió a su morada, y él se puso a cortar troncos y no tardó en dar fin a su trabajo. Derribó veinte y los pulió hábilmente. Calipso, la divina entre las diosas, trájole unos barrenos con los cuales taladró el héroe todas las piezas, que unió luego, sujetándolas con clavos y clavijas. Labró la cubierta, la protegió con mimbres entretejidos, la lastró con mucha madera y construyó un timón. Mientras tanto Calipso, la divina entre las diosas, le trajo lienzo para las velas, y Odiseo o Ulises las construyó con maestría.

Al cuarto día ya todo estaba terminado, y al quinto despidióse de la isla de la divina Calipso, después de lavarle y vestirle perfumadas ropas. Entrególe la diosa un pellejo de rojo vino, otro grande de agua, un saco de provisiones y muchos manjares gratos al ánimo, dándole favorable y plácido viento.»

Todo lo acaecido entre Odiseo o Ulises y la ninfa Calipso está descrito en la rapsodia quinta de la Odisea, que Homero titula «La Balsa de Odiseo/Ulises». Allí se explica cómo la isla estaba repleta de un frondoso bosque tan lleno de perfume que hasta el propio mensajero de Zeus, es decir, Hermes, quedó prendado de aquel lugar. La ninfa se hallaba, con frecuencia, en el interior de una enorme gruta y tenía una lanzadera de oro con la que tejía sus hermosos vestidos. También, «junto a la honda cueva, extendiáse una viña floreciente, cargada de uvas, y cuatro fuentes manaban, muy cerca una de la otra, dejando correr en varias direcciones sus aguas cristalinas.»

NEREO

Todas las Nereidas son hijas del «anciano del mar», es decir, de Nereo, de quien el gran narrador de mitos que fue Hesíodo nos dice lo siguiente:

«Nereo es tan bondadoso que nunca engaña a nadie. Tampoco olvida jamás las normas de la equidad y la justicia; y no tiene más pensamientos que aquellos relacionados con la justicia y la rectitud.»

Cuentan las leyendas que Nereo vivía en el fondo del mar, en un palacio lleno de luz y rodeado de sus hijas las Nereidas y de otros personajes y genios marinos. Por ejemplo, con él vivía Proteus, a quien también se le reconocía el título de «anciano de los mares». Luego estaba Forcus que personificaba, de forma especial, la espuma de las olas. También tenía a su vera a otro genio marino de nombre Taumas, que simbolizaba el reflejo de los rayos del sol en las aguas y llenaba al mar de ese colorido y belleza que le es propio. Otras versiones relacionan a Taumas con el arco iris que sale después de las tormentas y con las tres Arpías míticas: Ocipete, la de veloz vuelo; Celeno, la que personifica la más terrible oscuridad; Aelo, asociada al viento huracanado y raudo.

Nereo tenía el don de la profecía y, además, lo evocaban los marineros cuando se hallaban en dificultades ante la fuerza y la bravura del mar revuelto, pues se suponía que estaba dotado de ancestral sabiduría. Hasta un héroe tan famoso como Heracles o Hércules fue a visitar a Nereo para que le anunciara el itinerario correcto hacia el Jardín de las Hespérides. En un principio Nereo se negó a la petición del héroe; pero éste hizo uso de su fuerza bruta y el anciano se doblegó a su oponente, no sin antes haberse transformado en distintos animales y objetos. Nereo tenía el don de metamorfosearse y cambiar de forma. De este modo, Heracles o Hércules pudo hallar el Jardín de las Hespérides y robar las míticas manzanas de oro. El anciano sabio había informado con precisión, al héroe, sobre el lugar exacto en el que hallaría la preciada fruta, así como de los peligros que le acecharían al atravesar las distintas regiones para llegar al deseado lugar.

REPRESENTACIÓN DE NEREO

La iconografía más común muestra a Nereo portando un tridente y montando un Tritón, es decir, ese mítico animal marino que tenía medio cuerpo de hombre y medio de pez. El rostro de Nereo aparece siempre cubierto de espesa barba y, en ocasiones, se le presenta con cuerpo en forma de pez. Existen algunas versiones acerca de Tritón que lo consideran como una deidad marina controvertida. Los narradores de mitos dicen que cambió de carácter, puesto que hubo un tiempo en el que benefició a los mortales y a los héroes; por ejemplo, protegió a los Argonautas ante una tempestad terrible. Mientras que hubo otra época en que Tritón, pertrechado de una gigantesca caracola, que siempre llevaba consigo, se dedicaba a soplar en ella con tal intensidad que el mar se embravecía y sus olas producían un ruido tremendo. Por lo que se convertía en enemigo de los mortales.

ESCILA Y CARIBDIS

Las aguas de los mares estaban pobladas también por sirenas que, con su canto, intentaban atraer a los navíos hacia los escollos y rocas que rodeaban la isla en la que moraban para, de este modo, hacer que se estrellaran y desaparecieran todos los marineros que iban a bordo. Pero las criaturas marinas más peligrosas y monstruosas acaso sean Escila y Caribdis que, según cuentan las tradiciones míticas, se hallaban estratégicamente apostadas en el estrecho de Mesina. La primera de ellas se tragó en unos instantes a los mejores compañeros de Odiseo o Ulises. Así dice, al respecto, el relato de Homero por boca del héroe: «Pasábamos el estrecho llorando, pues a un lado estaba Escila y al otro la divina Caribdis, que sorbía de horrible manera la salobre agua del mar. Al vomitarla dejaba oír sordo murmullo, revolviéndose toda como una caldera que está sobre un gran fuego, y la espuma caía sobre las cumbres de ambos escollos. Más apenas sorbía mostrábase agitada interiormente, el peñasco sonaba alrededor con espantoso ruido y en lo hondo se descubría la tierra mezclada con cerúlea arena. El pálido temor se enseñoreó de los míos, y mientras contemplábamos a Caribdis, temerosos de la muerte, Escila me arrebató de la cóncava embarcación los seis compañeros que más sobresalen por sus manos y por su fuerza. Cuando quise volver los ojos a la velera nave y a los amigos, ya vi en el aire los pies y las manos de los que eran arrebatados y me llamaban con el corazón afligido, pronunciando mi nombre por la vez postrera, (…), mis compañeros eran llevados a las rocas y allí, en la entrada de la cueva, devorábalos Escila mientras gritaban y me tendían los brazos en aquella lucha terrible. De todo lo que padecí, peregrinando por el mar, fue este espectáculo el más lastimoso que vieron mis ojos.»

TETIS

Entre las «Nereidas» sobresale por su hermosura y prestancia Tetis, a la que pretendieron todos los dioses del Olimpo, incluido el propio Zeus. Sin embargo, según algunas tradiciones, parece que ella rechazó a este último por respeto a Hera -esposa de Zeus-, que la había cuidado y atendido. Otras versiones indican que el oráculo había predicho que el hijo que naciera de Tetis sería mucho más poderoso que su padre y, por esto mismo, los astutos dioses prefirieron desentenderse para evitar posibles funestas consecuencias y, al propio tiempo, enviaron a Iris -la mensajera de los dioses- en busca de un mortal que estuviera dispuesto a tener descendencia con la bella nereida.

