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La conquista árabe

A comienzos del siglo VIII la península se verá invadida por el pueblo musulmán, que se asentará en ella hasta finales del siglo XV. Su llegada a Hispania obedece a un proceso de expansión islámica por todo el Mediterráneo occidental. Parece ser que en la invasión árabe jugó un importante papel el mítico don Julián, gobernador de Ceuta, que incitó a los islamitas a entrar en la peninsula para ayudar a los hijos de Witiza, una de las facciones en litigio por la conquista del poder visigodo.

El árabe Tariq cruzó el estrecho con un ejército de bereberes y venció al rey Rodrigo en la batalla del rio Guadalete, en el año 711. Desde aquí se dirigió a Toledo a través de Medina Sidonia, Morón. Carmona, Sevilla, Ecija y Córdoba, hasta alcanzar su objetivo. Mientras, Musá ibn Musayr desembarcaba en Algeciras con un ejército árabe y ocupó el suroeste peninsular hasta reunirse con Tariq.

Entre los años 714 y 716 se conquistó Zaragoza, León, Astorga y posteriormente Pamplona, Tarragona, Barcelona, Gerona y la Andalucía oriental. En poco tiempo la mayor parte de la península quedó bajo el poder musulmán.

La rapidez de la conquista se explica por la descomposición del aparato estatal visigodo, lo que permitió a los árabes la reacción de pactos aislados con una aristocracia prácticamente independiente. Por ello. podemos decir que Hispania no fue ocupada por las armas, sino que capituló. Esto supone que los habitantes de las tierras conquistadas conservaban sus derechos a cambio del pago de una contribución territorial estipulada en el pacto como en el caso de Murcia y de su jefe Teodomiro.

La conquista supuso una desamortización eclesiástica y una redistribución de la propiedad de la aristocracia visigoda.

En la ocupación musulmana española se distinguen las siguientes fases:
Emirato dependiente de Damasco: desde los inicios hasta mediados del siglo VIII.
Emirato independiente: desde mediados del siglo VIII hasta el siglo X.
Califato de Córdoba: desde el siglo X al XI.
Reinos de Taifas: desde el siglo XI hasta el siglo XIII, con exclusión del reino nazarita de Granada, que sobrevivirá hasta el siglo XV.

Emirato dependiente de Damasco

En esta etapa la península fue asignada a la dirección de un emir, que gobernaba en nombre de los califas de Damasco. En ella se sucedieron 20 emires, comenzando por el conquistador Musá ibn Musayr y acabando con Yusuf, hacia el año 746. Yusuf representó el primer intento de construcción de un Estado andalusí.

A mediados del siglo VIII comenzaría una crisis provocada por los conflictos existentes entre el mosaico de pueblos que componen el Estado árabe, lo que nos permite ver, que en ningún modo Al-Andalus fue un Estado centralizado.

Emirato independiente

La lejanía del territorio conquistado respecto a Damasco y el débil control que el estado Omeya podía ejercer sobre él motivó la separación definitiva de Oriente. En el año 750 la revolución abbasida dio al traste con la familia Omeya. Uno de sus miembros logró llegar a la península en el año 755, haciéndose con el control del poder y estableció un emirato independiente del poder de Damasco. El iniciador de la monarquía hispano-árabe fue Abd al-Rahmam I (756-788). Esta nueva fase perduró hasta bien entrado el siglo X.

En este período se consolidó el poder árabe. Abd al-Rahman I reorganizó el ejército andalusí y destacó por su actividad constructora. Durante su mandato se hizo la primera parte de la mezquita de Córdoba. Fue sucedido por Hisam I (788-796), cuyo reinado supuso una tregua para los intentos consolidadores de la monarquía árabe iniciados por su antecesor.

En el año 796 sube al poder Al-Hakam 1, y durante su gobierno tienen lugar graves revueltas que atentan contra la pretendida centralización Omeya, sobre todo en las regiones fronterizas del norte. Estas revueltas tenían un doble carácter: político -de independencia frente a Córdoba- y social -debido a la precaria situación económica de los muladíes-. En este contexto cabe señalar el motín del arrabal, a mediados del siglo IX, que se debió principalmente a las fuertes medidas fiscales de que eran objeto los artesanos y comerciantes de este barrio.

