Arte contemporáneo

Aunque con frecuencia se fija, de forma simbólica, el año l900 como fecha de inicio de la vertiginosa evolución artística que caracteriza al arte moderno debemos entender que ésta comienza treinta años antes, cuando los pintores impresionistas rompen definitivamente con el arte academicista que caracterizó el resto del siglo XIX. Desde 1848, la postura del artista frente a la realidad ya apuntaba hacia un desenlace revolucionario.

Resulta muy significativo para comprender el verdadero alcance de los orígenes del arte contemporáneo observar la íntima relación existente entre los principales focos de vanguardia y las zonas geográficas de máximo desarrollo industrial. Lo que nos obliga a admitir que el movimiento artístico y cultural de este ciclo histórico, no es como en otras épocas un reflejo de la grandeza estatal, ni el órgano intimidador de una idea religiosa, sino un fenómeno social de sinceridad cristalina, que, al desprenderse de todo atavismo, persigue la máxima pureza en sus obras.

Mapa arte contemporáneo en Europa

Mapa arte contemporáneo en Europa

1848: Un nuevo horizonte

Durante la primera mitad del siglo XIX los movimientos revolucionarios que se sucedieron en el mundo occidental anunciaban ya la imparable escalada hacia el liberalismo político y cultural. De igual modo que la nueva concepción de la economía, fundamentada en la industrialización, se desarrollaba con ímpetu arrollador. Pero será la revolución de febrero de 1848 en Francia la que verdaderamente abrirá un nuevo horizonte, al acabar definitivamente con la restauración y prolongar un verdadero espíritu republicano que coincidirá con la publicación del Manifiesto Comunista. Comienza, pues, a partir de este año la definitiva carrera hacia la modernidad.

La arquitectura: eclecticismo y actualización

Las tendencias medievalistas que dominaban las edificaciones en el período romántico desembocarían pronto en un estilo poco definido, en el que orientaciones neorrenacentistas y neobarrocas, caracterizarán las construcciones hasta los años setenta aproximadamente.

Respecto a esta ecléctica arquitectura postromántica cabe citar algunas obras muy significativas, como por ejemplo, en Francia el Teatro de la Opera, obra de Charles Garnier; en Alemania los célebres castillos que mandara edificar el apasionado Ludwig de Baviera y en Estados Unidos los complejos neoclásicos del Capitolio o la Casa Blanca en Washington.

Los últimos treinta anos del siglo XIX se presentan repletos de innovaciones arquitectónicas. La aparición de nuevos materiales como el hierro o el hormigón y la necesidad de una nueva planificación urbanística definirán los proyectos a partir de ahora. Es la época de Gustave Eiffel y sus estructuras metálicas que, como la celebérrima Torre parisina (1889), cambiarían el rumbo de la ingeniería.

Lo mismo ocurriría en Inglaterra con el Palacio de Cristal, de Gilbert Scott (1811-1878), que se convertirá en matriz para las nuevas estaciones de ferrocarril, en todo el mundo. En América, la renovación es aún más vanguardista, y de ello es buena muestra Louis Sullivan (1856-1924), pionero del ascensionismo.

Los principales focos artísticos de vanguardia a fines del siglo XIX se localizan en las zonas de máxima concentración industrial.

Los principales focos artísticos de vanguardia a fines del siglo XIX se localizan en las zonas de máxima concentración industrial.

En España, también se renuevan los conceptos, sobre todo en materia de urbanismo, siendo Barcelona quizá donde se comienza a afirmar la avanzadilla tecnológica más acusada. El famoso plan Cerdá (1858), que cambiaría la estructura urbana de la ciudad Condal, junto con la ordenación de la Puerta del Sol en Madrid (1857) constituyen los hechos más significativos de la nueva arquitectura derivada de la función.

La escultura: alegoría e historicismo

La escultura que se practica a partir de la revolución de 1848, por lo general no se hace eco de los tiempos modernos. Los escultores, tradicionalmente al servicio de la monumentalidad, aparecen más compenetrados con el segundo imperio de Napoleón III.

Del grupo de artistas franceses que se formaron en la escuela romántica de Rude y que trabajaron durante el segundo imperio, es sin duda Auguste Rodin (1840-1917) el más sobresaliente, superando ampliamente a sus condiscípulos Carpeaux (1827-1875) y Jules Dalou (1838-1902) y erigiéndose como el primer escultor de todo el siglo XIX. Son características fundamentales en su obra: su reencuentro con los conceptos de Miguel Angel, a través de la preocupación por la interacción entre la forma y los huecos, y su búsqueda constante de los efectos luminosos. Sus obras maestras, El beso, Los burgueses de Calais, el Pensador y Danaide han servido como elementos de reflexión a la mayoría de las generaciones posteriores.