La mensajera de los dioses se dirigió hacia el lugar en el que moraba el centauro Quirón, el más sabio y célebre de entre los maestros e instructores de la antigüedad. Entre los guerreros de prestigio y hombres ilustres que se hallaban en casa de Quirón recibiendo sus enseñanzas, destacaba el joven Peleo, de ascendencia noble y cargado de arrojo y valentía. En él se fijó precisamente Quirón para llevar a la práctica los planes de los dioses respecto a Tetis; por lo demás, el célebre centauro tenía en gran estima al joven Peleo y se había erigido en su protector. Sin embargo, la bella nereida no acepta que le elijan sus amantes, ni sus esposos y, por tanto, decide rechazar a Peleo para no sentirse humillada. Entonces, el valeroso joven, asesorado siempre por su protector Quirón, elabora un plan para capturarla por la fuerza.

Cuentan las leyendas que Peleo esperó a Tetis a la entrada de una cueva y en cuanto apareció, se abalanzó sobre ella y la sujetó con toda su fuerza y energía. En vano la infeliz nereida ensayó toda clase de artimañas. Se convirtió en viento, en fuego, en agua, en serpiente, león, tigre, ave…

Finalmente, se transformó en una monstruosa y enorme jibia que arrojaba tinta negra contra su opresor. Mas todo fue en vano y, al fin, tuvo que doblegarse y aceptar compartir su destino con tan persistente pretendiente. Los desposorios se celebraron con gran pompa en la cima de un mítico monte de la región y los propios dioses del Olimpo asistieron como testigos excepcionales y se sentaron en sus tronos de oro. También las demás «Nereidas», las Musas y los Centauros, acudieron al fastuoso acto. Sólo la Discordia, hija de la Noche, considerada como una divinidad perniciosa, estuvo ausente, pues nadie la invitó para que la ceremonia transcurriera plácida y armónicamente. Sin embargo, cuando menos se la esperaba, apareció ante los felices comensales y les arrojó, como ya sabemos, la mítica «manzana de la discordia» con la recomendación de que debía ser entregada únicamente a la más hermosa de entre todas las deidades. Y así, se introdujeron las desavenencias entre los asistentes a la boda de Peleo y Tetis

La joven pareja tuvo varios descendientes pero apenas nacían, Tetis los asfixiaba con su fuego divino para que no heredaran ningún rasgo mortal de su padre. Peleo comenzó a sospechar que algo raro estaba sucediendo, pues ya eran seis los hijos que morían nada más nacer, y se propuso vigilar el comportamiento de su esposa, Pronto descubrió, con ocasión del nacimiento de su séptimo hijo, Aquiles, que Tetis sometía a las tiernas criaturas a una especie de ritual cruento que los recién nacidos no podían soportar. Peleo arrebató en seguida a Aquiles de los brazos de Tetis, antes de que el niño fuera dañado y ésta, encolerizada, abandonó para siempre a su esposo y regresó con sus hermanas y con su padre. Sin embargo, siempre estuvo pendiente de su hijo Aquiles y, en todo momento, lo protegió de los distintos peligros que le salieron al paso durante toda su vida de adulto. Por ejemplo, y ya que como guerrero audaz debería acudir a la guerra de Troya, su madre le procuró las mejores y más eficaces armas que hasta entonces se habían fabricado, obra del mítico herrero Hefesto o Vulcano

LAS AGUAS DEL RIO ACIS

Otra de las más célebres nereidas fue Galatea. Su nombre aparece asociado siempre al del legendario gigante Polifemo; aunque, la más ancestral tradición, asegura que la bella nereida estuvo siempre enamorada de un sencillo pastor llamado Acis. Las controvertidas circunstancias en las que Galatea se ve inmersa, a causa de este amor imposible, darán lugar a la conocida leyenda del gigante Polifemo. Galatea era hija del anciano Nereo y de una de las más delicadas y hermosas ninfas marinas. Todos los encantos de la madre los heredó la hija, por ejemplo, la delicadeza en el trato, la figura estilizada de su cuerpo, la serenidad de ánimo… No es extraño, que un personaje tan deforme y bruto como Polifemo se enamorara de la bella y tierna nereida. Polifemo era hijo de la máxima deidad de todas las aguas y de la ninfa Toosa.

Pertenecía a la raza de los «Cíclopes» que, según las más antiguas fábulas, tenían su morada en las islas del Mediterráneo. Estos se caracterizaban por ciertos rasgos físicos -poseían una talla descomunal y un único ojo en la mitad de su ancha frente- que, según parece, heredaron de los antiguos moradores de aquellos parajes. Acerca de la presente fábula, existen versiones diferentes. Unos narradores afirman que Galatea dio su consentimiento a las proposiciones amorosas del monstruoso cíclope y accedió a tener con él tres hijos, cuyos nombres fueron Ilirio, Celto y Gálate. Otros cantores de mitos, sin embargo, cuentan que la ninfa se enamoró locamente de Acis y que éste le correspondió. En cuanto a Polifemo, descubrió el romance de su amada con el pastor, fue en busca de éste y, en un ataque de ira y celos, lo aplastó con una enorme roca. La sangre de Acis se transformó en un río cristalino que, desde entonces, manaría bajo la enorme piedra que sepultó al desdichado joven.

CASIOPEA

Una de las nereidas más legendarias fue Casiopea que, según cuentan las distintas narraciones míticas, había alardeado tanto de su belleza que le sobrevino un castigo por parte de Posidón. Este, haciéndose eco de las protestas de las demás nereidas que se quejaban por la actitud arrogante de Casiopea, anegó con un voluminoso torrente de agua el territorio de Etiopía, lugar en el que vivían ella y los suyos, y les envió un monstruo marino que causó terror entre los habitantes de la región. Casiopea estaba casada con el rey de los etíopes y tenían una hija llamada Andrómeda. La infeliz muchacha tuvo que ser expuesta ante el monstruo y atada a una roca, pues así lo había prescrito el oráculo consultado para conocer la manera de librarse de todo el mal que aquejaba al país. Fue entonces cuando acertó a pasar por aquel lugar el valiente guerrero Perseo, que volvía triunfante después de haber seccionado la cabeza de la Gorgona Medusa. El héroe propuso a los etíopes que acabaría con el monstruo marino si a cambio recibía por esposa a la hermosa Andrómeda. Sus pretensiones fueron aceptadas al instante, y Perseo se enfrentó al dragón y lo venció con facilidad, pues, entre otros objetos aptos para el combate, llevaba consigola hoz de acero puro que le había entregado Hermes para enfrentarse a las tres Gorgonas

ARETUSA

El bondadoso Nereo también fue padre de ciertas ninfas de extraordinaria belleza que habitaban en la región del Peloponeso. Tal es el caso de la joven Aretusa que, desde su más temprana edad, ya formaba parte del cortejo de la diosa Artemis o Diana. Su única diversión era la caza; y su único placer consista en retozar por bosques y prados con la única compañía de su arco y su aljaba. Fiel seguidora de la diosa Diana, rechazaba toda proposición amorosa y toda pretensión de afecto por parte de quienes valoraban, justamente su hermosura.

Entre todos los admiradores de la dulce ninfa sobresale Alfeo, uno de los hijos de Océano y Tetis, que se hallaba tan prendado de los encantos de Aretusa que, según cuenta la leyenda, fue transformado en río para así conseguir unirse a la ninfa. Otras versiones de la feliz leyenda explican que Alfeo era un dios-río y, en cierta ocasión, a lo largo de su desembocadura hacia el mar, descubrió en la espesura de los bosques a la bella ninfa Aretusa. Esta seguía cazando y corriendo sin que las aguas del dios-río pudieran alcanzarla. Fue entonces cuando los dioses decidieron convertirla en fuente de cristalinas aguas. Se dice que Alfeo atravesaba los océanos y los mares sin mezclarse con el agua salobre de éstos para así, llegar incontaminado hasta el lago límpido y puro que formaban las aguas del manantial de Aretusa.

