1914. Comienza la Primera Guerra Mundial

El doble asesinato de Sarajevo puso en movimiento un engranaje de sucesos que culminaron en una agonía mundial de cuatro años de duración que llegó a implicar a treinta naciones en la mayor guerra conocida hasta entonces. La Primera Guerra Mundial.

La reacción austriaca ante la muerte del archiduque fue de venganza. El emperador Francisco José exigió justo castigo por la muerte de su sobrino. Su ministro del Exterior, el conde Leopold von Berchtold, culpaba a Serbia de los asesinatos y, una vez recibida la seguridad por parte de los alemanes de apoyo en caso de guerra, envió a Serbia, el 25 de julio de 1914, un fuerte ultimátum.

Eran tan inflexibles las condiciones impuestas por los austriacos que nadie creyó que Serbia las aceptara. Sin embargo, reacios a luchar contra Austria, los serbios accedieron a casi todo. El mariscal de campo Radomir Putnik, jefe del recio ejército de Serbia, convencido de que era inminente la guerra, ordenó la movilización incluso mientras la conciliadora respuesta serbia llegaba a Viena.

 Soldados británicos en las trincheras, durante la batalla del Somme, 1916.

Soldados británicos en las trincheras, durante la batalla del Somme, 1916.

Los alemanes instigaron al emperador Francisco José para que atacara Serbia. «Póngale fin rápidamente», aconsejó un oficial de Berlín. Tropas austriacas fueron destinadas precipitadamente a la frontera serbia, al mando del comandante en jefe general Conrad von Hótzendorf.

El 28 de julio de 1914, un mes después de los sucesos de Sarajevo, Austria declaró formalmente la guerra contra Serbia. Un día más tarde, los cañones del emperador Francisco José en el río Danubio empezaron a arrojar bombas contra Belgrado, mientras von Hótzendorf daba la orden de que sus regimientos cruzaran la frontera serbia.

El 30 de julio, Rusia acudió en apoyo de Serbia.

El zar Nicolás firmó un decreto de movilización general y el vasto ejército ruso ocupó posiciones a lo largo de la frontera. Este mismo día los alemanes enviaron un ultimátum a Rusia y otro a Francia. El Kaiser Guillermo exigía que Rusia cesara de inmediato la movilización y, a fin de asegurarse la neutralidad francesa en una guerra ruso-alemana, pedía que Francia cediera como garantía sus fortalezas de Toul y Verdún. París rechazó esta arrogante imposición y en cuestión de horas se dio la orden de que el ejército francés iniciara la movilización general.

Las tensiones surgieron en Europa. Todos se daban cuenta de que la guerra se convertía rápidamente en una realidad. Cuando el zar rehusó cancelar sus órdenes de movilización, los alemanes declararon la guerra el primero de agosto y, aquella noche, invadieron ilegalmente el pequeño Ducado de Luxemburgo para apoderarse de cabezas de líneas ferroviarias y depósitos necesarios para el transporte de tropas en el Oeste.

Era ya imposible contener la avalancha. El 3 de agosto, los alemanes declararon la guerra contra Francia exigiendo libre paso a través de Bélgica para sus tropas. Los generales del Káiser creían que los belgas no osarían resistir, pero no habían contado con el valor del rey Alberto I de Bélgica.

Debido a que la neutralidad de su país estaba conjuntamente garantizada por un tratado firmado por Alemania, Austria, Hungría, Gran Bretaña, Francia y Rusia, el rey Alberto rechazó a los alemanes y movilizó a su pequeño ejército.

El 4 de agosto, doce regimientos de ulanos alemanes cruzaron la frontera belga cerca de Lieja. Los soldados de Alberto hicieron fuego contra ellos y en el Oeste comenzaron las hostilidades.

El rey Alberto pidió ayuda a Francia y a Gran Bretaña; los franceses ya estaban en guerra. Alemania y los británicos sólo vacilaron algún tiempo más, muy poco. El canciller alemán, Theobald von Bethmann-Hollweg, fue prevenido por el embajador británico en Berlín de que si las tropas alemanas no eran retiradas de Bélgica a medianoche del 4 de agosto, Inglaterra declarada la guerra a Alemania por violación del convenio de neutralidad belga.

