Arte barroco

Con el término Barroco se designa al movimiento artístico que desde finales del siglo XVI consigue romper con el estilo ordenado y clasicista que el Renacimiento italiano había logrado imponer en el mundo europeo.

A primera vista, el Barroco es un estilo confuso y suntuoso que busca el efecto armónico a través del impacto producido por los contrastes entre los distintos elementos que componen las obras arquitectónicas, escultóricas y pictóricas.

Sin embargo, el Barroco también es algo más, ya que constituye la manifestación artística de la sociedad del siglo XVII, marcada por una profunda lucha religiosa. Por ello, una correcta comprensión del arte de este siglo implica la distinción de dos tendencias muy bien diferenciadas: El Barroco protestante y el Barroco trentista o contrarreformista.

Entre estas dos corrientes artísticas y un poco al margen de ambas, el estilo francés, que se alzaría pletórico de esplendor durante el reinado del absolutista Luis XIV, el Rey Sol.

Mapa de Europa. Territorios protestantes y territorios contrarreformistas

Mapa de Europa. Territorios protestantes y territorios contrarreformistas

El Barroco contrarreformista

El siglo XVII se presenta marcado por una fuerte contradicción entre los grandes avances intelectuales y la regresión religiosa que, a raíz del Concilio de Trento, asumieron las monarquías absolutistas europeas. Surge este nuevo estilo como una manifestación oficial del arte contrarreformista, y lo hace en Italia al tomar el relevo de las corrientes manieristas que cubrían el panorama de los últimos años del siglo XVI.

El arte barroco, con sus formas retorcidas y su arquitectura profusamente articulada se anticipó ya con la figura de Miguel Angel, aunque un elemento fundamental diferencia a aquél de los ar tistas barrocos: el exacerbado anticlasicismo de éstos.

Giacomo Barozzi da Vignola creó con su iglesia Il Gesú, de Roma (comenzada en 1568) el prototipo de templo barroco de la contrarreforma. Ofrecemos su alzado -en sección- y su planta.

Giacomo Barozzi da Vignola creó con su iglesia Il Gesú, de Roma (comenzada en 1568) el prototipo de templo barroco de la contrarreforma. Ofrecemos su alzado -en sección- y su planta.

Italia, el núcleo originario

El estilo barroco tiene sus primeras manifestaciones en la arquitectura italiana de finales del siglo XVI, siendo Miguel Angel y Vignola -el célebre teórico del arte constructivo- los que em piezan a romper la fría ordenación clasicista de los edificios. Y es precisamente Vignola quien, con su templo de Gesú en Roma, crea el prototipo de iglesia barroca que los jesuitas extenderían por todo el orbe católico.

Pronto la suntuosidad ornamental ocultará las líneas constructivas de los edificios, se eliminarán las formas geométricas lineales, tan arraigadas durante el Renacimiento, estableciéndose una nueva concepción de la forma, en íntima interacción con el espacio vacío circundante, con un concepto continuador de aquella relación establecida por Miguel Angel entre lo sólido y lo vano. Todo ello crea un marco escenográfico en el que la dinámica escultura barroca se moverá como una prolongación más del concepto monumental. Este último aspecto determina, evidente mente, que la escultura barroca se subordine a la arquitectura.

Giovanni Lorenzo Bernini
(1598-1680) es el artista barroco italiano por excelencia. Su magnífica preparación en el terreno escultórico y arquitectónico le permitieron organizar en sus obras esa característica simbiosis tan peculiar del Barroco. Autor del baldaquino de San Pedro, cuenta entre sus diseños arquitectónicos con la célebre columnata de San Pedro, probablemente su obra más sobresaliente.
Como escultor, se deben distinguir en su creación dos períodos claramente diferenciados. Una primera etapa juvenil decorativa a la que corresponde el grupo mitológico de Apolo y Dafne, y su período de madurez en el que el dominio técnico llegó al punto culminante con el Éxtasis de Santa Teresa, verdadero estudio de combinación de varios procedimientos escultóricos para potenciar un profundo expresionismo.