Sin embargo, la revolución más peligrosa fue la protagonizada por Omar ben Hafsum, en Bobastro. que tendría su fin con la conversión del rebelde al catolicismo.

Los años centrales del siglo IX son una época de esplendor del Estado andalusí que se convierte en una potencia mediterránea con una sólida construcción estatal. Hay un proceso de urba nizacion de Al-Andalus junto a un intenso control fiscal. El prestigio del estado Omeya se extendió por todo el Mediterráneo, especialmente en el reinado de Abd al-Rahmam II (822-852).

La segunda mitad del siglo IX se caracteriza por la sucesión de graves acontecimientos sociales y políticos que convierten Al-Andalus en un mosaico de señoríos independientes que anticipan los futuros reinos de Taifas. Al proceso de descomposición del emirato cordobés cabe añadir las diferencias étnicas de dos sociedades: la indígena y la árabe-beréber, junto a una feudalizaci ón política provocada por las concesiones de territorios, lo que iría en detrimento del poder real.

La España árabe en la segunda mitad del siglo IX

conquista musulmana

El califato de Córdoba

Entre los años de 912 y 929 Abd al-Rahmam III se dedicó a reducir los focos rebeldes y emprendió las primeras campañas contra los reinos cristianos, venciendo a navarros y leoneses en el año 920. En el año 929 se proclama califa de Córdoba, denotando así la superioridad del estado Omeya frente a los demás reinos, y además significaba la independencia religiosa de Al-Andalus. Abd al-Rahmam III puso fin a la revolución de Omar ben Hafsum, y mantuvo sus fronteras frente a los cristianos. Durante su mandato se llevó a cabo un proceso inverso a la feudalización política comenzada en la segunda mitad del siglo IX.

Las épocas de Al-Nasir (929-961) y de Al-Hakam II (961 -976) constituyen el período de esplendor del califato Omeya cordobés. El poderío militar consolida el prestigio del Estado y garantiza las relaciones con el exterior, centradas en el norte de Africa, los estados cristianos del norte y el Mediterráneo occidental.

En el año 976 sube al poder Hisham II, en el que estaría hasta el año 1009, aunque la política estuvo regida por su primer ministro, Almanzor, que ejerció una auténtica dictadura. Formó una milicia bereber y emprendió numerosas campañas contra los cristianos. Realizó una reforma militar y reforzó la presencia andalusí en el norte de Africa. Su muerte en 1002 dejó un vacío de poder que unido a las disensiones internas del califato provocarán la crisis del siglo XI.

Desde el año 1009 -fin del reinado de Hisham II- hasta el 1031 comienza un período de anarquía. En esta etapa se suceden 14 califas, entre los que destaca Hisham III; en el año 1031 desaparece el califato, debido a la compra de esclavos de origen eslavo y el reclutamiento de tropas bereberes, acontecimientos estos que rompen el predominio árabe.

Reinos de Taifas

Ante la desaparición del califato, el poder político de Al-Andalus se desintegra y se fracciona en núcleos independientes, son los llamados reinos de Taifas. A pesar de su esplendor cultural tienen una gran decadencia política y se hallan centralizados en torno a Sevilla y Granada, de posterior creación y de origen bereber.

A fines del siglo XI, la Reconquista cristiana experimenta tal auge que algunos reyes taifas piden ayuda a los almorávides, establecidos en el norte de Africa y caracterizados por su rigidez ortodoxa. Yusuf ben Tasufin desembarcó en la península y unificó Al-Andalus, pero las victorias cristianas del valle del Ebro resquebrajaron su poderío a mediados del siglo XII. Poco después del fin del imperio almorávide llega a la península un nuevo pueblo: el almohade, que al principio pudo contener el empuje cristiano, pero su derrota en las Navas de Tolosa en el 1212, a manos de Alfonso VIII, puso término a su poder.

El siglo XIII conocerá una invasión más, la de los benimerines. Hacia 1232 se creó el reino nazarita de Granada, debido a la sublevación de Muhammad I, y ocupaba Granada, Málaga y Almería, convirtiéndose en una gran potencia cultural, artesana y comercial.

