Agua, un elemento esencial para la vida

Todo excursionista, aventurero y amante de la vida al aire libre conoce la importancia del agua para la propia supervivencia en el desenvolvimiento de las actividades que desarrollemos en plena naturaleza.

Durante las excursiones, aventuras en medios naturales e incluso expediciones a lugares inexplorados o semisalvajes, los avances tecnológicos y el desarrollo económico nos permiten el transporte de un cúmulo de provisiones de comida y bebida, aparatos e ingenios con los cuales aportamos una pequeña parte de nuestro mundo, de nuestras comodidades y forma de vida “civilizada”, suficientes para que mantengan su función e incluso sobren ampliamente para cubrir el tiempo previsto de estancia en esos ambientes extraños, exóticos y muchas veces hostiles.

Sin embargo, inmersos en el status de una gran urbe, un pequeño corte en el suministro de energía eléctrica, del gas para usos domésticos o del agua que normalmente fluye de los grifos de nuestro hogar con sólo girar una manivela o apretar un botón, nos sumerge en un estado de zozobra, de indefensión, que puede hacernos recapacitar sobre la difícil supervivencia en medios “poco civilizados”.

No se trata de hacer un panegírico, un elogio, al desarrollo de las sociedades modernas, ni tampoco cantar las alabanzas de la vida natural en medios silvestres. El hecho cierto es que el se humano ha perdido la capacidad de reacción frente a las fuerzas naturales por un proceso lógico de especialización y adaptación.

Los ejercicios de supervivencia, obligatoria en las fuerzas armadas o brigadas militares especiales de numerosos países, se han convertido últimamente en un deporte más, en una actividad lúdica que además nos prepara psicológica y físicamente para enfrentarnos deportivamente a contratiempos y dificultades en la vida al aire libre que para otras personas no entrenadas tal vez supongan molestias e incomodidades profundas, y lo que es más grave, hasta la enfermedad o la muerte.

iceberg en Argentina

Iceberg floating in Lago Argentina broken off from the Perito Moreno Glacier

¿Cuánta agua tenemos que beber al día?

En las charlas, coloquios y “mesas redondas”, que se preparan para discutir e intercambiar opiniones y experiencias sobre las aventuras en países extraños y climas hostiles, la pregunta más reiterada y que provoca un debate más intenso, según nuestra experiencia, es con las lógicas variantes, la encabezada por este epígrafe. Desde el punto de vista médico ya se han puntualizado las necesidades medias en agua, sales minerales, etc., de un individuo normal y su relación con el peso, masa de la persona e incluso con su edad.

Las novelas de aventuras, los filmes, nos han descrito y mostrado, respectivamente, hasta la saciedad, los recursos de los intrépidos protagonistas ante situaciones límite, sobre todo de escasez de agua o alimentos. El “racionamiento” avaro de una sola cantimplora de agua con la que nuestros héroes empapan un pañuelo o jirón de la enagua de la estrella y gracias a la cual aguantan varios días hasta ser rescatados o encontrar un idílico oasis en el que inventarse una vida de “Robinsones año 2000″. Infortunadamente las cosas en la realidad no son así. Los animales, hasta los más “presuntamente estúpidos”, se las “saben todas” y no caen en las trampas infantiles que hemos preparado. Los peces, en su caso, son más resbaladizos y rápidos que el salario mínimo de un padre de familia numerosa y se escapan en menos tiempo. La teoría se demuestra insuficiente si no está acompañada de una mínima práctica y normalmente cuando la necesitamos “de verdad” no tenemos tiempo material para desarrollar el hábito preciso.

En el caso del agua, recientes estudios realizados por expertos en supervivencia, han demostrado que la cantidad total contenida en una cantimplora grande, máximo dos litros y medio, malamente serviría para mantenernos vivos en un desierto cálido, a más de 40º C, por un período superior a tres días. Y esto, bebiendo a grandes tragos o economizando sorbos controlados el imprescindible líquido. Por supuesto, las necesidades hídricas varían según el ejercicio, el movimiento que se realice y según la temperatura ambiental. Claro está que el aporte de agua en el organismo puede hacerse mediante la ingestión de frutos y vegetales con alto contenido en este principio.