La pintura en vanguardia

Una postura totalmente diferente caracteriza a la pintura de la segunda mitad del siglo XIX, que a través de las tendencias realista (1848-1870) e impresionista (1871-1900) se planteará su posición como testigo incondicional de su época.

El realismo

El movimiento pictórico realista aparece en Francia como solución de continuidad a la escapada hacia la naturaleza, que ya Corot se había propuesto en el período precedente. Dos circunstancias, además, condicionarían este revolucionario estilo: en el aspecto temático, la conciencia social, y en el aspecto gráfico, la aparición de la fotografía, cuya objetiva reproducción de la realidad descubrió a los pintores un sinfín de errores perceptuales, que a partir de entonces se comienzan a corregir.

Será en Barbizón donde concentrarán su trabajo los dos grandes artistas del realismo francés, Gustave Courbet (1819-1877) y Jean François Millet (1814-1875). Ambos, con un profundo amor hacia la naturaleza, optaron por caminos muy diferentes. El primero, más recio y fiel a unos principios de total disciplina, y Millet, más popular y sencillo, con sus hermosísimas escenas campesinas como el Angelus (1857) o las Espigadoras que con trastan fuertemente con la sobriedad de aquel Bonjour Monsieur Courbet!. Esta obra produjo un gran impacto en su época al presentar la escena con absoluta liberación de aspectos literarios, tan habituales entre los otros artistas contemporáneos que practicaban una pintura narrativa, como Delarroche o Puvis de Chavannes.

El impresionismo

A lo largo de la década de los sesenta, en el siglo XIX, el movimiento pictórico realista había adquirido carta de oficialidad respetado y admirado por los espectadores, y promocionado por los galeristas, que en aquellos tiempos ya se habían constituido como un grupo más dentro de la cadena mercantilista.

Pero el éxodo masivo de los pintores al campo en busca de la verdad en la naturaleza, unido a cierto ambiente de escándalo que ya en 1863 se desató, a raíz de la presentación en público de la Olimpia, de Manet, auguraban fuertes acontecimientos que revolucionarían la pintura a partir de 1871.

Edouard Manet

(1832-1883), pese a ofrecer una pintura demasiado suelta para ser aceptada en los círculos oficiales, fue respetado por la crítica. Sus obras, aunque presentan ya rasgos evidentemente impresionistas al aclarar su paleta -como se observa clarísimamente en el Almuerzo campestre-, no fuerzan los contrastes de color, que en definitiva era lo que más enervaría a los espectadores.

Claude Monet

(1840-1926) expusiera en 1874 su cuadro titulado Impresion, Soleil levant (realizado dos años antes) para que la furia se desatara. Monet es el gran descubridor del color en el natural. Hasta entonces los pintores habían interpretado la luz a través del tono, del claroscuro, sín darse cuenta de que la retina está capacitada para percibir muchas más sensaciones cromáticas de las que el cerebro cree saber. Los impresionistas con Monet a la cabeza se dan cuenta del gran descubrimiento: el contraste entre dos colores complementa rios en el cuadro provoca en la retina una herida tan fuerte como la que en el natural
ofrece la cegadora luminodidad. Trabajando sobre este principio, la temática narrativa ya no tenía sentido. Era, pues, el camino hacia una nueva percepción de la realidad lo que preocupaba al espíritu de Claude Monet.

Pintando velozmente, tratando de estudiar los efectos inmediatos, optó por el sistema de las series: sobre un mismo motivo se ocupaba en varios cuadros al mismo tiempo, saltando de uno a otro, sincronizándose con los cambios luminosos del paisaje. De este modo realizó sus series sobre la Catedral de Rouen, y el Parlamento de Londres, entre otros.

Auguste Renoir

(1841-1919) forma con Monet el tándem de artistas más fieles a los principios del impresionismo. Atraído fueremente por la figura femenina y la alegre vida parisina, relegó a un plano menos importante la pintura de paisaje. Obras como el Moulin de la Galette o Almuerzo en el jardín son, junto a los trabajos de sus últimos años, la evidencia de su constante sentido renovador.

En 1884 se reconoce al fin en los círculos artísticos la nueva forma de pintar, seguramente más por el éxito comercial que por verdadero convencimiento de los críticos. En un ambiente ya to talmente favorable el grupo de Monet, Renoir, Pissarro (1831-1903), Sisley (1840-1899), Degas (1834-1916) y otros más o menos cercanos al sistema, empiezan a desconectarse, orientando sus trayectorias hacia variados derroteros.

