Árboles, esos organismos fascinantes

La multiplicidad de formas, colores y duración de estos órganos aéreos de los árboles es paralela con la cantidad de familias, géneros y especies botánicas que sistemáticamente los recogen y agrupan.

Las hojas de los árboles

Como si se tratara de pequeños laboratorios vivientes, las hojas de las plantas verdes desempeñan un cometido múltiple y complejo que abarca desde la nutrición hasta la respiración, pasando por la captación de la energía lumínica procedente de la luz solar.

Si estudiamos detenidamente la distribución de los árboles, de la vegetación en un bosque, podemos observar cómo todas las plantas arbóreas y arbustivas o herbáceas que componen ese ecosistema llegan a formar un auténtico dosel que intercepta casi totalmente la luz procedente de las radiaciones solares. Las ramas se alargan o moldean en virtud de criterios genéticos y ambientales, así como las hojas, pero de forma que parecen distribuirse hasta lograr una umbría fresca y acogedora para el visitante.

Las hojas planas y grandes de muchas especies frondosas “caducifolias” se renuevan anualmente, cayendo y desnudando el árbol durante el otoño y el invierno. Pero, además de la “sabiduría” de la Naturaleza manifestada también en este proceso que permite el “soleado” de zonas cubiertas en época de vegetación plena, la luz que penetra hasta el suelo a finales de invierno comienzos de la primavera, antes de que otras hojas cubran el nivel arbóreo, es capaz de permitir el crecimiento, aunque sea efímero, de plantas herbáceas que de otra forma no tendría oportunidad de desarrollarse en la oscuridad que reina cerca del suelo en los bosques cerrados.

Independientemente de su forma y duración, efímera incluso en las especies llamadas de “hoja perenne”, las hojas tienen una serie de características comunes y poseen un sistema de “nerviaciones” que a guisa de complicada red de tuberías “porosas” transportan en ambos sentidos los productos vitales que precisa el árbol para su desarrollo.

La asimilación de los nutrientes del aire y del agua gracias a la fotosíntesis y a la función clorofílica, así como el intercambio y obtención de estos principios más inaccesibles para las partes aéreas a través de las raíces, constituye todavía, a pesar de conocerse los mecanismos bioquímicos que lo regulan un asombro para los estudiosos de la botánica y las ciencias naturales.

Estructura de las hojas de los árboles

Independientemente de su forma y vida media, los órganos foliares de los árboles que funcionan como estómagos y pulmones simultáneos por asimilar sustancias nutrientes y permitir la “respiración” de la planta, están compuestos por células distintas que se distribuyen en capas a guisa de “bocadillo ideal” o “hamburguesa” múltiple en la cual las capas exteriores “epidérmicas” tienen función protectora, pero suelen ser diferentes. La capa superior, el haz, generalmente satinada, brillante o tomentosa, parece más impermeable que la inferior, el envés, en la que pueden abrirse los estomas a guisa de diminutos poros que se cierran según los mecanismos fisiológicos de respiración y transpiración. El “relleno” de la hoja está integrado por capas distintas de células en “empalizada” muy ricas en cloroplastos, corpúsculos de clorofila y de parénquima “lagunar” en contacto casi inmediato con las cámaras estomáticas capaces de recoger las sustancias del aire.

Estos auténticos laboratorios vivos, o fábricas de nutrientes orgánicos, ejercen una importantísima función ecológica como reguladores del microclima. No hay que olvidar que un árbol adulto, en verano, puede evaporar diariamente varios cientos de litros de agua a la atmósfera circundante y que ese líquido es bombeado por las raíces según la “solicitud” con que es requerido por las hojas y otros órganos verdes. Oxigenación, hidratación de climas de bosque y enriquecimiento del entorno son beneficios conocidos y primarios de las plantas en general y de los árboles en particular. Las especies de hoja caduca, frecuentemente frondosas, alfombran en otoño el suelo de una capa de residuos que gracias a la acción de organismos diversos, insectos, hongos y bacterias se transforma en humus orgánico de una fertilidad reconocida para facilitar la germinación de futuras semillas. Las especies de “hoja perenne” que recambian continuamente sus hojas ejercen, asimismo, este papel “enriquecedor” del suelo, si bien este proceso pueda parecer más lento y menos evidente por la “dureza” de las propias hojas caídas y su resistencia a ser transformadas en “humus orgánico”.

La forma de las hojas de los árboles

Yemas primaverales o brotes situados en tallos y ramas se encargan de dar origen a las hojas de árboles y arbustos. Pero estas diminutas hojas son variables, a veces, en la misma planta, según la edad, dando lugar a la denominación de “hojas juveniles” y “adultas”.

Una hoja “tipo” consta de tres partes esenciales: Limbo, peciolo y vaina. El limbo es la parte plana, ancha, más evidente de este órgano vegetativo; contiene la mayor parte de tejidos clásicos capaces de “respirar” y “nutrir” al vegetal.