NICEA

Es otra de las ninfas relacionadas con un dios-río. En este caso se trata del Sangarios, que discurría por la región de Erigia y había sido engendrado por la unión del Océano y Tetis, la más famosa de las nereidas. Nicea era el fruto de la unión entre la diosa de la fertilidad y Sangarios y, al igual que Aretusa, tampoco le preocupaba el amor, sino únicamente la caza. Numerosos pretendientes fueron rechazados por la joven ninfa, una y otra vez. Entre éstos destaca un sencillo pastor llamado Himno que profesó por Nicea un especial favor, aunque nunca fue correspondido. Los narradores explican que Himno se volvió medio loco de amor por la bella ninfa y que, al sentirse definitivamente relegado por ella, perdió toda compostura y respeto, hasta el punto que intentó violarla. Pero Nicea, al verse atacada por el pastor, tensó su arco, y apuntando hacia su agresor, disparó una certera flecha que le produjo la muerte.


SEDUCCIÓN DE NICEA

Pero, según explica la tradición popular, hubo un personaje mítico que consiguió seducir a la arisca y bella ninfa. Se trata de Dioniso o Baco, el dios del vino, quien, valiéndose de una ingeniosa artimaña, se unió a la ninfa Nicea y tuvo con ella varios hijos, entre ellos a Sátiro. El astuto dios, sabedor de la actitud esquiva de la bella Nicea, ideó un plan para conquistarla sin esfuerzo. Cuando la ninfa fue a saciar su sed a un manantial de agua fresca y cristalina, el dios Baco aprovechó para convertir el agua en vino, emborrachó a Nicea y la conquistó.


LAS NAYADES

Los ríos, fuentes y manantiales, se hallaban protegidos por las Náyades. Estaban consideradas como diosas menores y tenían su morada en las tranquilas aguas de la fuente, manantial o río que las había engendrado. En ocasiones vivían, también, en las cavernas construidas por la erosión marina e, incluso, habitaban en los frondosos y húmedos bosques regados por la lluvia y bañados por rápidos torrentes.

Había también Náyades en las riberas del mítico río Leteo, célebre porque bordeaba la ribera de los Campos Elíseos y se adentraba en las grutas y cavernas infernales del Tártaro. Era pues, un río del infierno, y en sus pestilentes aguas bebían todas aquellas almas de los mortales que deseaban olvidar su pasado culpable y venal.

PECULIARIDADES DE LAS NAYADES

Las peculiaridades de que se revisten las Náyades, a lo largo de los tiempos, apenas han variado. Siempre aparecen, en último término, relacionadas con determinadas leyendas que tienen su origen en la más ancestral tradición. No hay fuente, río o manantial que no tenga su Náyade protectora y, por lo general, todas compiten en belleza, dulzura y serenidad. Las Náyades eran muy hermosas y se mantenían siempre jóvenes, por lo que se las pedía, con frecuencia, consejo y ayuda. De aquí que desarrollaran cualidades y virtudes proféticas. Su canto y su música tenían la propiedad de apaciguar la realidad en la que se veían inmersos los mortales. Todos acudían a ellas en demanda de ayuda para que calmaran su angustia e inquietud interiores.

LOS ELEMENTOS SEGÚN EL PENSAMIENTO GRIEGO

El concepto de elemento que tenían los antiguos griegos difiere completamente del actual. Para ellos, más que una sustancia bien definida, constituía un compuesto de determinadas propiedades. La teoría de los cuatro elementos, tierra, aire, agua y fuego, tuvo seguidores durante casi dos milenios y representa una síntesis de la visión griega de la naturaleza. Ellos, acostumbrados a observar todo lo que les rodeaba, llegaron a la conclusión de que estos cuatro elementos componían todo el universo físico.

ELEMENTO DEL MUNDO VISIBLE

No faltan alusiones referidas a Selene o Luna, que la asocien con los elementos de aquello que los antiguos denominaban «elementos del mundo visible».

Acaso de todos los elementos, sea Urano el más cargado de connotaciones míticas. Cuentan las leyendas que se le tenía por la personificación del cielo y que de él nacería la Tierra. Urano aporta el elemento masculino y fecundante, mientras que la Tierra misma contiene el elemento femenino y fecundado. De la unión de ambos nacerán los Titanes, los Cíclopes, las Musas, Pan…

Urano no quería tener descendencia, por miedo a ser desplazado de sus dominios, y, mientras pudo, mantuvo ocultos, casi como prisioneros, a todos sus descendientes más directos. Obligó a Gea o Tierra a retenerlos en su vientre y a que no vieran la luz del día. Sin embargo, y a causa de una desavenencia entre ambos, Gea o Tierra permitió que salieran y se unió a ellos para luchar contra Urano. Cuentan las leyendas que Cronos, sirviéndose de una hoz fabricada con diamantes que le entregó su madre, mutiló de tal forma a Urano -le cortó los órganos genitales y los arrojó al mar- que, al momento, la sangre de éste regó la Tierra y así tuvo lugar el nacimiento de las Erinias, los Gigantes, los Cíclopes… La parte arrojada al mar formaría una espuma de la que nacería la diosa del amor, la bella Afrodita o Venus.

PONTO

Se le tenía como la personificación del mar, era como un camino imaginario en el Océano conocido. Aparecía pleno de olas gigantescas y poderosas y, al propio tiempo, mostraba sus profundidades abisales e insondables.

Además de Ponto, también formaba parte de los elementos del mundo visible, el Eter. Por lo general, al Eter no se le conoce leyenda propia, pero todos los narradores de mitos lo asocian a esa porción de espacio superior que envuelve la inmensidad del cosmos. Se le reconoce como dador de vida de las denominadas «abstracciones». Y, así, sería el progenitor de la Venganza, la Astucia, el Terror, la Verdad, la Mentira, el Orgullo, la Ira…

En cuanto a las Montañas, Estrellas y Ríos, como elementos del mundo visible, puede afirmarse que forman parte esencial de la mitología.
SELENE

Una de las deidades celestes más conocidas, por su popularidad, es Selene o Luna. Se la considera, junto con Helios o Sol, una luminaria. Fue engendrada por Tea, la titánide que se prendó de Hiperión y concibió, además, a Helios o Sol y a la Aurora o Eos. Existen, no obstante, algunas versiones que cuentan que fue Basilea -otra de las titánides, hermana de Tea- la verdadera madre de las dos luminarias, y que las concibió después de prendarse de Hiperión y yacer con el.

También hubo ocasiones en las que a Selene se la identificó con Artemisa o Diana y con una titánide de nombre Febe, que personificaba el fulgor y el brillo.

La importancia de Selene se debe a que siempre se hallaba presente cuando se celebraban rituales relacionados con el mundo mágico y esotérico. También se la invocaba a la hora de dar a luz y en todo el proceso relacionado con el embarazo. Selene aparece, en ocasiones, relacionada con medios bucólicos, con efebos y pastores. De entre éstos, sobresaldrá Endimión, cuya leyenda ha pervivido hasta nuestros días.

UNA HISTORIA DE AMOR

Suele hablarse de la majestuosidad de Selene y de cómo viajaba a traves del Cosmos en su reluciente carro. Solía acompañarse de sus amores, que unas veces compartía con Zeus y otras con el dios Pan, que habitaba en la mítica región de Arcadia.