Camille Pissarro, fiel a los principios, tratará de influir en todos los artistas con que contacta para llevarlos al camino del color. Edgar Degas, por su parte, continuará apoyándose en sus dotes de excelente dibujante pero totalmente renovado tras el contacto con las teorías de Monet, y el inglés Sisley procurará no tentar por la evolución. El impresionismo como escuela ha desaparecido, pero sus componentes seguirán leales a las doctrinas que les unieron.

Pero también debemos tener presentes a otros artistas independientes que, admiradores del grupo de Monet, desarrollaron diferentes conceptos básicos estéticos de gran interés para el futu ro arte del siglo XX.

Paul Cézanne

(1839-1906) quien, gracias a Pissarro, pudo abrir sus ojos al color a partir de 1867. No se interesa por los efectos fugaces, sino que le preocupan fundamentalmente la formas. Su obra será el punto de partida para el cubismo.

Henri de Toulouse Lautrec

(1864-1901) empleando la técnica irnpresionista nos aproxima al art nouveau y las ideas de los nabis.

Paul Gaugin

(1848-1903) perfecto conocedor del lenguaje cromático, gracias a su contacto con los impresionistas, busca la síntesis, llegando a un producto plano, de exótico colorido y simbólico contenido.

Vincent van Gogh

(1853-1890) aunque holandés está muy cerca del nuevo espiritu pictórico. Su torpeza en el dibujo la supera mediante una genial armonización de la forma y un sobrecogedor concepto del color, que le conceden el título de padre del expresionismo.

No cabe duda de que el impresionismo, es un fenómeno pictórico surgido y desarrollado en Francia. No obstante, artistas de otras nacionalidades, descubrirían que ese lenguaje cromático no sólo servía perfectamente a sus inquietudes plásticas sino que se podía enarbolar en aras del progreso.

Dentro del disperso conjunto de artistas, que trabajaron fuera de Francia, y que presentan rasgos evidentemente impresionistas citaremos de Italia a Giovanni Segantini (1858-1899), que tanto influiría en el movimiento futurista; a los españoles Aureliano de Beruete (1845-1812) que luchó en solitario contra el historicismo que se practicaba; el asturiano proscrito Darío de Regoyos (1857-1913) y el tardío Joaquín Sorolla (1863-1923). Y por último, en Estados Unidos James Mac Whistler (1834-1903) que, tras probar diferentes estilos, se acomodó perfectamente al sistema francés.

El neoimpresionismo

Después del reconocimiento oficial del impresionismo en 1884 la carrera hacia el polo opuesto del realismo objetivo era un hecho imparable. En este mismo año una importante muestra en París sobre arte japonés descubre a los inquietos jóvenes artistas un nuevo mundo de fantasía. También los estudios del químico Chevreul sobre las teorías del color estimulan la reflexión, en base al desarrollo científico de escalas armónicas y espectrales aplicables en la construcción de los cuadros.

En este ambiente es donde se forma la Societé des Artistes Independants, que, presidida por André Bretón, sería hasta la Primera Guerra Mundial el foco vanguardista más compacto del pa norama mundial. Surge, pues, esta sociedad planteada a través de dos finalidades clarísimas: en primer lugar, buscar un sistematizado empleo del color y, en segundo lugar, para potenciar los valores internos del cuadro, mediante una temática algo más comprometida que la inocua de los impresionistas.

Los personajes que inicialmente compusieron este equipo de vanguardia son tres: George Seurat (1859-1891), profundo estudioso del color, fue el creador del sistema puntillista o mejor llamado divisionista, que persigue la matización del color no a través de mezclas en la paleta, sino mediante la posibilidad de neutralizar más o menos las sensaciones cromáticas elementales con la aplicación de pinceladas puntuales de colores complementarios.

Paul Signac

(1863-1935), de igual forma que Seurat, practicó el método divisionista en sus paisajes y complejas composiciones. El tercer artista.

Odilón Redón

(1840-1916), es quizá el más sorprendente en lo que a la temática se refiere. Su obra, profundamentamente imaginativa, trasciende a la mera impresión de la realidad, ya que es el mundo onírico el que persigue Odilón Redón, constituyéndose en un auténtico anticipo del surrealismo.