Francisco Borromini
(1599-1667) forma, junto a Bernini y Pietro de Cortona (1596-1669) -autor de interesantísimos efectos lumínicos en las fachadas de sus edificios- el trío fundamental del arte arquitectónico barroco en la Italia del siglo XVI. Borromini también se siente atraído por la creación de fuertes contrastes de luz en las superficies murales exteriores e interiores de sus obras, jugando para ello con una extraordinaria concepción volumétrica de las masas que no sólo aplicará en el aspecto ornamental sino también en el estructural.

La pintura barroca en Italia

Si bien el panorama pictórico barroco aparece menos unificado que la arquitectura de este estilo, no cabe duda que el aspecto iconográfico era un órgano más al servicio de la Iglesia católica.

Las escenas sobre vidas de santos y secuencias del martirologio se alternan con los temas que más podían herir la susceptibilidad de los protestantes, como lo eran los referentes a la Inmaculada Concepción o la exaltación de la Eucaristía. El desnudo, que tanta importancia tuvo en la escuela veneciana del siglo XVI desaparece prácticamente, pudiendo, en raras ocasiones, encubrirse su utilización en favor de temas mitológicos que no siempre fueron aceptados por la
Inquisición.

Pero la pintura barroca italiana cuenta también con nuevo soporte iconográfico de especial interés en la evolución del arte pictórico: el nacimiento de los grandes paisajistas afincados en Roma como los franceses:
Nicolás Poussin (1593-1665) y Claudio de Lorena (1600-1682)
Ambos estaban enamorados de la luz meridional y de los elementos arquitectónicos clásicos que procuraban incluir siempre en sus obras; sin embargo, sus pinturas no se realizaban aún al aire libre, sino en el taller y partiendo de apuntes y estudios del natural, por lo que muchas veces se nos presentan de una teatralidad exagerada.

En cualquier caso, el Barroco pictórico se inicia en Italia con una nueva ordenación del cuadro, que se debe, sin duda alguna, a la labor de un gran artista Caravaggio.

Michelangelo Merisi, el Caravaggio
(1573-1610) rompe por fin toda relación con el trabajo manierista al plantearse la obra pictórica bajo el concepto de mancha; esto es, la pintura ya no tiene por qué apoyarse en el dibujo minucioso y lineal que dominaba el arte renacentista, sino que serán los bloques de luz y sombra los que construyan las imágenes.

Naturalmente esto no significa que constructivamente los cuadros de Caravaggio sean defectuosos, sino todo lo contrario, la concepción de las imágenes, no pensando en su contorno propio sino en la forma de sus sombras, permite solucionar simultáneamente el volumen y la forma.

A partir de entonces los pintores caravaggistas entenderán que cuanto más fuerte sea el contraste tonal (claroscuro), más reales serán los efectos luminosos. No cabe duda que estas primeras obras muy contrastadas tonalmente, como por ejemplo la Crucifixión de San Pedro, la Caída de San Pablo o el extraordinario estudio de la Canasta de frutas, debieron producir un impacto muy fuerte entre los espectadores del siglo XVI.

El Barroco español

Con la muerte de Felipe II (1598) la hegemonía española, poseedora del vastísimo imperio heredado de Carlos I de España y V de Alemania, empezará su caótico proceso de desmembración, que, a raíz de la Guerra religiosa de los Treinta Años (1618-1648), culminará bajo la monarquía de Felipe IV (1621-1665) con la pérdida de los Países Bajos, así como el Rosellón y la Cerdaña.

Ante un marco tan decadente, en el que la pobreza se había adueñado del territorio hispánico, muy bien pudiera pensarse que el arte del siglo XVI iniciaría una inevitable caída a lo largo del período barroco. Sin embargo, contra todo pronóstico, podemos afirmar que el arte español del siglo XVII es, sin lugar a dudas, uno de los más deslumbrantes y fecundos de toda la historia. Las cau sas, probablemente se encuentran en la confluencia de las circunstancias caóticas, que el pueblo español asumió refugiándose en su religiosidad.

