Congreso de Viena de 1815

Después de 25 años de revolución, guerras y el abatimiento de Napoleón se reunieron en Viena los delegados y representantes de aquellas potencias europeas que habían participado en la gran lucha de independencia para tratar de poner un poco de orden en las circunstancias políticas de Europa. El congreso de Viena estuvo reunido de octubre de 1814 a junio de 1815.

Viena parecía ser precisamente el lugar más apropiado para celebrar una reunión de esta índole. Es cierto que los franceses echaban en falta la segura elegancia, los prusianos el orden disciplinado, los ingleses la agitada vida comercial, los italianos el gran estilo, los rusos la aplastante magnificencia. Pero rodeaba esta ciudad su propio atractivo de vieja distinción y acogedora naturalidad.

La ciudad interior se encogía con sus estrechas y quebradas callejuelas alrededor de la catedral de San Esteban. Mas esta estrechez daba sitio a la exuberancia de los palacios barrocos, al castillo palatino y los palacios de Belvedere y Schönbrunn.

Viena era un lugar en el que se podía vivir, festejar y alegrarse, y el congreso se divertía, bailaba y se alegraba de la vida. La alegría, que parecía transformar el congreso en una única fiesta de victoria, resonaba desde las salas de Apolo, que cada noche resplandecían a la luz de velas y resonaban con la música de baile, hasta las alas residenciales de los palacios. Las jóvenes vienesas se paseaban por las calles y miraban enamoradizas a oficiales y diplomáticos extranjeros; los 650 fiacres trotaban con su carga de parejas enamoradas y rientes al Prater y al bosque de Viena.

El Congreso de Viena, por Jean-Baptiste Isabey, 1819.

El Congreso de Viena, por Jean-Baptiste Isabey, 1819.

Por encima de toda esta agitación no se olvidaba totalmente el objeto de la reunión. Mas como se ocupaban de él los príncipes y diplomáticos vencedores, mientras que los sufridos pueblos no tenían voz ni voto, se convirtieron en principales, naturalmente, dos cuestiones: el retorno de las dinastías principescas legítimas a sus tronos perdidos y la eliminación de todo aquello que pudiera recordar en algo los tiempos que acababan de pasar.

Durante la repartición del «botín» aparecieron pronto las contradicciones entre Rusia y Prusia por un lado y Austria e Inglaterra por el otro. Como que Prusia había tenido que ceder a Rusia todos sus territorios coloniales en Polonia, trataba de resarcirse con la anexión de Sajonia, que se había mantenido fiel a Napoleón hasta el amargo final. A este objeto, Prusia se alió con Rusia, mientras que Inglaterra, pendiente del «equilibrio de fuerzas», apoyada por Austria, enemiga de Prusia, se oponía a ello. Francia, representada por Talleyrand, aprovechó lo ventajoso de la situación y maniobraba hábilmente entre los frentes diplomáticos.

Claro que nadie hablaba del nacido sentimiento de naciones y nacionalidades; el espíritu del desarrollo revolucionario era un fantasma que se quería eliminar y aplastar a toda costa.

El congreso de Viena se convirtió en tragedia e incluso a veces en farsa de intrigas e insuficiencias humanas.

Se cuenta lo siguiente: cuando durante una conferencia se habían endurecido todos mutuamente y ya se aprestaban para la lucha de todos contra todos, el buenazo del emperador Francisco cerró de repente su atlas de Europa y gritó: «¡Ya está!». Todos se volvieron a él, aligerados, y uno le preguntó: «¿Su Majestad ha hallado la solución?» A lo que respondió en su mejor dialecto vienés: «Qué va; la pesqué» Su Majestad había cazado una mosca.

De Metternich el renano entonces de 41 años y «Comte de Balance», como lo llamaban los franceses, se cuenta que hizo esperar a causa del ensayo de cuadros vivientes con jóvenes damas, a las que ayudaba personalmente a maquillarse, a un ministro prusiano y a otro inglés. Era ministro de asuntos exteriores austriaco y presidente del congreso; escribió personalmente en sus memorias: «Veinte veces al día he de decirme: Dios mío, cuánta razón tengo siempre y qué poca los demás.» El opuesto de Metternich era el inteligente Talleyrand, fiel a todos los sistemas, de quien es la sentencia: «La palabra es un medio para ocultar los pensamientos», y a quien su jefe, Napoleón, había llamado una vez «un pedazo de porquería en una media de seda».

La adulada estrella entre todos los presentes era el zar Alejandro -el hijo medio loco de un padre loco, un místico y soñador de métodos increíblemente duros. Por todas partes le seguía fiel el patriarcal rey de Prusia Federico Guillermo III, a quien Viena llamaba en mofa «el ladrón a la izquierda del zar» o «el gentilhombre de cámara ruso». Cuando en la primavera de 1815 llegó a Viena el duque de Wellington y quiso saber lo que habían hecho en todo este tiempo esos nobles estadistas, Metternich le contestó: «Nada, absolutamente nada.» Y, no obstante, el congreso logró en el «acta del congreso de Viena», finalmente, el 8 de junio de 1815, tanto el acuerdo con respecto a las cuestiones territoriales como el punto de vista fundamental para el desarrollo político a seguir. Lo consiguió bajo la impresión cruda de la noticia de que Napoleón había desembarcado el 1 de marzo en Cannes y que, tras una marcha triunfal, había entrado de nuevo en las Tullerías de París el 20 de marzo. Con su método rectilíneo y consecuente, el duque de Wellíngton había conseguido poner en impetuoso movimiento la chirriante maquinaria de la asamblea vienesa; el zar Alejandro de Rusia le dijo, cuando llegó la noticia del regreso de Napoleón: «A usted le vuelve a caer la tarea de salvar una vez más el mundo.» y Wellíngton marchó en posta urgente hacia los ejércitos que estaban concentrándose.

Entonces hallaron por fin una cierta unidad los estadistas: se trazaron de nuevo y se cimentaron las fronteras de una Europa principesca, sin tener en cuenta para nada los intereses nacionales. Se impuso el sistema de Metternich y del zar Alejandro de una comunidad europea contra todas las ideas innovadoras y el deseo inglés del «equilibrio de fuerzas». Con las ruinas del disuelto «imperio germánico» se construyó una liga alemana de 35 príncipes soberanos y 4 ciudades francas; Polonia renació como reino, unida en unión personal al imperio zarista ruso. La libertad italiana desembocó en la soberanía austriaca; a cambio, la casa imperial renunciaba a Bélgica, que junto con Holanda formó los Países Bajos. Sólo en el reino de Cerdeña-Piamonte surgía el germen futuro de la nación italiana. Inglaterra se quedó como colonias con todas las conquistas de la época napoleónica.

La lucha contra todas las ideas de nacionalismo, socialismo y revolución se convirtió en el tema principal de los años siguientes. La «santa alianza» que el zar Alejandro había sugerido durante el congreso se hizo realidad: una alianza entre Rusia, Prusia y Austria para asegurar el mantenimiento del viejo orden dinástico. Los siguientes congresos de Aquisgrán (1818), Karlovy Vary (1819), Troppau (1820), Ljubljana (1821) y Verona (1822) cimentaron este sistema. Y, no obstante, los movimientos nacionales y revolucionarios se hicieron cada vez más apasionados en todos estos estados, cuyos problemas habían quedado sin resolver durante el congreso de Viena: Italia, España, Alemania, Grecia y Polonia.

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