La transición al siglo XX

No todos los pioneros de la vanguardia artística que en el ultimo tercio del siglo prepararon el sendero del arte contemporáneo sobrevivieron por desgracia al cambio de centuria; sin embargo, su huella permanecerá imborrable a través de las siguientes generaciones. Entre los que lograron sobrepasar con amplitud el siglo XX, existen cuatro pintores que constituyen el grupo de magníficos representantes de lo que podemos llamar el arte de transición: el espectral James Ensor (1860-1949), belga; el monumental Ferdinand Hodler (1853-1918), suizo; el obsesivo noruego Edvard Munch (1863-1944), y el candoroso Henri Rosseau (1844-1910), francés. Entre los cuatro sentaron las opciones constantes que depuraron la temática moderna en el arte figurativo.

Pero la transición también estuvo marcada por un nuevo movimiento de alcance internacional, que si bien se origina en el terreno de las artes aplicadas pronto implicaría a un sinfín de artistas de todo género. Hablamos naturalmente del arte nuevo, que según los países recibiría diferentes acepciones.

Arquitectura contemporánea

Desde que a finales del siglo XIX, las necesidades vitales se complicaron ante el dinámico avance industrial, nuevos materiales se desarrollaron para ser aplicados en las construcciones arquitectónicas. Además, el estilo irá fluctuando de la línea recta a la curva.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la línea curva se impone en a mayoría de los edificios más avanzados. Pero será a partir de 1968 cuando las nuevas tecnologías aplicadas al diseño arquitecónico harán sucumbir el concepto de arquitecto-artista para ser sustituido por el de arquitecto-diseñador.

El arte nuevo

A menudo se identifica al arte nuevo como un estilo estrictamente decorativo, y esto no es demasiado exacto. Ciertamente, cuando en Inglaterra William Morris, padre del diseño moderno, empieza a desarrollar su Modern Style, las doctrinas parecen orientar al movimiento a un exclusivo fin funcional-ornamental; sin embargo, el alcance de este novedoso concepto desbordó todo lo imaginable, ya que no sólo se sumaron los jóvenes decoradores e ilustradores de revistas, sino también importantes arquitectos y escultores, planteándose un fin común: llevar el arte a lo cotitiano.

Especial importancia tiene la arquitectura que entronca en este estilo. Dos figuras preponderantes deben centrar nuestra atención, por un lado el belga Victor Horta, que crea el modelo estilístico a través de su casa de la Rue de Turin en Bruselas, y Antonio Gaudí (1852-1926), promotor del modernismo catalán y autor de la inacabada Sagrada Familia, de Barcelona.

La arquitectura en la transición del siglo sigue las doctrinas del arte nuevo. El inacabado templo de La Sagrada Familia en Barcelona, obra de Antonio Gaudí, ilustra perfectamente el orden constructivo a finales del siglo XIX.

La arquitectura en la transición del siglo sigue las doctrinas del arte nuevo. El inacabado templo de La Sagrada Familia en Barcelona, obra de Antonio Gaudí, ilustra perfectamente el orden constructivo a finales del siglo XIX.

Las artes gráficas, esto es el cartelismo y la ilustración, tuvieron también un primordial protagonismo en este período, ya que era a través de las publicaciones y afiches como los defensores del nuevo arte intentaban difundir sus experimentos estéticos al gran público.

Representando a esta actividad, conviene tener presentes a dibujantes tan excepcionales como Thomas Theodor Heine (1867-1948), ilustrador de la revista Simplizissimus (una de las afirmadas por la Jugenstil alemana); Gustav Klimt (1862-1918), artista profundamente simbólico y líder de la Secesson austríaca; Aubrey Beardsley (1872-1898), como ilustrador del Modern Style británico, y, por supuesto, Ramón Casas (1866-1932), infalible dibujante catalán. La postura que más influencia provocaría posteriormente en el terreno de las artes plásticas será el fuerte simbolismo del grupo de pintores nabis fieles a la legendaria frase de Maurice Denis: Darse cuenta de que una pintura antes de ser una mujer desnuda, un caballo de guerra o cualquier otra cosa, es una superficie plana, cubierta de colores dispuestos con un orden determinado…

El fecundo período inicial

Parece increíble que en un ciclo tan corto, como el que se extiende desde 1900 hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial, hayan surgido tal cantidad de soluciones artísticas, si lo compara mos con períodos de tiempo similares en otras épocas históricas.

La razón de esta desbordante creatividad no la debemos buscar únicamente en el vertiginoso ritmo de los nuevos tiempos, sino que hay que juzgarla como la maduración de las semillas que cultivaron los padres del arte moderno: la rebelión contra el academicismo y la búsqueda sincera de la esencia de la realidad.