Arquitectura española

La arquitectura española que se produce hasta bien avanzada la primera mitad del siglo XVIII es fiel continuadora del espíritu escurialense de Juan de Herrera. Sin embargo, la influencia de los modelos jesuíticos importados de Italia también se hace patente en algunos elementos constructivos de los templos como por ejemplo el empleo de la cúpula en el crucero. No obstante, son las típicas plantas renacentistas y las torres piramidales lo nás característico de esta etapa. Estos rasgos se observan en los edificios castellanos que trazara Juan Gómez de Mora: el Ayuntamiento, el Convento de la Encarnación y la Plaza Mayor de Madrid. En Andalucía, sin embargo, parece gestarse una nueva tendencia más ornamentada que protagonizaría Alonso Cano cuando construyó la fachada de la catedral de Granada, y que nos introd uce ya en el período más característico de la arquitectura barroca española. En esta etapa sobresalen dos artistas: Pedro de Ribera (muerto en 1742) y el celebérrimo Juan de Churriguera (1665-1725), quien daría nombre al estilo. Mucho más aparatoso es este nuevo sistema, en el que un evidente sentido escenográfico se adueña de las construcciones, como es patente al observar la fachada del antiguo Hospicio de Madrid, hoy Museo Municipal, de Pedro de Ribera, la Portada del Obradoiro de la catedral compostelana, obra de Fernando Casas Novoa, o el transparente de la catedral de Toledo, de Narciso Tomé.

Este barroco churrigueresco acabará con el siglo XVII, ya que durante el XVIII las tendencias italianas y sobre todo francesas invadieron el territorio español con grandes palacios.

La imaginería del siglo XVII

El arte escultórico en España durante el siglo XVII llegará a su cota más alta en lo que a materia religiosa se refiere. Ya no podenos hablar solamente de connotaciones místicas y ascéticas de las imágenes producidas en este período, sino de una verdadera labor para soliviantar la religiosidad del pueblo en aras de una idolatría sin precedentes.

En el siglo que nos ocupa, los grandes imagineros reparten su trabajo a través de varios centros o escuelas que pasamos a mencionar:
Valladolid
Es el núcleo más importante en la creación de talleres policromados. Gregorio Fernández (1576-1636) es la figura clave de esta escuela. Su obra, ligada a la tradición italiana, se caracteriza por el agobiante hiperrealismo y el recreo en todo lo que signifique expresiones angustiosas y patéticas. Sus Cristos yacentes son las obras más típicas del escultor afincado en Valladolid.

Madrid
El otro foco de producción de imágenes, en Castilla, es Madrid. Influida por la tremenda fuerza de Gregorio Fernández y también de la escuela andaluza, Madrid cuenta con la labor del portugués Manuel Pereira (muerto en 1667), autor del San Bruno de la Academia de San Fernando, así como con las obras del retablo de los Calatravas, de José de Churriguera.

Sevilla
Imágenes con profusa ornamentación de joyería, ricos tejidos y abundantes elementos postizos, caracterizan el trabajo de la escuela sevillana. Juan Martínez Montañés (1568-1649), autor del Cristo de la Clemencia, modifica en muchos ca sos la iconografía tradicional en función de agradar más a la feligresía. Juan de Mora (1583-1627), fiel continuador de la obra de Montañés, es un gran virtuoso en describir el patetismo en rostro y manos. Son muy significativos sus Crucifijos, como el de la Buena muerte.

Granada
La escuela granadina parece querer alejarse un poco del imperante hiperrealismo proponiendo en sus obras una plasticidad algo más geométrica e idealizada. Alonso Cano (1601 1667), pintor formado con Pacheco y codiscípulo de Velázquez, es, junto con su continuador Pedro de Mena (1628-1688), el representante por excelencia del arte imaginero en Granada.

Arquitectura barroca

Como antítesis del orden clásico renacentista, el estilo arquitecónico barroco se resuelve con una evidente ostentosidad. Una armonía fundamentada en el contraste se une a la profusión decorativa basada en la línea curva.

