Benito Juárez en Estados Unidos

Uno de los hombres más notables de América y tal vez el presidente más ilustre que haya tenido México, el gran Benito Juárez, fue de origen extremadamente humilde y se levantó únicamente por sus propios esfuerzos. En los Estados Unidos pasó dos años, de 1853 a 1855, pero allí no alternó con las figuras sobresalientes de la época, sino que vivió en relativa oscuridad y en situación económica nada desahogada, pendiente siempre de la oportunidad de regresar a su patria. Juárez nació en 1806, cuando México era todavía virreinato español. Cuando su patria se independizó de España, contaba quince años. El éxito de la Revolución Francesa y el ejemplo que habían dado las colonias inglesas al romper los lazos que las ligaban a Inglaterra, estimularon el movimiento independentista del resto de América. Inspirado por esos acontecimientos, Juárez no tardó en destacarse entre el grupo liberal de México. En 1847 era gobernador del estado de Oaxaca y seis años después le sometía a prisión el general Antonio López de Santa Anna, por entonces presidente de la república mexicana y jefe del partido conservador, que favorecía la continuación de la influencia española en el país

Benito Juárez en compañía de su hermana Nela (izquierda) y de su esposa Margarita
Benito Juárez en compañía de su hermana Nela (izquierda) y de su esposa Margarita

Expulsado Juárez de la patria, se dirigió a la ciudad de la Habana y de allí pasó a Nueva Orleáns, sitio donde se habían reunido otros muchos refugiados políticos de México, entre ellos su cuñado y compañero José María Maza. El gobierno había confiscado las propiedades de Juárez en México, y el joven asilado, sin medios de vida, se encontró en una situación muy apremiante en Nueva Orleáns. En una humilde casa de huéspedes compartía un cuarto con otros amigos, y para ganarse la vida trabajaba de tabaquero. De noche cursaba estudios de inglés y de derecho. Nueva Orleáns es una ciudad latina por tradición que data desde la época en que el estado de Luisiana perteneció a España. En la época en que Juárez vivió allí, tenía todo el aspecto de una ciudad europea; al contrario de lo que ocurría en otros centros de los Estados Unidos; abundaban por todas partes los cafés que eran punto de reunión de comerciantes, intelectuales y refugiados políticos procedentes de otras repúblicas americanas. Allí se discutía la situación de sus respectivos países.

El carácter político que revestía la ciudad estaba muy a tono con el temperamento de un hombre como Juárez. Tres años antes, en 1850, la ciudad había acogido con entusiasmo al general Nátéisó López, patriota venezolano que trabajaba por la independencia de Cuba. El general López fue muerto en la Habana, en 1851, pero cuando Juárez llegó a Nueva Orleáns, encontró a la ciudad resueltamente interesada en la libertad americana. La ocasión de luchar por la consolidación de la independencia de su patria se le presentó a Juárez en 1855, año en que el general Juan Álvarez reunió un ejército para combatir contra Santa Anna. Juárez se trasladó a Panamá, de donde embarcó para Acapulco en el vapor chileno Flor de Santiago. Allí lo nombró el general Álvarez su secretario particular. Cuando Santa Anna huyó a Cuba, el general Álvarez se hizo cargo de la presidencia de México con carácter provisional y encomendó a Juárez las carteras de Justicia e Instrucción Pública, nombrándolo, además, negociador eclesiástico.

Fusilamiento de Maximiliano, Miguel Miramón y Tomás Mejía en el Cerro de las Campanas. (Édouard Manet)
Fusilamiento de Maximiliano, Miguel Miramón y Tomás Mejía en el Cerro de las Campanas. (Édouard Manet)

Durante el desempeño de estos cargos, Juárez abolió los tribunales militares y religiosos, y estableció un sistema legal semejante al de Inglaterra y los Estados Unidos. Fue elevado a la primera magistratura del país en 1859, y le tocó en suerte dirigir los destinos de la nación durante un largo período de intranquilidad, que culminó en 1864 con el nombramiento del archiduque Maximiliano de Austria, por Napoleón III, para ocupar el trono de México con el título de emperador, Juárez se negó a reconocer a Maximiliano como jefe del estado mexicano. Los Estados Unidos apoyaron su actitud, y el presidente Lincoln reconoció al ministro nombrado por Juárez como único representante legítimo del gobierno mexicano. Juárez sostuvo una lucha incesante con Maximiliano y los banqueros franceses hasta el derrocamiento del «emperador» en 1867. Don Benito Juárez pasó los últimos días de su vida en relativa quietud, ejerciendo la presidencia del país al cual había guiado con tanto acierto en una de sus épocas más difíciles. A los Estados Unidos no tuvo ocasión de regresar, pero se había llevado una excelente impresión del país; tan así, que al estallar la guerra con Maximiliano, envió a su esposa y a sus hijos a Nueva York, donde murieron los dos menores. Cuando en 1867 salió triunfante de la lucha con Maximiliano, el gobierno de los Estados Unidos colmó de honores a su esposa, honores tan altos como no había rendido a mujer alguna de otra nación. El presidente Andrew Johnson dio en su honor una recepción en la Casa Blanca. El secretario de estado, señor William H. Seward, la obsequió con un banquete oficial e igual cosa hizo el general Ulysses S. Grant, victorioso estratega de la Guerra de Secesión, quien después había de ser electo presidente de la república. Y cuando la señora de Juárez regresó a México, el presidente Johnson puso a sus órdenes un buque de guerra para conducirla a Veracruz.

Aunque Juárez pasó días precarios en los Estados Unidos, no por ello dejó de apreciar el asilo que se le brindó en la época más amarga de su vida, ni la libertad de palabra y de acción que le permitía perseverar en su patriótica obra. Tampoco se desalentó ni un momento durante los años de penuria que pasó en Nueva Orleáns. A propósito, un amigo suyo dice: «Jamás vi caer el desaliento en el alma de don Benito; siempre aparecía entero en las mayores dificultades; su semblante era el mismo en todas las circunstancias.» Don Benito Juárez dejó las huellas de sus ideales y doctrinas marcadas en la vida futura de México, más bien que en la época en la cual vivió. Ya sea porque las circunstancias en aquel período de la historia no fuesen propicias a la adopción de sus principios, es hoy cuando el país está beneficiándose más plenamente de los principios que trató de establecer en su patria. Y es hoy cuando se comprende cuán admirables fueron sus teorías, porque como sucede a menudo con los grandes hombres, sus obras no son bien apreciadas por sus contemporáneos; es a la posteridad a la que toca darles su justo valor. La semilla que él sembró ha tardado en germinar, pero el fruto que de ella ha brotado ha sido más duradero.

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