- ¿Qué? -exclamó el canciller alemán significativamente-. ¿Irían a la guerra por un pedazo de papel?

Quizá un solemne compromiso fuera sólo un pedazo de papel jara el Gobierno alemán; para el británico era un compromiso que debía ser cumplido honorablemente. La critica situación sobrevino a las doce de la noche y un minuto. El rey Jorge firmó la orden de movilización del poder armado del Imperio Británico e Inglaterra entró en guerra.

Según las melancólicas palabras del ministro del Exterior británico, Sir Edward Grey, vizconde de Fallodon: «En toda Europa se apagan las lámparas; jamás en nuestra vida volveremos a verlas encendidas…»

En aquella primera semana de agosto de 1914, cuando Europa entraba en guerra, la temperatura alcanzó los 90° Fahrenheit en el continente. Empero, ni el calor ni la terrible realidad de que había sobrevenido la prolongada amenaza de guerra enfriaron el entusiasmo y ávido patriotismo con que el pueblo de los países beligerantes iba al combate.

Todos creían que la guerra seria corta; franceses y serbios, alemanes y rusos, británicos, austriacos, belgas y húngaros acudían vehementes a la llamada de la bandera, seguros de que Dios y la justicia estaban de su parte. No hubo oposición a la guerra en ningún país; los socialistas franceses y alemanes que habían provocado agitaciones durante años contra «la guerra imperialista» olvidaron su radicalismo e hicieron ondear la bandera nacional, no el estandarte rojo del internacionalismo. Cantando, las multitudes marchaban por las calles de París, Berlín, Bruselas, San Petersburgo (que pronto se llamaría Petrogrado), Viena, Budapest y Londres. Los trenes, atestados de tropas, se dirigían a las posiciones fronterizas; los hombres llevaban guirnaldas de flores y en cada estación eran recibidos por la muchedumbre con aclamaciones y regalos.

-¡A Berlín! -gritaban las multitudes en París- ¡A Berlín!.

-¡Nach Paris! -gritaban las masas en Berlín- ¡Nach París!

Desde los comienzos de la guerra emanaba un espíritu de júbilo carnavalesco. Ningún hombre se daba cuenta de las fuerzas que iban a desatarse… Ni lo comprendían los generales, los soldados o la gente que acogía la guerra con tan buena voluntad.

Los jóvenes aceptaban la guerra ansiosamente: era una oportunidad para conseguir gloria y aventuras, una liberación de la rutina cotidiana. En Inglaterra, carente de reclutamiento, los voluntarios invadían las oficinas de alistamiento, anhelantes de llevar uniforme antes del fin de la guerra. «No durará ni seis meses», pronosticó un periodista londinense.

Gran número de expatriados americanos residentes en Francia se alistaron en la Legión Extranjera francesa, y los parisinos aclamaron a un grupo de estos voluntarios cuando se dirigían a pie hacia la estación portando la bandera de los Estados Unidos.

A despecho de tanto fervor y entusiasmo, solamente los alemanes estaban entrenados para librar una guerra moderna. Disponían de ametralladoras «Maxim» y rifles de fuego rápido. El ejército del Káiser llevaba un uniforme felden-grau (gris de campaña); los matices gris verdoso se confundían con el follaje y la tierra, dificultando la puntería sobre soldados individuales.

Sin embargo, en 1914 los franceses llevaban aún los pantalones rojos, chaquetas azules y kepis-de color claro de la guerra franco-prusiana. Los llamativos uniformes ofrecían fácil blanco a los tiradores y artilleros alemanes.

Los uniformes del ejército francés estaban tan anticuados como sus tácticas. Mientras que los alemanes contaban con ametralladoras y artillería pesada, los franceses dependían de la bayoneta.

La filosofía del mando militar francés era “offensive á outrance” (ofensiva a todo trance), en la errónea creencia de que no había en todo el mundo tropas capaces de resistir una carga a la bayoneta de la infantería francesa.