La pintura del Siglo de Oro

Así como la arquitectura de Churriguera y Pedro de Ribera es plenamente barroca, lo mismo que la escultura imaginera de Montañés o Gregorio Fernández, la pintura parece no hacerse eco, en su aspecto superficial, del retorcimiento y sangriento dramatismo de que hacían gala, entre otros, los artistas mencionados.

Si bien la pintura del siglo XVII no presenta un exaltado barroquismo, tampoco podemos negarle un claro sentido barroco en el aspecto conceptual, ya que será la búsqueda de armonías por contraste una tónica generalizada en las obras de estos extraordi narios pintores. Casi todos ellos, partiendo de un constructivo y tenebrista naturalismo, evolucionaron hasta llegar a la máxima síntesis pictórica de la que Velázquez, en su última época, es una buena muestra.

Francisco Ribalta
(1565-1652) es un artista fiel al sistema caravaggista, aunque siempre, como el Españoleto, dotó a sus trabajos de ese sello austero y sobrio que caracteriza a la pintura española del siglo XVII. Algo duro en el establecimiento de los contrastes, es autor de obras como la Visión de San Francisco (Madrid) o La cena (Valencia).

José de Ribera
(1591-1652) se halla más próximo que Ribalta al tenebrismo italiano y ello debido a su prolongada estancia en Nápoles como artista oficial del virreinato espanol. Soberbio dibujante, es uno de los primeros artistas en incorporar los efectos de texturas a través de la materia pictórica -óleo resinoso como base, realzado mediante veladuras- en función de expresar las calidades superficiales de los elementos representados, piel, telas, etc.

Francisco de Zurbarán
(1598-1664), pintor de la escuela sevill ana, es uno de los menos barrocos de todo el grupo. Profundamente austero, se recrea en el estudio expresivo de la materia, busca los efectos expresivos no en rostros y actitudes humanas sino en los objetos y telas que domina a la perfección, a veces incluso crea desproporciones para fomentar las tensiones internas del cuadro. Son interesantísimas sus series de frailes, y también sus magníficos bodegones.

Bartolomé Esteban Murillo
(1617-1682). Comparando su trabajo con el de los artistas anteriores Murillo es un pintor menos constructivo. Sus obras se envuelven dentro de una especial atmósfera, que resulta muy agradable de contemplar. Se le ha acusado, a veces, de ser un pintor benévolo pero esto es muy inexacto. Ciertamente sus cuadros son dulces y sentimentales en el tema, pero hay que ver más allá, ya que las innovaciones iconográficas (humanización de personajes religiosos e inclusión de escenas costumbristas llenas de gracia y espontaneidad) revelan, junto a una indiscutible calidad plástica, un artista de gran categoría dentro del programa pictórico español.

Juan Valdés Leal
(1622-1690) es el más barroco y retorcido de todo el grupo. Su habilidad en el tratamiento del color y sus cualidades para el dibujo las orientó para producir las obras más dramáticas del siglo XVII.

Alonso Cano
(1601-1667), magnífico escultor, desarrolla su pintura bajo un fuerte apoyo en el dibujo aunque no menosprecia los efectos cromáticos, como se puede advertir al admirar cuadros como el de San Isidro y el Milagro del pozo o sus Inmaculadas.

Velázquez, el artista universal

Diego de Velázquez (1599-1660) es sin duda la figura cumbre del arte español del Siglo de Oro y personaje clave en la historia del arte universal. Formado en Sevilla en el taller de Pacheco, su exquisito trabajo se desarrollaría en Madrid, como pintor oficial de la corte de Felipe IV.

Diego Velázquez es un artista eminentemente barroco, aunque su genial concepción de la pintura le permitió crear una forma de hacer, absolutamente intemporal, válida en cualquier monento histórico.

