Democracias y totalitarismos en Europa

La victoria de los estados democráticos en la Primera Guerra Mundial provocó el desmembramiento de los imperios autoritarios, pero en la Europa democrática de los años veinte también se produjo una inflación altísima ya que la producción ligada a la guerra se hundió haciendo que el paro incrementara de manera espectacular, mientras la crisis de 1929 terminó de complicar la situación económica. Se produjeron huelgas en Gran Bretaña, Francia, Alemania, etc. que terminaron siendo sofocadas duramente por la policía y el ejército, mientras se limitaban los derechos sindicales. Todo esto conllevó una fuerte oposición hacia la democracia, no sólo por parte del proletariado insatisfecho sino desde la burguesía que temía una situación revolucionaria como la vivida en Rusia unos años antes. Sin embargo, en los países donde la democracia había arraigado pudieron aislar los partidos más radicales y consolidar el parlamentarismo liberal, como en Gran Bretaña.

Sin embargo, los católicos irlandeses se levantaron en armas contra los ingleses y, a partir de 1921, consiguieron una amplia autonomía que derivó en independencia respecto del Imperio Británico. En Francia la situación de crisis no llegó hasta la década de los treinta cuando una gran coalición de radicales, socialistas y comunistas formaron el Frente Popular (1936) y ganaron las elecciones, como la República Española (febrero 1936) que, tras la dictadura de Primo de Rivera (1923-30), trató de implantar una democracia abortada por el alzamiento militar del general Franco y la posterior guerra civil que condujo directamente a una larga dictadura. En Suiza, Bélgica y Holanda se logró la estabilidad política mediante coaliciones gubernamentales liberales, mientras la socialdemocracia tuvo un papel decisivo en los países nórdicos (Noruega, Suecia y Dinamarca).

De todos modos, las dictaduras iban consolidándose de manera implacable en Hungría (1920), Polonia, Lituania y Portugal (1926), Austria (1933), Letonia y Estonia (1934) y, a lo largo de la década, también en Grecia , Rumanía y Bulgaria, pero los procesos totalitarios más destacados fueron, sin duda, los vividos en Italia con la dictadura fascista de Mussolini (1922) y en Alemania con la dictadura nazi de Hitler (1933).

Totalitarismos, fascismo y nazismo

Totalitarismos, fascismo y nazismo

La Italia fascista (1922-1939)

Durante la Primera Guerra Mundial, Italia vio incrementarse el coste de la vida más rápidamente que los salarios, mientras bajaba el nivel de vida de los trabajadores que originó, a partir de 1919, huelgas (más de 1.800 en un año) y ocupación de tierras, movimientos que fueron reprimidos por el miedo de la burguesía en la bolchevización. La Monarquía Constitucional era muy inestable, con continuos cambios de los gobiernos liberales, cada vez más contestados por el Partido Socialista (de donde se escindió, en 1921, el Partido Comunista Italiano de Gramsci) y por el Partido Popular (antisocialista, de inspiración católica ). La frustración producida por la recuperación parcial de las tierras irredentas (las no anexionadas durante la unificación del siglo XIX) dio lugar a un movimiento nacionalista exaltado, muy arraigado entre los ex combatientes liderados por el poeta fascista Gabriele D’Annunzio que protagonizó la conquista de Fiume (1924).

En 1919, Mussolini, un ex militante socialista que se había exiliado por no hacer el servicio militar, fundó los Fasci Italiani di Combattimento, un movimiento de antiguos combatientes de la Gran Guerra con un programa populista y nacionalista que pronto (1921) se transformaría en el Partito Nazionale Fascista (PNF), dotándolo de un nuevo programa populista, militarista y expansionista y de una simbología propia, es decir, la camisa negra como uniforme de los militantes y el saludo romano con el brazo alzado (que luego copiarían los nazis alemanes y los franquistas españoles). El partido fascista de Mussolini fue considerado un buen instrumento para frenar el socialismo y el comunismo y, por eso mismo, recibió ayuda financiera de la patronal italiana (Confindustria). Las escuadras fascistas protagonizaron numerosos actos de violencia social, sofocante todo tipo de oposición con acciones vejatorias y con la complicidad de la policía y de la justicia: en sólo un año (1921) fueron asesinados unos 600 italianos.

Durante la huelga de agosto de 1922, mantuvieron en funcionamiento el servicio de correos y los medios de transporte, ganándose la simpatía de las clases medias. Pero el golpe definitivo fue la Marcha sobre Roma (octubre de 1922) cuando miles de camisas negras ocuparon los edificios públicos y empezaron a controlar las instituciones y las comunicaciones del norte de Italia, provocando la dimisión del gobierno y la petición del rey, Victor Manuel III, a Mussolini para la formación de un nuevo ejecutivo. Con la connivencia de la Monarquía y el Ejército, el establecimiento de la dictadura fascista fue el resultado de un proceso de restricción de libertades llevado a cabo entre 1922 y 1924 cuando, tras el asesinato del diputado socialista Matteoti en manos los fascistas, Mussolini asumió los plenos poderes y silenció toda la oposición.

