Un futuro mucho más extraño de lo que podamos imaginar…

El futuro, cómo será nuestro planeta en un par de siglos o tres es algo desconocido. Es imposible, prever en la distancia, cómo cambiará la vida del ser humano para entonces. Lo que hoy pensamos que es imposible, en un futuro lejano será tan común como hoy puede ser leer las noticias en internet (algo impensable e imposible hace un par de siglos).

Viajar a bordo de un jet-pack, pasar un fin de semana en Marte, vivir en una ciudad submarina, la desaparición del hambre en el mundo a través de un cambio en la forma de nutrición del ser humano…

El futuro, o parte de él, lo que esperamos que pase en un años, fue alimentado por la imaginación popular y los cómics y películas de ciencia ficcón. Un género que comenzó en los años treinta. Por eso, cuando comenzó el siglo XXI, algunos nos quedamos atrapados en una especie de atasco mental. Entretenidos mirando ahora como siliconadas señoras de cabezas huecas y porte atractivo eran expulsadas de una isla de supervivientes o aburridos de ver a alguien no hacer nada durante 24 horas al día en Gran Hermano. Algunos llegamos a ponernos muy cínicos, y otros, como los chicos de Muchachada Nui se lo tomaron a cachondeo. ¡Pero qué aburrido es el futuro!

Mientras tanto, el nuevo futuro, el futuro real, es una pesadilla en la que sudamos bajo los efectos del cambio climático, el efecto invernadero, las inundaciones, las nubes volcánicas y algunos efectos inesperados de la naturaleza que para eso es la que manda. Los transbordadores espaciales que nos llevarían a las estrellas ya no están en uso, los programas espaciales parecen parados. Como si no tuviera sentido. La ruina económica de una crisis perpetrada por unos cuantos listos que dan golpes de estado desde la presidencia de las entidades bancarias nos impiden soñar.

Algunos queríamos ver qué pasaba con los clones, pero muchas personas piadosas tuvieron miedo de que los clones carecieran de alma. Y sí, Darwin está pasado de moda en el corazón del poder occidental. Tanto que en Estados Unidos triunfan los creacionistas y el número de astrólogos es superior al de astrónomos.

El futuro cada vez se parece menos al de mi colección de cómics y películas de ciencia ficción. Después de todo, nadie en su sano juicio esperaba que en el siglo XXI llegaran vengadores que condujeran batmóviles. Los astronautas de verdad, quizá los personajes más parecidos a estos, no hacen su trabajo de reparación del telescopio Hubble en mallas cortas y ajustadas, si ni siquiera hay casi mujeres astronautas… como para soñar con Barbarella.

El futuro real está protagonizado por teléfonos móviles que cuestan seiscientos euros (una tecnología sorpresa que predijeron en cómics como Dick Tracy y en series de televisión como Star Trek); netbooks a precios asequibles con muchísima más potencia que los ordenadores que llevaron al hombre a la Luna. Un futuro en el que hay hueco para el café con leche de máquina, Nespresso, Senseo o Dolce Gusto (elija usted la que más le guste). Y como riéndose de nosotros, en las librerias de los grandes aeropuertos del mundo triunfan los manuales de autoayuda.

Dicho de otra manera, el futuro de ayer – los días que vivimos – es una mezcla de lo previsible con una pequeña dosis de lo sorprendente. Decirle a alguien hace cincuenta años, que un ser del futuro disfrutaría de sus vacaciones en una granja orgánica cuidando cerdos y caballos lo descolocaría mentalmente. Y es que, el verdadero futuro de aquí a cincuenta años es probable que sólo sea dolorosamente extraño y antinatural. La razón de esa extrañeza tiene que ver con un ritmo acelerado (demasiado a mi gusto) de cambio. Ciertas tecnologías clave están participando de una carrera salvaje, especialmente la informática, pese a que el usuario final no lo sabe.

futuro

Tomando esta idea, literalmente, conduce a un pronóstico muy desconcertante del futuro de cada uno de los habitantes del primer mundo: la singularidad. Un futuro en el que no hay trabajo para todos, no lo habrá nunca más y en el que se impone la necesidad de una renta ciudadana (si el sistema genera tanto dinero por sí mismo y no hago falta, pues que me paguen por cumplir mis obligaciones y ejercer mis derechos). Nuestras mentes y nuestros cuerpos (gracias doctor Dukan) deben cambiar en su forma para adaptarse al cambio en que vivimos.