Mientras otros artistas se dedican a ocultar las pinceladas, inentando con ello acercarse más a la realidad, Velázquez llega a una conclusión completamente distinta, ya que entiende los inmensos valores pictóricos que le ofrece la caligrafía de la pincelada. Lo extraordinario de este genial pintor es que aumentando la sensación ambiental, en obras como Las Meninas o Las
Hilanderas, alcanza una síntesis interpretativa máxima.

Su pintura del Papa Inocencio X es quizá el retrato más completo y perfecto que realizó.

También Velázquez tocó, de manera escasa pero sublime, el tema del paisaje. Sus fluidos óleos resinosos de Villa Médicis fueron profundamente admirados por los grandes paisajistas del impresionismo francés. Evolucionando continuamente desde aquellas primeras obras, italianizantes y excesivamente controladas, como el Aguador de Sevilla, el maestro iría eliminando lo accesorio, como se ve en sus trabajos de madurez en los que la temática religiosa se altera con motivos mitológicos. La técnica, por otra parte, se va simplificando al desligarse en sus obras avanzadas del lento proceso de subdivisión del trabajo (grisalla y veladuras), sustituyéndolo por una auténtica pintura directa.

Los artistas que en Madrid trabajaban paralelamente a Velázquez no pudieron alcanzar un notable nivel, ya que la llama del maestro sevillano anulaba los empeños de pintores como Carreño de Miranda (1614-1685) o Claudio Coello (1624-1693).

El Barroco francés

Francia, que en el siglo XVII toma de España el relevo hegemónico en Europa, desarrollará hasta principios del XVIII un sistema barroco un tanto independiente de las reglas italianas. El punto culminante de esta adaptación estilística se producirá durante el absolutista gobierno de Luis XIV, con la construcción del Palacio de Versalles.

El estilo Luis XIII

Luis XIII, hijo de María de Médicis (regente tras el asesinato de su esposo el rey Enrique IV), accede al trono de Francia incorporando como ministro al verdadero artífice, de la hegemonía francesa, el Cardenal Richelieu, quien supo orientar la Guerra de los Treinta Años para potenciar la soberanía de Francia sobre Europa, apoyando asimismo a los protestantes contra la casa de Habsburgo.

No obstante, en el arte barroco de tiempos de Luis XIII existe contradicción entre la aparente magnificencia del Estado con el sobrio mundo reformista. Tanto la arquitectura como la escultura y la pintura se mueven dentro de un marco sumamente ostentoso. pero, sin soslayar algunas características típicas del estilo de Bernini. Así, en el ámbito de la arquitectura religiosa, en la que suele emplear el esquema de la iglesia jesuítica de Gesú, destacan edificios como las iglesias de Saint Gervais de Valdi-Grâce, o la Capilla de la Sorbona. De esta misma época también es de señalar la construcción de edificios civiles como el Palacio de Luxemburgo (Brosse), el Castillo de Maisons (Marsat) y el Palais-Royal encargo de Richelieu a Lemercier, de traza más clásica, anticipo del gran monumento de este siglo: el Palacio de Versalles.

En el terreno de las artes plásticas será la pintura la actividad más destacable en tiempos de Luis XIII. Además de los ya citados paisajistas -Poussin y Claudio de Lorena- establecidos en Roma, el panorama pictórico francés se amplía notablemente a través de dos influjos muy significativos: el eclecticismo italiano de los hermanos Carracci y la desbordante presencia de espíritu de Rubens, cuya influencia en la pintura versallesca será abundante.

Entre los pintores más destacables de esta época sobresalen: Philippe de la Champagne (1602-1670), magnífico retratista y pintor oficial de Luis XIII, autor del célebre retrato del Cardenal Richelieu, junto a Simon Vouet (1590-1649) (el más cercano a los Carracci) y el misterioso tenebrista George de la Tour (1593-1652).

El estilo Luis XIV: Versalles

Tras la paz de Westfalia (1648), que señala el fin de la Guera de los Treinta Años, se afianza el poder absoluto de Francia: la subida al trono de Luis XIV en el año 1661 señala el cambio de estilo. Un absolutismo imperial como el que creó el Rey Sol no podría tener otra consecuencia en el arte que la constitución de una estricta oficialidad.