Selene era representada siempre llena de hermosura, belleza y juventud y, acaso entre todos sus amores, destaque su idilio con el efebo Endimión. Cuentan las crónicas que éste era un pastor que apacentaba sus rebaños en el legendario monte Latmo. Selene quedó tan prendada de su hermosura que rogó al rey del Olimpo le fuera concedido al muchacho cualquier deseo que solicitara. Sabedor Endimión de tan bellos propósitos, y una vez que le fue preguntado cuál sería su más ardiente deseo, decidió pedir a Zeus que le permitiese permanecer eternamente joven, y que apartara de él la vejez pero, al propio tiempo, rogaba que su estado fuera un permanente sueño en el que sólo conservara abiertos sus ojos para así, poder contemplar siempre a su amada Selene. Todos sus deseos le fueron concedidos a Endimión y, desde entonces, Selene le visitaba todas las noches, y con él yacía en la hondura apacible de los bosques del monte Latmo. Cuentan los narradores de mitos que la descendencia de Selene y Endimión fue numerosa, al parecer tuvieron más de cincuenta hijas. Existen otras versiones acerca del mito de Endimión que explican que éste no fue un pastor, sino un sabio que vivió en la región de Caria y pasaba las noches en la cima del monte observando a los astros y sus movimientos.

Los autores clásicos como por ejemplo Virgilio, también nos hablan de los amores de Selene con el dios Pan, en términos idílicos y líricos.

SELENE ES LA LUNA PARA LOS ROMANOS

Los clásicos romanos consideraban a Selene o Luna como una deidad y, su culto, fue introducido en tiempos de Zatius, rey de los sabinos. Cuentan las narraciones de la época que este monarca declaró la guerra a los romanos cuando éstos raptaron a las mujeres sabinas; se trata del legendario episodio conocido como el «rapto de las sabinas.»

El ritual utilizado por los romanos para adorar a una luminaria como la Luna no fue copiado de pueblo alguno anterior a ellos, lo que prueba su originalidad. Sin embargo, y con el transcurso del tiempo, el culto a la diosa fue debilitándose. La misma Luna, en cuanto deidad, fue confundiéndose, hasta llegar a identificarse, con deidades de la categoría de Artemisa o Diana.

Todo ello indica, cuando menos, que interesó más Selene o Luna como astro que como deidad merecedora de culto. Se la denominaba con el epíteto «Noctiluca» que significaba «la que luce durante la noche» y tenía erigidos templos en el Palatino y en el Aventino. Los ciudadanos se turnaban para atender el culto de la luminaria Luna, y tenían la obligación de cuidar el candil que ardía en el interior de los citados templos. La tradición popular explica que los templos consagrados a la Luna no tenían que estar recubiertos, sino a cielo abierto. De este modo, podía hacerse visible la luminaria todas las noches y comprobar que en los templos levantados en su honor seguía alumbrando la llama vivificadora.

HELIOS O SOL

Desde los primeros tiempos se ha adorado al Sol y se le ha reconocido como deidad de la luz y de la claridad. Sin embargo, entre los pueblos de la época clásica se le reconocía más como astro que como deidad. En todo caso, siempre sería considerado como una divinidad secundaria. Los griegos, por ejemplo, lo identificaron con el dios Apolo y, por lo mismo, apenas le concedieron importancia en solitario. Sin embargo, existe una excepción al respecto, la isla de Rodas. Esta era denominada con el epíteto de «Isla del Sol» y, en su territorio, se le ofrecía culto con cierta regularidad. Los narradores de mitos se referían al Sol con frecuencia y hablaban del camino que recorría desde que, al despuntar el alba salía, hasta que se ponía y llegaba la noche. Pero, sin embargo, nunca supieron dar razones claras del porqué de los hechos apuntados y se llegaron a confeccionar verdaderas fábulas.

UN LECHO DE ORO

Se decía, por ejemplo, que Helios o Sol recorría aquel extraño camino recostado en una barca que contenía un lecho de oro con alas fabricado por el mismísimo Hefesto. Allí se recostaba cuando ya el día tocaba a su fin y, mientras dormía, era transportado desde occidente hasta oriente. En su camino atravesaba por un hermoso país habitado por hombres piadosos y buenos que siempre tenían cerca al Sol -incluso en invierno los acompañaba- y, por eso mismo, se les conocía con el epíteto de los «Etiópicos», voz que significa «quemados por el Sol.» Cuentan las leyendas que esta especie de hombres era la más querida por todos los dioses y que siempre se hallaban presentes en festines y banquetes, lo cual era símbolo de abundancia y fecundidad. Así, se asociaba a Helios o Sol con la fertilidad y la fecundidad, pues de él provenían la luz y el calor necesarios para que la tierra dejara de ser yerma.

También Helios o Sol era reconocido por los clásicos como una deidad que todo lo veía desde su privilegiada situación. Homero lo llamaba el vigilante de los dioses y de los hombres. Recordase, al respecto, el relato mítico de Ares y Afrodita, cómo Helios vio que se amaban y se lo comunicó a Hefesto -esposo de la diosa-, de lo cual ha quedado constancia en la iconografía de algunos afamados artistas, tales como Velázquez, por ejemplo, que muestra la fuerza del mito aludido en la «Fragua de Vulcano».

GOTAS DE AMBAR

Helios o Sol engendró, junto con la oceánide Clímene, al joven Faetón, quien, según la tradición, fue criado por los humanos. De este modo llegó a creer que era hijo del rey etíope que le había acogido bajo su protección y que se había casado con Clímene. Pero, ésta, en cuanto su hijo se hizo mayor, le explicó que su verdadero padre era Helios o Sol. El joven exigió una prueba palpable que avalara la revelación salida de la boca de su madre. Entonces, ésta, le aconsejó que visitara al propio Helios o Sol y le preguntara él mismo acerca de la identidad de su verdadero progenitor. Así lo hizo el muchacho que se encaminó hacia los dominios de Helios o Sol, quien le recibió con cariño paterno y, para mostrarle que era su padre, accedió a todos los caprichos del joven.

Este le pidió únicamente que le permitiera conducir su mítico carro -el «Carro del Sol»- durante un día, a lo que el dios. Faetón subió tan arriba, que se asustó al ver los signos del Zodiaco y perdió el dominio de los caballos. Entonces se acercó demasiado al cielo y una parte del Cosmos quedó abrasada. Según algunas leyendas, así se formó la Vía Láctea. A continuación, Faetón se acercó demasiado a la Tierra, con lo que se corría el peligro de desecación y, además, algunos de sus habitantes vieron volverse su piel de color oscuro. Para prevenir mayores males, el rey del Olimpo envió uno de sus mortíferos rayos contra el desdichado joven. Este fue precipitado a las aguas del río Erídano. Sus hermanas rescataron su cuerpo y lloraron abundantemente; la leyenda relata que sus lágrimas se convirtieron en gotas de ámbar.

EL MUNDO SUMIDO EN TINIEBLAS

Después de la muerte de Faetón, su padre, Helios o Sol, quedó tan apenado que empalideció y todo el universo hubo de conllevar su pena. Al triste Helios o Sol le fueron rodeando todos los dioses, quienes le rogaban volviera a su cotidiano oficio, alumbrando el mundo sumido en tinieblas».