Incluso el general Joseph Joffre, el comandante en jefe francés, oficial capaz e inteligente, no comprendió que algunos hombres con ametralladoras podían aniquilar una carga de infantería. De hecho, las mentes militares francesas comprendían muy poca cosa del arte bélico en el siglo veinte, y en particular del arte militar desplegado por los alemanes…

De la misma forma que toda Europa supo las ambiciones expansionistas del Káiser, se conoció también su principal plan para la conquista militar en el Oeste: estrategia conocida por «Plan Schlieffen» en homenaje al general Alfred von Schlieffen, el jefe de Estado Mayor alemán, el cual requería un movimiento de flanqueo de los franceses por vastas fuerzas alemanas en el sureste de Holanda y Bélgica.

-Mantengan fuerte el ala derecha -decía Von Schlieffen con insistencia. Tenía el propósito de avanzar tan ampliamente a través de Bélgica que hasta el último hombre de la derecha «rozara con su manga el Canal de la Mancha».

Con esta maniobra Von Schlieffen se proponía flanquear las posiciones fortificadas francesas en la frontera alemana. Las posiciones defensivas y fuertes franceses entre Belfort y Verdún, creía Von Schlieffen, eran «inexpugnables». Las fortalezas francesas sólo serían inutilizadas si se penetraba en Holanda y Bélgica, recalcaba el general alemán.

Von Schlieffen basaba su plan en la proposición de que Alemania tendría que luchar en dos frentes, que Rusia lanzaría sus masas contra los bordes orientales de Alemania. Además, Von Schlieffen anticipaba la intervención británica y la presencia de tropas británicas en el continente.

Los británicos apenas le preocupaban. «Les acorralaremos como a conejos», decía con jactancia. En cuanto a los rusos, Von Schlieffen tampoco parecía inquietarse mucho. «Poco importa lo que hagan. Nos ocuparemos de los rusos cuando hayamos destruido a los franceses» -dijo.

A Von Schlieffen sólo le importaba el ejército francés. Se proponía eliminarlo rápidamente. El minucioso itinerario o cuadro de marcha alemán exigía una campaña de seis semanas: una blitzkrieg o guerra relámpago.

Y tampoco le preocupaba lo que hiciera el enemigo. Consciente de que la estrategia francesa requería una ofensiva en Alsacia-Lorena al iniciarse un conflicto con Alemania, Von Schlieffen propuso la acción defensiva contra los ataques francés y ruso a un tiempo, desplegando su poder principal contra Holanda, Bélgica y Francia.

La clave para la victoria alemana consistía en mantener el flanco derecho abrumadoramente fuerte y tacar rápidamente en una arremetida tan masiva que nada pudiera detenerla o aminorarla.

Quizá la Historia se hubiera escrito de manera distinta si el Plan de Von Schlieffen se hubiera realizado al pie de la letra. Él murió en 1912, a la edad de 80 años. Su sucesor como jefe del Estado Mayor fue el general Helmuth von Moltke, sobrino tocayo del soldado que humilló a Francia en 1870-1871.

Empero, el Von Moltke de 1914 no era un genio militar; sólo se parecía a su tío en el nombre. El nuevo jefe de Estado Mayor era un hombre angustiado, inquieto. Apenas reemplazó a Von Schlieffen, alteró el plan. Se echó en olvido la invasión de Holanda porque Von Moltke temía que los holandeses inundaran su tierra para entorpecer a los alemanes y retrasar la blitzkrieg, guerra relámpago.

Von Moltke también envió más tropas al Frente Oriental; carecía del temple necesario para dejar que los rusos invadieran suelo alemán. Día y noche le atormentaba el pensamiento de que se abriera una brecha. Por esta razón Von Moltke dio la orden de que divisiones adicionales de la vital ala derecha pasaran a reforzar la frontera Alsacia-Lorena.

Estos cambios malograron el «Plan Schlieffen». Aunque Von Moltke no lo hubiera alterado erróneamente, ni tracistas de planes ni estrategas podían haber previsto la épica resistencia de los belgas, ni que el ejército británico -al que el Kaiser describió en una ocasión «un pequeño y despreciable ejército» y al cual Von Schlieffen pensaba acorralar «como a conejos»- demostró estar compuesto por leones.

