Cartas de San Jerónimo – 396 d. C

Este es el testimonio de San Jerónimo, un religioso de la Iglesia católica, sobre lo que sucedió en el Imperio romano de Occidente con la llegada de los pueblos germánicos.

No describiré catástrofes personales de algunos días infelices, pero la destrucción de toda la humanidad, pues es con horror que mi espíritu sigue el marco de las ruinas de nuestra época. Hace veinte y pocos años que, entre Constantinopla y los Alpes Julianos, la sangre romano viene siendo diariamente vertido. La Escitia, Tracia, Macedonia, Tesalia, Dardânia, Dacia, Epiro, Dalmacia, Panonia son devastadas por los godos, sármatas, cuados alanos, hunos, vándalos, marcomanos; deportan y roban todo.

Cuántas señoras, cuántas vírgenes consagradas a Dios, cuántos hombres libres y nobles se quedaron en la mano de estas bestias! Los obispos son capturados, los sacerdotes asesinados, todo tipo de religioso perseguido; las iglesias son demolidas, los caballos pastan junto a los antiguos altares de Cristo […]. El mundo romano cae; sin embargo, nuestra cabeza se empeña en permanecer erguida. […]

Nos damos cuenta de que Dios está, desde hace tiempo, herido y nada hicimos para cesar de hacerlo. Es por causa de nuestros pecados que los bárbaros son tan fuertes, por nuestros vicios, que fue vencido por el ejército romano y, como si no fuera suficiente desgracia, las guerras civiles matan casi más que la acción de los enemigos.

San Jerónimo. Cartas. In: FUNARI, Pedro Pablo Abreu. Roma: la vida pública y la vida privada. São Paulo: Actual, 2000, p. 68-9.

Cartas de San Jerónimo

Cartas de San Jerónimo

Treinta y un libros de los hechos – el siglo IV d. C

Nacido alrededor de 330, el escritor romano Amiano Marcelino fue contemporáneo de las invasiones germánicas del Imperio romano de Occidente. En sus relatos históricos, hizo una viva descripción del modo de vida no sólo de los germanos, pero también de los Hunos. Marcelino murió alrededor de 400 cuando ya nada quedaba del antiguo Imperio romano de Occidente.

Los hunos son groseros en su modo de vida, de tal manera que no tiene necesidad ni de fuego, ni de la comida sabrosa; comen las raíces de las plantas silvestres y la carne semicruda de cualquier especie de animal.

Visten con tejidos de lino o con pieles de ratones silvestres cosidas unas a otras y, una vez roscados una túnica se desvaneció, no la sacan hasta que se haga en tiras y se caiga a pedazos.

Sus zapatos no tiene ninguna manera, y eso les impide caminar libremente. Por esta razón no están adaptados a las luchas de los peatones, viviendo casi fijados a los caballos, que son fuertes, pero deformes. Es en sus caballos que de día y de noche compran y venden, comen y beben y inclinados sobre el estrecho cuello del animal, descansan en un sueño profundo.

Nadie, entre ellos labranza de la tierra, o toca un arado. Todos viven sin un lugar, sin hogar ni ley o una forma de orden estabilizada, buscando siempre fugitivos en las carretas donde habitan.

MARCELINO, Marcelino. In:JANOTTI, María de Lourdes et al. Colección de documentos históricos para el primer grado. Secretaría de Estado de Educación, 1998, p. 64

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