Será este primer período fundamentalmente pictórico, aunque a lo largo del siglo XX una estrecha relación entre todas las artes definirá los procesos evolutivos. En 1905, con Pablo Picasso (1881-1973) ya instalado en París, se producirán las primeras rupturas con aquel arte nuevo, tan atractivo y decorativo, que lideraban los simbolistas nabis, y demás pléyade de ilustradores y decoradores.

Esta ruptura, protagonizada por Henri Matisse (1869-1954) que retomaría los conceptos cromáticos del neoimpresionismo, exagerando el color al máximo, tendrá como resultado ese fiero estilo de pintura conocido como fauvismo. Aquel estallido de color, en el que también participó de forma intensa André Dérain (1880-1954), pronto empezó a ocuparse del aspecto formal sobre todo a raíz del impresionante efecto que el arte negro africano produjo en Matisse a partir de 1906.

Este mismo año, en Dresde, otro emprendedor grupo de arstas constituyen la Die Brücke -entre ellos Kirchner (1880-1938) y Emil Nolde (1867-1956)- con un profundo afán por la búsqueda de la expresión más auténtica mediante los medios plásticos. Tomando a Edvard Munch (1863-1944) como ídolo en el tratamiento temático y a Van Gogh en su dramática concepción del color y la materia, estos expresionistas alemanes alcanzarían en 1907 la máxima fuerza en la intensidad cromática.

Pero aquel año de 1907 tiene otra significación más excepional gracias al famoso cuadro las Señorítas de Avignon que Picasso concluye tras profundos estudios sobre el análisis de la forma. A partir de aquí el mundo de la plástica gira radicalmente ante el singular concepto picassiano. Ha nacido el cubismo y con él la ruptura definitiva con la interpretación naturalista. Ahora se pretende suprimir todo nexo de unión con la percepción impresionista o expresionista que practican sus contemporáneos, ofreciendo una información más completa de la realidad, explicando en las obras las imágenes a través de varios puntos de vista.

Derivaciones del cubismo

El invento de Picasso resultó tan tentador que casi todos los artistas se sintieron atraídos a experimentar con él. Pronto surgieron derivaciones del estilo. En 1910 surge en Italia el futurismo, que, fuertemente ligado al estilo de Picasso, se orientaría hacia una epresentación de la dinámica.

Pero también tuvo el cubismo de Picasso y George Braque (1882-1963) un sorprendente eco en los terrenos arquitectónicos y escultóricos. En la arquitectura el fenómeno cubista se hizo notar, ya que las construcciones que a partir de 1910 se proyectan, fundamentalmente en Europa, van adoptando una concepción cúbica de cuidada proporción.

Ese afán que movía a los arquitectos hacia la creación de obras más armónicas y proporcionales será durante los años siguientes obsesión generalizada en todas las manifestaciones del arte.

Pintores alemanes

Con la aparición en 1911 de la Sección d’Or grupo de pintores formado, entre otros, por Francis Picabia (1819-1953), se afirma esta tendencia que persigue la armonía a toda costa. Pero será con la nueva formación alemana Der blaue Reiter, de Kandinsky (1866-1944) y Jawlensky (1864-1941) cuando aparecerán los nombres de Paul Klee (1879-1940), Franz Marc (1880-1916) y August Macke (1887-1914) y las consecuencias de esa nueva inquietud armónica se sublimarán hasta llegar a las primeras soluciones abstractas.

Por otra parte, conviene tener presente el estado en que en estos últimos años previos a la Primera Guerra Mundial, se encontraban lo dos estilos supervivientes a Der blaue Reiter. En Alemania, los componentes de la Die Brücke habían optado por una cierta estilización en su expresionismo, y cuya más clara ilustración es la obra de Ernst Ludwig Kirchner, Mujer mirándose al espejo (1912).

El cubismo

El cubismo, por otra parte, incorporó como innovación los papiers collés, así como simplificó aquel concepto analítico, aumentando la definición del objeto y ampliando el protagonismo del co lor. Es la llamada fase del cubismo sintético, a la que se sumó el español Juan Gris (1887-1927) que lo practicaría con magníficos resultados hasta su muerte.

Con el estallido del conflicto bélico en agosto de 1914, la vida artística se interrumpe, los protagonistas de la vanguardia son movilizados, y un espíritu de tristeza invade a la actividad cultural. Picasso se encuentra en una absoluta soledad y el grupo de Kandinsky, Der blaue Reiter, se ha disgregado. Un único movimiento artístico subsiste, el futurismo de Boccioni, aunque sus fines han dejado de ser puramente artísticos para convertirse en un estandarte al servicio de la política.