Se dice que durante mucho tiempo el mundo permaneció en la más completa oscuridad, pues Helios renegaba de ser Sol, deseando únicamente poder lamentarse: «Mi existencia -clamaba- no ha podido ser más agitada desde que existe el universo. Jamás cesé en mi trabajo y jamás fui recompensado. Si nadie quiere mi carga, debe el mismo Zeus o Júpiter guiar mi carro, que puede ser oficio menos cruel que el de privar de sus hijos a los padres. Cuando él se dé cuenta de todo lo trabajoso que resulta conducir mis caballos, es fácil que se sienta movido por mayor misericordia.»

Las palabras de Helios o Sol eran una clara acusación contra el rey del Olimpo quien, sin embargo, tomó la decisión de intervenir para que los humanos pudieran seguir viviendo sobre la faz de la Tierra. Y, así, ordenó a Helios o Sol que cumpliera con el deber de alumbrar a la Tierra y sus moradores.

LOS REBAÑOS DE HELIOS O SOL

Todas las leyendas míticas coinciden en afirmar que el Sol no es una deidad que tenga poder por sí misma. Siempre tiene que recurrir a otras divinidades para que le hagan justicia o para rogarles que le ayuden. Por lo general, siempre se dirige al propio Zeus, padre de los dioses y de los hombres y rey del Olimpo. En el relato que Homero hace de las vacas del Sol se ve con claridad cómo el brillante astro reclama ayuda a Zeus.

Lo cierto es que Helios o Sol poseía unos rebaños de bueyes que nunca aumentaban ni disminuían, pues ni morían ni se reproducían. También tenía un rebaño de ovejas que le producía una lana de inigualable lustre. Los animales pastaban con entera calma en los ricos prados de la Isla del Sol. Pero, un aciago día, el mar embravecido hace arribar a la isla a Odiseo y sus compañeros. El hambre había hecho mella en la fortaleza de aquellos hombres y, aunque Odiseo les había prohibido tocar un animal de aquéllos, sin embargo, y aprovechando la ausencia del héroe de Itaca, que había ido a reconocer la isla, todos se dejaron convencer por el compañero Euríloco y comieron los mejores animales del rebaño de Helios o Sol.

EL INFORTUNIO

«Oíd mis palabras, compañeros -decía Euríloco-. Todas las muertes son odiosas a los infelices mortales, pero ninguna es tan mísera como morir de hambre y cumplir de esta suerte el propio destino. ¡Ea!, tomemos las más excelentes de las vacas del Sol y ofrezcamos un sacrificio a los dioses que poseen el anchuroso cielo. Si conseguiremos volver a Itaca, la patria tierra, erigiríamos un templo al Sol, hijo de Hiperión, poniendo en él muchos y preciosos simulacros. Y si, irritado a causa de las vacas de erguidos cuernos, quisiera el Sol perder nuestra nave y lo consienten los restantes dioses, prefiero morir de una vez, tragando el agua de las olas, a consumirme con lentitud en una isla inhabitada. »

Así habló Euríloco y aplaudiéronle los demás compañeros. Seguidamente, habiendo echado mano a las más excelentes vacas del Sol, que estaban allí cerca -pues las hermosas vacas de retorcidos cuernos y ancha frente pacían a poca distancia de la nave de azulada proa-, se pusieron a su alrededor y oraron a los dioses, después de arrancar tiernas hojas de una alta encina, porque ya no tenían blanca cebada en la nave de muchos bancos. Terminada la plegaria, degollaron y desollaron las reses; luego cortaron los muslos, los pringaron con gordura por uno y otro lado y los cubrieron de trozos de carne, y como carecían de vino que pudiesen verter en el fuego sacro, hicieron libaciones con agua mientras asaban los intestinos». Inmediatamente el Sol, con el corazón airado, habló de esta guisa a los inmortales: ¡Padre Zeus, bienaventurados y sempiternos dioses! Castigad a los compañeros de Odiseo pues, ensoberbeciéndose, han matado mis vacas, y yo me holgaba de verlas así al subir al estrellado cielo, como al volver nuevamente del cielo a la Tierra. Que si no se me diere la condigna compensación por estas vacas, descenderé a la morada de Hades y alumbraré a los muertos.

Y Zeus, que amontonaba las nubes, le respondió diciendo: ¡Oh Sol! Sigue alumbrando a los inmortales y a los mortales hombres que viven en la fértil tierra, pues yo despediré el ardiente rayo contra su velera nave y la haré pedazos.»

LOS ASTROS

Los astros tienen un claro sentido simbólico y, desde un punto de vista mitológico, las antiguas culturas les concedían un poder trascendental. Por lo general se acudía a ellos para solicitar protección contra los enemigos. Siempre que el héroe, o sus compañeros, levantaban los ojos al cielo, se encontraron que allí estaban los astros, como si fueran fieles e impertérritos guardianes que nada, ni nadie, pudiere sobornar.

Entre los antiguos, los astros fueron considerados como portadores de un manifiesto poder sobre los elementos esenciales, especialmente sobre el agua, el fuego y el aire. Siempre que se disponían a sembrar, o a recoger sus cosechas, solicitaban el favor de los astros para que la tierra les devolviera copiosos y abundantes frutos. Existía, además, la creencia de que los astros acogían las almas de los humanos célebres cuando éstos morían. También se creía que eran deidades: y otras veces se decía que su movimiento, tan regular y perfecto -puesto que nunca chocaban entre sí y siempre, al trasladarse, describían círculos perfectos-, simbolizaba la adecuada simetría y la absoluta belleza. La influencia de los astros era reconocida por todos los pueblos antiguos y, en ocasiones, se les atribuía un poder místico y esotérico.

ZODIACO

El Zodiaco está compuesto por diversas zonas que, por sí mismas, tienen un claro significado emblemático. El número de zonas -doce- es ya de por sí significativo, pues el doce está considerado como un número perfecto. Cada uno de esos espacios se corresponde con las doce constelaciones. De entre éstas, las que marcan los tiempos fuertes de la carretera solar serían: Leo, Acuario, Tauro y Escorpión.

La importancia del Zodiaco es más bien simbólica que mítica y, desde muy antiguo, sus símbolos cósmicos han sido fuente en la que han bebido psicólogos y caracterólogos para lucubrar sobre determinados aspectos -tanto psíquicos como físicos- de la personalidad.

El papel más importante del Zodiaco, por tanto, se desarrolla en la Astrología. Para los astrólogos, el Zodiaco es una franja que rodea la eclíptica, y dentro de ella se mueven los planetas y también las luminarias. Cada uno de los signos del Zodiaco representa, y significa, una fase evolutiva y un ciclo completo, y ello tanto desde perspectivas inmanentes como trascendentes:

Aries simboliza el impulso y la fuerza primordial que late en el orden cósmico.

Tauro está relacionado con el esfuerzo y la entereza.

Géminis es interpretado como la diversidad de los opuestos: materia/espíritu, forma/contenido…

Cáncer aparece relacionado con lo convencional y con el apego a lo conocido y establecido.

Leo es el símbolo, por excelencia, de la vitalidad y de la creatividad.

Virgo indica diferenciación, autonomía e individualismo.

Libra aparece siempre como el símbolo de la mesura y la armonía y la sociabilidad.

Escorpión es igual a separación y disgregación.

Sagitario indica la existencia de mundos opuestos y la diferencia entre instinto y razón.

Acuario equivale a seguir el camino que conduce siempre a un estado superior.

Piscis se relaciona con lo profundo y con el mundo interior.