Una ley de 1925 le otorgó al Duce (la cabeza, el jefe) todos los poderes, es decir, para legislar, controlar el poder ejecutivo y, incluso, el judicial. Con la Ley Rocco de 1926 se prohibieron todos los partidos políticos, salvo el fascista, y todos los sindicatos fueron integrados en 22 corporaciones verticales con participación de las organizaciones patronales. En 1929 el Parlamento italiano fue sustituido por un órgano consultivo, la Cámara de los Fasci y de las Corporaciones, mientras se depuraba la Administración y se creaba una policía política, la OVRA (Organización de Vigilancia y Represión del Antifascismo) que perseguía a los opositores. También en 1929 se firmaron los Pactos de Letrán o Concordato con el Vaticano, todo concediéndole una renta anual por el apoyo del Papa Pío XI que fue uno de los puntales más sólidos del fascismo. Mussolini promovió la remilitarización para recuperar los territorios irredentos y conseguir territorios coloniales, tanto en Europa (Albania) como en África (Abisinia, actual Etiopía).

En el terreno económico, se optó por el proteccionismo y la autarquía económica con un fuerte intervencionismo estatal: creación del IRI (Instituto para la Reconstrucción Industrial), etc. pero la política autárquica, con una orientación claramente militarista, generó una producción industrial de costes elevados y baja calidad, con el estancamiento de la industria ligera y de los bienes de consumo. Las inversiones en obras públicas, el programa agrario y el plan de incentivación de la natalidad, sólo consiguió beneficiar a una poderosa y reducida oligarquía fascista, mientras el nivel de vida de los italianos se situó por debajo de los europeos por el elevado incremento de el paro (de 80.000 parados en 1926 se pasó a casi un millón en 1934).

Mussolini ejerció un control total sobre los ciudadanos, mediante organizaciones políticas (Opera Nazionale Balilla) y sindicales (Opera Nazionale Dopolavoro) que organizaban el tiempo libre de los italianos. También en la educación, el catolicismo oficial, el control de los medios de comunicación (prensa, radio, creación de Cinecittà para publicitar el régimen cinematográficamente, etc.) y, incluso, el control y la manipulación de las conciencias individuales.

De la República de Weimar (1918) a la Alemania nazi (1933-1939)

En 1918, tras la abdicación del káiser Guillermo II, se proclamó la República de abastecimiento (ciudad donde se elaboró la nueva constitución) que tuvo que hacer frente a intentos insurreccionales, tanto de la derecha como de la izquierda, ya otras humillaciones derivadas de la derrota en la Primera Guerra Mundial y los acuerdos del Tratado de Versalles: levantamiento de la Liga Espartaquista (comunistas) en 1919, intento de golpe de estado de grupos nacionalistas radicales en 1920, fracaso de la Marcha sobre Berlín de Adolf Hitler -en año 1923 y con el apoyo del general Ludendorff-, ocupación por las tropas francesas de la cuenca del Ruhr como garantía del cobro de las reparaciones de guerra (1923), etc.

La crisis de 1929 hizo disminuir la producción drásticamente, mientras se llegaba a los 6 millones de parados en 1931. Los partidos de la Coalición de Weimar (socialdemócratas, católicos y demócratas) fueron perdiendo el apoyo de los asalariados y de la pequeña burguesía empobrecida, mientras la inestabilidad dio lugar a 19 cambios de gobierno en 13 años.

Adolf Hitler (un ex combatiente de la Gran Guerra, nacido en una pequeña ciudad austriaca fronteriza, que no pasó de cabo para que sus superiores consideraban que no tenía dotes para el mando) comenzó su particular carrera política uniéndose a un pequeño grupo extremista, racista y agresivo, con eslóganes anticapitalistas, que en 1920 se conformaría como el NSDAP (Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes) y al año siguiente se reorganizaría de la mano de Hitler dotándolo de un componente más violento aún con la creación de la SA (sección de asalto) y de una serie de emblemas parecidos a los del fascismo italiano (camisa marrón, saludo a la romana, cruz gamada, etc.). En 1923 fue detenido tras el fracasado golpe de estado y, en prisión, escribió Mein Kampf (Mi lucha) donde expresa su desprecio por la democracia, el odio a los bolcheviques, el antisemitismo, el racismo , la supuesta superioridad de la raza aria, el pangermanismo, y una vocación expansionista por la necesidad de forjar un Gran Reich con todos los territorios de población germánica (el espacio vital o Lebensraum) con la ocupación directa de Polonia, Ucrania, etc.., es decir, territorios ocupados por los pueblos eslavos considerados -por Hitler- racialmente inferiores y débiles.