Resulta, pues, muy difícil contestar categóricamente a la pregunta “tradicional” en términos matemáticos, pero sin ningún alimento, y con solamente un par de litros de agua potable, hagamos lo que hagamos, sólo tenemos como máximo un par de días más de plazo que si no tuviéramos nada de agua, y eso con climas benignos, a temperaturas medias comprendidas entre 10 y 30° C.

Como término puramente orientativo, podemos decir que en condiciones ambientales medias, y realizando un ejercicio físico medio-intenso, el consumo “normal” de agua diario para un organismo humano de setenta u ochenta kilogramos de peso y sexo varón oscila alrededor de los dos litros, mientras las mujeres -en esto llevamos ventaja-, con un peso de cincuenta a sesenta kilogramos, solamente consumen un litro y medio, por término medio.

¿Cómo incorporar el agua a nuestro organismo?

Cuando se cuantifican cantidades, y más en el caso del agua que precisamos para mantener perfectamente nuestras constantes vitales, siempre tendemos a comparar esas cifras obtenidas por equipos médicos, con los “vasos de agua” que normalmente bebemos en una jornada cotidiana y rutinaria. Inmediatamente, en la mayoría de los casos, pensamos que nosotros “nunca bebemos tanta agua al día” y realmente suele ser cierto, pero el agua necesaria no la ingerimos en estado “puro”. Muchas frutas tienen más de un 80 por 100 de su peso en agua, al igual que numerosas verduras, mariscos y otros alimentos, como la leche o los huevos, contienen importantes cantidades porcentuales de agua. Los caldos, las sopas, los “cafés con leche”, las infusiones, aportan en la dieta normal una gran parte de las necesidades del principio vital que nos ocupa.

En caso de necesidad, o simplemente de cierto “apuro”, conviene recordar que las frutas comestibles, los vegetales, los mariscos, los huevos de aves y también de reptiles ovíparos contienen mayores o menores cantidades de agua y que incluso ciertos animales, en circunstancias límite, pueden abastecernos del líquido preciso para subsistir.

Panorámica de Polonia, un país en el que el agua abunda

El agua que podemos beber en una excursión tradicional

Aunque hayamos de ocuparnos oportunamente de los casos más infrecuentes y extremos que puedan acaecernos en el transcurso de las más insólitas aventuras, en toda clase de biotopos, recogiendo las experiencias ajenas y algunas de las propias, no hay que olvidar una serie de recomendaciones precisas que podemos necesitar recordar muy frecuentemente los días que dediquemos al desarrollo de nuestra afición favorita.

Un día de campo en cualquier lugar de Europa occidental, una expedición algo más larga con fines de observación biológica, montañismo u otra finalidad parecida, suele plantear la necesidad relativa de procurarnos agua para beber.

En primer lugar hay que recordar los requisitos de potabilidad ya descritos pormenorizadamente y que hacen un agua inocua y beneficiosa para nuestro organismo. En los países desarrollados y poblados densamente siempre podemos encontrar una población, una villa, una hacienda o un cortijo en donde nos facilitarán el agua necesaria. Asimismo, en casi todos los parques naturales y reservas ecológicas hay fuentes que nos invitarán a apagar nuestra sed. En principio debemos únicamente observar si no existe ninguna señalización que indique que ese agua no es potable.

Los recipientes de acampada, la cantimploras y depósitos aseguran la ración diaria que podemos precisar en un viaje a la naturaleza de corta duración. Es preferible no recoger ni beber directamente de los cursos medios inferiores de los ríos, pues existe el peligro de contaminación química, difícil de detectar en ciertas ocasiones, y capaz de producirnos trastornos de gravedad variable.

Como regla de oro, y cuando no sea estrictamente preciso, es mucho más aconsejable “beber únicamente, agua que llevemos en nuestro equipo o la de aquellas fuentes conocidas y a toda garantía.