Se fundan las academias reales que postularían las doctri nas a seguir para que en ningún caso los artistas tuvieran la tentación de producir obras que no estuvieran a la altura del imperio del divino rey Luis. Y será el pintor Charles Lebrun, incondicional del Rey Sol, quien tendrá plenos poderes para hacer y deshacer cualquier proyecto que en materia artística se produzca alrededor del Estado.

Podemos afirmar que el estilo de Luis XIV es un sistema ca rente de toda sinceridad y, aunque produjera obras de monumental grandiosidad, será sólo un estilo de fachada en el que la auténtica voluntad artística, en la mayoría de los casos, quedará anulada.

La construcción del Palacio de Versalles señala el momento clave de todo el arte barroco francés. En él se concentra el trabajo de los arquitectos, pintores y escultores de la época, con un fin común: crear un soberbio recinto para albergar la corte del mo narca absoluto.

En 1688, el arquitecto Luis Levau comenzó ampliando el primitivo pabellón de caza que levantara en 1624 Luis XIII en Versalles, al sudoeste de Paris. Pero la transformación definitiva se realizó bajo la dirección de Hardovin Marsat y el jardinero Le Nötre, quien planificó sus majestuosos jardines, prototipo del jardín francés, tan imitado a partir del siglo XVIII. El exterior del conjunto arquitectónico culmina en la fachada occidental, intensamente articulada con pilastras y salientes molduras.

Interiormente el palacio aparece profusamente decorado con pinturas, esculturas y complejas combinaciones de ricos materiales en molduras, arcadas y suelos, que se contradicen con el ordenado exterior del palacio.

El Barroco flamenco

Flandes, ligada todavía a España en este siglo XVII, es oficialmente católica, de forma que sin restricciones acepta y adapta las normas barrocas italianas. Pero el más auténtico barroco flamenco no aparece a través de la arquitectura, sino de la pintura y en concreto del artista mas barroco de todo el siglo Pieter Paul Rubens.

Rubens
(1577-1640), pintor prolífico donde los haya, llevó hasta sus últimas consecuencias los ideales de pomposidad y dinamismo barrocos. Viajero incansable, tanto en su período de formación en Venecia, Roma y Nápoles como en su madurez, debido a su actividad diplomática, supo crear el sistema de pintura ideal para el tipo de trabajo ágil y colorista que le caracteriza. Hoy resulta un enigma su técnica, que presenta un nacarado acabado que, a diferencia de otros cuadros contemporáneos o incluso más modernos, aparece sin apenas el característico amarilleo de su superficie (producido por la oxidación de los aceites).

No obstante, aunque nos falte conocer ese ingrediente secreto tenemos la oportunidad de descubrir el proceso del cuadro gracias a los múltiples bocetos y estudios previos que, como los que se conservan sobre el ciclo de Médicis, nos hablan de una evidente regresión al sistema de Van Eyck, pero adaptándolo hacia unos fines que conllevan más plasticidad. Sorprende realmente el delicioso cromatismo de Rubens, que relega a un segundo término los efectos de contraste tonal procurando conseguir los efectos luminosos a través de una paulatina gradación de los colores del espectro. Como podemos ver en sus magníficos desnudos de Las tres Gracias, El rapto de las hijas de Leucipo y otros de temática religiosa, Rubens crea un verdadero arco iris que se extiende sobre las carnaciones no sólo modelándolas, sino iluminándolas.

El sistema de Rubens llegaría a tener innumerables seguidores, no sólo en su tierra y en su tiempo como fueron sus discípulos Van Dyck (1599-1641), mejor retratista aún que su maestro, Jordaens (1593-1678) y David Teniers el Joven (1610-1690), sino también en toda la galante pintura francesa e inglesa del siglo XVIII.