Las tropas de Von Moltke atacaron Lieja y Namur en Bélgica. Los fuertes que guardaban estos puntos vitales eran anticuados, capaces de resistir bombas de ocho pulgadas, pero no mayores. Sin embargo, los alemanes no llevaban consigo las armas de sitio pesadas Krupp y Skoda de 17 pulgadas con las cuales destruir los fuertes.

Si bien la ciudad de Lieja cayó durante la noche del 5 de agosto, la captura de los fuertes les costó diez días de tiempo a los alemanes, después de trasladar su mayor cañón al frente. Namur, último bastión entre los invasores y Francia, fue sometida el 2 de agosto.

Entretanto los franceses habían comprometido al enemigo en una serie de sangrientos choques conocidos con el nombre de Batallas de las Fronteras.

Duraron desde el 14 al 25 de agosto y costaron a los franceses más de 300.000 bajas. Las pérdidas fueron tan elevadas a causa de la terca insistencia con que los franceses dependían de la bayoneta; incluso los propios alemanes quedaron consternados ante la carnicería hecha con sus ametralladoras. Las tropas francesas conquistaron por corto tiempo una posición firme en Alsacia-Lorena, pero la victoria moral no valió el sacrificio de hombres y equipo. Un contraataque alemán expulsó a los hombres de Joffre y terminó así la amenaza francesa en Alsacia.

El general Juffre, a quien sus soldados llamaban «Pappa» por su aspecto más de benévolo padre que de soldado, no reconoció del todo el peligro de la ofensiva alemana en Bélgica. Hasta el 21 de agosto no se dio cuenta de que el adversario desarrollaba de hecho el Plan Schlieffen, aunque él fue prevenido desde los primeros días de la invasión alemana. Entonces, casi demasiado tarde ya, inició el precipitado envío de tropas al Norte para contener a los alemanes.

También marchaba al encuentro del enemigo próximo una fuerza expedicionaria británica de 150.000 hombres mandada por el general Sir John French. Las tropas inglesas desembarcaron el 7 de agosto en Ostende, Calais y Dunkerque. Los «Viejos Despreciables», como se llamaban a si mismos los regulares británicos, aludiendo a la descripción hecha por el Káiser Guillermo del ejército británico, todavía no habían entrado en acción.

EL 23 de agosto fueron concentrados unos 30.000 hombres del B.E.F. en Mons, directamente en el paso del Primer Ejército alemán al mando del general Alexander von Kluck. Unos 90.000 alemanes atacaron las posiciones británicas y por vez primera en casi un mes de combate, las tropas de Von Kluck fueron detenidas.

El fuego de rifle de los «Viejos Despreciables» fue tan devastador que los atemorizados oficiales de la Inteligencia alemana informaron que el enemigo tenía 28 ametralladoras por batallón. Ésta era una gran noticia para los británicos: tenían sólo dos armas automáticas en cada batallón. Ocurría simplemente que los alemanes no se habían enfrentado previamente con tropas cuya destreza, disciplina y entrenamiento fueran superiores a los suyos.

No obstante, los británicos se vieron obligados a replegarse, abrumados por la superioridad numérica. Se retiraron a Le Cateau y el 26 de agosto libraron otra acción preventiva de retaguardia que permitió una retirada ordenada a la línea del río Marne, donde Joffre ordenó mantenerse finalmente atrincherados en posición firme. «lis ne passeront pas!»

¡No pasarán!»- cantaban las reservas francesas que marchaban al frente.

Detrás de las líneas, París se hallaba preparada para un sitio. Un rudo veterano regular, el general Joseph Galliéni, fue nombrado gobernador de la ciudad; el Gobierno se trasladó a Burdeos y la capital se convirtió en un campamento armado. Había tropas por doquier, las barricadas obstruían las calles y hasta el último ciudadano físicamente capacitado fue movilizado para abrir trincheras o para empuñar un arma.

En toda Francia las iglesias desbordaban de gente que pedían en sus oraciones ayuda a Dios para detener a los boches. Suplicaban un milagro, pero los alemanes proseguían su avance…

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