Aguas de manantiales y ríos de montaña

Durante las expediciones en zonas montañosas de continentes templados-fríos que suelen estar surcadas por numerosas corrientes de agua, neveros y arroyos de deshielo, la simple visión de una corriente fresca y saltarina, unida al esfuerzo de una marcha a pie o una jornada en el campo, nos sugiere inmediatamente el deseo de apagar nuestro ardor físico con un trago de ese líquido cristalino y aparentemente puro.

Lo más probable es que este tipo de cursos fluviales tengan un agua potable en cuanto a sus características físicas y químicas, es decir, que sea incolora, inodora, exenta de partículas en suspensión y carente de sustancias químicas perjudiciales disueltas.

Sin embargo, la potabilidad biológica resulta menos segura y no puede intuirse ni por el aspecto ni por una cata prudente de una pequeña cantidad. En nuestro equipo básico hemos de llevar siempre productos desinfectantes del agua. Las pastillas, al efecto, para desinfección o esterilización química del agua pueden adquirirse en farmacias y las hay de diversa composición. Las más populares son las de cloramina y las de sales de plata, conocidas comúnmente como micropur. También podemos efectuarla potabilización biológica con lejía ordinaria (una gota de lejía en una cantimplora llena de agua de 2,5 litros de capacidad), con tintura de iodo (unas cuantas gotas por cada litro de agua) o con permanganato potásico (tres o cuatro gotas de una disolución saturada previamente preparada con un cristalito de permanganato disuelto en un poco del propio líquido extraído del río). En los dos últimos casos el agua tratada se tiñe de pardo o de violeta, respectivamente si bien el color desaparece tras una hora de aireación.

Otro medio seguro para potabilizar biológicamente el agua consiste en someterla a ebullición, hirviéndola durante diez minutos y dejándola después enfriarse hasta que pueda ser consumida.

Lago maporika Nueva Zelanda. Agua estancada

Morning mist on en:Lake Mapourika, New Zealand.

Lagos y ríos de montaña o en cursos medios altos

Comprenden para nuestro uso práctico las corrientes aparentemente limpias, pero ligeramente dudosas, por existir ganado o animales salvajes en las proximidades. La presencia de fauna doméstica o silvestre queda evidenciada por los excrementos y huellas que podamos haber observado en las proximidades.

En este caso, y supuesto que estamos seguros de la inexistencia de contaminantes químicos debidos a procesos industriales o explotaciones mineras curso arriba, conviene efectuar un filtraje “natural” y una posterior “potabilización biológica” mediante hervido o adición de compuestos químicos.

Ciertamente existen muchos modelos de filtros portátiles que ilustran las obras especializadas de excursionismo y acampada, pero en el mejor de los casos exigen un mayor peso de equipaje y realmente sólo parecen imprescindibles en expediciones a parajes inhóspitos, salvajes y durante períodos de tiempo previsiblemente prolongados.

Como práctica, e incluso para un aprovechamiento integral y racional de los recursos que tenemos a nuestro alcance, conviene efectuar una potabilización biológica del agua de un río conocido por la pureza de su corriente (para divertirse o como ejercicio no conviene correr riesgos innecesarios) mediante la propia arena de la orilla.

Para ello hemos de proceder como sigue:

- A corta distancia de la orilla del agua sobre el lecho arenoso excavamos un hoyo de cierta profundidad hasta que extraigamos la arena húmeda, pero sin seguir profundizando para no llegar al nivel del agua interior.

- Esperaremos un tiempo prudencial, mientras se llena de agua el hueco excavado, procurando tapar la abertura practicada con una tela, un plástico o si no hubiere otro remedio con alguna prenda de vestir de nuestro equipo. De esta forma evitaremos la posible “invasión” de nuestro pozo particular con polen de las plantas, insectos, polvo y otras impurezas naturales. Con la ayuda de un cacillo, un vaso o cualquier otro recipiente sacaremos el agua que se ha filtrado de forma natural y comprobaremos su nitidez por transparencia o dejando caer una pequeña cantidad sobre un pañuelo limpio que haga las veces de improvisado filtro.