El arte entre las dos guerras: la Bauhaus

Durante los cinco tristes años que duró la Primera Guerra Mundial el programa artístico se mantuvo en Europa bajo una sombría espiritualidad, que aparece representada a través de tres hechos muy significativos: la vuelta de Piccaso al naturalismo, la atracción hacia el absurdo y la metafísica, y, como contraposición, nacimiento del constructivismo holandés a través del grupo De Stijl.

Pero este turbulento tiempo que se abatió sobre Europa también fue propicio para que surgieran dos concepciones de la realidad ciertamente unidas entre sí: por un lado, el movimiento dadaísta, que encabezarían Marcel Duchamp (1887-1968) y Francis Picabia. Y, por otro, la pintura metafísica, de Giorgio de Chirico (1888-1978), Morandi (1890-1964) y Carrá (1881-1966), que tanto atrajo a los ojos del poético Marc Chagall.

Innovaciones holandesas

En absoluta oposición a la locura dadaísta, aparece en Holanda De Stijl en 1917, con una filosofía del arte que persigue desprenderse de todo cuanto pueda enturbiar la verdadera imagen interior de la realidad, empleando para ello la mínima cantidad de elementos gráficos.

Entre los más comprometidos artistas que asumieron el lenguaje de De Stijl debemos citar a Piet Mondrian (1872-1944) y Theo van Doesburg en pintura; Jean Wills y Robert van’t Hoff en arquitectura y George Vantongerloo en escultura.

Un centro de investigaciones artísticas

El año 1918 finaliza la guerra y un horizonte de esperanza se fija en los ojos de los artistas, el dadaísmo en plena ebullición se concentra en Colonia, alistándose en sus filas hombres como Max Ernst (1891-1976), Duchamp o Picabia. En escultura, Brancusi realiza su Columna sin fin. Y en arquitectura dos artistas fundamentales maduran sus conceptos: Le Corbusier (que creaba en Francia proyectos para viviendas a base de sencillos módulos) y Walter Gropius (que fijaría los estatutos, en Alemania, que habrían de regir la Bauhaus).

Walter Gropius. Edificio de la Bauhaus en Weimar (1926). El orden y el equilibrio, heredado sin duda del concepto cúbico de Picasso, aparece reflejado en las construcciones más vanguardistas a partir de la década de los veinte.

Walter Gropius. Edificio de la Bauhaus en Weimar (1926). El orden y el equilibrio, heredado sin duda del concepto cúbico de Picasso, aparece reflejado en las construcciones más vanguardistas a partir de la década de los veinte.

La Bauhaus es la escuela de arte que en 1919, en Weimar, fundará Walter Gropius con un fin muy claro: servir como centro de investigaciones artísticas y como instituto para la formación de nuevas generaciones. En este magno esfuerzo colaboraron la flor y nata del arte centroeuropeo: Lyonel Fieninger (el cubista alemán), Paul Klee, que se incorporó en 1922, Johannes Ihen y Wasilly Kandisky (1866-1944), sin duda el investigador nato.

La Bauhaus se proponía esforzarse en la enseñanza del oficio artístico con todas sus consecuencias, ya que no sólo se empleaban en fomentar el aspecto conceptual del arte, sino que se atendía de una forma primordial al estudio de los materiales artísticos.

Mientras la Bauhaus fue elevando su categoría y prestigio, otros acontecimientos importantes se van desenvolviendo a lo largo de este espacio cronológico que separa las dos guerras mundiales. Veamos los más significativos. En pintura se produce el fin del cubismo sintético, alrededor de 1921, al orientar
Picasso sus inquietudes hacia una representación intensamente clásica. Es también el tiempo en que surgen los grandes muralistas mejicanos, divulgadores de la nueva técnica con pintura acrílica, Orozco y Rivera, con manifiesto sentimiento social.

En 1924 y por vía del pintor Max Beckman, se origina el movimiento surrealista como prolongación inequívoca del espíritu dadaísta y metafísico. Entre otras características, este modo de vivir que es el surrealismo, tan alentado por André Bretón, persigue ante todo la pintura automática (es decir, la que surge directamente del subconsciente). Pero también indaga la interpretación del mundo de los sueños.
Ives Tanguy (1900-1955), René Magritte (1898-1967), Salvador Dalí (1904),

Joan Miró (1893-1983) y Max Ernst constituyen el grupo inicial que defendía este nuevo arte.