El Barroco en los países protestantes

El arte barroco, imperante en la Europa contrarreformista, no fue asimilado en un principio por los países fieles al espíritu protestante, excepción hecha de las regiones de Europa central, donde cohabitan las ideas calvinistas, luteranas y católicas. La razón resulta fácil de comprender ya que en primer lugar un estilo tan ostentoso como el Barroco se contradice con la austera y sobria concepción de la existencia que Calvino y Lutero propugnan. Y, en segundo lugar, la aceptación del sistema contrarreformista evidenciaría que todo el conflicto religioso de los Treinta Años no habría servido para nada.

Holanda: una pintura diferente

Liberada de la soberanía española a partir de 1648 Holanda se separa por vez primera del arte flamenco al constituirse como auténtico bastión del protestantismo en Europa, lo que modificará sustancialmente la habitual concepción de la obra artística que, desde los tiempos medievales, se había mantenido fiel a los principios imperantes en el resto del continente.

La arquitectura asumió un carácter de total austeridad, encontrando, en los postulados clasicistas la fórmula para que sus edificaciones, tanto religiosas como residenciales, se mostraran de forma severamente armonizada.

Pero la diferencia más notable del arte holandés, respecto al que coetáneamente se realizaba en los territorios vecinos, surge por la vía pictórica, al desaparecer la reiterativa temática religiosa contrarreformista y al ser sustituida ésta por nuevos motivos -bodegones, paisajes, escenas costumbristas y de género y numerosos retratos-, que constituyen una verdadera isla en el mundo barroco del siglo XVII. Rembrandt y el grupo de pequeños maestros de la pintura de género forman la élite del arte holandés en este período.

Rembrandt, profundo estudioso del natural es un excepcional dibujante y grabador. Ofrecemos aquí uno de sus soberbios y expresivos dibujos del natural.

Rembrandt, profundo estudioso del natural es un excepcional dibujante y grabador. Ofrecemos aquí uno de sus soberbios y expresivos dibujos del natural.

Rembrandt van Rijn
(1606-1669) pertenece a ese reducido grupo de artistas intemporales cuya obra trasciende el mundo de su época, convirtiéndose en un ejemplo válido en cualquier momento y circunstancia. El verdadero valor de la obra del pintor de Leyden estriba en la profunda individualidad que emana. Si bien hay pinturas de época y pinturas de autor, los cuadros de Rembrandt se enclavan en el segundo grupo, ya que para él sólo son los medios pictóricos los que se deben utilizar para expresarse en el arte de la pintura, sin recurrir a literaturas temáticas, que quiten pureza a las obras. Mientras otros artistas emplean esquemas lineales para realizar sus composiciones, Rembrandt se plantea este problema en función del claroscuro, protagonista in discutible en toda su obra, pero de forma muy especial en su célebre Ronda nocturna o en sus intimistas escenas sobre la meditación bíblica.

La pintura de género
Un nutrido grupo de artistas, organizados de forma gremial para atender los frecuentes encargos que sobre la temática costumbrista se producían en la Holanda del siglo XVII, constituyen los llamados pequeños maestros holandeses. Pintores de variable notoriedad, conforman este sindicato al que pertenecen cuatro de los más excepcionales artistas del siglo de Rembrandt:

Adrian van Ostade (1610-1685), Gerard Terbroch (1617-1681), Pieter de Hooch (1629-1679) y el más sorprendente de todos Jan Vermeer de Delft (1632-1675), autor de un reducido número de obras, pero suficiente para destacarle como el pintor de interiores y escenas de género más enigmático y a la vez perfecto que podamos encontrar. Su Encajera que muestra unos extraños efectos de profundidad de campo, así como un puntillismo cromático totalmente fuera de su época, y su Autorretrato, modelo del buen componer,son, entre otras, sus obras más conocidas.

Pero no podríamos concluir esta visión superficial de la pintura holandesa en tiempos del Barroco sin mencionar al menos, al gran retratista que fue Frans Hals, cuya pincelada impresionista nos ratifica en la idea de que esta escuela pictórica holandesa practicó un arte diferente.

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    1. marcela 06/12/2013

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