El peciolo o “rabillo” constituye el pedúnculo de inserción a las ramas o tallos y puede faltar en muchas especies. En este caso, o cuando el peciolo es muy corto, la hoja recibe el nombre de “sentada” o sésil. La vaina es una especie de “capucha” envolvente de la yema foliar que la protege durante los estadios primeros del desarrollo y posteriormente puede quedar sin función precisa como ornamento del peciolo en su parte inferior de unión con el tallo.

Existen muchas maneras de clasificación de los tipos de hojas vegetales. Generalmente se adoptan criterios morfológicos apreciables a simple vista y que pueden en ciertos casos inducir a confusión.

Muchas hojas son llamadas compuestas porque aparentemente están formadas por hojuelas o foliolos más pequeños e independientes, pero, en realidad, son pinnadas o palmeadopinnadas y la distinción de un foliolo (parte de la hoja verdadera) de la auténtica hoja formada por varios fragmentos se rinde difícil si no recordamos las partes integrantes de una hoja típica, sobre todo la vaina, que muchas veces resulta significativa.

roble dinamarca

Clasificación de las hojas por su forma

Simples

Ovaladas.
Lanceoladas.
Aciculares.
Acorazonadas.
Acuminadas.
Redondas.
Flabeladas.
Asaetadas.
Palmeadas.
Hendidas.
Etc.

“Compuestas” o pinnadas

Bipinnadas.
Paripinnadas.
Imparipinnadas.
Palmeadocompuestas.
Etc.

Clasificación de las hojas por su orilla o borde

Lisas.
Dentadas.
Aserradas.
Lobuladas.
Festoneadas.
Etc.

También pueden considerarse otras formaciones diversas, atendiendo, por ejemplo, a su textura y constitución: laminares, crasas, rígidas, blandas, etc. a su superficie: satinadas, tomentosas, velludas, céreas, etc.; a la disposición de sus nerviaduras: paralelinervia, curvinervia, palminervia, etc.; a su inserción en el tallo: alternas, amplexicaules, opuestas, verticiladas, fasciculares, etcétera.

Transformaciones de las hojas

Las adaptaciones de los vegetales a ecosistemas diversos conlleva frecuentemente la aparición de formaciones extrañas que son metamorfosis del cormo, tal y como las denomina Strasburger, procedentes de brotes, tallos y hojas.

En ambientes húmedos o acuáticos muchas plantas presentan hojas de forma y constitución diferente según correspondan a las partes sumergidas, flotantes o emergidas. Pero, sin duda, las adaptaciones más curiosas de hojas auténticas en órganos modificados se hallan en climas secos, desérticos y hostiles. Los limbos foliares tienden a reducirse y endurecerse como protección contra la sequedad y la falta de agua. A veces el “enrollamiento” de las hojas se produce para ofrecer una menor superficie de evaporación. La reducción de tamaño convierte las hojas en “escamas” (hojas escuamiformes) e incluso en espinas. Las hojas crasas o suculentas características de muchas xerófitas y cactáceas responden a la necesidad de acumular y atesorar los líquidos vitales en auténticos órganos de reserva, y como extremo puede recordarse la supresión o transformación total de las hojas y la suculencia de los tallos también propia de otras cactáceas. No todas las “espinas” vegetales son hojas transformadas, ni los órganos verdes suculentos tampoco, pero, desde luego, parece casi increíble al observar una cactácea recordar por su aspecto cierta similitud con cualquier árbol autóctono de una zona húmeda subtropical o templada. Por último, y en virtud de ese poder de adaptación de las hojas de las plantas y de los árboles, al entorno y clima circundante, hemos de recordar la caducidad como fenómeno de plasticidad a climas alternativamente favorables y hostiles.

La vida de las hojas de los árboles

Aunque haya de distinguirse entre los cotiledones, que con frecuencia parecen hojas verdaderas, y las hojas en sentido estricto u hojas vegetativas, en los árboles crecidos siempre estaremos observando nomofilos, auténticas hojas, cuya duración en tiempo es limitada siempre y, por supuesto, inferior a la vida del árbol.

Todos sabemos la corta vida que tienen las hojas de árboles caducos adaptados a climatologías variables o estacionales muy acusadas. Entre seis u ocho meses, por término medio, estos órganos vegetativos brotan, se desarrollan y mueren para dejar el árbol en un estado de paralización vegetativa adecuado a los inviernos muy fríos o a los períodos de sequía. Contrariamente las especies llamadas equívocamente perennifolias (de hoja perenne) no tienen sus órganos foliares de forma permanente; las hojas viven a lo sumo unos pocos años (máximo seis o siete en ciertas abietáceas), y se renuevan cíclicamente a lo largo de todo el año. En muchos pinos la caída de las acículas “viejas” se produce en ciertas épocas del año con mayor profusión que en las restantes, si bien esta renovación nunca es total y siempre queda el árbol “vestido”.