En el siglo XIV la España cristiana es ya un hecho y el poder musulmán se reduce al reino nazarí de Granada, que perdurará hasta 1492, debido a su fuerza económica y a las constantes luchas internas de los reinos castellanos.

Diversidad étnica y religiosa de Al-Andalus

Este aspecto explicaría las razones de las crisis, revoluciones y los diferentes períodos de la historia musulmana en España.

En principio estuvo integrada por dos grupos bien diferenciados -conquistadores y conquistados-, que suponían estructuras sociales, culturas y organizaciones distintas. Desde un punto de vista religioso, existían tres comunidades: musulmanes, judíos y cristianos. Además, dentro del gran grupo musulmán había diferentes etnias: los árabes que entraron con Yusuf, y pertenecían a la alta aristocracia urbana; los bereberes al mando de Tariq en la conquista, utilizados como tropas auxiliares y asentados en zonas pobres y montañosas, sin acceso al poder; el grueso musulmán, integrado por muladíes, o población hispano-goda que había aceptado la religión de los conquistadores; un gran número de esclavos, casi todos de origen eslavo, que fue creciendo paulatinamente y, por fin, el grupo mozárabe o de cristianos que vivían en Al-Andalus y conservaban sus costumbres e incluso autoridades propias.

Todo este conjunto étnico-religioso convivía en la España musulmana y en parte fue el origen de su decadencia.

Organización política

Los Omeyas decidieron introducir en sus conquistas los elementos establecidos por Damasco, fortaleciendo así sus atribuciones personales y desarrollando el centralismo político.

Los organismos básicos para la administración eran los diwanes de Cancillería y del Tesoro. El papel principal, después del rey, era desempeñado por el hachib. La justicia la administraban los cadíes. Localmente no existió nada parecido a los antiguos municipios romanos, tan sólo unos encargados de mantener el orden público.

Territorialmente, Al-Andalus estaba dividido en Curas, con un gobernador al frente. La frontera con los cristianos estaba vigilada por unas marcas semejantes a las carolingias -frontera inferior, media y superior- con capital en Mérida, Toledo y Zaragoza, respectivamente. Cada distrito se regía por un jefe militar llamado Caíd.

Economía y sociedad

Frente al ruralismo y autarquía de la España visigoda, Al-Andalus experimentó un florecimiento cultural, económico y urbanístico que contrastaba con la España cristiana.

En el aspecto agrícola, fueron los introductores de nuevos cultivos: arroz, agrios, caña de azúcar, algodón y azafrán. Cultivan el lino y el esparto y tenían un avanzado sistema de reparto y almacenamiento de agua. La ganadería lanar experimentó un gran auge debido a los bereberes.

Las estructuras agrarias no cambiaron: continuaron las explotaciones de grandes latifundios trabajadas por colonos mediante contratos de aparcería. La ciudad pasó a ser el centro de la vida árabe. Fundaron nuevos enclaves urbanísticos, sobre todo en la región Bética: Córdoba, Almería, Granada, Sevilla, Valencia, Toledo o Madrid. Los elementos básicos de la ciudad eran la zona central, donde se hallaban la mezquita y el zoco o mercado y los arrabales. Socialmente la ciudad ofrecía un panorama variado: aristocracia, mercaderes adinerados y el pueblo o amma, artesanos o jornaleros.

En los centros urbanos se desarrolla toda la actividad artesal para la que necesitaban materias primas, por lo que la extracción minera y la explotación maderera cobran un importante papel. Los árabes trabajan los tejidos de seda brocados, la piel y el cuero, la cerámica, el marfil, el cobre, el vidrio y el papel.

El comercio fue especialmente activo, tanto en el exterior como en el interior. Desde épocas muy tempranas, el comercio se realizó en base a la moneda (el dinar de oro y el dirhem de plata). Importaban pieles, metales, armas y esclavos, oro, especias y artículos de lujo, mientras que exportaban aceite de oliva, tejidos y manufacturas, sobre todo al norte de Africa y a núcleos cristianos.