A medidados de este siglo en el que estamos, es posible, e incluso probable, que el inexorable envejecimiento pueda ser detenido gracias a los avances en la comprensión biológica del cuerpo humano y a la posibilidad de realizar nuevas intervenciones médicas. Poco a poco, las mejoras en la salud llevarán necesariamente a una opción de rejuvenecimiento, y como consecuencia, a una forma indefinida de juventud prolongada.

Tom Stoppard ha señalado con ironía, “la edad es un precio muy alto a pagar por la madurez“. El resultado final del Proyecto Genoma Humano y sus sucesores tiene como objetivo secreto la abolición de este terrible precio. Después de todo, los óvulos de los que cada uno de nosotros creció eran tan antiguos como nuestra madre, sin embargo, esas células relativamente viejas pudieron madurar para construir flamantes bebés con la ayuda de los espermatozoides de papá. ¿Hay algún motivo por el que los científicos no puedan aprender de los secretos de los óvulos, capaces de asegurar jóvenes sanos y luego aplicar esas lecciones para mantener a todas nuestras células adultas y los tejidos que las comprenden sanas y jóvenes?

Seguro que alguno que esté leyendo, ya está poniendo objecciones morales a mi idea de la juventud eterna. Igual que esos fanfarrones machos que quieren prohibir la anestesia durante el parto porque ellos no paren, imaginan el dolor de la mujer como un castigo de Dios, en una idea acorde a que las debilidades de la edad y la finalidad de la muerte son parte necesaria de la vida, algo impuesto por el creador. Esos mismos, no tienen problemas en utilizar las nuevas tecnologías para disfrutar de las imágenes subidas de tono que ofrece internet, o de utilizar gafas, poner la calefacción en casa o utilizar anestésicos dentales si tienen que sacarse una muela. Parece que los cambios que se nos dice que Dios quiere que evitar son a menudo aquellos que no han sucedido todavía. Una vez que nos acostumbramos a ellos, una vez que se conviertan en parte de nuestras vidas, los moralistas descubren que a Dios realmente le importa poco todo esto.

Pero la singularidad no se detendrá en la inmortalidad física (si es que la convergencia de las tecnologías no está bloqueada por la guerra, la prudencia política, o la ruina del planeta por la insostenible explotación industrial y agrícola a la que es sometido).

Cuando desarrollemos máquinas más inteligentes que nosotros, no sólo se harán cargo de nosotros, también se ocuparan de mejorarnos a nosotros… literalmente. La ya eterna promesa de la realidad virtual puede haberse estancado a la espera de redoblar la potencia de los ordenadores cuatro o cinco veces al año. En dos o tres décadas, una versión benigna del mundo de The Matrix es factible. Aumentada por los miles de millones de pequeños procesadores que son las células de nuestro cerebro, podríamos tener la oportunidad de vincular nuestros pensamientos y emociones directamente de una persona a otra, en una especie de máuina telepática.

Otros podrán optar por subir sus personalidades a una realidad totalmente construida, tal vez incluso emigrar allí, los habitantes de una aventura en un lugar completamente diferente podrían decidir vivir de esa manera (porque quizá la realidad del planeta para entonces no merezca ser vivida). Viviendo de esa manera, podríamos ser capaces de copiarnos muchas veces, a nosotros mismos con variantes, con otras opciones, en un mundo lleno de what if’s o dimensiones paralelas que construiyan una versión electrónica de la naturaleza . Una copia, o más, de nuestra “alma” (si quieren llamarla así) podrían permanecer archivada de forma segura para el back-up, otras copias podrían recorrer las profundidades del espacio en naves espaciales baratas, pequeñas y diseñadas para llevar nano-yoes a casi la velocidad de la luz en la noche profunda, aun a costa de perder su conexión con la esencia interior, al menos hasta que regrese a casa.

Aún así, lo que soñamos hoy será una pequeña sombra de la realidad de mañana. Esperemos que los programas de investigación financiados en trabajar hacia la extensión de la vida útil de los seres humanos puedan tener éxito pronto y nos permitan, personalmente, participar de esa gran aventura.

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