Desarrollo de la arquitectura y la escultura

En otras actividades artísticas, como la arquitectura, también se están produciendo cambios. Por un lado, la conclusión de Le Corbusier acerca de la vivienda como una máquina para habitar, valorando más la planta del edificio y su ordenación interior que la fachada. Y, por otro, la asombrosa utilización del hormigón armado, que tuvo especial importancia en la Iglesia de Nôtre Da me du Raincy (1923) que concibiera Auguste Perret como un amplísimo espacio interior.

En el terreno escultórico es donde pervive la huella del cubismo. Antoine Pevsner y Naum Gabo presentan su manifiesto constructivista en 1920. Brancusi se traslada a Nueva York, en 1926, exportando sus trabajos cubistas. Picasso y Julio González empiezan a desarrollar su pasión por el hierro a través de una profunda preocupación espacial. Por último, también ya en los primeros años de la década de los treinta, un nuevo concepto escultórico aparece en la escena: los famosos móviles de Alexander Calder (1898-1976).

Es indudable que los tiempos están cambiando, la amenaza de una nueva guerra ronda en el ambiente ya en 1933. La Alemania del tercer Reich ataca a la vanguardia y, en consecuencia, la Bauhaus desaparece. Picasso, por el contrario, más creador que nunca, aborda un nuevo tema: el mundo de los toros. En esta clave interpretativa debemos contemplar una de sus obras capitales: el Guernica (1937).

América: la tierra prometida

Si como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, la disgregación de los grupos de vanguardia fue un hecho de especiales consecuencias, ahora la Segunda Guerra Mundial será la causa del cambio de capitalidad del arte mundial.

Entre 1939 y 1945 la guerra desoló Europa una vez más, y como una secuencia que se repite, Picasso se encuentra en la más absoluta soledad, ya que su arraigado espíritu europeo le impide seguir el camino a Estados Unidos. Allí marcharon los surrealistas y por supuesto los integrantes de la Bauhaus. Sin embargo, con una clara intención de desprenderse de cualquier vínculo con Europa surgieron, por un lado, la Action Painting, de Jackson Pollock (1845-1937) y Wolls, en 1947 y, por otro, el violento romanticismo de Willliem Kooning (1904) y Mark Rotko.

La escultura, sin embargo, parece haber encontrado un cauce más equilibrado a través de tres renovadores poetas de la imagen en Europa: Henri Moore (1898), Alberto Giacometti (1901-1966) y Marino Marini (1901-1980), que persiguieron una fuerte interacción entre sus estilizadas figuras humanas y el entorno natural.

A través de los proyectos arquitectónicos que se elevan en estos años también observamos esa dulcificación que tanto contrasta con los movimientos pictóricos: la línea curva suaviza las fachadas de los edificios de Frank Lloyd Wright, en Estados Unidos.

Dibujo de Roy Liechtenstein que reproduce un cuadro futurista de Carlo Cavra.

Dibujo de Roy Liechtenstein que reproduce un cuadro futurista de Carlo Cavra.

Los últimos rescoldos del apasionado y terrible arte pictórico de la postguerra se mantendrán encendidos hasta 1960. A partir de entonces un nuevo planteamiento, orientado hacia el contacto con una realidad más tangible, se alzará por encima de ese macabro resentimiento que aún en nuestros días subsiste anclado en el recuerdo de la guerra.

1960: Hacia un nuevo realismo

La necesidad de objetivar la plástica es la característica que definiría el arte a partir de los años sesenta. En esta década, y en el plano de las artes plásticas podemos sintetizar las tendencias a través de tres estilos. El primero de estos estilos es el denominado pintura lineal y cuyo promotor es el americano Morris Louis. El estilo que presenta este artista hereda la pasión por la línea que, durante el arte nuevo, apasionaba a los decorativos artistas europeos.

El segundo estilo es el arte pop. Se aceptó rápidamente (entre 1958 y 1962) y rechaza todo interiorismo al reflejar el mundo consumista que caracterizaba la sociedad americana en esos años. A través de este arte la realidad más popular invade las obras de artistas como Liechtenstein (1923), Tom Wesselmann (1931), Jasper Jons (1930), Andy Warhol (1927-1987) y Robert Rauschemberg (1925).

La tercera tendencia es el optical art también conocido como op-art. A partir de 1964, un grupo de pintores encabezados por Víctor Vasarely (1908), Josef Alberts (1888-1976) y Max Bill (1908) afrontarán de lleno el misterioso mundo de la percepción visual, a través de cinéticas imágenes.