Pero el Zodiaco también tiene una significación mitológica, y no sólo astrológica. Para los pueblos de la antigüedad clásica, el Zodiaco no sólo era esa zona circular de la eclíptica, sino que también representaba las distintas figuras míticas con que hasta ahora ha seguido nombrándose. Fueron los antiguos griegos quienes dividieron el Zodiaco en doce secciones y a cada una de ellas le pusieron nombres mitológicos que se han conservado hasta nuestros días:

El Carnero era el nombre del animal mítico que se inmoló en honor del rey del Olimpo y que dio lugar a los legendarios hechos del «Vellocino de Oro». El Toro, aparece relacionado con el pasaje mitológico en el que Zeus se transforma en toro para raptar a la bella Europa. Los Gemelos personifican a los célebres hermanos gemelos Cástor y Pólux, también llamados Dióscuros, que participaron en la expedición de los Argonautas. Cáncer llevaba este nombre en memoria de aquella hazaña realizada por el héroe Hércules, cuando se dispuso a matar a la Hidra de Lerna, uno de los monstruos que la diosa Hera había criado. La tradición mítica explica que la astuta diosa había enviado también un cangrejo gigante para que ayudara a la Hidra en su lucha contra Hércules.

El León recuerda al «León de Nemea» que también fue vencido por Hércules y al que arrancó la piel. La leyenda mitológica dice que, después de su muerte, fue transformando en la constelación de Leo. Virgo nos remite a la «Virgen» mitológica Astrea que vivió en la tierra durante la «Edad de Oro» y personificaba la «justicia.» Tuvo que huir del firmamento en la «Edad de Bronce» porque su vista no soportaba los crímenes, ni a maldad, de los hombres. La Balanza guardaba también relación con el pasaje anterior, puesto que era uno de los atributos de Astraia. Escorpión fue el animal que mató a Orión, siguiendo las instrucciones de Artemisa o Diana. Sagitario aparece relacionado con el centauro Quirón. Capricornio con la mítica cabra Amaltea, que amamantó el propio Zeus. Acuario se refiere a Ganimedes, «copero de los dioses» y los Peces fueron quienes ayudaron a la diosa Afrodita cuando huía, en compañía de Eros, de la persecución de Tifón.
SEDUCCIÓN DE IO POR PARTE DE ZEUS

Io vivía tranquila junto a su padre, el influyente dios de los ríos Inaco. Nada parecía poder romper su paz, salvo que era hermosa y eso, como tantas otras veces, era causa suficiente para atraer sobre una doncella la más peligrosa de las curiosidades, la del siempre atento Zeus. En efecto, éste se dio cuenta de su encanto y decidió apoderarse de la joven sin mediar compromiso matrimonial. Como siempre, lo peligroso para una virgen no era el ser poseída por Zeus, sino el hecho de ser el detonador que disparaba los peligrosos celos de la airada Hera, la cansada esposa del dios supremo. Desde luego, la joven Io sabía perfectamente a lo que se exponía, ya que, además de ser sacerdotisa de Hera y estar al tanto de lo que se debía hacer o evitar con respecto a una deidad de esa categoría, también debía estar impuesta en los ejemplos anteriores de castigo divino, ya que las horrendas venganzas de Hera eran de sobra conocidas en todo el Universo, bien fuera en su vertiente inferior terrena, o superior olímpica.

LOS CELOS DE HERA

Por si fuera poco el peligro, había que tener presente que la temible e inapelable maldición de Hera, recaía, desde luego, no sobre el omnipotente marido, sino sobre la pobre mujer amada, fuera o no culpable de tales relaciones extraconyugales (que solían ser involuntarias en la mayoría de los casos). En el caso de Io, no se iba a hacer excepción a la regla.

UN CONJURO DE IINGE

Iinge era hija de Pan y Eco, y ésa fue la mujer responsable del hechizo que acarreó el desastre de Io.

Se cuenta que Iinge lanzó sobre el corazón de Zeus el deseo hacia la bella y virginal Io, la sacerdotisa que estaba al servicio de la esposa del dios, de la muy poderosa Hera. Zeus quedó instantáneamente prendado de Io y se decidió a hacerla suya, Pero la aventura quedó al descubierto y Hera hizo que la osada Iinge pagase su atrevimiento, transformándola en un pajarillo trepador. Después Hera se dirigió a su acostumbradamente infiel marido y le espetó la acusación de su enamoramiento, pero el escarmentado dios se hizo el inocente y negó toda relación con la joven. Como no estaba dispuesta a seguir con la conversación y, menos aún, a tener que sufrir las consecuencias previsibles de esa amenaza de otra nueva aventura, Hera amenazó con una espectacular operación de castigo a la doncella y, a la vista de cómo se estaban poniendo las cosas, Zeus transmutó a su amada en blanca ternera, para protegerla de las iras de su mujer.

El cambio no fue suficiente para aplacar a Hera y ésta se hizo con la ternera, y la puso maliciosamente bajo la custodia de la persona más indicada, ya que encomendó el trabajo al mejor vigilante conocido, a quien llamaban Argo Panoptes (el todo ojos), ya que poseía ojos en la cara y en la nuca, cien, decían unos y hasta mil, aseguraban otros. A Argos le indicó que aquella vaca de aspecto ordinario no era nada corriente, sino que se trataba de un animal muy peculiar al que había que cuidar con especial atención, dejándolo siempre amarrado a un árbol y sin que se dejara ver demasiado.

Así, pues, la que fue Io, la hermosa doncella de linaje real y entregada a la adoración de Hera, había quedado reducida a ser tan sólo una bestia inmovilizada. Zeus, como de costumbre, tampoco estaba decidido a cejar en su deseo y llamó a Hermes para que éste le ayudar en la liberación de Io, ya que el astuto y veloz Hermes era, sin lugar a dudas, quien mejor podía enfrentarse a la penetrante mirada de Argo Panoptes, del que se decía que ni durmiendo llegaba a cerrar todos sus ojos.

EL RESCATE DE IO

Recibida la orden de Zeus, Hermes llegó con presteza hasta los campos en los que Argo tenía bajo su custodia a la castigada Io, ya fuera en Micenas o en Nemea, puesto que en los dos lugares se sitúa el mítico campo. Allí, nada más posarse en un árbol cercano, Hermes, que viajaba transformado en pájaro para no poner sobre aviso al guardián, empezó a dejar oír la embriagadora música de su flauta, una deliciosa melodía que hizo caer rápidamente en un mágico trance al gigantesco vigilante de los cien ojos. Aunque del todo dormido no podía ser un peligro para el plan de rescate, Hermes no vaciló en machacar la cabeza del dormido centinela con una roca, y menos aún en arrancarla del tronco para demostrar cruelmente su triunfo, como era tan habitual de las deidades. Después de haber acabado con el infeliz Argo, a Hermes le fue sumamente sencillo llevarse consigo a la liberada Io.

Más decidida que nunca a dar una lección definitiva a su marido y a sus cómplices de fechorías, Hera emprendió la persecución de Io, una larga y obstinada persecución que sería casi inacabable. Pero, antes de iniciar la venganza, Hera no se olvidó de tomar de la cabeza del decapitado Argo sus ojos y colocarlos -como homenaje a quien había muerto defendiendo sus intereses- en la cola de un pavo real, para que desde allí fueran vistos con admiración y respeto por todos los mortales hasta el fin de los tiempos.

LA LARGA HUIDA DE IO

La blanca ternera que era ahora Io parecía haber recuperado la libertad, pero no había logrado recuperar su forma humana. Hera ya había designado a su eterno perseguidor: un tábano que la iría picando en todo momento y lugar, como el doloroso y humillante recordatorio de que, al menos para Hera, ella no era más que una vaca de su rebaño.