Si las hojas, tal como se ha comentado, actúan a guisa de “pulmones” y “estómagos” de los árboles, su caída podría producir lesiones o disfunciones importantes para la propia supervivencia del vegetal. En todos los casos, el desprendimiento foliar se debe a la formación de una capa de células ricas en sustancias impermeabilizantes y céreas, calosa, capaces de originar un callo cicatricial a la altura de la vaina o base de la hoja.

En otras especies frondosas de “hoja caediza” se produce la muerte de la hoja antes de la formación de la zona de abscisión, sobre todo en las más jóvenes, y éstas permanecen secas, pero sin caer de las ramas durante el invierno.

La riqueza en clorotila u otros pigmentos vegetales más raramente determina el color dominante de las hojas y su transformación, amarilleo y enrojecimiento en frondosas caducifolias por la acción de otras sustancias formadas al enviar, como última contribución al ejemplar preinvernante, las sustancias de reserva transformadas para su almacenamiento por el árbol.

árbol sagrado

Reconocimiento de los árboles

El estado variable de crecimiento y vegetación de los árboles que podemos encontrar en nuestros paseos y excursiones, sobre todo por zonas poco familiares, puede dificultar extraordinariamente su identificación precisa.

Siempre hemos de precisar el auxilio de una buena guía de las especies arbóreas del país o zona visitada, pero al igual que con el resto de vegetales herbáceos y arbustivos lo ideal es poder estudiar todos los órganos del vegetal a excepción de las raíces. Tallo, forma y disposición, corteza, ramas, hojas, flores y frutos constituyen la totalidad de elementos, de piezas, de nuestro “rompecabezas” biológico particular y el máximo deseable para archivar fotográfica o realmente en un herbario completo.

Sin embargo, ya se ha reiterado la dificultad de encontrar reunidas “al mismo tiempo” todas esas piezas que pueden conducir a la determinación correcta de la especie. Por ello, en numerosas ocasiones habremos de conformarnos con alguno de esos elementos. Lógicamente la “peor época” para intentar reunir “muestras” arbóreas o identificar los árboles es el invierno. Las especies de hoja caediza están desnudas y si algunas hojas muertas tapizan el entorno del tronco, en el suelo no podemos estar totalmente seguros de su procedencia, ya que, tal vez, el viento las arrastró de otros árboles vecinos. Claro está que la corteza y el porte, la talla de ejemplares adultos, pueden bastar para indicarnos el nombre del vegetal “durmiente”. La primavera y el verano tienen ventajas e inconvenientes, pues si bien durante la primavera será más fácil encontrar hojas y/o flores, la presencia de frutos deberá corresponder al otoño o finales del verano. Para la observación y estudio de leñosas de hoja permanente (perennes), las estaciones climáticas parecen tener menos importancia, pero siempre resulta más agradable efectuar la excursión en las épocas favorables de fin de primavera, comienzos de verano, para las áreas continentales templadas e incluso en los días húmedos y soleados de otoño. En zonas tropicales y ecuatoriales habrá que prever las temporadas de lluvias o sequía y otras características climáticas diferentes.

Resumen práctico para identificación de árboles

1. Apreciación del tamaño medio y, a ser posible, máximo en los pies más viejos.
2. Obtención de impresiones, dibujos o fotografías de la corteza:
La extracción indiscriminada de una muestra, de un trozo de corteza, en según que especies puede causar heridas importantes en los ejemplares.
3. Recogida de hojas para su colección en herbario (de árboles) o realización de silueteados y otras prácticas que se describirán oportunamente.
4. Fotografía de hojas o dibujo lo más exacto posible.
5. Obtención de flores para su conservación, disección y reproducción fotográfica.
6. Recogida de frutos para su conservación, si ésta es posible, o para su reproducción gráfica mediante la técnica del dibujo y la fotografía, así como para su estudio, disección y eventual “siembra”.
7. Ordenación cuidadosa de los datos, muestras, impresiones y fotografías obtenidas.
8. Realización de posters con los materiales recopilados.
9. Contrastación con las guías botánicas adecuadas.
10. Ordenación alfabética de las láminas o fichas (por nombres latinos, científicos y comunes, siempre que sea posible, indicando el cajón o gaveta donde se guardan, numeradas inequívocamente, las muestras voluminosas: vaciados de corteza, frutos o sus “esculturas”, etc.).

Aunque muchas veces la realización de “calcos” de cortezas, colecciones de hojas y otras actividades parciales propias del aficionado a la naturaleza constituyen, en sí mismas, entretenimientos apasionantes y ciertamente artísticos, la reunión de todas esas partes que hemos dado en llamar “piezas del rompecabezas botánico”, aisladamente tienen un valor parcial, constituirá un “tesoro científico” para principiantes y expertos.

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