El reencuentro con la realidad a través de estas tres orientaciones se amplía con la presencia activa de otros artistas de inspiración más figurativa como son el estadounidense Ronald B. (1932), el francés Balthus (1912) y el británico Francis Bacon (1910).

La escultura de los sesenta sigue el rastro que los pintores van imponiendo. Así, por ejemplo, cabe mencionar las obras lineales que Norbet Knicke y Brigitte Meyer realizaron en Alemania a partir de 1961, o las escultopinturas pop de Robert Rauschemberg.

Nuevos rumbos

Precisamente sería este año de 1968 cuando el arte adoptaría un rumbo nuevo, al sensibilizarse al máximo con la rebelión estudiantil que en el mes de mayo estallaría en Francia y contra la cruel contienda que se libraba en Vietnam. Pero la expectativa idealista que en aquellos días movilizó al mundo intelectual pronto se tornó en escepticismo, lo que desembocó en la definitiva ruptura con todo lo establecido. Basta observar las cuatro tendencias que surgieron a raíz de dicha ruptura. El land-art apostaba por utilizar como soporte la misma naturaleza, a través de largas líneas pintadas en la tierra o ciertas excavaciones con las que se creaban modificaciones en el paisaje. El Happening -derivado de la action paintingy que entiende que la obra de arte no existía nada más que durante el momento de su ejecución. El arte povera, que aborrece todo lo que sean materiales nobles encontrando en los desperdicios, basuras y demás objetos en desuso, un atractivo especial para componer sus trabajos. Y por último, el conceptualismo para el que la obra de arte no existe en sí misma, sino que se forma en el momento de ser concebida por el espectador.

Estas cuatro formas de actuación a las que aún habría que añadir las perfomances, evidencian que en el arte de vanguardia partir de 1969 y hasta que surgen a mediados de los setenta los llamados mass media (manipuladores del arte al servicio del mercado), no se puede hacer distinción entre pintura y escultura.

1970-1987: Del hiperrealismo a la postmodernidad

Un rumbo bastante diferente adoptará la arquitectura a partir el mayo francés ya que, aquel mismo año, las nuevas tecnologías inician un vertiginoso avance. La aplicación de nuevas técnicas en las edificaciones constituyó una verdadera renovación, al presentarse en la Exposición Universal de Osaka (1970) una amplísima muestra de métodos constructivos entre los que destacaban las estructuras de plástico que exponía la firma Fuji de Japón.

El arte pictórico de vanguardia, que momentáneamente dejó de existir a partir de 1969, pronto encontró el cauce perdido, volviendo a retomar los soportes tradicionales por la imposición de los profesionales del comercio artístico.

Este regreso a la tela y a los colores tradicionales comienza ya en 1972, cuando en la Bienal de París se presenta al público europeo el arte hiperrealista. Su promotor, el pintor norteamericano Malcom Morley, perseguía ya en 1966 volver al buen hacer basado en el virtuosismo técnico, pero lo que en realidad consiguió fue derivar su idea inicial hacia un vulgar fotorrealismo. Entre los practicantes que se hicieron más famosos a través de este débil estilo destacaremos a John Salt (1937) y Chuck Close (1940).

Una calidad mucho más profunda ofrece el llamado realismo mágico o simplemente realismo, que también aparece por estas fechas. El iniciador fue el norteamericano Andrew Wyeth (1917), que ya en 1948 fue capaz de pintar un cuadro como El mundo de Cristina, cargado de mágica sensibilidad. El español Antonio López García (1936), partiendo del concepto de Wyeth, pronto des arrolló un estilo propio, cargado de simbolismos y, en cierto modo, próximo al surrealismo.

A partir de 1979, el control de los mass media, cuyo centro de operaciones se localiza en Nueva York, se hace evidente a través de las numerosas ofertas de temporada, que desde ese momento y hasta nuestros días surgen de esos grandes almacenes del arte actual.

Las tendencias de los ochenta, como neoconceptualismo, posmodemismo, neogeo, escultura/producto comercial, nueva abstracción, simulación o it, ofrecen un denominador común: el diseño. Hoy el arte se diseña. No surge, pues, de una fortuita y exaltada inspiración, sino que se produce para que su impacto sea efectivo.

El más claro exponente de esto lo tenemos en la trayectoria del postmodernismo que, surgido en Italia alrededor de 1982 en el terreno de la arquitectura, pronto ha invadido todos los programas culturales incluida la moda, gracias a una notable infraestructura basada en el diseño, como fuente de innovación.

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