En 1925 ya era reconocido como Führer (líder del partido) y creó su propia milicia, la SS (cuerpo paramilitar que obedecía directamente las órdenes de Hitler que, a largo plazo, también se ocuparía de los campos de concentración). De todos modos, cierta mejora de la situación económica les hizo perder terreno entre 1924 y 1929 cuando, a partir de la crisis, volvió el malestar social, el aumento del paro y, por tanto, el aumento de la popularidad de los partidos extremistas, de los totalitarismos y del populismo habitual de los “salvapatrias”: 1932 fueron elegidos 196 diputados nazis y 100 comunistas. Ante este resultado, las fuerzas conservadoras -más alarmadas por la influencia comunista que por el ascenso del nazismo-, no sólo posibilitaron el nombramiento de Hitler como canciller, en un gobierno de coalición (enero de 1933), sino que importantes industriales alemanes financiaron las campañas y las acciones del Partido Nazi (Thyssen, Stiness, Krupp, etc.).

Hitler, finalmente, consiguió del viejo presidente Hindenburg, el permiso para disolver el Parlamento y convocar nuevas elecciones (para el 5 de marzo) en un nuevo marco electoral donde ya se había prohibido la prensa y las reuniones de los opositores, mientras los camisas marrones sembraban el pánico en las calles: el 27 de febrero se produjo el incendio del Reichstag, del que se culpó falsamente los comunistas y le sirvió a Hitler para suspender las libertades individuales, suprimir los controles judiciales sobre las detenciones y establecer la pena de muerte. En este contexto de terror, el Partido Nazi consiguió el 43% de los votos -frente al 30% de los partidos de izquierda- que no fueron suficientes para obtener la mayoría absoluta y necesitó el apoyo del Centro Católico para que el Parlamento los concediera los plenos poderes y la facultad de promulgar leyes sin necesidad de trámites: tras la muerte de Hindenburg (agosto, 1934), Hitler acumuló las funciones de canciller y presidente (Reichfürer). La dictadura nazi se abría paso y la disolución de los partidos políticos y los sindicatos estaba cantada, salvo, naturalmente, del partido único del régimen (NSDAP) y del sindicato vertical (Frente del Trabajo Nacionalsocialista), así como los estados federales (Länder) que fueron suprimidos y los poderes transferidos al Reich.

La SS, dirigida por Heydrich, sustituyó gradualmente la policía, en 1933 se abrían los primeros campos de concentración (Dachau), al año siguiente (1934) ya había 50, mientras se creó la Gestapo (Policía secreta dirigida por Himmler) para la represión de los opositores al régimen. A partir de la Noche de los Cuchillos Largos (1934), con el asesinato de Röhm (que mantenía diferencias políticas con Hitler) y más de 300 dirigentes de la SA, el control de Hitler sobre el partido y sobre el Estado alemán fueron absoluto.

En el plano económico, Goering implantó un fuerte dirigismo con el objetivo de conseguir la autarquía económica, dando prioridad a la industria pesada y de armamento, en vistas a una rápida remilitarización. A base de unos salarios bajos, unas largas jornadas laborales y la absoluta negación de los mínimos derechos sindicales de los trabajadores, a pesar de la paralización del comercio exterior y el mantenimiento del déficit, Alemania llegó a ser la segunda potencia industrial del mundo en el año 1939.

El Ministerio de Cultura y Propaganda fue encargado a Goebbels, con la idea de nazificar la ciencia, la cultura y la información: se crearon listados de autores prohibidos y se procedió, directamente, en el ritual de la quema pública de libros; fueron depurados profesores, se introdujo la censura en las aulas, así como los libros de texto, se encuadró la juventud en las Juventudes Hitlerianas y se redujo el papel de la mujer en las tres K: kinder, Kirche, kücke (hijos, iglesia, cocina). La única posibilidad para intelectuales, artistas, militantes de izquierda, judíos, gays y cualquier otro col • lectivo perseguido por el régimen, era emigrar o huir de la Alemania nazi. Así la política antijudía pasó por diferentes fases: boicot a los negocios judíos (1933), Leyes de Nuremberg que impedían los matrimonios mixtos y excluían los judíos de la ciudadanía alemana (1935), obligatoriedad para los judíos llevar un distintivo (1938)… durante la Noche de los Cristales Rotos (9 de noviembre de 1938) fueron incendiadas las sinagogas, destruidos más de 7.000 comercios judíos, tuvieron miles de detenidos y otros fueron directamente asesinados (el Holocausto empezaba a abrirse camino).

Por otra parte, la guerra civil española (1936-39) había facilitado la aproximación entre Hitler y Mussolini, porque los dos apoyaron a los militares insurrectos contra la República (en julio del 36) y eso mismo les llevó a formalizar el Eje Roma-Berlín (octubre) a los que, poco a poco, se unirían otros regímenes totalitarios como el de Japón (noviembre), la dictadura húngara y, naturalmente, el del general Franco tras ganar la guerra con el apoyo de alemanes y de italianos (que ensayaron estrategias bélicas, sobre todo con la aviación, en territorio español). En marzo de 1938, mientras continuaba la Guerra Civil Española, las tropas alemanas ocuparon Austria … iniciaba la espiral imparable hacia la Segunda Guerra Mundial.

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