Desde su liberación, Io fue recorriendo el mundo, todo ello para poder acercarse más a su destino definitivo, hasta las mismas e ignotas fuentes del gran Nilo, en donde sí la esperaba la definitiva liberación. En esa región tan fabulosa como desconocida, la pobre Io recibió, al fin, el esperado y buscado doble premio del descanso a su martirizada huida y la caricia salvadora del apiadado Zeus, caricia que le devolvió su aspecto humano y le permitió empezar una nueva vida.

IO, MADRE DE EPAFO

En Egipto, redimida de su castigo, Io encontró en Telégono el marido adecuado para su necesario matrimonio, puesto que -preñada por Zeus- estaba a la espera de quien iba a ser su hijo Epafo, el futuro rey de Egipto.
Parece ser que Hera, al enterarse del nacimiento de Epafo, ordenó a los demonios Curetos que se apoderasen de la criatura tan pronto naciera y la hicieran desaparecer. En ese momento Zeus, lanzó una sarta de sus potentes rayos y acabó con la amenaza de los Curetos.

La atribulada Io, guiada por la mano de Zeus, recuperó al pequeño Epafo y en él siguió cumpliéndose el destino, hasta hacer de este hijo de Zeus y la sufrida Io un personaje de estirpe real, al que se hermanó con el sagrado buey y dios Apis. Io acabó a su vez identificándose también con otra deidad egipcia, la poderosa Isis, reina de los cielos.

ACRISIO, DANAE, ZEUS Y PERSEO

Dánae era la hija de Acrisio, un rey de Argos, y de Eurídice, nieta del mismo Zeus. Dánae era amante de su tío Preto, hermano gemelo de su padre y enemigo suyo desde antes de su mutuo nacimiento. Por este y otros muchos motivos, Acrisio y Preto se enfrentaron abiertamente en una serie de inútiles peleas, hasta que decidieron repartirse el territorio heredado de su padre Abante, de modo que Acrisio quedó con Argos y Preto se fue a gobernar en Tarento.

Pasado el lance, Acrisio quiso tener algún hijo varón a quien ceder su menguado reino y, para colmar su curiosidad, requirió los servicios de un adivino. Este le aseguró que no iba a tener descendencia masculina, pero que sí sucedería un día que un nieto le daría muerte. Como quiera que la única manera de que tal cosa sucediera pasaba por el hecho cierto de que fuera su única hija la que diera a luz a tan temible nieto, Acrisio encerró a Dánae en un calabozo con puertas de bronce, según unos, y un torreón construido enteramente de bronce, según otros, en el que ni ventanas había, y que estaba rodeado por una jauría de perros de presa, para no dar ninguna posibilidad de cumplimiento al oráculo y salvaguardar así su amenazada vida futura.

Zeus, que debía estar tranquilo en su celestial armonía, no dejó de ver las operaciones del padre y rey Acrisio y, cómo no, empezó a interesarse por una joven bella y de difícil acceso, que ya era un reto a su inteligencia amatoria. Pergeñó un sistema para hacerse con ella y, lo que era más interesante todavía, un modo seguro de dejarla preñada de ese nieto tan temido por Acrisio y tan funestamente descrito por el oráculo. Como era de esperar, pronto encontró el versátil Zeus la manera de lograr sus dos propósitos.

LA LLUVIA DE ORO

Tras una atenta observación del encierro de Dánae, el sagaz Zeus dio con una grieta en la construcción que encerraba a la princesa Dánae. Era muy pequeña, demasiado pequeña para poder darle paso bajo cualquiera de sus múltiples caracterizaciones animales, pero no lo suficiente como para no dejar que se filtrara como lo hace el agua. Esa fue la forma elegida, la de una fina lluvia, dorada, dada su categoría divina, que entraría a la restringida cámara donde se ocultaba la hermosa Dánae de la vista de todos. Dentro de la cámara, como era de esperar, Zeus recuperó su encantadora apariencia y le fue sencillo lograr lo que ansiaba, los favores de Dánae. Ella, además, quedó encinta de un hijo que sería el mayor héroe de la Argólida.

El padre, al correr del tiempo necesario para que ello fuera evidente, no pudo dejar de asombrarse al comprobar con sus propios ojos que la hija estaba embarazada a pesar de las cuidadosas precauciones adoptadas. Pensó que Preto había conseguido hacerse con el método para acceder a su hija y que ésta había reincidido en aquella relación odiada, pero acabo enterandose de que era Zeus el padre de su nieto.

Así, no sabiendo que hacer con aquella situación, y no queriendo matarlos directamente, decidió arrojar a la hija y al nieto al mar, embarcados en una caja pero, tras una larga y angustiosa navegación a la deriva, madre e hijo dieron finalmente con la costa de la isla Sérifos. Alli fueron rescatados por Dictis, el pescador local que era, también, hermano del rey de la isla, Polidectes, quien se hizo cargo de la pareja y, más especialmente, de la educación del joven Perseo.

PERSEO SE ENFRENTA A SU PADRE ADOPTIVO

A medida que pasaba el tiempo y el joven crecía en tamaño y saber, la situación cambió en la pequeña isla. Polidectes, que se había mostrado tan hospitalario, quería ahora forzar su matrimonio con Dánae, quien no parecía dispuesta a descender a su nivel, después de haber sido amante del supremo Zeus. Para evitarse más complicaciones, Polidectes dejó creer a Perseo que él pensaba contraer matrimonio con Epidemia, la hija de Pélope y de aquella célebre y primera Epidemia, hija de Enómao, rey de Pisa, a la que tan difícil fue conquistar, por las mortales trabas que su padre ponía a los infelices aspirantes a su amor.

El buen Perseo creyó en la explicación dada por Polidectes, en la que éste ponía de manifiesto la necesidad de ofrendar unos hermosos caballos a la amada, animales escasos en la isla. Perseo se ofreció a salir en busca de un ejemplar digno de un rey, y además, de la cabeza de Medusa. Esto dio una nueva oportunidad a Polidectes y le tomó la palabra, diciendo que esta terrorífica cabeza sí que era un regalo apreciado.

Perseo, que estaba dispuesto a todo con tal de que dejara a su madre, partió sin más remedio a la caza de la espantosa Gorgona, sin saber cómo hacerse con la prometida cabeza. Afortunadamente, Perseo fue siempre un personaje mimado por los dioses y, en aquella ocasión, Atenea alcanzó a oír a tiempo el ofrecimiento del joven y, enemiga declarada de Medusa -ya que si ésta era monstruosa, lo era por la intervención anterior de Atenea-, se puso junto al muchacho y en compañía fueron los dos a dar caza a la terrorífica mujer.

LA CAZA DE MEDUSA

Con Atenea de compañera, Perseo llegó a Dicterión, en dónde la diosa le hizo ver las imágenes que allí se guardaban de las Gorgonas, de modo que no se pudiera luego confundir con sus otras dos hermanas, puesto que éstas, Esteno y Euríale, eran inmortales, al contrario que la hermana buscada.