- Almacenamos en un recipiente de suficiente capacidad la cantidad necesaria del precioso líquido ya “filtrado” y procedemos a su estabilización química con las pastillas “desinfectantes” o mediante cocción.

- Antes de beber hay que esperar el tiempo necesario para que haya causado efecto la disolución del producto químico o para que se enfríe el agua hervida.

Si se procede a una esterilización de tipo “químico” hay que asegurarse de la dosis del producto empleado. La concentración del “purificador” será siempre la adecuada, nunca más ni menos de las dosis recomendadas por los prospectos de los envases o por las normas sanitarias si se emplean productos no específicamente preparados a tal fin, como lejía, tintura de iodo y permanganato potásico.

Reconocimiento de las aguas potables o potabilizables

Haciendo abstracción de los casos de auténtica necesidad, en los que raramente, o mejor dicho, casi nunca nos veremos envueltos, y que, desde luego, deben recibir la atención necesaria, el abastecimiento de agua para beber no constituirá una cuestión vital para el viajero, el excursionista o el amante de la naturaleza, ya que enfrentados a tal prioridad más vale salvar la vida para después poder curarnos una virtual enfermedad producida por bacilos, amebas y otros microorganismos que perecen por deshidratación.

En efecto, dejando sentado el principio anterior, la renovación de nuestras reservas de agua durante una acampada o aventura debe cumplir unos mínimos básicos conducentes a saber elegir las fuentes precisas.

Unos papeles de tornasol, lo más sensibles que sea posible, no ocupan lugar y nos indican aproximadamente el pH de una disolución cualquiera. Para la operación que queremos realizar basta con sumergir un extremo de un “indicador tornasol” en el agua a examinar y aguardar a que se seque. Después, por comparación con la coloración de una escala cromática que acompaña las tirillas de papel indicador, se puede establecer, con un ligero margen de error, el pH del agua analizada.

Recordemos que el agua pura tiene un pH = 7 (es perfectamente neutra). También sabemos que las aguas ligeramente alcalinas hasta pH = 8 pueden ser potables, aunque normalmente sean bastante duras y que las correspondientes a valores ácidos, inferiores a siete, tal vez indiquen posibilidad de contaminación química u orgánica.

El valor del pH no es definitorio, en absoluto, de una posible potabilidad, aunque sea exactamente neutro, pero es un indicio más de las pruebas a nuestro alcance.

La dureza puede establecerse muy someramente mediante la espuma producida con un jabón. Si el agua con jabón de tocador normal hace espuma, fácilmente el agua será blanda (buen requisito para su potabilidad química) y más dura cuanto más difícil sea crear espuma y menos tiempo tarde en “desaparecer” el agua jabonosa.

En cuanto a la eventual contaminación (contenido de productos químicos tóxicos), natural o artificial, que tenga un río, lago o charca, podemos establecer un criterio aproximado. Aguas de alta montaña, procedentes de neveros de deshielo, tienen mayor garantía de “pureza” que las situadas corriente abajo o en los deltas de los ríos que hayan pasado por poblaciones humanas industriales y grandes ciudades.

Por otra parte, las masas naturales de agua con gran cantidad de vida crustáceos dulceacuícolas, larvas de insectos, peces, etc., tienen una cierta garantía de mantener un nivel “aceptable” de contaminación química, si bien deben ser sometidas sin excepción a la correspondiente esterilización biológica y mejor tras una operación de decantación y filtraje.

Por último, tras la “desinfección” aconsejada, existen una serie de pruebas, llamadas organolépticas, basadas en el aspecto, color y sabor del líquido.

El color, transparencia y olor han de ser comprobados antes de efectuar la adición de fármacos purificadores o productos químicos, como lejía o permanganato potásico, adicionados con el mismo fin.

El agua es un bien precioso y escaso. Los amantes de la naturaleza y las personas conscientes deben cuidar y mimar las fuentes de tan precioso compuesto. No se deben contaminar, ensuciar ni desviar las corrientes naturales, de ello tal vez pueda depender nuestra vida y la de las generaciones venideras.

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