También Atenea aprovechó este tiempo en Dicterión para adoctrinarle, de manera que supiera acercarse a ella sin caer en la mortal trampa de su mirada, pues Medusa mataba de espanto a quien la veía, ya que su rostro era el resumen de todos los horrores imaginables. Como arma, Atenea le preparó un escudo tan brillante como un espejo y Hermes le hizo llegar una hoz de diamante, para que con ella segara la prometida cabeza y la llevara de vuelta a Sérifos. De todos modos, el arsenal no estaba completo, puesto que todavía le faltaban elementos tales como el yelmo de Hades, que volvía invisible a quien lo usaba; unas sandalias aladas; y una bolsa especial en la que esconder la cabeza de Medusa, si lograba su objetivo de darle muerte. Estas cosas estaban bajo la custodia de las ninfas de Estigia, pero nadie sabía cómo encontrarlas excepto las tres Grayas, las feas hermanas de las Gorgonas.

A ellas se dirigió Perseo, en un pesado viaje que le llevó al monte Atlas, en donde ellas residían. Estas tres Grayas tenían que compartir un único ojo y otro único diente, puesto que era todo lo que tenían entre las tres para ver y comer. Perseo se deslizó tras ellas y se apoderó de ambos objetos de un golpe rápido y pidió, para su rescate, el emplazamiento de esas ninfas de Estigia. Las Grayas, sin otra solución que la delación, dijeron al raptor lo que deseaba oír y éste se fue sin más tardar a la guarida de las ninfas, sin que Perseo cumpliera su parte del trato, ya que se marchó dejándolas sin diente ni ojo.

En Estigia vio a las ninfas, recibió de ellas las sandalias, el zurrón y el yelmo que le eran imprescindibles para culminar su proeza, y conoció el lugar en el que podía hallar a su deseada presa.

ANTE MEDUSA

Con su equipo de combate al completo, Perseo fue volando con sus sandalias aladas hasta la temible tierra de los Hiperbóreos, poblada por las efigies en piedra de quienes antes habían sido seres vivos, y ahora estaban inmovilizados por el hechizo de la malvada Medusa. En Hiperbórea se encontraba el escondrijo de las Gorgonas. Allí estaban las tres hermanas, dormidas y a su alcance. Protegido de la vista de Medusa por el bruñido escudo y guiada su mano por Atenea, Perseo cortó de un solo tajo la cabeza a Medusa y se apresuró a guardarla, sin atreverse a verla, en la bolsa mágica. Al tiempo que Medusa expiraba, surgía de su cuello segado el mágico caballo Pegaso y el impetuoso Criasor, unos hijos que Medusa había tenido con Posidón y que no nacierón hasta la muerte de la madre.

Perseo, amparado por la invisibilidad del yelmo, huyó del lugar, mientras que Esteno y Euríale se despertaban ante los gritos. Pero nada pudieron hacer, puesto que a nadie se divisaba por aquellos andurriales y ya Medusa estaba definitivamente perdida. Perseo siguió en su huida, cargando con la cabeza de Medusa, hasta las tierras de Etiopía. Pero, por el camino, le quedó tiempo para acercarse hasta la residencia de Atlante el titán, a quien, para vengarse de una anterior afrenta, le dejó ver la horrible cabeza, lo justo para que éste quedara convertido en una montaña digna de su tamaño. Después, mientras volaba sobre las arenas del desierto, dejó caer el diente y el ojo de las Grayas para rematar su faena. Más adelante, en la costa de Filistea, Perseo se iba a encontrar con otra sorpresa.

LA INSOLITA APARICION DE ANDROMEDA

En su mágico vuelo africano, Perseo acertó a ver a una mujer, hermosa, desnuda y encadenada. Se enamoró al instante de su espléndida y desvelada belleza y se propuso, liberarla de aquellas cadenas. Así que descendió al suelo y se acercó a ella para enterarse de la causa de aquella condena. Antes de llegar junto a ella, Perseo vio a una pareja de mayor edad que vigilaban preocupados el acantilado en donde estaba encadenada la hermosa, y les pidió una explicación a aquella extraña situación. De ellos escuchó asombrado Perseo lo que sucedía, al tiempo que se enteraba de que ellos eran los atribulados padres de la joven, el rey Cefeo de Yope y su esposa la bella Casiopea.

EL PECADO DE EXCESO DE CASIOPEA

Le contaron que Casiopea se había atrevido un día a presumir de su belleza y de la de su hija, aduciendo que ambas eran mucho más guapas que la propia Hera y que las Nereidas. Posidón, dios de mal genio y tremendas reacciones, se irritó al oír que sus criaturas marinas estaban enfadadas. Como lección, Posidón envió vendavales y olas tremendas al reino de Cefeo, monstruos y castigos. Cefeo se fue a los adivinadores de los designios divinos y por ellos pudo saber que la única salida a la situación pasaba por el sacrificio de su hija, que debía servir de alimento al monstruo enviado por Posidón. Así lo hicieron y ahora estaban aterrorizados, esperando que se cumpliera la amenaza, impotentes ante el funesto destino que aguardaba a su hija.

Perseo pidió a Cefeo que le diera a su hija como esposa si la conseguía salvar de aquella muerte terrible, al tiempo que se comprometía a acabar también con el monstruo y con la amenaza de Posidón. El padre, sin ninguna otra opción, aprobó la petición del impetuoso Perseo.
El monstruo se acercaba ya a su presa, pero Perseo descendió como un rayo sobre él y, con aquella hoz que Hermes le había entregado, cortó de un tajo certero su cabeza y desató a la que iba a ser su futura esposa, la amada Andrómeda.

LOS SUEGROS DESAGRADECIDOS

Pero Cefeo y Casiopea no querían a Perseo para su hija. Tuvieron que ceder ante su exigencia de matrimonio y éste se celebró inmediatamente. Poco duró la celebración, puesto que Agenor llegó a reclamar a Andrómeda para sí, mientras que Cefeo y Casiopea se ponían de su lado, aduciendo que Perseo les había forzado a una boda no querida.

Perseo, que todavía tenía cerca de sí el trofeo de la Gorgona, sacó de su bolsa la cabeza y los rivales quedaron convertidos en inmóviles piedras.

Los esposos regresaron a la corte de Polidectes, para encontrarse con otra traición. Dánae y Dictis estaban escondidos para eludir la persecución del pequeño rey, y éste se encontraba en palacio, festejando por anticipado su próximo enlace.

En palacio se presentó Perseo y, otra vez más, la cabeza de Medusa volvió a salir de su bolsa, para convertir en piedras inertes a Polidectes y sus amigos. Tras su venganza, Perseo puso la bolsa y su contenido en manos de Atenea, hizo que el fiel Dictis ocupara el trono vacante y marchó de la isla, camino de su desconocida patria Argólida. El rey Acrisio, al enterarse de que su nieto, el que había de matarle según el oráculo, se acercaba a sus costas, huyó a Tesalia, con la esperanza de hurtarse al destino.

De nada le valió, Perseo también fue a Larisa, a participar en los juegos fúnebres que organizaba Teutámides en honor de su padre. En el lanzamiento del disco, Perseo, movido por la voluntad de los dioses, hizo que su tiro alcanzara a Acrisios, sin siquiera saber que él estaba entre el público, y ese disco fue la causa de la muerte del abuelo. Perseo, al enterarse de lo sucedido, se ocupó de las honras fúnebres de Acrisio y, para no ocupar su puesto, cambió el reino de Argos por el de Tirinto, con la aquiescencia del hijo de Preto. Más tarde, se convirtió en soberano de toda la Argólida, reinando en ella junto con su esposa Andrómeda.

Las leyendas de la Argólide se completan con el mito de los hermanos Agamenon y Menelao, junto con las historias de Orestes y Electra.

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